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Juego de Navidad

sábado 7 de abril de 2018
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El primer año, bajo la voz neutra de los vientos fugaces, las cabezas fijas en los atardeceres, los escalones desbocados en las calles, su cuerpo aguzándose en las sábanas húmedas, fue tal vez el único lleno de felicidad.

Ahora frente a las teclas de la incansable máquina escribes la carta, mientras buscas en las manos el lenguaje, acosado por los viejos hábitos del café sobre la mesita de noche y el humo de los cigarrillos en los insomnios que compartieron. Recuerdas el vértigo de su cintura atravesando el crepúsculo en Riverside, sus ojos melancólicos, el filo de su sombra proyectándose sobre las baldosas, su voz secreta preguntando siempre qué hora es en Inglaterra, palabras, objetos, caricias comunes entre la corteza de los árboles. La recuerdas así porque no deseas hacerlo de otra forma.

No recuerdas cuándo terminaste junto a ella gastando los mil dólares en el alboroto de un bar hablando de Apollinaire y las playas cubanas.

Miras la pequeña maleta en el rincón, esperando ansiosa tu partida. No llevas mucho, algo de ropa, un par de libros, el cuadro que compraron en la avenida Franklin, tus discos. Por enésima vez comienzas a escribir.

Intentas concentrarte en la primera vez, en el abismo del tren que venía retrasado. Era Navidad. Tú no lo sabías ni te importaba, pero tu editora te lo dijo. Le hubiera gustado pasar la noche contigo, estrenar la botella de ron que había comprado la semana anterior, acariciarte desnudo mientras miraban un especial en la tele. Decidiste perderte entre los vahos de las alcantarillas y el frío del centro. Llevabas el libro bajo el brazo y un cheque de mil dólares en el bolsillo de la chaqueta. Entonces la viste. El fabuloso París volvía sobre su recuerdo. No quedaba más de aquellas largas avenidas que terminaban en el café La Rue, donde estudiaste el bachillerato. El vacío inmenso de Les Champs-Élysées, las palabras, las sílabas de acentos extranjeros dichas como la noche, por todos esos compañeros de cuarto que compartieron tu soledad. El vino, los incansables viajes en metro sin hablar con alguien, sin pronunciar sentencias.

No recuerdas cuándo terminaste junto a ella gastando los mil dólares en el alboroto de un bar hablando de Apollinaire y las playas cubanas y el joven Fidel y el Fidel enfermo y no sabes qué tantas cosas, pero te prometiste regresar con ella a Francia para alejarte de todo. Allá seguirías escribiendo y ella podría estudiar arte mientras dedicaban las tardes a mirarse, eternizarse como en un cuadro. Esa fue la primera vez que la Navidad formó parte de tu vida. Hoy se cierra el círculo en la misma fecha. Te hubiera gustado que fuera de otra forma, menos dramática. Encoges los dedos para atenuar el dolor y descubres con impaciencia que ella no debe tardar.

Esta mañana ha llorado, te dijo que se había roto el equilibrio, que la única manera era separarse. No la dejaste continuar. El estrépito de la taza contra la pared dio fin a la incipiente réplica. La dejaste salir llorando y luego hiciste la maleta, estremecido, comenzaste la carta. Intentas ser sincero.

Avanzas en la mañana hasta el metro donde la conociste. Buscas el equilibrio, te asomas al rumor de la ciudad pensando en ella.

Es la primera vez que la miras llorar, tan diferente a todas las mujeres que has conocido. Preferirías que fuera de otra forma pero hasta en eso la admiras. Cada vuelta a los recuerdos lo vuelve más insoportable, te complica todo. Sabes que ella estará mejor sin ti, pero al mismo tiempo deseas continuar, seguir escuchando su voz tibia sin importar de qué hablara. Recorrer sus dedos, sus huesos, contar cada costilla y besar la punta de los pezones. Pensar por un segundo que es tuya, aunque en realidad tú eres el esclavo.

La máquina se ha vuelto tu enemiga, el papel fino y blanco. Cómo odias cada rincón del mundo, qué ganas tienes de matar y convertirte en uno de tus personajes. Observar con lentitud las cuencas de los ojos en el espejo, perder peso, convertirse en una letanía, horadar tu propio cadáver, encender tus huesos en una pira funeraria.

A cambio tecleas la última sílaba. Depositas la carta en la cama y recoges la maleta. Miras el cuarto por última vez y te sientes libre, una libertad que no deseas. Cierras la puerta. Avanzas en la mañana hasta el metro donde la conociste. Buscas el equilibrio, te asomas al rumor de la ciudad pensando en ella. Recuerdas las noches en que estalactitas y estalagmitas el mundo terminaba siendo una enorme gruta de hojas prehistóricas. Piensas en la muerte, en el suicidio. El juego termina cuando tomas el tren y envejeces en los vidrios, en el andén metálico, en los asientos, te sumerges en un sueño.

Martín Antonio Jurado Martínez
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