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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos relatos

martes 29 de agosto de 2017
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Hasta pronto

La alarma me asalta a las seis y treinta de la mañana, pero antes de la ducha me enredo un rato en las sabanas. Luego le rezo a mi madre, me tomo un tecito con unas tostadas y salgo a la oficina. “Buenos días”, le digo al chofer de la micro pero no me contesta. Sigo mi camino hasta el Metro, no elijo el carro pero parece que me toca el más lleno y el que trae más malas caras.

Algo envalentonado por los sours, saqué a bailar a la Estelita, la telefonista que desde hacía mucho tiempo me gustaba. “Estelita, ¿me concede el honor?”, le dije.

Estoy choreado en la pega, pero igual pienso en cómo algunos compañeros fueron despedidos por “razones de la empresa”. Al menos tengo el recuerdo de que con ellos organicé algunas fiestas y un inolvidable paseo de fin de año a Olmué.

Era un resort de nombre Juana Ernestina y la atención era a todo trapo. Algunos colegas competían en los juegos de salón, otros jugaban a la pelota y otros se hacían los lindos con la señorita a cargo del bar abierto. Cuando sonó la campanilla del almuerzo, todos corrimos como cabros chicos en hora de recreo, y al compás de la música ambiente nos servimos un pisco sour y después otro y otro más. Estábamos felices y algunos valientes pidieron la palabra. El primer discurso fue de Arel, que pertenecía al área de mantención: “Hoy estamos disfrutando de uno de los momentos más hermosos de nuestras vidas y esto no lo digo porque haya más comida o vino en la mesa, ni tampoco mirado desde el punto de vista profesional ni económico. Digo esto porque los quiero y porque ya forman parte de mi vida y de mis mejores recuerdos. Gracias, muchachos”.

Los aplausos brotaron espontáneos y las caras se colmaron de lágrimas. Yo tampoco pude disimular mi emoción y también me puse a llorar con los otros viejotes. La música hizo que saltáramos de la pena a la alegría y de ahí a la pista de baile. Algo envalentonado por los sours, saqué a bailar a la Estelita, la telefonista que desde hacía mucho tiempo me gustaba. “Estelita, ¿me concede el honor?”, le dije y la tomé decididamente de su elegante brazo. Mientras bailábamos también conversábamos de la vida y quedamos de juntarnos en los días venideros. Nuestro punto de encuentro era un bar de la calle París llamado El Café de los Cantantes, al que la Estelita bautizó de manera simpática como “El café de los amantes”. Allí disfrutábamos de largas charlas al sabor de una cerveza miel para luego dar rienda suelta a la pasión en un hotel de la misma calle. Alguna vez la lluvia también fue cómplice de nuestro amor y nos acompañó en las carreras del hotel al Metro, antes de que cerrara su última puerta la estación Santa Lucía. Amor furtivo, amor fugaz, amor de un tiempo y de un hasta pronto.

 

El alienígena

—¿Cómo que no podís? ¿Ocupado? No me vengai con cuentos. ¡Si hace treinta y cuatro años que estai cesante! —le dije a Napoleón, que siempre lleva la mano en el pecho para empinarse una “petaquita”. A los minutos llegó raudo en su Peugeot 205 del año 91 y enfilamos rumbo a Guacarhue, el misterioso pueblo de Guacarhue.

—¡Pucha que vamos callaos! —protesté cuando atravesábamos el kilómetro 89, a la altura de Rancagua—. ¡Colócate un tema poh, Napo!

—¡Uno de Miguel Bosé! —rogó la chica Paula con su carita de luna.

Pero Napoleón era un duro. Mientras colocaba el eléctrico “Welcome to the Jungle” de los Guns, se mandaba un pencazo al seco.

Al pasar por el peaje hubo un estrépito de luz. Unos metros más adelante, un paco, informado por radio de que un Peugeot 205 iba ocupado por tres dementes, nos detuvo, y cuando Napoleón bajó el vidrio de la ventanilla, puso la misma cara de Axel Rose cuando lo someten a shocks eléctricos en el videoclip.

—¡Primero, me bajan la radio. Después me muestran todos sus documentos!

A Napoleón le tiritaban hasta las amalgamas. Pero tras el minucioso control, respiramos profundo y seguimos nuestro camino por la enigmática ruta. Era de noche, llevábamos casi tres horas de viaje y para descansar un rato decidimos detenernos al lado del camino.

A Paula nunca le gustó la idea, y menos la oscuridad del lugar. Ya era medianoche y se escuchaba únicamente el cantar de los grillos. Parecía un cuento de Stephen King escrito a las apuradas.

Conversábamos de chupacabras, tuetués y traukos, cuando algo impactó en la parte posterior del vehículo y unos segundos más tarde un dedo delgado con un anillo de una calavera se deslizó por el vidrio trasero. Parecía de otro mundo.

—Ahhhhh, ahhhhhhh, uhhhhh —aulló la criatura.

—¡Acelera, Napoleón! ¡Los marcianos! —gritó mi prima. Nadie quiso bajar del auto para ver el tipo de especie que nos había impactado. Así, llegamos hasta la cabaña. Bueno, cabaña era decir mucho. Se trataba de una pieza de madera que se caía sola y con tres camas apiladas.

Estaba magullado por todas partes, es cierto, pero su anillo de calavera aún seguía brillando en todo su fulgor.

— ¡Paulita, bájate tú primero! —le dije con voz entrecortada.

—¡Mejor tú! —me respondió algo nerviosa.

—¡Compadre, yo lo sigo! —le dije a mi petrificado amigo.

—¡Tai más güeón! —me respondió con cariño.

En vista de que nadie se animaba, me bajé con una frazada en la cabeza y con un palo en la mano: un Darth Vader de tercera categoría.

Adentro de la pieza discutíamos acerca de las proporciones del “extraterrestre” que nos había colisionado. En eso estábamos cuando golpearon la puerta.

Napoleón se asomó y con la Paula sólo atinamos a taparnos la cara, pero afuera no había nadie.

—Acá pasan cosas muy extrañas —exclamó Paulita algo confundida.

Luego volvieron a golpear la puerta y salí decididamente a lo que fuera, pero la sorpresa fue total cuando vi a un hombre tirado en el suelo y muy malogrado.

—¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? —le pregunté.

—¡Ya, Napoleón! ¡Ya, Paulita! Tomémoslo de un brazo cada uno y lo subimos al auto —ordené a mis compañeros para auxiliar al hombre.

Pasé su brazo por mi hombro para subirlo al Peugeot de Napoleón. Estaba magullado por todas partes, es cierto, pero su anillo de calavera aún seguía brillando en todo su fulgor.

José Antonio Lizana Arce
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