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Dos textos de Guillermo Cerceau

martes 22 de marzo de 2016
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Palabras

Antes de alcanzar la felicidad plena, las palabras deben cruzar una larga zona de amargura, accidentada e imprevisible, en la que se depuran, como en una criba o un filtro, de todas sus debilidades, sus ficciones y sus cobardías que las rebajan, corrompen y enmascaran como si se tratara de un lastre heredado, de una maldición, de una enfermedad, es decir, de algo que les llega desde afuera. Sabemos que en realidad se trata de la propia fibra de la que están hechas y, más que de una depuración o una terapia, estos filtros de amargura no son otra cosa que los obstáculos naturales de su propia interioridad que se les presentan como procesos o dinámicas de crecimiento, como el tránsito casi ridículo de la adolescencia que se yergue entre la infancia y la edad adulta y que solo es trágico cuando se lo ve a través del prisma de la historia personal. Las palabras alcanzan su felicidad en el reposo y la plenitud del sentido, cuando lo dicho es aceptado como verdadero y bueno.

 

Eterno retorno

Dale tiempo a que vuelva a pasar, a que se asome nuevamente y te salude o simplemente te mire como esperando que digas o hagas algo o incluso a que sin mirarte deje al pasar esa estela de inquietud, de preguntas imprecisas, de insinuaciones, como si fuera un cometa fatal. Es posible que como los planetas (el sol, la luna, la tierra misma son planetas) y como las estaciones (que son como los accidentes de los planetas), de hecho, como tu propio cuerpo que se despierta, corre, trabaja, se alimenta, ama, odia y luego se duerme agotado para comenzar otra vez, día tras día, es posible que ella también sea parte de una repetición, de una órbita, de un ciclo. Si es así, como todo ciclo y como toda repetición, por complejo que sea, responderá a alguna ley o regularidad. Será, de alguna forma racional y pensable, es decir: predecible. Una vez que la tengas en el pensamiento será tuya y no habrá capricho ni accidente, fuera de tu vigilia racional que te la arrebate. Dale tiempo y verás que toda mujer es susceptible de ser encerrada en los vericuetos de tus cogitaciones.

Guillermo Cerceau
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