Salió corriendo a orinar, sus cinco años no le permitían mearse en la cama, se meaba y no sólo era mariquita delante de sus hermanos, sino que además era el perdedor, el mocoso que se meó en los calzones. Pero ahí estaba, meando en el pasillo de la casa.
Pasó el tiempo en que eras el “Ñerik”, querías convertirte en otra cosa pero no te lo permitían. Seguías siendo el “Ñerik”. ¿Cuándo brincaste, cuándo tus amigos te empezaron a admirar o a sentir respeto por ti? Tú siempre fuiste un Donnadie, ¿Cómo es que ahora te quieres sentir “el gran señor” el gran Jim Morrison? ¡Acuérdate de tu vida, Donnadie! No la desperdicies, ¡vívela!...
En el barrio todos lo conocíamos como el “Ñerik”, era la combinación de llamarse Erik y ser lo que se conoce como un Ñero, o lo que es lo mismo un vago, un chavo banda, alburero, pendenciero. Tenía 17 años, delgado, apiñonado, pelo rizado, poco alto y un tanto galán para ser exactos y de principio bien marihuano.
El fumar marihuana creo que no representa mayor problema, el asunto es que cada vez necesitas más y más para sentirte bien. Ya cuando dos o tres churros no te hacen sentir, de plano te vas por algo más fuerte, ¿Qué te gusta?, tienes billetes, de menos pastillas, hachís, coca, piedra (aquí como que no se usa mucho la heroína). No tienes ni dinero entonces te queda consumir resistol cincomil, thiner, acetona, o el perfume de tu hermana. No teníamos mucho de haber empezado a fumar marihuana, dos años a lo mucho, sin embargo, él se aficionó demasiado a ella y digamos que ya no se pudo detener. Ahora que lo recuerdo pienso en lo influenciables que somos a esa edad, y digo esto porque era de los pocos que, precisamente en esa edad, le gustaba devorar los libros que caían en sus manos, y uno de ellos fue su perdición: Nadie sale vivo de aquí, la biografía de Jim Morrison, poeta y cantante de un sonado grupo de rock de los sesentas y setentas, The Doors. Aunque decir que fue la lectura de ese libro lo que lo cambió sea una blasfemia contra los libros y los escritores, tengo que confesar que así fue, un libro lo cambió. Aquí quisiera anotar de paso que los escritores son una pinche bola de mamones, ¡acepten que influencian a sus lectores!, que eso es lo que quieren, ¡que escriben para eso!, desde Séneca hasta Schopenhauer, desde Parménides hasta Bukowski. ¡Acéptenlo!
Has notado cómo de tanto andar juntos, con el paso de los años un perro empieza a parecerse a su dueño, o el dueño se empieza parecer a su perro, que para el caso es lo mismo; no sé si eran figuraciones pero él sí empezó a parecerse a su ídolo el Morrison. Ñerik empezó a coleccionar discos de The Doors, sus posters, las revistas donde aparecieran entrevistas del cantante, compró sus videos, se compró una chamarra de soldado (verde), unos pantalones de cuero negros y se dejó crecer el cabello. Empezó a adoptar las poses que veía que el cantante adoptaba arriba del escenario, cantaba una que otra canción acompañado de su guitarra que había aprendido a tocar cuando formaba parte de la estudiantina de la iglesia de la colonia, era otro, se había transformado, se convirtió finalmente, en el Morrison del barrio.
Run with me
Run with me
Run with me
Let’s run
El alcohol formó parte de nosotros desde que teníamos como diez años, empezamos con cerveza y poco a poco fuimos cambiándola por ron, vodka, brandy o lo que pudiera combinarse con refresco y un poco de hielo. Así que cuando el Morrison del barrio tenía diecisiete ya era todo un alcohólico desenfrenado. Lo veíamos caminar por las calles del barrio con su guitarra al hombro, se paraba afuera de la cantina, cantaba un par de canciones de The Doors y pedía dinero, dinero que le servía para comprar alcohol y droga. ¿Qué pedo con el alcohol? Hace que tus pinches oídos te zumben hasta la madre, al principio sientes euforia, casi contento, al último sientes ganas de llorar y lo haces, todo se te olvida. El dinero salía de donde se podía, a veces pidiendo, a veces robando, otras veces trabajando, lo que menos, pero de una u otra forma siempre tenía para surtirse de lo indispensable para la noche del viernes y la madrugada del sábado.
Pedir era tardado: “Una monedita, ‘Choloncho’, ahí cualquier cualquier, pal chesquito”. Robar era arriesgado: “A ver, ese afloje lo que traiga o aquí se lo carga su chingada madre”. Trabajar era de hueva: la verdad es que no lo hacía. No podía seguirle el ritmo al Morrison, a mí la moral en turno me indicaba que esa vida a lo más a donde me conduciría era al cementerio. Además las borracheras empezaban a prolongarse del viernes al lunes, al martes, al miércoles, y de plano llegó el día en que toda la semana, no, yo no podía seguir ese ritmo. Pero además el Ñerik le adicionaba mota, hachís, mezcalina, coca y peyotes, todo junto, hasta llegó a ponerle al thiner y al cincomil, siempre andaba viajando, era su nuevo modo de vida. Nadie lo detenía, era aguerrido, necio, se peleaba con todos, no entendía razones. Por otro lado las mujeres lo seguían, era el clásico antihéroe del que se enamoran las jóvenes, era como una estrella de rock, pero terrenal, el de tu propio barrio, las chicas lo idealizaban, lo perseguían, lo acechaban, y conforme más las despreciaba ellas más lo adoraban, las tenía hipnotizadas, más de una debió quedar embarazada y abandonada por él.
En nuestra colonia nunca ocurría nada, todo era rutinario y creíamos que nunca ocurriría nada de trascendencia, eso de la droga finalmente ya no era privilegio nada más de la Morelos, la Doctores o de la San Simón, ya la marihuana circulaba por todos y cada uno de los barrios del Distrito Federal y estados circunvecinos. La droga se había vuelto internacional en nuestra colonia, común, la comprabas en la tiendita de la esquina, las piedras te las vendía ahora el que había sido tu mejor amigo de la primaria. La cocaína la conseguías en cualquier crucero en que era ofrecida a los camioneros, no faltaba quien se echaba un viaje a San Luis Potosí a traer unos cuantos costales llenos de peyote, que luego distribuía por el barrio a diestra y siniestra. Incluso los precios se habían venido abajo. Si antes necesitabas cien pesos para comprar un gramo de coca, un cartón de marihuana o unos cuantos gajos de peyote, ahora con treinta, cuarenta o cincuenta pesos de los mismos comprabas lo suficiente para ponerte bien drogo varios días a la semana.
Por eso, para el Morrison no representaba ningún problema andar siempre drogado. Veías una gran displicencia en sus actos, creo que realmente la vida empezó a dejar de importarle, varias veces se apuntó en la sien con una pistola que se había robado y se disparaba estando cargada con una o dos balas. En esas ocasiones nunca le salió el tiro, él siempre se reía, veía nuestra cara de espanto y se burlaba por largo rato, no era fácil soportar aquello, en cualquier momento podías verlo muerto. Pero supongo que él se sentía inmortal o pensaba que a él nada le pasaría.
—No necesito un asesino, conmigo me basto —siempre nos decía. ¡Ese era nuestro Morrison!
Lo que ni siquiera nos imaginábamos es que lo que buscaba era eso: morirse. O nunca quisimos darnos cuenta porque siempre estaba atentando contra su vida. En alguna ocasión que estuvimos en la casa de Carlos, festejando su cumpleaños, intentó aventarse desde la azotea de la casa. Yo fui el que lo alcanzó a jalar de los pantalones para que no lo hiciera. De ahí me lo llevé a mi casa, saqué un libro y leí algunos párrafos sobre lo importante de vivir. El libro era Tus zonas erróneas; logró calmar al Morrison, me lo pidió prestado, lo leyó y dicen que ese libro le hizo más daño, más daño que el de Nadie sale vivo de aquí: de alguna manera entendió que vivir era lo que tenía que hacer, aunque vivir para él fuera estar en el desmadre, siempre drogado, tomando alcohol. Un vendedor de libros me dijo algún buen día: “No tengo la culpa de vender las obras completas de Nietzsche y que quien me las compre y las lea se suicide”. Mal hecho, amigo libro.
También nosotros fuimos malos amigos, pero que podíamos hacer, para todos en el barrio nuestro destino estaba aferrado a la pobreza, a los vicios, era como algo que te jalaba, si no le entrabas a la droga o al alcohol te convertías en el tipo raro, en el mariquete. Ahora pienso que nunca ayudamos al Morrison, aun dándonos cuenta de que se estaba yendo al precipicio, lo dejamos que se hundiera cada vez más en ese mundo de las drogas. Lo veíamos y nos reíamos, en lo oscuro de la mente de cada uno de los que lo conocíamos nos divertía su manera de ser, sus pinches ataques de locura. Pero nadie sabemos lo que va a pasar mañana, es más, ni queremos saberlo, ya vivir hoy es ganancia. ¡Valientes los que viven en esta ciudad, siempre arriesgando el pellejo!
Las últimas veces que anduve con el Morrison me sirvieron para comprobar que ya estaba atrofiado, dos-tres tragos y empezaba a tartamudear y ya nadie le entendía lo que decía. Todos pensábamos (si es que pensábamos) que era el efecto de tanta droga, la cocaína se la regalaba un cuate que se había hecho judicial, así que esa nunca le faltaba, nosotros siempre andábamos con la marihuana suficiente para forjar un cigarro y compartirlo con el Morrison. Realmente no le faltaba. Me he dado cuenta de que eso de la droga y el alcohol es bien socorrido, podrás no tener para comer, pero sí para emborracharte o drogarte.
Nos hacía reír cuando se encueraba a media calle, por lana empezó a cogerse a los putos del barrio, robaba a sus parientes y amigos, una vez con un vidrio de botella quiso cortarle el dedo a un borracho que estaba tirado en la calle, para robarle un anillo que estaba más que atorado. En las fiestas a las que ya pocos lo invitaban les levantaba la falda a las chavas, les aventaba cubas en la cara, les ofrecía marihuana o cocaína, pero ya pocas lo toleraban, se había vuelto insoportable, las que antes lo adoraban ahora huían de él. En alguna ocasión se robó a una de las hijas del dueño del billar. Duró con ella como seis o siete horas hasta que supieron en dónde estaba y le cayó la policía. Se resistió cosa de una hora, hasta que fue a parar a la delegación. Horas de teje y maneje y algo de dinero que quién sabe quién pagó y salió igual que como había entrado. La vieja era de más edad que él, que si no lo refunden en el reclusorio para toda su vida.
Su afición por la lectura había acabado, ya no leía, todo para él era Jim Morrison, la droga y el alcohol. “Gloria”, “Light my fire”, “Love me two times”, “Backdoor man”, eran parte del repertorio que cantaba en las calles del barrio. Para ese entonces siempre estaba en la cantina de la avenida, lo que menos podía obtener era un par de tragos por un par de canciones, a lo mejor bien cantadas. Todos lo conocían por el Morrison del barrio, se había hecho popular entre los vecinos, algunos todavía lo querían, pero los más ya sabían la clase de persona en que se había transformado y trataban de darle la vuelta la mayoría de las veces.
—¿Qué pasó, mi Morrison, por qué no nos dedicas unas rolas? ¿Qué dice el Manzarek, el Krieger y el Densmore? —no sé, no sé si en su permanente trastorno se le había olvidado quién era o si en su locura, producto de tanta droga y tanto alcohol, se creía que verdaderamente era James Douglas Morrison. Después, todo fue sencillo: ya tenía hasta la madre a su padre. Fue su padre mismo quien lo encerró en el cuarto de sus hermanos más pequeños, ese cuarto que incluía, aparte de una cama, un librero lleno de libretas Scribe y “libros de texto gratuito”. Yo hasta ahora no sé por qué lo hizo, pero la leyenda del barrio cuenta que hizo una pirámide con las hojas que arrancó de las libretas y los libros que encontró en el cuarto para prenderles fuego y quemarse a sí mismo.
¿Qué más puedo decir? ¿Qué más puedo pensar? Se murió el Morrison, pero el Morrison de aquí. El tangible. El de mi barrio, el de carne y hueso que yo conocí...
Descanse en paz, que vaya al sepulcro de blanco.
This is the end, beautiful friend
This is the end, my only friend, the end
It hurts to set you free
But you’ll never follow me
The end of laughter and soft lies
The end of nights we tried to die
This is the endThe Doors
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