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Altos vuelos, no tan altos

sábado 17 de febrero de 2018
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El ramo de kalanchoes es bamboleado por el aire del ventilador. Agripina parece abstraída y deja que su vista se escape por la ventana, como si se tratara de un estornino que se lanza al vacío en busca de otro lugar, otro, que le proporcione aires nuevos, algo diferente a esas horas de hastío, sobre todo cuando la tarde se quiebra por las recurrentes discusiones de Ofelia y Ana…

Ellas llevan dos décadas juntas, viven justo en la planta de abajo, tienen un loro verde que las remeda continuamente, a veces impresiona, porque pareciera una personita dentro de una jaula parloteando esto o aquello. El loro fue regalo de una de ellas, el día que decidieron unirse para toda la vida, pero jamás habrían pensado que el animalito se regodeara de ambas de aquella forma tan cínica, tanto, que estaban pensando en darlo en adopción, porque Babalú ya había adquirido ese don que tienen algunas personas para increpar, de modo que, cuando la una estaba separada de la otra, él conseguía con sus burlas atormentar el corazón de cada cual, y esto hacía que terminaran en discusión, y el eco de sus voces chirriaba y se colaba por entre el ventanal, donde seguían los kalanchoes abatidos y donde Agripina parecía totalmente anestesiada, seguramente ya habría sobrevolado la ciudad y el río, y podría ser que encontrara una gran bandada de estorninos; sería muy placentero, porque nada hay más hermoso que poder escapar de entre barrotes.

El timbre hizo que regresara y eso que ya había alcanzado un valle verde, de muchas hojas grandes, tanto, que parecían abanicos gigantes, se habría despedido pues de los demás pájaros y batiendo fuertemente sus alas volvería a la misma habitación, donde los kalanchoes abatidos se movían ahora si cabe con más fuerza, como cuando un vendaval fustiga un campo de trigo; Agripina atusó sus plumas, dio unas monedas al muchacho de las pizzas y cerró la puerta de un puntapié, y pensó en dejar ese viaje para otro momento; ahora, irremediablemente daría buena cuenta a la cena, lógicamente con la letanía de Babalú…

María Gladys Estévez
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