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Nueva mierda

domingo 1 de mayo de 2016
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Me considero agnóstico. Por ahora pienso que Dios no existe; sigo a la espera de que él mismo o alguien me demuestren lo contrario. Un poco como la tetera de Russel. Pero si un día Dios se me manifiesta o soy testigo de algún modo de su poder, creeré en él. Hasta entonces mis pasos los guía la razón, el empirismo y la lógica; al fin y al cabo, ellos me dicen que si salto desde un avión sin paracaídas, la gravedad me arrastrará inevitablemente contra el suelo y moriré. Pero existen fenómenos como el atavismo donde la razón y la magia, la superstición y el microscopio, el progreso y el demonio, forman una simbiosis ante la que solo se puede responder con perplejidad, con una grande y profunda boca abierta, con un grito desoído; o con una valiente amenaza. ¿Me parezco a mis antepasados por la dictadura que imponen los genes o por una maldición? ¿Naturaleza o crianza? ¿Me viene todo dado o cierta entidad todopoderosa decidió hace algún eón que mi destino se desenvolviera en base a unas pautas bien marcadas? ¿Es la desgracia, la tristeza, el drama, una cuestión de ADN? Pienso en todo esto mientras observo lo que queda de mi hermana, que viene a ser una masa viscosa, amorfa y burbujeante a la que coronan sus dos globos oculares; que bien cumplirían la función de dos guindas en un brebaje macabro que tuviera a bien servirme ahora mismo con ese batido del Infierno en el que se ha convertido. Pero supongo que desearéis saber cómo he llegado a esta situación, así que tendré que empezar desde el principio… Soy el segundo vástago de un matrimonio de clase trabajadora. Mi padre era transportista, y aunque nunca me ha faltado un plato de comida sobre la mesa, ni un regalo por mi cumpleaños y otras garantías de bienestar social, el dinero llegaba justo para pagar la hipoteca, los gastos, el alimento y ahorrar un poco para unas vacaciones por los distintos ángulos y latitudes de la Península. Tampoco faltaban las deudas… Porque mi padre, sancionando la razón que dicta cualquier principio atávico, se parecía mucho a mi abuelo; no solo en tener una cabeza pequeña y un pelaje hirsuto que les convertía más en úrsidos que en hombres, sino también en su pasión por la bebida y las prostitutas. La similitud conductual superaba lo explicable por lo psicobiológico y lo socioantropológico, y cuando los dos coincidieron, en una noche de juerga, en el mismo antro, y terminaron matándose el uno al otro a golpe de navaja y bola de billar por acceder a esa meretriz que ambos deseaban, terminas por creer que no, que todavía existen cosas que el intelecto no puede explicar si no es que se deja llevar por el atractivo pero tenebroso camino de la sobrenaturalidad. Esto ocurrió cuando yo acababa de cumplir 10 años; mi hermana, por su parte, desplegaba ya una sensualidad incontenible para los chavales del barrio con sus 15 acumulaciones de ciclos estacionales, el bombón relleno de ambrosía que todos los mayores de edad deseaban: por aquel entonces me consta que ya consumía alcohol, tabaco y cannabis. Yo solo me enteré de la verdadera causa de defunción de mi padre y mi abuelo tres años después, cuando mi hermana me lo confesó el día que desvirgó mis pulmones con un porro de tres papeles de un hachís muy gomoso y muy dulzón, que en principio se me asemejó a una porción de brent. Comprendí entonces por qué los entierros se celebraron por separado, y por qué no fuimos al del abuelo, que murió dos días después del incidente, a causa del severo traumatismo craneoencefálico que mi progenitor le infligió con la bola de billar negra; a cambio, el yayo le obsequió con un toque maestro directo al corazón. También tuve mi primer ataque de ansiedad provocado por el cannabis. No digo que la noticia no hubiera impactado profundamente en mis emociones si mi mente no hubiera estado divagando sin límites por el efecto del THC, pero qué duda cabe de que la desesperación inicial se habría hecho más manejable; al menos estoy seguro de que mi imaginación habría reproducido la escena de manera mucho menos angustiosa, y también de que la podría haber eliminado con mayor facilidad de mi memoria. Pero la imagen de mi padre intentando aplastar el cráneo de mi abuelo sexagenario, y la de este haciéndose el herido (esto no sé si fue así, pero así me lo imaginé) y aprovechando el momento para clavarle su navaja en el centro de operaciones logísticas del cuerpo humano, se pegó en el alma de mi cognición como un chicle se pega en el pelo; y cuando un chicle se pega al pelo, o cortas el trozo de pelo o te pasas horas y horas intentando desenredarlo. Fue uno de los peores momentos de mi vida, no creo que os lo deba aclarar, pero, aun así, volví a fumar hachís, y marihuana, y bebí alcohol, y comencé, en definitiva, la carrera que me llevaría a consumir, de manera regular pero no compulsiva, cocaína, anfetaminas, barbitúricos, ansiolíticos, ketamina, GHB, opio, codeína, estramonio, oximorfona y casi cualquier cosa que me produjera un efecto subjetivo menos heroína. De eso se encargaría mi hermana; aunque dejemos esto para más adelante y volvamos un poco más atrás, antes incluso de que papá y el abuelito se asesinaran el uno al otro por dilucidar quién accedería primero a la vagina acuosa y caliente de una joven rumana a la que se obligaba a ejercer la prostitución (de esto me enteré algún tiempo después) so pena de apalearla si se negaba a ello. La relación con mi hermana siempre ha sido muy buena, o lo fue hasta cierto momento… Recuerdo cuando íbamos al pueblo de mamá los fines de semana, y los veranos, y en el garaje enchufábamos el radiocasete de doble pletina y le dábamos al botón de play en las cintas, originales o grabadas, de Guns N’ Roses, Metallica o Iron Maiden. Entonces agarrábamos unas raquetas y las rasgábamos como si aquellos riffs que tan majestuosos nos parecían los produjéramos nosotros mismos. A veces, incluso, yo cogía la fregona y como si fuera un pie de micro cantaba y meneaba la cabeza como si fuese Bruce Dickinson entonando la primera estrofa de “The Trooper”: You’ll take my life but I’ll take it yours too… Mi hermana por entonces no tomaba ni café… Y papá, aunque putero y borracho, y con mucho más orgullo, proletario, todavía seguía vivo y nos cuidaba. Nunca nos puso una mano encima ni nos insultó, ni siquiera cuando le desobedecíamos o suspendíamos asignaturas; siempre guardaba palabras de apoyo… Pero la verdad es que hay situaciones vitales, traspiés de la existencia, en las que uno, en retrospectiva, hubiera deseado algo más de firmeza y menos dulzura. Nunca sabes lo caro que se puede llegar a cotizar un error. Tampoco se portó mal con mamá, excluyendo, que ya es mucho, que su cipote apestara a flujo vaginal de otra, y que en repetidas ocasiones le contagiara los hongos de vete tú a saber dónde se los habían pegado. Mamá también obviaba el molesto olor a pachuli que traía su hombre, quien pensaba que al llamarle “mi princesita” de manera continua y con tono pegajoso, anulaba toda la matraca de faltas de respeto a las que le sometía constantemente. Mamá, como miembro sufrido de la clase obrera femenina desclasada y desideologizada, aceptaba su papel de ama del hogar, esas “sus labores” que tan injustas se revelan se miren por dónde se miren, y que no dan derecho a ninguna garantía social. Solo mantenía una preocupación constante y persistente: el bienestar de sus hijos y de su familia, aunque su marido apenas la tocara pero le lanzara requiebros que más iban dirigidos a limpiar su propia conciencia que a expresar un verdadero sentimiento. Pero entonces murió papá, y recuerdo que el día era soleado, un soleado y aplastante 12 de julio en uno de los veranos más calurosos que se recuerdan. El párroco y todos los asistentes terminamos por formar un gran charco con nuestras secreciones sudorosas; un charco que, años después, en la duermevela que me provocaba el opio, se me aparecía a veces en visiones en las que el abuelo emergía de él, abría el ataúd de mi padre, y le clavaba la navaja en la cabeza para después desaparecer saltando de nuevo al charco, como si fuera el río Estigia, mientras me lanzaba una sonrisa y una moneda de 20 duros, que es lo que me solía dar de paga de pequeño. Con la muerte de mi progenitor, a mamá se le solucionaron algunos problemas y se le abrieron otros. Al ser mi padre hijo único, paradójicamente, heredó todas las posesiones del abuelo. Solo con la venta de la vivienda, mi madre pudo terminar de pagar la hipoteca, ¿pero de qué sirve poseer una casa si no se puede llenar de comida? La ayuda que le quedó a mi madre como viuda daba para pagar la comida, y a veces ni eso, así que tuvo que ponerse a trabajar en una fábrica de caramelos a razón de 800 euros al mes por 45 horas semanales, sobre todo si quería, como se había propuesto por el bien de sus hijos, pagarnos la universidad. Aunque tal preocupación le dio un respiro algunos años después, cuando mi hermana decidió que no quería seguir estudiando y deseaba incorporarse al mercado laboral. Yo lo tuve más claro en ese aspecto, y me decidí a estudiar Informática. Cuando mi compañera de genes contaba ya con 20 años, comenzamos a tomar drogas duras juntos, y más o menos, salíamos con la misma gente. Fue entonces cuando mi hermana comenzó a tener problemas con la cocaína, especialmente cuando la fumaba. Un sábado de un fin de semana en el que mi madre se fue al pueblo y en el que yo ya estaba levantado, sobre las once de la mañana, escuché el sonido de las llaves tintineando al otro lado de la puerta. Supuse que mi hermana entraría a los pocos segundos, pero pasados cinco minutos el sonido metálico de las llaves chocando entre sí, y los desesperantes intentos infructuosos por introducir la llave adecuada en la cerradura, me hicieron levantarme del sofá desde el que veía la televisión y acercarme hasta la puerta para abrirla. Ahí estaba ella, sonriente, con todo el maquillaje que se había puesto corrido, desparramado por su cara como si fuera el dibujó de un bebé, como si la hubiera intentado poner guapa un koala. “Hermanito, muchas gracias, no encontraba la llave”, me dijo como pudo, y yo, con un lacónico estoicismo impropio de mis 16 años recién cumplidos, le contesté: “Pasa, anda”. Luego me volví a sentar en el sofá y a seguir viendo la tele, que por entonces aún emitían buenos dibujos animados los sábados por la mañana. Ella se quedó en la cocina, supongo que para intentar comer algo, y después pasó por delante de mí dándome las buenas noches (sí, las buenas noches); fue cuando me di cuenta de que el asunto con las sustancias se le estaba escapando de las manos: caminaba girando sobre sí misma, escuálida, me recordaba a las fotografías de los prisioneros de los campos de concentración nazis que el profesor de historia nos había mostrado en el instituto; el pastiche de colores que deformaba su sonrisa, y que hacía imposible distinguir siquiera sus ojos, tampoco ayudaba a llevarme otra impresión. Tras el desfile macabro que acababa de contemplar, entró en su habitación y cerró la puerta. Yo seguí viendo la tele, y devoré unos trozos de pizza, sobras de la noche anterior, como desayuno. En esas estaba, hasta que un estruendo alarmante me hizo levantarme de sopetón. Si mi oído no me engañaba eran cristales rotos. Acudí corriendo a la habitación y, al abrir la puerta, descubrí a mi hermana tendida en el suelo, desnuda, con un corte en la cara y otro en su teta derecha. “Ayúdame, hermanito, ayúdame”, me reclamó como una anoréxica moribunda. Así que la levanté como pude, la llevé al baño, la introduje en la bañera y la cubrí con agua caliente; las heridas no eran profundas, pero la hicieron sangrar mucho, y me costó cortar la hemorragia. Un chaval de 16 años, por muchos porros que fume, no debería vivir una experiencia así. Ella nunca recordó lo que sucedió, pero mi poder deductivo me hace pensar que se lanzó de frente contra el espejo frente al que se vestía y maquillaba antes de salir cada día. Si existe algo o alguien que pueda saber por qué lo hizo, supongo que será la cocaína en base que se había fumado aquel día. El problema de las drogas es un problema de clase, de clase social. Sí, claro que los ricos también se drogan y sufren las consecuencias del consumo, pero suelen tener dinero para solucionarlo. Y, además, en sus barrios no se vende la droga: o bien van a comprarla a los barrios pobres o bien se la entregan a domicilio. Se drogan y sufren las consecuencias físicas y psicológicas de ser un adicto, pero no viven el problema social: de verdad, ¿habéis visto yonquis en el barrio de Salamanca de Madrid? No, los yonquis, como en la que se estaba convirtiendo mi hermana, viven en barrios como el mío, donde la droga ayuda con mucho brío a hundir a las clases humildes aún más en la miseria: en ciudades o barrios de periferia donde un joven adulto que ha salido de un matorral en un parque cualquiera le pide a un chaval de 13 años 100 pesetas para un billete de tren con una aguja colgando del brazo y una gota de sangre que le cae hasta la muñeca. El cuadro que nunca pintó Munch. Mi madre, que era explotada y comenzaba a vislumbrar el problema que se le avecinaba con mi hermana, lo sabía; y mi hermana, que comenzaba a ver cómo su sueldo de cajera no le llegaba hasta final de mes. Supongo que papá y el abuelo también lo sabían, estuviesen donde estuvieran. Aquel fue un incidente verdaderamente dantesco, y a pesar de que mi hermana siguió drogándose con muchas ganas, al menos yo no fui testigo de otro similar. Muchas veces seguíamos tomando drogas juntos. Un día consiguió un opio muy bien curado, y nos tomamos varias bolas para ver dos o tres películas, sin levantarnos del sofá durante seis horas. Quiero a mi hermana, siempre la he querido. Desde antes de que imitáramos a nuestros grupos de música favoritos, esos grupos que ella me descubrió y que me abrieron las puertas a una cultura alternativa a la que hoy sigo siendo muy fiel, a pesar de que, a la vista de los últimos acontecimientos, debería haber perdido cualquier sentido; esa cultura y todo el mundo conocido. No solo contengo dulces recuerdos de compartir la música con ella, también de las tardes que pasábamos, antes de la droga, jugando a la videoconsola o al trivial, o de los primeros libros que ella me recomendó, que fueron los primeros que alguien me recomendaba. Entonces no es que todavía leyera, es que devoraba los libros. Después fue otra cosa la que comenzó a devorarla a ella. La droga. Pero así continuamos unos años; unos años en los que yo llegué a la universidad y ella consiguió un trabajo mejor, porque aunque se drogaba mucho, e incluso en horas de trabajo, lograba pasar inadvertida y rendir al máximo, quizás precisamente por la droga, que para ese nuevo trabajo que era el de secretaria de un tipo que conoció un día de fiesta en un garito de alta alcurnia (que quizás también se convirtió en su amante) era el speed, la metanfetamina. Apartó por un tiempo la cocaína, pero el speed no es que fuera una cura. La volvía paranoica y depresiva, pero cobraba un generoso sueldo, y creo que por primera vez en la historia de mi casa, el dinero sobraba para salir a cenar fuera y para regalos sorpresa: como los videojuegos y la ropa que mi hermana, con sus pupilas de búho, me regalaba constantemente entre aspiración y goteo de su nariz. Todo iba bien, con drogas, pero iba bien. Mi hermana no tenía problemas con una droga, sino con todas, y cambiaba regularmente de sustancia. Y cuando a mi madre le diagnosticaron el cáncer de útero, pasó de la codeína y el opio a la heroína. Fue entonces cuando dio comienzo el proceso que iba a llevar a la situación que os describía al principio. Todo vino, o nos vino, de golpe y chutazo. El tipo que la había contratado como secretaria la despidió y no quiso saber nada más de ella, por una razón muy simple: solo un toxicómano está capacitado y preparado para mantener una relación con otro toxicómano. Aunque aquel hombre se drogaba y abusaba, no era un adicto, y con frecuencia deseaba realizar otras actividades que no fueran esnifar, beber, fumar o inyectarse sustancias, empalmar una noche con otra o permanecer impertérrito en un sofá o en una cama mientras te enfrascas en conversaciones que pintan trascendentes pero en la práctica resultan absurdas. Así que mi hermana perdió su salario, y mi madre cometió el error de confesar su enfermedad en la fábrica un mes antes de que le dieran la baja y de que concluyera el contrato que le renovaban cada seis meses; no la volvieron a contratar, aunque le dieron un buen finiquito y un saco de caramelos. Quedaban para seguir viviendo los ahorros de mi madre y mi hermana, los cuales, estos últimos, bajaban a la misma velocidad que esquiadores en plena prueba de descenso, porque le dio igual la enfermedad de mi madre; si no te importa tu propia vida es difícil que te preocupen las de los demás. Por suerte, coincidió que yo terminé la carrera y una empresa me contrató en prácticas como informático, con lo que, de momento, no debíamos preocuparnos porque nos cortaran la luz, el gas, el agua o por no contar con una nevera repleta de comida. Pero sí produjo un efecto conductual en mí: fue entonces cuando yo comencé a alejarme de las drogas; ya ni siquiera me apetecía beber un vaso de vino en el bar de la esquina, y fumaba porque el tabaco no produce efecto subjetivo alguno. Me resultaba discordante la imagen de la calavera de mi hermana —así se le comenzaba a dibujar el rostro— frente al televisor, y la mía entrando en casa borracho, fumado o con mis fosas inundadas de costras de plaquetas con cristalitos blancos, los mismos que corroen tu tabique nasal como termitas la madera. También comenzó mi furia contra ciertos camellos del barrio y de la ciudad. Con algunos no hubo ningún problema, era cuestión de que les explicara el problema de mi hermana y dejaran de venderle, pero otros se ponían farrucos y aducían razones comerciales. Así me sucedió con un inútil que había sido compañero mío en el instituto. Ya en nuestra educación secundaria chocamos dos veces, las dos con nefastas consecuencias para su orgullo y su integridad física, pero el mentecato, ahora que vendía droga (yo la había vendido cuando compartíamos tutor), se pensaba que le daba cierta categoría, que le hacía susceptible de respeto; no sé, se pensaría que era un gánster o algo así. La primera vez acudí a su encuentro con mi hermana, que acababa de evaporar todo el saldo de su cuenta bancaria y no encontró otra manera de pagarle lo que le debía que pidiéndoselo a mi madre. 300 € que mi antiguo compañero de estudios le había ido apuntando y le había exigido de inmediato. Fui claro: “Te pago esto, pero no vuelvas a venderle, ni fiado ni nada. Está enferma, ¿es que no lo ves?”. Contestó mientras contaba los billetes con tono despectivo y agitanado: “Eh, primo, si me pide yo vendo: esto es business”. Así que me acerqué y me coloqué en perpendicular a él, frente a su oreja izquierda, señalé a mi hermana, que apenas se enteraba de algo, y dije: “¿La ves? Como vuelvas a venderle algo te voy a romper las rodillas”. Me miró con desdén, luego desafiante, manteniéndome la mirada, y al final me sonrió y, tras soltar un “No te flipes”, se dio media vuelta y se marchó. Mi hermana y yo volvimos a casa, porque yo trabajaba al día siguiente y ella necesitaba… no sé, supongo que descansar, calcio y vitamina C. Pero mi amenaza no amilanó al palomino fulano que iba de mafioso, y volvió a vender droga a mi hermana; una droga que ella pagó con dinero sustraído del monedero de mi madre. Así que tuve que actuar de otro modo. Como sabía donde vivía, le esperé agazapado una shakesperiana noche de verano tras una columna aledaña a su portal, justo en la esquina que forman su calle y la avenida por la que solía volver él con su bici de montaña, sofisticado vehículo que utilizaba como herramienta de reparto. Estuve atento de otear el horizonte para identificarlo, y así, cerca de las tres de la madrugada, divisé su llegada. Él pareció reconocerme a tan solo unos metros de mí, y me lanzó una sonrisa provocadora, como diciéndome: “Ves, me la sudan tus amenazas”. Me acerqué hasta él y, aprovechando que iba en bici, le pegué una patada frontal que le hizo estrellarse contra el asfalto. Comenzó a insultarme y a decirme que si menganito o fulanito me iban a matar. Pero ya había hablado con menganito y fulanito; y, de no ser así, me hubiera dado igual. Por ello, sin dejar que se levantara del suelo, le di dos o tres patadas en la cabeza para dejarle aturdido; luego, entre sus quejidos, le recordé la advertencia no respetada, y comencé a pisotear su rótula derecha hasta que escuche un crujido igual que cuando se rompe la cáscara de una nuez. Gritaba de una manera inconscientemente desgarradora, como… como… como si te estuvieran partiendo las rodillas, vaya. Pero su desesperación fónica no iba a ejercer ningún efecto en mí, que no solo veía cómo la vida de mi madre se consumía entre operaciones inoperantes y sesiones exprés de quimioterapia, sino también cómo mi hermana consumía, literalmente, la suya propia. Terminé, entonces, de cascarle la rótula izquierda a pisotones, haciendo caso omiso de sus llamadas a mi piedad y de su insistencia en que no lo haría más, y me fui corriendo. Además, al día siguiente también trabajaba, porque como me habían contratado al terminar el curso, en julio, no me correspondían vacaciones. Esa fue la mayor violencia física que hube de emplear. Con un ex novio de mi hermana que ya se había casado y reproducido, que vendía cocaína (cualquier cosa valía para mi hermana antes que afrontar el mono) y que tampoco parecía prestarse a la labor de dejar de vender droga a mi hermana, me bastó con acercarme un día que tuve libre después de verano, a comienzos del período escolar, a la valla del colegio de su hijo, llamar a éste y entregarle una carta cerrada para su padre en la que le decía dos frases: “Véndele un gramo más a mi hermana, y te quedas sin tu churumbel más pequeño”. Obviamente no albergaba ninguna intención de hacerle daño al niño, pero la amenaza surtió mucho efecto, sobre todo porque todo el mundo vio cómo mi ex compañero de instituto tuvo que desplazarse durante mucho tiempo en silla de ruedas… La calle es así, no puedes andarte con rodeos ni con denuncias: la policía no va a ir a por un tío que menudea la droga, le interesan los peces gordos: pezqueñines no, gracias. Recuerdo la gracia y el entusiasmo que nos impregnaba esa campaña publicitaria a mi hermana y a mí de pequeños. Ella me abrazaba, luego me levantaba por debajo de las axilas y me movía por el aire, mientras yo reía sin parar, repitiendo “Pezqueñines no, gracias. Hay que dejarlos crecer”. Pero todo esto (ni la paliza, ni la amenaza, ni los buenos recuerdos) no hizo recapacitar a mi hermana; ni lo más mínimo. Le robaba a mi madre los opioides que el oncólogo le recetaba, y muchas veces mi madre se acostaba entre dolores tremebundos. Le pedía a mi madre un euro para comprarse una coca cola, y lo que hacía era comprar un cartón de vino y bebérselo de un trago para emborracharse y pasar el mono; cuando dejamos de darle esos euros sueltos, porque sabíamos lo que haría con ellos, comenzó a robar en los supermercados del barrio y de la ciudad. Otro día la pillé hurgando en mi cartera, y ya se había guardado un billete de 20 euros en el sujetador que ya no sujetaba nada; fue una de tantas veces que perdí los nervios y comencé a gritar, pero la única en que la golpeé. Le di un puñetazo después de que me devolviera el dinero y comenzara a atosigar a mi madre moribunda para que le diera del suyo. Le di en el labio, e ipso facto se le rajó y comenzó a salir sangre por la herida; tan automáticamente como yo, en un arrebato incontenible de sincero arrepentimiento, adopté posición genuflexa para pedirle perdón a aquella chica que un día me introdujo en la literatura y en la música, y que había cargado conmigo a sus espaldas cuando yo me negaba a volver andando a casa desde el colegio. Pero no era la misma; ya no. No es que su personalidad fuese distinta, es que mi hermana no era la misma persona, ni física ni psicológicamente: estaba podrida; su cuerpo, arruinado; su belleza, pervertida; su sonrisa, falseada, un mero placebo; su vitalidad, en cenizas, como el filamento calcinado de una bombilla fundida. Solo buscaba la compañía de otros drogadictos, y aunque nadie me lo dijo, creo que comenzó a prostituirse en el polígono industrial de las afueras de la ciudad. Ni los mejores ni los peores recuerdos pueden inmortalizarse en fotografías: son los que se perpetúan en tu memoria sin necesidad de compulsiones retratistas pornográficas; no son un selfie con tu amiga del alma sacando morritos. Y esos recuerdos te acompañan siempre, se pasan por tu pensamiento con regularidad, para dejar su tarjeta de visita en forma de sufrimiento o de esperanza. Desde el día que murió mi madre yo conservo una de esas tarjetas de visita, pero de las malas; de las muy malas… Yo en el hospital, frente al cadáver de esa mujer que, con su esfuerzo y su orgullo de clase, logró sacar adelante una familia en ruinas; la misma familia que se había ido arruinando por un capricho atávico. Yo frente a su cuerpo sin vida, frío, tieso, esquelético, azul… Acerqué mis labios a su frente gélida y la bese por última vez, mientras mis lágrimas caían a su rosto inerme y parecían imprimirle vitalidad. Mi hermana llegó después, para pedirme dinero con sus dedos de jeringuilla. La escena no llegó a más porque escapé de aquella situación que ni el mismo Kafka hubiera sido capaz de imaginar. Debí organizar el velatorio y ocuparme de todas esas cosas tan desagradables con las que algunas personas —no las culpo— se ganan la vida. Me ayudaron mi tía y una vecina, la mejor amiga de mi madre. Pero mi hermana seguía sin dar rastro de vida, y no lo hizo tampoco durante toda la noche. La primera noticia que me llegó de ella fue una llamada del hospital. Como no consiguió dinero, se fue a casa y se bebió los dos botes de alcohol etílico del botiquín, mezclados con refresco. Hube de ausentarme del entierro de mi madre, a pesar de que mi tía se ofreció a ir ella al hospital; aunque la verdad es que deseaba salir de allí: esas situaciones ahogan… Cuando llegué a urgencias, mi hermana deliraba: comenzó a hablarme de un conejo, y de una servilleta que le había contado un chiste muy gracioso. Entremedias, me confesaba que mamá había muerto, que qué íbamos a hacer ahora, que estábamos solos, pero que ella lo sentía, que lo sentía mucho, que no podía vivir sin mi ayuda, sin mi preocupación, sin saber que me importaba. Por una cosa, por otra o por todas, salí del habitáculo, aun cuando ella me rogaba que no la abandonara, y comencé a llorar sin consuelo posible; a gritos, mientras mi espalda, apoyada en la pared, caía hacia el suelo con todo mi cuerpo, encogido de dolor, fulgurante de lobreguez: como lo hace el cuerpo de un ejecutado por fusilamiento. Pero era un punto en un histograma; el trajín del centro no se detenía, y los enfermeros y las doctoras pasaban por delante de mí, supongo que conmoviéndose por dentro, pero sin posibilidad de atender todo el pesar que, en más ocasiones de las que deseamos, campa por los pasillos de un hospital. Las secuelas de la muerte de mi madre fueron duras. Me sobraban amigos, y me faltaban personas. No hablé con mi hermana en un mes; no me importaba en absoluto lo que le ocurriese, cosa que, aunque yo pensara que no, también me afectaba. Me cruzaba con ella, pero eludía el intercambio de palabras, aun cuando intuía que pudiera estar sobria y sin drogar, cosa que con el paso de los días me fue pareciendo una posibilidad más factible. Mis sospechas se confirmaron un día que me levanté para ir al trabajo y me encontré un estupendo desayuno continental en la mesa. Le sonreí, nada más, cuando se quedó mirándome, esperando mi respuesta; luego me quité el ayuno y me fui. Poco a poco, y muy lentamente, fuimos recuperando nuestra relación. Desconocía el cambio de mi hermana, y sospechaba, porque cuando vives con una politoxicómana aprendes que nada de lo que dice es verdad o fruto de la casualidad: si nunca permanece en casa sin bajar durante una semana y un día decide bajar, no es porque le apetezca, simplemente, dar un paseo; si está feliz, lo más probable es que sea porque se ha drogado después de unos días sin hacerlo; si dice que va a Madrid, porque le han llamado de un trabajo, la posibilidad más real es que vaya en busca de nuevos camellos o de nuevas farmacias que no le conozcan y le vendan un bote de Toseína o una caja de termalgil o paracetamol con codeína, que ya se encargará de separar las dos sustancias para quedarse solo con el opiáceo; y etcétera… Pero, realmente, mi hermana mostraba todos los síntomas de haber dejado de consumir droga alguna. Así me lo confirmó ella, y cuando le pregunté por el mono, y cómo lo había superado sin ayuda, cuando ni siquiera una terapia intensiva y de aislamiento en una de las mejores clínicas de Madrid, la del doctor León, fue capaz, me preguntó que si no le parecía suficiente motivo para recapacitar todos los actos cometidos por su alma esclavizada y sacar fuerza de voluntad para lograrlo; también mencionó a mamá… Luego, la abracé, y noté que la grasa y el músculo parecían haber renacido en su cuerpo, y que era cálida, y los dos lloramos, supongo que por todo y por nada. Me dijo que a lo mejor una amiga, ex toxicómana, la iba a poder enchufar en un almacén, haciendo pedidos, y sujetando su rostro con mis manos le dije que eso estaba muy bien, y que estaba muy orgulloso de ella. No obstante, un día acudimos al Caid de la ciudad para que los profesionales que llevaban su caso nos informaran sobre las posibles consecuencias (tanto físicas como psicológicas) que su decisión de dejarlo todo de golpe y sin apoyo podría espolear. Los profesionales del Caid se sorprendieron tanto como yo, y lo celebraron de la misma manera, aunque nos advirtieron de que lo más apropiado era que acudiera una vez cada dos semanas durante los primeros tres meses, tanto para realizarle análisis como para terapia psicológica. Mi hermana volvía a ser mi hermana. Nos reíamos juntos y comenzamos a realizar un montón de actividades. Ella volvía a leer, volvía a ir al cine, comenzó a escribir poesía, se apuntó a un taller de teatro del ayuntamiento, al gimnasio, quedaba con antiguas amistades que se maravillaban igual que yo de su recuperación… Incluso, un día, rememoramos nuestros guitarreos en el garaje del pueblo haciéndolo de nuevo en casa, esta vez haciendo playback con “Walk” de Pantera: ella hizo de Phil Anselmo, yo de Dimebag Darrel; y la fregona y una raqueta volvieron a cumplir las funciones de micrófono y guitarra. Solo el recuerdo aún reciente de la muerte de mamá limitaba mi completa felicidad. Pero pronto comencé a percibir cambios en mi hermana; unos muy raros. Físicos, exclusivamente. Al principio no dije nada, porque lo entendía como algo personal, y me daba apuro, pero el olor que desprendía mi hermana comenzó a ser insoportable. No era a sudor, era como a entre podrido y feculento. Lo más extraño es que veía cómo se duchaba todos los días. A las dos semanas de que el hedor se prolongase, hube de preguntarle, con delicadeza, por su salud, si se encontraba bien, y si no percibía aquella peste. Se ruborizó mucho, y me confirmó que sí, que en el trabajo lo estaba pasando muy mal, pero que no sabía de qué podía tratarse, que ella se aseaba con ensañamiento. Le dije que ya lo sabía pero decidimos acudir al Caid. Allí, con bastante delicadeza, nos dijeron que, aparentemente, no podía deberse a ningún efecto posterior de la adicción y del consumo, que quizás sin darse cuenta, y con la emoción y el entusiasmo de liberarse de las drogas, hubiera comenzado a sudar más frecuentemente. Poco más. Nos marchamos y no le dimos mayor importancia, pero el mal olor que desprendía mi hermana persistía, y cada vez se hacía más insoportable. Nos preocupaba, y comenzó a preocuparnos mucho más cuando comenzaron a salirle esas… heridas… Ni siquiera sé si podría catalogárselas como tal según los preceptos de la medicina moderna. Se asemejaban a un cruce de verruga con eczema de aspecto arcilloso y color variado, pero de tono oscuro, entre el verde y el marrón. Si le pasabas un papel por encima se quedaba pringado de una sustancia pestilente: la misma pestilencia que desprendía mi hermana, pero concentrada en un nivel de potencia que provocaba una arcada instantánea. Las primeras le aparecieron alrededor del pubis, y pensé que podría ser cualquier enfermedad venérea inoculada en su organismo en alguna de esas ocasiones, negadas por ella, en las que hizo la calle. Luego comenzaron a brotar por todo el cuerpo, primero de manera aislada, luego extendida: espalda, tripa, piernas, brazos, cara… Le dieron la baja, fuimos al médico y éste nos envió directo al hospital; en su rostro profundamente extrañado y sorprendido pude intuir la naturaleza idiopática de la dolencia de mi hermana. No sabían nada. La ingresaron en una habitación aislada, de contención biológica, mientras aquellas irrupciones cutáneas crecían y crecían, dejando visibles los huesos que, igualmente, se desintegraban y se mezclaban en charcos gelatinosos formados en su cuerpo. Desde la entrada del hospital, la radical hediondez de mi hermana ya era perceptible por el olfato de cualquier persona, como si cerca existiese una depuradora de aguas residuales. Por todos los rincones del hospital se comentaba el caso de la paciente de la habitación 325. Poco antes de perder el habla, mi hermana se confesó. Entre toses que salpicaban las cortinas de plástico y mi máscara de esa materia pestífera, me dijo que pensaba que lo que le ocurría era fruto de una droga. Que después de morir mamá, deambuló por la ciudad en busca de algo, preguntando a todo el mundo, y acabó llegando al poblado. Un poblado desierto; raro, cuando es un lugar por el que siempre hay mucho trasiego de algo parecido a personas. Ya era de noche, y, además de completamente vacío, carecía por completo de alumbrado. Así que se dirigió hacia el único punto de luz que parecía distinguirse en la turbia cerrazón que envolvía el poblado. Una luz de una ventana. Una ventana de una casa. Llamó, esperó, y la puerta se abrió, sin nadie que tirara del pomo por el otro lado. Entró, pero era un espacio vacío, sin amueblar, de paredes blancas que brillaban en la oscuridad; buscó por todas las estancias hasta que, finalmente, encontró a un hombre en una; de pie, en una de las esquinas. Su descripción no me tranquilizó y desató en mí aún más confusión y consternación. Un anciano esmirriado que vestía un jersey de lana camel y unos pantalones beige, con seis dedos arbóreos (ese fue el término que utilizó) en cada mano. Cojo, con una pierna amputada; preguntándose si en la que le quedaba contaría también con esos seis dedos arbóreos que lucían sus zarpas. Su cabeza la coronaba una boina cuya sombra hacía menos visible el ojo tuerto que terminaba de dibujar su rudo aspecto de hombre curtido en diez mil y una batallas. Al verla, el anciano se dirigió a ella con una voz gutural tranquila y aguda, como la que suele provocar el consumo prolongado del tabaco en las personas mayores cuya voz es de pito. “¿Qué buscas, bonita?”, inquirió. Mi hermana le contestó, y él le dijo que poseía un nuevo y fabuloso material, uno que le llevaría a dejar las drogas y que además le iba a regalar. Mi hermana desatendió las razones por las que un desconocido querría hacer que dejara las drogas, porque solo quería droga. Así que cogió la pastilla que le dio, salió de la casa de nuevo a la calígine que inundaba el poblado, y por el camino se la tragó. Algunos días después fue cuando comencé a observar su cambio, hasta que finalmente me preparó el desayuno aquella mañana. Mi primera reacción fue marchar al poblado para buscar a aquel anciano y que me indicara qué droga le había regalado a mi hermana y me diera una muestra. Si no podía ser por las buenas, habría de ser por las malas. Siempre hay alguien más duro que tú, pero ya poco me importaban las consecuencias que podría acarrear introducirme en el poblado y agarrar de la pechera a uno de los ancianos, quizás a uno de los patriarcas. Para mi sorpresa, el poblado había desaparecido por completo. Todas las chabolas evaporadas; todos los yonquis ausentes; tan solo era un descampado más, con la autovía de fondo; pero un descampado en el que dominaba el mismo olor que desprendía mi hermana, como si debajo se hubieran acumulado cantidades ingentes de ese barro viscoso que la estaba pudriendo. Volví al hospital, pero ni siquiera me molesté en preguntar a mi hermana. Lo que sucedía había superado ya los límites de la realidad, así que simplemente volví y le dije que no le había encontrado. A ella y a los médicos, quienes me comunicaron que no podían darme una fecha, pero que lo de mi hermana era cuestión de tiempo; no sé si que se desintegrase apestando a todo el hospital o que muriese. El mal se nutre con desgracias; y la pesadilla producida por la digestión desinhibe el lamento autocompasivo: ¿por qué yo? ¿Por qué a mí? Y así estoy, hecho mierda, frente a mi hermana, que se ha convertido en una diarrea; y no sé si me alegro… o me apesadumbro. Pero de ese charco fecal, como el del sudor que se formó el día del entierro de mi padre, veo emerger las figuras del atavismo: la del abuelo, la de papá, la de mi hermana… esas almas robadas, irresponsables y estúpidas. Y seguiré aquí, con mi fiero sueño de reloj, esperando a que Dios me convenza de que existe.

Daniel García Raso
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