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La puntualidad del jurel

sábado 26 de marzo de 2016
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A las siete de la mañana y a las cuatro de la tarde la vista se agudiza y se concentra en no más de cien metros de la orilla, alerta ante el movimiento más sutil de los bancos de sardinas o camiguanas que se alimentan en la playa. A esas horas los roncadores, pargos y corocoros pueden nadar tranquilos sin preocuparse por terminar sus días en un sartén, porque a las siete y a las cuatro es cuando el jurel entra a comer en la orilla. El jurel es un pez acantopterigio. Es decir, un pez de aleta dorsal espinosa, como lo son la perca y el atún. Su carne es tan roja como sabrosa y su pesca parece más bien una cacería.

Me levanté a las cinco de la mañana y metí todo mi equipo en el carro: caña de pescar, caja con anzuelos y plomada, y como soy de los que vemos el vaso medio lleno cargué con una cava grande y dos bolsas negras para meter el pescado. A las cinco y treinta y cinco estaba recogiendo a Wilmer y a Goyo en una parada de autobús en Macuto. Se subieron al carro y ambos miraron extrañados mi caña de pescar que tocaba con una punta el parabrisas y con la otra el vidrio de atrás.

Eran más de treinta personas corriendo de un lado a otro en la arena. Todos hacían girar las plumas y las cucharas que tenían amarradas a sus sedales, mientras tanto yo forcejeaba con mi caña tratando de sacarla del carro.

—Estos caraqueños —dijo Wilmer y Goyo sonrió. Ellos odian tanto aparataje. Cuando salen a pescar sólo llevan sus rines y en los bolsillos guardan la plomada, y los anzuelos los llevan en cajitas de rollos fotográficos.

Los conocí en uno de mis intentos de pescar en el malecón que divide a Camurí Chico de Alibabá. Ahí me aceptaron en su grupo, tal vez compadecidos ante mi torpeza en las artes de la pesca. Forman parte de un clan de pescadores de la zona, que generación tras generación pasan parte de sus vidas montados sobre las piedras, rin en mano, confiando en la generosidad de la mar, como ellos lo llaman.

Salimos hacia La Punta de Los Caracas cuando el sol apenas era un hilo sobre el horizonte. Paramos en Naiguatá para comprar café. Cuando regresábamos al carro escuchamos el grito de un gordo local y de aspecto hosco al que todos llaman el Tigre: —¡Me acaban de decir que están comiendo cerca de la Piedra de La Nalga! —gritó tan fuerte que se le cayó el tabaco de la boca. Se sacudió las cenizas del pantalón, lo recogió del piso y lo volvió a fumar. Luego aceleró en su jeep descapotado y casi hace caer a las personas que estaban paradas en la parte de atrás sujetándose del roll bar.

—¡Apúrate caraqueño que pa’ luego es tarde! —gritó Wilmer saltando dentro del carro. Goyo bajó el vidrio y se sentó en la ventana para ver mejor. Tuve que frenar porque justo detrás del Tigre vinieron un camión de estacas repleto de gente también, dos taxis, una grúa y dos muchachos pedaleando. Todos iban al mismo sitio, a cazar el jurel. Goyo casi se cae del carro.

—Ahí está la carnada —gritó señalando hacia un punto en el mar donde yo sólo veía eso, un punto en el mar.

—Son camiguamas —le respondió Wilmer y yo pensé que se estaban burlando de mi ignorancia.

El Tigre tocó la corneta y nos hizo cambio de luces para que nos paráramos.

—Ahí están —nos gritó y mis dos pasajeros saltaron del carro aún en movimiento. Yo me orillé en la carretera y puse las intermitentes.

Bajaron a la playa. Eran más de treinta personas corriendo de un lado a otro en la arena. Todos hacían girar las plumas y las cucharas que tenían amarradas a sus sedales, mientras tanto yo forcejeaba con mi caña tratando de sacarla del carro. Cuando por fin la pude sacar, Wilmer y Goyo estaban de vuelta gritando: —¡Móntate, móntate, que se movieron! —y otra vez tuve que meter la caña en el carro.

—Allá van. ¿Los ves? —me preguntó Goyo pero yo seguía sin ver nada. Wilmer me señaló el lugar y cuando ya estaba por rendirme, vi el movimiento en el agua como a cien metros de la orilla.

—¡Ya los vi de aquel lado! —grité casi eufórico.

—No, eso es lebranche —me respondió.

Manejé desde Naiguatá hasta La Punta más de diez veces persiguiendo algo que yo no veía. Según ellos, el jurel no había querido entrar a comer a la playa. Para matar el tiempo la agarramos contra los corocoros, los pargos y los roncadores en una playita apartada.

A las cuatro de la tarde, con puntualidad inglesa el cardumen de sardinas estacionado en la orilla se dividió violentamente. Las gaviotas y los pelícanos se alborotaron y se lanzaban en picada como aviones de combate. Eran más de cincuenta sobrevolando el agua y chillando desesperados. Una ola se levantó y pude ver cómo el muro de agua fue recorrido de punta a punta por un banco de jureles que nadaban como torpedos lanzados desde un submarino. Eran enormes y se movían a una velocidad increíble. La algarabía de mis compañeros se confundía con la de las aves de mar. Corrían, se tropezaban y volvían a correr. Por un momento perdí la atención en los jureles y no pude evitar ser envuelto en el súbito frenesí de ancianos, hombres y niños que se movían de un lado a otro de la playa como lo hacían las gaviotas en el cielo. La adrenalina era tan densa que podría cortársele con una tijera.

Yo no sabía qué hacer. Me pinché tres veces tratando de cambiar mi anzuelo por la cuchara de aluminio que yo había preparado según las instrucciones de Wilmer.

Mientras recogía entretenido viendo el alboroto y salivando por el ron que nunca llegaba a mis manos, sentí que mi señuelo se atoró con algo.

El primero en enganchar fue Goyo. Su nailon se tensó tanto como los músculos de su cara cuando el jurel casi le arrancó el rin de su mano. Luego Wilmer y así sucesivamente. La tarde prometía ser obsequiosa. Un hombre como de sesenta años y con una camisa de la Gobernación de Vargas gritó, porque el jurel le llevó toda la línea y no le quedó otra que correr con el rin en la mano para ver quién se cansaba primero. Corrió hacia la playa de al lado y luego a la siguiente. En la carrera se le salió un zapato. Después lo perdí de vista. A este pez no se le debe negar la cuerda porque tiene tanta fuerza que puede romper el nailon con facilidad. Por eso Goyo sólo tiene nueve dedos, porque a los quince años pescando con su papá, trató de frenar un jurel enrollando el nailon alrededor de su índice. Sólo bastó un segundo para que su dedo se convirtiera en parte del paisaje de las aguas tranquilas del Litoral a las siete de la mañana.

Mis ojos no creían lo que estaban mirando cuando empezaron a saltar sobre la arena los ejemplares de cinco, seis y hasta diez kilos. Se veían realmente hermosos cuando el sol de las cuatro de tarde se reflejaba sobre sus escamas plateadas y sus aletas amarillo intenso. Las risas sólo se interrumpían por un segundo cuando llegaba a sus manos la botella de ron con la que celebraban la buena pesca.

Mientras recogía entretenido viendo el alboroto y salivando por el ron que nunca llegaba a mis manos, sentí que mi señuelo se atoró con algo, tal vez una de las tantas piedras con las que siempre me enredo. De repente, la punta de mi caña se dobló tan bruscamente que temí que se partiera en dos. Le solté el freno y observé asombrado cómo casi doscientos metros de nailon se iban hacia adentro. Hubo una pausa y empecé a recoger. Luego volvió a irse de nuevo. Yo sudaba a chorros. Mis manos temblaban entre alegría, nervios y cansancio. A mi alrededor los treinta pescadores me hacían barra. El pez estaba dispuesto a sobrevivir y yo a estrenarme como pescador serio. Fue inevitable que saltara como un loco, cuarenta y cinco minutos más tarde, cuando vi llegar a la orilla mi primer jurel.

—¡Caraqueño, échate un palo de ron! —gritó el Tigre.

Sonreí orgulloso por mi pescado y por sentirme un miembro oficial del clan. Metí el jurel en la cava y era tan grande que tuve que dejar abierta la tapa. Subí a Caracas tan contento que la hora y media de tráfico se me hizo leve.

Al llegar a mi apartamento tomé el teléfono y llamé a Gwen para darle la buena nueva.

—¡A que no adivinas cuánto pesa el jurel que acabo de pescar! —le pregunté emocionado.

Ella contestó medio dormida:

—La mitad.

Mauricio Vélez
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