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Viento norte

sábado 23 de julio de 2016
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Era la primera vez que viajaba en avión y ¡a Londres! Tenía muchas expectativas, ganas de conocer lugares y gente, pero también algo de miedo.

Un mes antes del viaje planeó minuciosamente qué ropa llevaría.

Eligió la que más le gustaba, y la que menos usaba porque era la “reservada” para momentos especiales, aunque en realidad, esos momentos no llegaban nunca.

Algunas prendas flotaban, se desplazaban como nubes por la habitación hasta que salían por la ventana. Otras empezaban el vuelo, pero inmediatamente una ráfaga las liberaba.  

Sentía placer al sacar del ropero cada prenda que elegía. La blusa salmón, por ejemplo, y disfrutaba al doblarla y guardarla en la valija, sabiendo que se la pondría en cualquier momento de cualquier día, de esas vacaciones tan esperadas.

Cuando llegó al hotel de la calle St. James se sentía exultante; llevaba puesto el vestido floreado y el saquito beige, la cartera marrón y una sola valija, hecho que la hacía feliz porque se propuso viajar liviana de equipaje.

El conserje fue amable, le dio una habitación en el décimo piso, el último, asegurándole que era el nivel más confortable del hotel. Ella le preguntó detalles sobre la ciudad: precios, medios de transporte, comidas y sobre todo el clima, había elegido esa época del año para viajar porque no le gustaba ni el frío ni la lluvia.

El conserje le dijo que ese era el mejor momento para estar en Londres, argumentando que no sólo disfrutaría del clima cálido, sino que además estaban atravesando por una extraña etapa, para esa época del año, de ausencia de vientos.

Al entrar a la habitación su cara se iluminó, las cortinas de las ventanas estaban totalmente corridas y entraba todo el sol de una mañana inusual. Caminó extasiada hasta una mesa, ubicada debajo de un gran ventanal, y allí apoyó su valija; a través de los vidrios se veían techos con tejas y cúpulas.

Abrió la valija, sacó ropa interior y fue al baño. El agua de la ducha salía con potencia como a ella le gustaba, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de algo, tanto que se acercaba al placer.

De pronto oyó un estruendo que venía de la habitación, sin cerrar la ducha se envolvió en el toallón y salió del baño, se había desatado un viento que abrió el gran ventanal y, como la valija estaba abierta, la ropa se iba libremente como si buscara nuevos horizontes. Algunas prendas flotaban, se desplazaban como nubes por la habitación hasta que salían por la ventana. Otras empezaban el vuelo, pero inmediatamente una ráfaga las liberaba. La blusa salmón se elevó como un pequeño paracaídas, luego se atascó en el marco de la ventana; finalmente voló hacia la nada.

Entonces fue hasta la ventana y comprobó que ya no le quedaba ropa, sonrió, se sacó el toallón que la cubría y lo lanzó al aire, mientras lo miraba alejarse sin rumbo, como una alfombra mágica, y pensó que quizá sea el momento de empezar a creer en señales.

Bibiana Naveyra
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