Recuerdo vagamente el momento, pero sé que lo leí. Fue en mi adolescencia, durante una clase de Lengua y Literatura. Intentando escapar del aburrimiento y de la monótona voz del profesor, hojeaba distraídamente el texto de la asignatura. En algún momento mis ojos se fijaron en ese cuento.
No recuerdo el autor, tampoco el título. De ese relato sólo guardo algunas escenas, distorsionadas por el tiempo. Un hombre sentado en un café rememora a un Borges ya fallecido. Minutos después, el hombre ve al escritor entrar al local y sentarse en una mesa cercana. Al final del relato Borges sale del café y el hombre duda si realmente ocurrió lo que acaba de ver. Eso es todo lo que creo recordar.
Fue hace diez años que comenzó mi búsqueda. Había adquirido hace pocos días una copia de Ficciones, y en medio de la conmoción cerebral que implica leer por primera vez a Borges, lo recordé: aquel cuento en el que el escritor era un personaje fantasmagórico... antes de conocer los laberintos, la biblioteca infinita y a Pierre Menard, ese cuento había causado en mí una impresión similar, aunque menos intensa. En vano, me lancé a buscar el cuento en la web. Pregunté a amigos y conocidos, compañeros de clase que usaron el mismo libro. Nadie recordaba.
Lo olvidaba por un tiempo, pero pasados los días, o los meses, o los años, volvía a mi mente. La búsqueda se fue ampliando: bibliotecarios, vendedores de libros, estudiantes de literatura, expertos en la obra de Borges, editores de textos escolares... Así pasaron los años. Especulé con la posibilidad de un cuento inédito, impreso en una sola copia del texto que de alguna forma llegó a mis manos, pero sabía que esta idea era descabellada. Era más probable que mi mente hubiera creado un recuerdo, un cuento falso.
Finalmente lo encontré... no el cuento, sino el texto que debía contenerlo. Ayer, mientras caminaba distraídamente por la feria, mi vista se fijó en un antiguo reloj de arena. Fue al intentar tomarlo que reparé en el libro sobre el que se apoyaba. Reconocí de inmediato la portada, y el título confirmaba el hallazgo: Lengua y literatura 2M 2002. Un frío recorrió mi espalda. Mis piernas temblaban. Esa desagradable sensación de caída que se experimenta al comenzar a dormir. Por una razón que sólo ahora comprendo, mi cuerpo se resistía a terminar con la larga búsqueda. Es todo lo que recuerdo de esa escena. Sé que adquirí el libro porque pasé horas contemplándolo con reverente temor, como si se tratara de un zahir. Nuevamente la idea de dar fin a mi búsqueda me provocó un nudo en el estómago.
Era de noche cuando, con mis manos aún temblando, abrí el libro. No fue difícil dar con la página en la que se encontraba el ansiado cuento. “Recuerdo vagamente el momento...”, comenzaba. Luego de dos eternos minutos de lectura, comprendí por fin el verdadero e imposible argumento de ese cuento olvidado. El final, aunque ya evidente a esa altura, no dejó de inquietarme. Aún resuena en mi cabeza la última línea:
“Sé que lo leí”.
Sé que lo leí.


