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Sólo era un trabajo

sábado 29 de julio de 2023
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Desde que se arrastraba por los suelos y vomitaba en los hombros de su padre, sufría una inevitable tendencia por tomar siempre las peores decisiones. Por eso creía que había sido la primera. La necesidad, la desesperación, la curiosidad o una mezcla enfermiza de todo hicieron el resto. La cuestión es que el anuncio fue emitido en la radio y en la televisión en horarios de máxima audiencia, y los periódicos y las redes sociales se llenaron de anuncios y banners a todo color. Y ella fue la primera…

Preparaba la comida con lo poco que le quedaba en la nevera. El filete de pollo amarillento —condimentado con pimienta y orégano para camuflar el sabor rancio— comenzaba a tostarse en la sartén, y el aceite, furioso, crujía y saltaba hacia su delantal. En el plato esperaban un tomate blanduzco y tres hojas mustias de lechuga: la comida de su hijo; a ella le bastaba con una manzana marchita y un café aguado.

Cavilaba con desesperación no sólo por lo que ya tenían, sino también por lo que se avecinaba, cuando una voz masculina —misteriosa, grave y profunda— reclamó su atención desde el televisor: “No necesitas ser nadie para participar. Olvídate de medidas perfectas, de experiencia como tronista, de saber cantar, bailar, cocinar o lo que sea que creas que haces bien. Nadie, no necesitas ser nadie. Llama y participarás”. Aquella voz en off acompañaba a un primer plano de un trono sumido en una oscuridad caníbal, sólo visible por el foco que lo iluminaba. El anuncio se cerraba con un número de contacto y el nombre del programa: Aguante.

Por instinto descolgó el teléfono para llamar. Pero a los cinco segundos dudó, y bajó el auricular desde su oreja hasta el hombro. Allí descansó medio minuto; lo que tardó en sobreponerse a sus escrúpulos ante lo desconocido y aprovechar lo que, pronto, observó como una oportunidad de salir de su abismo.

Sólo era un trabajo. Ese era el mantra que reverberaba en su pensamiento.

Quería perder de vista a las larvas y el moho que se acumulaban en cada rincón húmedo del piso, y a las ratas que no dejaban de asomarse a la ventana día tras día.

El deseo de librarse de las sombras que la rodeaban era más fuerte que su vergüenza social. Sombras, sí, alimañas: las del paro; las del hambre; las de él. Y también quería perder de vista a las larvas y el moho que se acumulaban en cada rincón húmedo del piso, y a las ratas que no dejaban de asomarse a la ventana día tras día, en una macabra visita con la que parecían querer cerciorarse de que ya era el momento de darse un festín con sus cadáveres. Una aún mantenía la mirada inexpresiva y peluda sobre su hijo, que permanecía hierático ante el televisor, como el muñeco de un ventrílocuo. Por momentos le escuchaba susurrar a través de su pequeño hocico: “Muérete ya, cabrón, muérete ya”, y sus dientecillos, que eran bacterias, terminaban de amedrentarla.

Pero marcó el número en el dial, todavía redondo, de su vetusto aparato telefónico.

Una melodía circense se reprodujo desde el otro lado del auricular. En menos de treinta segundos, una voz masculina cargada de mercadotécnica simpatía interrumpió la partitura para atenderla: “Aguante, el programa que va a cambiarle la vida, ¿en qué le puedo ayudar?”. Lacónicamente, todavía sin creérselo demasiado, le transmitió su interés por participar. Su respuesta fue de una extraña y estridente alegría: a medio camino entre el graznido de un cuervo y la risa de una hiena. Sin perder un segundo ni preguntarle nada más, le dijo que el pago por cada programa era de dos mil euros, a razón de un programa por semana. Con cada programa que resistiera, se añadiría un plus de mil euros más por participación. ¿Podía empezar al día siguiente? Es en riguroso directo.

Todo le pareció muy precipitado y le preguntó a su interlocutor si no habría que firmar un contrato o algo parecido. Éste, interrumpiendo su última palabra y con una voz cargada de seriedad, le dijo que sí, que por supuesto, pero que podían cerrar el contrato telefónicamente. Dudas otra vez. Milisegundos para tomar una decisión. Siempre hay una letra pequeña en los contratos, se decía, y seguro que no se la iba a leer.

Pero eran dos mil euros al día. Aunque aguantara sólo un programa, ya se le solucionaban dos o tres meses. Así que el representante del programa le leyó las cláusulas más importantes (su nombre es tal, vive en cual, acepta participar en el programa sea cual sea su función en él).

Dudas. Milisegundos. Decidir.

Le dio confianza que el contrato incluyera un seguro que cubría cualquier accidente o percance que pudiera ocurrirle durante el programa: hasta diez mil euros.

Decidió.

Sí.

Y firmó con su voz, y al deshacerse de todo ese estrés acumulado en tan poco tiempo se sintió como un globo que se desinfla.

Le dio direcciones y señas sobre el lugar donde se encontraba el estudio. Y ella tomaba nota con una sonrisa de esperanza cincelada en su rostro. Colgó el teléfono y miró a su hijo, que seguía frente al televisor, mudo e inamovible, como una estatua. Se recreó observando a su pequeño, imaginando lo que podrían hacer con los primeros dos mil euros, o con los catorce mil que ganaría si aguantaba un mes. ¿Y si aguantaba dos meses? ¿Un año? Eso sería no sólo su salvación económica, sino tal vez el principio de una brillante carrera televisiva. Divagó y divagó hasta que el olor a quemado se introdujo por sus fosas nasales. Una mirada atrás, el filete de pollo en llamas, el humo que comenzaba a acumularse en la cocina. Hijo, mañana quizás cenemos solomillo, pero hoy nos conformaremos con lo que nos den los bomberos.

Papá ya no estaba, y sólo la posibilidad de pensar en dejarle solo le llenaba el cuerpo de los tumores más malignos.

¿Qué hacer con el niño? La emisión del programa en riguroso directo le podía robar hasta diez horas. Papá ya no estaba, y sólo la posibilidad de pensar en dejarle solo le llenaba el cuerpo de los tumores más malignos. Amigos y amigas se suponía que seguían ahí, pero la última vez que había quedado con alguno de ellos, con cualquiera de ellas, se perdió en el colador de su memoria cuando todo acabó. Estaban sus padres, los padres de él, que siempre la apoyaron, a pesar de ser enfermizamente comprensivos con las razones, motivos y justificaciones esgrimidas por su hijo en el juicio.

Era una opción. Realmente era la única opción. Salvo que intentara que la cadena de televisión permitiera a su hijo deambular por el estudio durante el tiempo que durara el programa. Que tampoco era una idea que la convenciera…

Pues con los abuelos. Mucha sorpresa, mucha ilusión y mucho cariño cuando los vieron. Hijo, saluda que son los abuelos, pero el niño cabizbajo y taciturno. Palabras de ánimo para ella. Todo con pinta de ser más protocolo social que verdadero sentimiento. Saludar a los vecinos en el portal, dar los buenos días al llegar a la cola de la carnicería, preguntar al panadero cómo se encuentra su mujer… y dar una palmadita en la espalda a la ex nuera, después un abrazo y sonreír, casi esgrimir una lágrima como arma de chantaje emocional. Él te quiere, hija, de verdad que te quiere, pero ya sabes cómo es. No quería escuchar. Ni por asomo. Por lo menos estaba segura de que él no aparecería ni aunque le llamaran para decírselo, y también de que en esa casa su hijo estaba a salvo, por lo menos, de la mirada de las ratas.

Volvió rápido a su casa, y nada más entrar saludó al techo carbonizado de la cocina y dejó que el olor a fogata estimulara con violencia su olfato. Hasta las dos de la tarde no debía estar en la puerta del estudio, y eran las once, así que contaba con dos horas y media para elegir su atuendo y utilizar el transporte público para llegar con puntualidad a las puertas de su nuevo trabajo. Media hora antes es lo idóneo.

Todo lo que sobrevivía en su armario le contagiaba una exasperante autocompasión. Nada elegante, nada simple pero que deslumbrara, nada que le hiciera sentirse atractiva: pantalones de chándal, camisetas promocionales de marcas de bollos, algún pantalón vaquero de segunda mano que le dio la parroquia; pero ningún vestido, ninguna camiseta de tirantes, ninguna camisa o blusa que pudiera conjuntar con un pantalón chino, ancho o de pitillo, como hacía en su adolescencia, poco antes de conocerle a él.

Se le vino a la mente un conjunto que, por razones que en ese momento no quería recordar, había conservado desde su adolescencia. Esas prendas que llevaba puestas aquel viernes en la discoteca; esa discoteca en la que él se le acercó para decirle que la invitaba a una copa; una copa que cargó de amor, caricias, besos y buenas palabras, con esa sonrisa que aún se le aparecía en pesadillas… Una mueca diablesca flotando en un cosmos lejano que la despertaba entre sudores fríos, una noche sí y tres noches no.

Lo recordó, al final, pero venció con valentía su miedo y se enfundó en la minifalda a cuadros blancos y negros, se puso la camisa gris con escote y se calzó las zapatillas negras de tela, tipo skater. Así parecería joven, por lo menos más joven de lo que era. Para reforzar esta imagen hasta la hipérbole, metió sus enseres en una mochila deportiva, a la que añadió, colgando de las cremalleras, los pequeños peluches de una tortuga y un gato que un día encontró en la basura y regaló a su hijo después de lavarlos.

A cada paso que daba, los peluches se agitaban con gracia pubescente, como si tuvieran vida propia y fueran jugando entre ellos. Y, rodeada de un aura de palpable inocencia, salió de casa y se dirigió a la boca del metro, no sin que antes una rata y una larva la vitorearan y le lanzaran requiebros: “¡Guapa, más que guapa, que vas a triunfar!”.

Fue su padre quien la cuidó, quien la alimentó, quien la educó… Antes y después de que pudiera valerse por sí misma.

Recordó entonces a papá, y todo el año que había pasado ya sin su luz. A mamá no la conoció, o la conoció pero no se acordaba. Porque fue su padre quien la cuidó, quien la alimentó, quien la educó… Antes y después de que pudiera valerse por sí misma. Antes y después de él. La acogió en su casa, esa casa que, tras su muerte, se había ido vaciando de muebles, de recuerdos, de alhajas… hasta de libros. Porque había que comer, y lo vendieron casi todo, menos la tele, por supuesto. La memoria de su padre la obligaba, una vez al mes, a estallar en un llanto infantil cuando el niño no estaba. Un llanto infantil al que siempre acompañaban las mismas palabras: ¡Papá, aún soy una niña! Ese mes aún no lo había hecho, así que, en plena calle y mientras caminaba, materializó aquel ritual de angustia y desesperación, para extraña y compasiva sorpresa de los transeúntes. Luego, sin detenerse, se secó las lágrimas y continuó su camino.

Por suerte, la línea de metro de su barrio conectaba directamente a una estación desde la que sólo tenía que andar diez minutos hasta el estudio. Por desgracia, carecía de los dos euros que costaba un billete. Aun así, entró por la boca del metro, que pareció tragársela. Oteó de lejos el panorama, planificó la acción. No había empleados en la taquilla ni en las puertas automáticas. Así que se dirigió a ellas con normalidad, pero en vez de introducir el billete en la ranura, apoyó sus manos en los laterales de la puerta y saltó por encima de ella. Algunos pasajeros la miraron con desdén, pero le daba igual cuando aquello resucitaba su juventud.

De pie en el vagón, sujeta a una de las agarraderas del techo, recordaba cuántas veces se había colado en el metro. Y se acordó de una en la que él la acompañaba, una en la que les pillaron. De nuevo esa mueca monstruosa riendo en el vacío de su pensamiento. Pero se sentía a salvo: no puede hacerme nada, no puede hacerme nada… Presa de un profundo ensimismamiento, no se percató de que dos guardias de seguridad dieron con su presencia en el vagón. Les vio cuchichear mientras la miraban, acordar algo y enfilar la distancia que los separaba de ella. Sus piernas temblaban y masticaba el latido de su corazón. Cuando los guardias se encontraban a un metro, cerró los ojos y las orejas. ¡Papá, aún soy una niña! Esperó la voz que le pidiera el billete, pero al abrir los ojos vio que los guardias habían pasado de largo. El corazón volvió a su sitio, las piernas se calmaron, papá le sonrió. Y tomó un asiento que quedó libre hasta llegar a su destino.

El edificio del estudio de televisión sólo se distinguía de un parque de oficinas en que en su interior se avistaba desde lejos una gran nave. Tras dar su nombre en recepción, dos personas la acompañaron sonrientes hasta la puerta del plató. Ni maquillaje ni guion: directamente a la palestra. ¿Nerviosa? No. Pues nosotros sí, sabemos lo mismo que tú sobre el programa. Allí la llevaron y allí la dejaron. Ante la puerta, que se abrió, y de ella salió otra persona. Le dijo que pasara. Desconfió. ¿Podría ver a la persona con la que hablé por teléfono? Esa persona es sólo un administrativo. El contrato ya está firmado, vamos, corre, el programa va a empezar. Al cruzar el umbral de la puerta, escuchó un fuerte golpe de cierre tras de sí; la persona que la esperaba desapareció y ante ella se extendió una oscuridad menguante, que se desvanecía al llegar a un octógono enjaulado. Sintió miedo, primero, y un gritó se quedó a las puertas de su boca antes de pensar en salir corriendo, pero ¿dónde? Luego la envolvió un acechante misterio; cada milímetro la observaba. Y curiosidad, finalmente, por lo que comenzó a andar con timidez y a observar el plató.

Muchas cámaras y muchos focos miraban el octógono desde todo ángulo posible. Realización no quería perder detalle. Pero no se veía ningún cuerpo ni se escuchaba ninguna voz. Nada de público. Ni un vaso de café vacío había. Una cámara comenzó a moverse y se estiró hasta ella, como una serpiente se desenrosca en un árbol, para obtener un primer plano de su rostro. Pronto descubrió, según caminaba hacia el octógono, que todas las cámaras eran manejadas por control remoto. Sólo el octógono estaba iluminado por los focos, que desprendían el poderoso torrente de su luz sobre el trono, situado en el centro geométrico del mismo. Igual que en el anuncio.

Se detuvo ante la puerta abierta del octógono y, entonces sí, escuchó una voz en off: “Entra y siéntate”.

Repensar la situación y romper el contrato, aunque fuera a gritos, pero… dos mil euros, el niño, papá, él, las ratas…

Confusión y nervios en su debut, marabunta que le subía por las piernas hasta el cuello. Repensar la situación y romper el contrato, aunque fuera a gritos, pero… dos mil euros, el niño, papá, él, las ratas… Puso un pie en la lona, después el otro, y la puerta enjaulada chirrió un berrido al cerrarse. Colocó la mochila a un lado del trono y los peluches dejaron de jugar en el patio trasero. Las dos nalgas besaron de golpe el hierro del trono, cuyo gélido tacto traspasó sin problemas el fino tejido de su falda. “Los brazos en el reposamanos”, dijo la voz. Al cumplir la orden, se activó un mecanismo y escuchó saltar unos resortes: grilletes, cepos y correas de metal revestidos de cuero la inmovilizaron manos, pies y cintura. ¿La letra pequeña? Dos mil euros, pero… ¡papá, aún soy una niña!

Tres cámaras reptaron por el aire hacia ella, todos los focos la abrasaron de calor y la voz arrancó de nuevo: “Nuestra primera concursante, ¿tendrá algo que decir? ¡La verdad es que no nos importa! Ya que ha venido a… ¡aguantar!”. Un trillón de aplausos enlatados machacaron sus oídos. “Recuerda que si decides rendirte y perder tus dos mil euros, sólo tendrás que mover el cuello de un lado a otro para señalar que no, pero ¡nada de hablar! ¿Entendido?”.

Ante la orwelliana mirada de las tres cámaras que danzaban ante sus ojos, movió el cuello de arriba abajo para señalar que había comprendido la mecánica del programa. Los nervios le corroían el estómago como termitas la madera, pero no era menos cierto que se sintió protagonista, y le gustó, y abrió sus labios de comisura a comisura para sonreír como se hace en la televisión, como si sus albinos dientes fueran todo el escudo con el que resistir. Y la voz chilló de nuevo: “¡Que pase el primero de tus problemas!”.

Por inercia, dirigió su mirada a la puerta del octógono, y vio a un niño de la edad de su hijo cruzar el umbral y encaminar sus pasos hacia ella. Venía lamiendo una piruleta, y se plantó frente al trono. “¿Dónde has estado, si puede saberse?”, dijo con voz angelical. ¿En eso consistía Aguante? Sintió que defecaba todas las termitas de su estómago, y sonrió inclinando la cabeza hacia el lado izquierdo, como retando la malhablada candidez del niño. “Vaya, vaya, no la has hecho ni pupa, mocoso. ¿Es eso lo mejor que tienes?”, intervino la voz.

Entonces, el pequeño bajó la cabeza, pareció coger fuerzas y le gritó como si fuera la asesina de su mascota: “Zorra de mierda. ¿Crees que no he visto cómo has mirado al camarero? Prepárate cuando lleguemos a casa, sólo te aviso, hoy la cena va a estar movidita”. Aquellas palabras despertaron dolorosas vivencias en su memoria, pero en dos segundos volvió a sonreír e inclinó la cabeza al otro lado. Miles de voces enlatadas alentaron su gesto, como si hubiera estado a punto de marcar un gol. “¿Es que no tienes algo mejor, chavalín?”, preguntó la voz en off.

Y el niño la miró a los ojos por primera vez, y se embraveció: “Maldita inútil, no vales para nada. Qué asco de comida, qué asco de tetas, qué asco de cara. Deberías estarme agradecido de estar junto a ti. ¿Quién más te quiere, eh, quién te quiere más que yo?”. El niño estalló la piruleta contra el suelo, y con la mano que le había quedado libre le agarró la mandíbula, mientras no paraba de gritar “¡¿Quién, eh, quién?!”. Ese ataque la asustó, y se zafó de esa pequeña pero tensa mano con un rápido movimiento de cabeza. E intervino la voz: “Un momento, un momento, ¿estás diciendo que no?”. Dudó, pero negó con la cabeza y volvió a mostrar su mejor y más cínica sonrisa. “¡Aguanta!”, gritó la voz, a la que siguió un griterío de júbilo de un público ausente; luego continuó: “Así que sacad a ese mocoso del plató”.

El niño se marchó lamiendo otra piruleta que sacó del bolsillo después de dedicarle una sonrisa. Salió del octógono y se perdió en la oscuridad del plató.

La interrumpió con tanta autoridad como fingido tono solidario: “Eh, no, no, nada de hablar, ¿recuerdas?”.

La voz inundó de nuevo el espacio como una cafetera a punto de verter su contenido: “Has aguantado el primer asalto con mucho éxito. ¿Quieres beber o comer algo?”. Abrió la boca para hablar, para decir que en su mochila había una botella de agua traída de casa; también aquella manzana mustia que no pudo comerse la noche anterior. Pero la voz la interrumpió con tanta autoridad como fingido tono solidario: “Eh, no, no, nada de hablar, ¿recuerdas? Yo te pregunto, tú me dices sí o no con la cabeza y lo tendrás. A ver, ¿agua?”. Y afirmó que sí moviendo su cuello verticalmente.

Al instante, escuchó un ruido de encendido en las sombras que vivían más allá del octógono y, seguidamente, un alboroto mecánico que cada vez sentía más cerca. Las cámaras seguían arrastrándose por el aire, como culebras en el agua, sin dejar de enfocarla desde distintos planos. De entre ellas, emergió un receptáculo metálico del tamaño de un microondas sostenido por un brazo mecánico, que se acercó hasta ella y se detuvo. “Abre la boca, princesa, para que podamos saciar tu sed”, dijo la voz con delicadeza y cariño. Obedeció sin miramientos: los nervios del primer asalto y, sobre todo, el agobiante calor de los focos, que vomitaban su radiación electromagnética sobre ella, habían dejado seca su boca.

Sonrió mientras miraba a todas las cámaras (se sentía tan segura de llevarse los dos mil euros a casa…) y separó sus labios y sus mandíbulas como si un dentista buscara una caries. El receptáculo abrió una pequeña compuerta. El agua se abalanzó sobre ella de súbito en un torrente inevitable de alta presión, mojando todo su cuerpo menos su boca. Empapada, sentía cómo las gotas caían en el hierro que formaba su asiento y dejaban húmedo todo su cuerpo.

“Vaya, vaya, qué cabeza la mía, ¡si no he apuntado bien!”, dijo la voz, y le siguió un estruendo de risas enlatadas. “Disculpa el despiste, y permíteme que lo solucione”. Cerró la boca y los ojos y se preparó para otro chorro, pero esta vez vio que el agua se vertía de manera natural hacia sus labios. Sonrió con algo de desconfianza, y sintió ganas de añadir unas gotas de histrionismo a su participación/actuación y decir con televisiva simpatía: “Vaya, creí que me la queríais jugar otra vez, cómo tenéis tantas ganas de cachondeo”. Pero, acostumbrada al mutismo, inclinó la cabeza para que su boca se llenase de agua y, después, asegurándose de mirar a todas las cámaras, soltó una carcajada de entusiasmo en trescientos sesenta grados.

“Ahora sí, ¡qué entre el segundo de tus problemas!”, gritó la voz, cuyo eco se fundió con los aplausos.

De inmediato, se arrellanó todo lo que pudo en el trono y dirigió su mirada a la puerta del octógono. Al minuto, una figura femenina fue sobreponiéndose sobre la oscuridad del fondo, cruzó el umbral del octógono y se dirigió hacia ella. No debía tener más de dieciocho años, apenas una adolescente. Como ella aquel viernes del pasado en aquella discoteca, aquel principio de fin de semana en el que la amenaza y el terror se camuflaron entre las promesas y los cumplidos. En el que un alado querubín infernal lanzó su flecha en el objetivo equivocado. El muy cabrón…

Perdida en esos recuerdos, no se percató de que la joven se paseaba frente a ella de lado a lado, como reconociendo el terreno antes de cumplir con su cometido. Inclinó la cabeza hacia delante y sonrió. “No te rías, hija de puta”, susurró la joven con el mismo desprecio que el fuego muestra ante la hierba seca. Le pareció chocar frontalmente con un muro y retrocedió hasta recostar espalda y cabeza en el hierro del trono. Más insultos, y qué, como todo fuera así se iba a hacer rica con el programa. Así que, desde su trono, se limitó a seguir sonriendo. “¿Te sigues riendo, cabrona? Después te extrañas de que pase lo que pasa. Mujeres como tú son las que nos deshonran a las demás. ¡Le has destrozado la vida a mi hermano!”, gritó con ímpetu a la vez que invadía el espacio del trono, colocando su rostro a unos escasos diez centímetros del de ella.

¿Hermano? Qué ocurrencias las de los guionistas.

Entonces se produjo algo que no esperaba: un golpe, dos. Bofetones, con la mano abierta.

La muchacha siguió a la carga: “La niña buena, la que nunca ha roto un plato”, decía mientras caminaba de nuevo frente a ella, de un lado a otro del octógono, “pues yo vi que muchas veces hacías lo que te daba la gana: hablabas con otros hombres y con otras mujeres ¡y no dabas ninguna explicación! Luego es muy fácil hacerse la víctima, la débil, y denunciar, denunciar sólo porque un hombre quería saber con quién hablaba su esposa. Sucia falsa embustera…”. Entonces se produjo algo que no esperaba: un golpe, dos. Bofetones, con la mano abierta. Y después le tiró del pelo, llevándose un mechón como trofeo.

De pronto, la joven iracunda frenó en seco sus hostilidades, la miró fijamente, le guiñó un ojo con un gesto de conciliación y se dio media vuelta, abandonando el octógono entre las voces de asombro y consternación del público que no estaba. “Uf…, eso ha tenido que doler, cariño. ¿Quieres abandonar?”, preguntó la voz. Papá, papá, papá… ayúdame. Por primera vez iba a llevar a cabo su ritual dos veces en un mismo mes. Lloró, pero no gritó más que para sus adentros: ¡papá, aún soy una niña!

“¿Estás llorando? ¿Significa eso que…?”, insistió la voz. Pero levantó su rostro lleno de lágrimas y buscó la mirada de las cámaras que reptaban a su alrededor. Movió su cabeza de lado a lado y, de nuevo, sonrió. “Bravo, fantástico, excelente decisión”, la voz no callaba y el fervor del público tampoco, que rugía como romanos en el coliseo. “Ahora llega el mayor de tus problemas de hoy, así que dime, ¿quieres agua?”. Asintió. La presión del agua se dirigió a su entrepierna, a sus pechos, pero le daba igual: dos, tres mil euros, papá la ayudaba y él se alejaba cada vez más…

Era sólo un trabajo.

¿Quería algo de comer? De acuerdo. La voz hizo su numerito, pero en vez de agua, otro receptáculo trajo hasta ella una tarta de chocolate. Pastel que la estamparon en el rostro sin más miramientos. Se relamió lo que pudo, y unas manos mecánicas le dieron de comer dos pedazos considerables como si fuese una niña. Estaban deliciosos, pero el impacto de la tarta había dejado su rostro, hasta entonces inmaculado, lleno de manchas de chocolate; un color bastante similar al de… Y ahora me llenan la cara de mierda. Y qué. Sacudió su cabeza y se libró de buena parte de esos excrementos artificiales, primero; buscó los objetivos de las cámaras y volvió a sonreír como un payaso, después.

“Que entre tu final”, rugió sentenciosa la voz, que desgarró incluso los altavoces del plató. Las cámaras se agitaban nerviosas frente a ella como un enjambre de moscas, buscando quizás un gesto de temor. Pero se mantuvo firme. Se impuso un silencio que sólo unos pasos rápidos, de carrera, se atrevieron a romper. Y así, corriendo, entró un hombre de su misma edad en el octógono.

Dolor, papá, otra vez, pero no podía hablar, ni siquiera cuando casi comenzaba a ahogarse con su propia sangre.

La carrera se detuvo en seco frente a ella, y el hombre la miró con un gesto que oscilaba entre la sardonia y el cinismo. No dijo nada, las palabras carecían de significado para él, que sólo conocía un lenguaje. Y en el rostro de ella, que seguía sonriendo como un bufón, propinó un primer puñetazo, estrellando sus nudillos contra su nariz. El pómulo, el labio, los ojos, el estómago, todos fueron objetivos de sus puñetazos; puñetazos a los que siguieron patadas, en el estómago, en la cabeza, en sus pechos ya liberados del sujetador que, ante los golpes, parecían menguar en tamaño. Dolor, papá, otra vez, pero no podía hablar, ni siquiera cuando casi comenzaba a ahogarse con su propia sangre.

Dos, tres, cuatro, cinco mil euros, pero ¡papá, aún soy una niña! Llorar y llorar, una tormenta de lágrimas y quejidos de pura angustia y desesperación. Las exclamaciones del público eran de disgusto, de alarma y de pánico; del público, ese público que era testigo pero no hacía nada.

Coagulada como estaba, la voz se dirigió de nuevo a ella después de que el hombre se marchara elevando los brazos arriba en señal de victoria. “Mi pequeña, mira cómo te has puesto. ¿De verdad quieres seguir adelante? No, no, no contestes ni con un gesto. Antes hay algo que quiero que veas”. Y, dicho esto, un círculo de pantallas de televisión se encendió a su alrededor. “Antes de que digas nada, mira quién ha venido a verte”. Y en la nieve muda y sorda que se veía en las pantallas, se formó una imagen muy familiar: la de su hijo, flanqueado por dos ratas gigantes. Éste le saludó con un leve gesto de mano, con la misma pose de marioneta a la que se había condenado en los últimos años.

Una melodía circense llenó el vacío acústico del plató.

Estalló el aplausómetro.

Las voces la jaleaban.

¿Volvería mañana?

Claro, sólo era un trabajo.

Daniel García Raso
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