“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Ácido

jueves 21 de enero de 2016

Me escondí detrás de la puerta de la sala para poder verla sin ser vista. La observaba por una rendija mientras se maquillaba. No quería perderme ningún detalle. Lo más destacable, como siempre, era su cuerpo. La falda, demasiado corta, revelaba unas piernas larguísimas. El escote tampoco dejaba mucho a la imaginación, parecía muy exagerado. Cubría lo mínimo necesario para que nadie pudiera acusarla de ser indecente. Pero lo era. Todo estaba muy calculado. Sabía cuánto podía enseñar para poner locos a los hombres. A todos, sin excepción. Como el sacerdote de la semana pasada, ni siquiera un hombre como él podía aguantar sin mirar sus encantos. Esa chica… ¿Cómo podía ser tan malvada?

Él también tuvo que saber que ella era demasiado malvada para reconciliarse con él. Lo planificó todo muy bien.

Empezó a maquillarse con mucho cuidado pero también con cierta soltura. No era la primera vez, no dudaba en qué usar y cómo hacerlo. Seguí mirándola. El pintalabios debería haber tenido un tono menos agresivo, así quedaba muy vulgar. Pero a ella le gustaba llevarlo así a todas horas. Muy inadecuado. Pero aun así era perfecta. La piel brillante, sin ningún defecto, el pelo largo, suelto, sin mechones rebeldes. Una sonrisa que haría a cualquiera perder la cabeza. Podía ser y hacer lo que quisiera. La vida era suya.

Acabó de aplicarse el rímmel, dio medio paso atrás y se miró satisfecha en el espejo. Al hacerlo me vio en el reflejo y se dio cuenta de que la espiaba. Lo sé porque hizo una mueca de asco y sin decir palabra salió de casa dando un portazo. Yo también sentía asco. Salí de la sala y me puse frente al mismo espejo. Los años me habían quitado ya todo lo que antes merecía la pena mirar. Miré mi propia ropa: nada que marcase la figura, sin colores llamativos, vestidos anchos a media pierna y cuellos altos. Las arrugas marcaban casi todo mi rostro. Los labios ya hace mucho que no sonreían, ya no tenían razones. Me hice una coleta con mi pelo detrás de la cabeza, como una mujer decente de cierta edad. ¿Maquillarme? ¿Para qué? En su día, cuando me dejó mi marido, no se me ocurrió ponerme así de guapa, para que entendiera lo que se perdía, y la verdad que viéndome así era cierto —no perdió mucho. Pero a ella sí se le ocurrían cosas así. El chico ese, tan guapo y tan inteligente. ¿Cómo se llamaba? El de nombre raro extranjero. El que estudiaba química. La había estado llamando hacía ya varios días. Y finalmente le dijo que sí, que le vería una vez más. Al principio pensé que estaba siendo amable, me sorprendió su empatía. Pero al verla prepararse entendí que no era eso. Lo único que quería era humillarle una última vez. Decirle sin abrir esos preciosos labios: “¿Ves que nunca podrás tenerme? Soy demasiado buena para ti”. Restregarle en la cara su incapacidad para interesarla. Eso sería lo que ella estaba pensando. Y me daba asco. Pero a la vez la admiraba y deseaba ser como ella.

Decidí no mirar por la ventana para no ganarme otra de sus muecas, por si me veía. De repente oí un grito aterrador. En mi vida había oído algo así. Parecía un animal agonizando pero aún más horrible. Un sonido imposible de imaginar. Me encontré asomándome por la ventana para buscar su fuente. Hasta ahora me cuesta creer que ese espantoso ruido saliese de ella. No recuerdo cómo bajé las escaleras, pero unos segundos después ya me acuclillaba a su lado. La encontré tumbada en la acera. Era obvio que no era consciente de nada, menos de ese terrible dolor que tenía que sufrir. En otra situación, ella nunca dejaría que su ropa se ensuciara de ese modo tan repugnante, así que intenté levantarla un poco, pero en vez de moverse ella solo gritó otra vez más. No apreciaba mi ayuda. Decidí no tocarla más, pero seguí a su lado. Como un perro fiel. ¿Cómo podría dejarla así?

Su cara, su increíble cara de ángel caído… No estaba. Desapareció. Como si alguien hubiera cogido una goma para borrarla. Esa es la palabra para describirla: estaba toda borrosa. Se podía imaginar cómo era antes, pero ya no existía. La mayoría de la piel estaba derretida.

En ese momento entendí qué pasó. ¿O alguien me lo había explicado? El chico extranjero, el químico, la esperaba en la calle y cuando salió por la puerta le vertió algo en la cara. Luego huyó. Él también tuvo que saber que ella era demasiado malvada para reconciliarse con él. Lo planificó todo muy bien. Una venganza perfecta. La verdad, no pude culparle.

La ambulancia llegó bastante rápido. Creo que en un cuarto de hora estaba allí. Apareció en el mismo momento que su ojo izquierdo quedó totalmente al descubierto. La sustancia había llegado ya al hueso. No recuerdo haber dicho nada, así que no sé cómo me encontré con ella en la ambulancia. Puede que algún vecino hablara por mí. O no, nunca lo sabré. No importa.

Al llegar al hospital me dejaron aquí, en la sala de espera. Llevo sentada así ya varias horas. Hace poco que ha venido una enfermera. Me ha dicho que consiguieron despegarle el párpado del ojo derecho y que no ha perdido la vista. No he preguntado por el ojo izquierdo. Todavía tengo la imagen de su piel derretida bien clavada en mi cabeza. Se acabó. No más escotes, faldas cortas, maquillaje. Nunca será la misma. Nunca más será guapa. Se fue lo único de lo que podía estar orgullosa, así, sin más. En 5 segundos desapareció todo lo que le importaba en su vida. Se acabaron las citas con chicos guapos, y con los feos también. No era suficientemente lista para atraer a alguno de estos. Su belleza había sido su única fuerza.

Miro dentro de su bolso, que tengo en mis rodillas. Pequeño, rojo, cómo no. Con una cadena para llevarlo en el hombro. Aquí no entraría un libro. Solo unos pocos cosméticos. Lo abro y empiezo a hurgar dentro. El pintalabios. Lo saco y lo miro fascinada. Clic —abierto—, clic —cerrado. La barra roja aparece y desaparece obedeciendo cada movimiento de mis dedos. Rebusco un poco más y al final encuentro un espejo de esos que se cierran. Con mis uñas maltratadas, mordidas hasta sangrar, al principio no puedo abrirlo. Por fin lo consigo. Clic. Clic. Rojo. Me queda bien. ¿Cómo pude pensar que sería inadecuado? El color es tan vivo. Destaca aún más aquí, al contraste con estas horrendas paredes de color verde amarillento, sucio y desteñido. El rojo de mi nuevo pintalabios queda genial con esta iluminación.

Levanto la cabeza y veo a la misma enfermera de antes acercándose a mí. Me miro otra vez en el espejo. No me ha dado tiempo de arreglarme el pelo. Paso la mano encima de mi cabello despeinado, intentando ponerlo un poco en su sitio. No está mal, no está nada mal. Levanto la cabeza otra vez y sonrío amablemente.

—¿Sí? —pregunto a la enfermera.

—Ya puede entrar. Su hija… —duda un momento mirando mi cara, el pintalabios y la sonrisa amable. Tengo que parecerle muy joven para ser madre—. Su hija está dormida, pero puede entrar a verla.

—¿Mi hija? —cambio la sonrisa por una expresión de sorpresa más adecuada. Me sale perfecta—. Yo no tengo ninguna hija.

Me levanto despacio, para que no parezca que estoy huyendo, con cuidado cierro mi pequeño bolso nuevo y me dirijo hacia el ascensor. Es una pena que no lleve tacones: añadirían un poco de dramatismo a la situación. Pero aun así estoy contenta. Una pena que la enfermera no pueda ver mi triunfante sonrisa.

Slawka Grabowska
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