Esa tarde, Matilde se alegró al verme, pues desde hace años somos amigos entrañables, confidentes y, sobre todo, cómplices. Abrió la puerta y me dio un abrazo con retroactivo, pues ya sumábamos seis meses sin vernos.
Acomodó tres puestos en la mesa: uno para ella, otro para mí y el tercero para Fuchito, su Jack Russell Terrier de patas cortas, a quien siempre trató como a un miembro relevante de su familia, desde que llegó a su casa, coincidiendo con la huida de Martín con una perra sin pedigrí, a la que en mala hora contrató como asistente en el bufete de abogados.
Un olor no identificado flotó desde la cocina hasta el comedor. Mi compañero canino y yo no demoramos en salivar y agitar nuestras colas con frenesí. Pero para nuestra decepción, mi amiga llegó con una bandeja repleta de hamburguesas preparadas a base de vacas indultadas.
—Es carne de lentejas —me explicó con orgullo—. Desde hace unos meses estoy metida de frente con el veganismo. No como absolutamente nada que no esté acorde con mis necesidades físicas o espirituales. Mucho menos podría consumir algo que provenga de la explotación animal.
“¿Explotación animal?” me pregunté y sentí pena por el desafortunado terrier a quien las extravagancias de su ama lo hicieron dar un salto atrás en la cadena alimenticia. ¿Un perro herbívoro?, lo que me faltaba.
Al terminar nuestro almuerzo, se levantó de su silla y llevó los platos al fregadero. Tenía puesta una minifalda de bluyín tan escueta que me sentí agasajado por sus muslos, sus pantorrillas y sus nalgas acompasadas. Era la primera vez que la veía de esta manera. Le eché la culpa a las lentejas. Tal vez las leguminosas liberan endorfinas cuando se las usa para estafar al aparato digestivo.
—Vamos al jardín —me invitó tomándome la mano—. Pero antes déjame buscar algo en mi habitación.
Escuchar la palabra habitación disparó mi imaginación y mis ganas. Solo quería saltarle encima e hincarle los dientes. Sentí que era el momento, pero no quería dar un paso en falso que diera al traste con una amistad de más de 10 años, aunque la notaba más sensual que de costumbre y tan coqueta que en un nanosegundo de lucidez recordé aquella frase de Kundera: “La coquetería es la promesa del coito sin garantía”, porque en este caso, aunque nada estaba garantizado, sentía que la situación era prometedora.
Regresó con una lata y una sonrisa culpable, que la hacía ver aún más provocativa. Respiré el perfume cítrico que siempre usaba y mi corazón pasó del trote al galope cuando, tras un guiño, me dijo con voz melosa:
—No hay nada que se le compare a hacer el amor después de meterse un porro.
Tragué grueso: por un lado, acababa de recibir una invitación directa, pero por otro, debía hacer algo a lo que jamás me había atrevido, aun cuando me crie en un ambiente donde las drogas se vendían como “cheese tris”. Matilde siempre decía que yo era más sano que el bicarbonato.
Justo cuando le iba decir: “no, gracias”, se sentó en una piedra redonda que hace las veces de banca desde donde se aprecia una de las mejores vistas de Caracas. Abrió la lata, tomó un papel, lo rellenó y, con su lengüita rosada y juguetona, lamió uno de los lados. Luego, con la soltura de un vaquero en un “spaghetti western”, completó su cilindro.
¡Ay, Matilde, lo que nos hemos perdido durante todos estos años!, pensé y le arrebaté el cigarrillo. Le di un par de caladas, al principio tímidas, tratando de aguantar la tos, pero luego entré en confianza y llené varias veces mis pulmones con el humo, mientras admiraba sus piernas, detallando los vellitos amarillos, ahora en alta definición, que contrastaban con su bronceado.
—¡Oye, déjame algo! —gritó sonreída, mientras que Fuchito corría en círculos alrededor de nosotros.
Me sentía exultante, mirando cómo se acentuaba el lila que viste al Ávila previo al ocaso. Además de que el perfume de Matilde acababa de salir del anonimato: ya no me parecía solo un olor cítrico, genérico y aburrido. Con orgullo logré identificar que en su composición había mandarinas y lavandas.
Como un zombi al que le urge la carne humana, lancé al espacio lo que quedaba del segundo porro y, con mirada a lo Humphrey Bogart, acerqué mis labios al lóbulo de su oreja y le susurré:
“Ya estoy listo”.
Ella me miró sorprendida y preguntó: “¿listo para qué?”.
—Para hacer lo que dijiste al principio —respondí, babeándome.
—No recuerdo.
—Lo que dijiste, chica. De que era buenísimo hacer el amor después de fumar un porro.
—¿Te volviste loco? Eso fue un decir. Si tú eres como mi hermano.
Esperé un par de horas sentado sobre la piedra viendo como el Ávila recuperaba su color monótono tras el inquietante velo de esmog que lo cubre a veces, mientras acariciaba a Fuchito y sentía cómo dejaba de ser una delicada mota de algodón.
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