“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Un largo y ardiente verano

sábado 21 de julio de 2018

Oh tú, Fetiche Solar que nos devuelves huraño el mundo.
Juan Sánchez Peláez

Un laaaaaargo veraaaaanooooo… así, con musiquita y todo, como en aquella serie televisada, seguida con pasión hasta por papá, el más duro para engancharse a lo que en la tele no fueran noticias… y esto que me abrasa el pecho quizá sea remanente pasional del incendio de anoche… los cuatro costados de la serranía ardiendo, y yo, para desgracia, con palco de lujo desde este octavo piso… costaba respirar… la bendita brisa arrojó esta vez bocanadas de humo, y todo, sí, todo se impregnó… hasta la cama. No valió cerrar ventanas, acondicionador de aire, colonia de lavanda… todo olía a muerte, hasta la voz de la vecina del sexto, que a la par que se quejaba, comentaba con uno de los suyos sobre la “belleza navideña” de las coronas de fuego sobre los cerros… cuesta respirar tanta insensatez. Aún me sofoco… como aquella tarde… aquella en que Laura, sin dar la cara, dejó en un trocito de papel, sí, en un trocito, para mayor magulladura de pecho, su adiós…

Este verano va sin tregua. Ayer perdimos las elecciones en la universidad. No sé por qué carajo me moví a votar si había requetejurado que para estas vainas nunca más pondría corazón… ¡y es que van más de diez pérdidas!, ¿puede creerse aún que esto se solucione así? Si no es la trampa, es la desgracia del temor. Aprendimos rápido. Rápido hasta ser malhablados. Copiamos, laceramos el lenguaje, y precipitamos todo sin pensar, porque así estuvo planeado… ¡cuánta razón, Heidegger!, “el problema de la filosofía no es la verdad, sino el lenguaje”…y no hubo tregua. Y es que no hay… ¡No hay ni pan!… y por eso salí hace rato, cuando desde el balcón vi a los miserables con su bolsita, y con la desesperación de un Jean Valjean cualquiera, bajé a engrosar la fila… la cola… Todos miserables, pero porque nos roban… ¡una canilla a trescientos mil bolos!, ¡una canilla de asceta!, para mayor escarnio. Ni al espejo me asomé para revisar si la barba “dos días” afrentaba mi aspecto de profe…

Y vino la buena broma, la credulidad o estupidez de todos cuantos se sumaron para que esta lavativa se instalara… y aquí estamos, justo y pecador, codo a codo, cara de hambre aquí y allá…

“¡Profe!, buen día… ¿No durmió bien..?”, fue lo primero que me dijo el conserje en planta… y supe que consumatun est. La verdad es que no importa… importante, Laura. Y no está. Había asomado en varias ocasiones su deseo. Irse. Irse a otro país… a donde pudiera. Total, era irse. Que la cosa está mala, que fíjate que no ganamos nada, que mejor ser mesera… ¡qué bolas!, trece años en la universidad… contratada, sí, por no alinearse… y ella tan joven… Yo no puedo ya dar esos brincos, recuerdo que le dije a la primera, y ella: “¿Qué pierdes?, ya estás jubilado… viejo…”. “Tu quoque, Brute, fili mi”… ahí fue el primer golpe. Me sofocaron tanto sus palabras, que enmudecí. Quizá ella lo tomó como desprecio a su preocupación, que era, eso sí, totalmente genuina. Lo de “viejo”, cariño, confianza o espueleo… pero me apretó el pecho, como ahora… ahora aquí, en este pedazo’e cola que me enfurece… y el “hola profe” a cada rato… “¿Está enfermo?”… ¡No joda!, y mi sonrisa de caninos apretados como para disuadir…

Veinticinco años en la cátedra… “Lenguaje y comunicación” en ingeniería agronómica… ¡qué verga tan loca!, digo ahora. A mis veintiocho, iniciándome, inflado de orgullo, recién graduado. Filosofía y Letras, para más… y el trabajo en bandeja de plata. Que si necesitaban un profesor para dar lengua, que si no pierdas el chance que es para fijo, que si olvídate de la ciudad, que la provincia es tranquila… como tú… tranquilo… demasiado… tranquilos los años, tranquilo todo, tanto, que horroriza… y vino la buena broma, la credulidad o estupidez de todos cuantos se sumaron para que esta lavativa se instalara… y aquí estamos, justo y pecador, codo a codo, cara de hambre aquí y allá… allá… Allá está Laura arreglando jardines. Bueno, no diferencia de pasar roncha año tras año esperando concurso. No pasa hambre, y es bastante. Anda en lo suyo, entre matas… no como profe… ¿acaso se diferencia..?

Me escribió ayer por chat. Por lo menos estos últimos seis meses más palabras por esa ventanita del face… más que el mísero papelito aquel… Pregunta siempre por mi salud… claro… ella sabe del infierno de donde escapó… Me pide fotografías… un cara a cara por camarita… ¡No, por Dios!, y es que no quiero verla… ni que me vea… No. Se me va a quebrar hasta la pantalla, y estaré tan apretado de pecho apenas vea su carita, que seguro estará llorosa… llorosa y linda… linda como siempre… siempre aquella tímida muchachita, entre la jauría de lobos de aquel curso hace catorce años en agronomía. Yo pisando cuarenta, ella, dieciséis. Yo, el profe “madurito y bueno”, como decían las niñas que apostaban por la carrera donde los hombres hacían mayoría… ¡casi un mango! Jajaja, reía por dentro, y me figuraba sonrosadito y todo instalado sobre la cátedra, jajaja. Y no supe cómo… “¡Mosca!”, me decían los panas colegas, “esas carajitas son peligrosas”. Yo, tranquilo… demasiado… Pero Laura fue otra cosa… ¿qué me movió de ella?, ¿su vocecita atragantada?, ¿sus boticas sucias de la faena entre los surcos del sembradío al regresar del trabajo de campo?, ¿el verla sin que se diera cuenta limpiándolas con una servilletica ensalivada?… ¡Qué vaina!, se puede ser tranquilo… hasta un límite.

Aquí estoy, con el pecho vuelto nada… ese humo de anoche… o no… ¡esta arrechera!, acaban de decir que se acabó el pan… ¡No joda!… y ahora el celular sonando… no voy a contestar ni que sea mi vieja. Más tarde la llamo… Ella está bien. Se quiso internar en esa casa hogar porque sabía que iba a estar bien. Ya el apartamento le quedaba grande… y conmigo, jubilado y quejumbroso… sí, quejumbroso. Esta vaina de ser jubilado es de muerte lenta… pero no me quise quedar más tiempo en la guarida de rufianes en que se convirtió la universidad. La trampa y la mediocridad a la orden del día… no… ¡no hay calificativo justo..! Mamá hizo bien. Vivir a mi lado sólo la amargaría. Su error estuvo en tener un solo hijo… tenerme a mí… Y su viudez joven completó un cuadro desolado… ¿O será sólo desolador para mí? Nunca la oí lamentarse. Su duelo fue de escasos meses. Enseguida se irguió sobre su drama, y dio cuanto pudo para que nada me faltara. Papá dejó buena pensión de trabajador petrolero, apartamento y vehículo propios, y un catálogo de expresiones que mamá hizo suyas en la arenga y regaño: “¡Muévete, mijo!, que camarón que se duerme…”. Menos mal que mi viejo se fue antes de mi decisión de carrera. Se hubiera muerto entonces… o después… cuando acepté el cargo de docente en esta universidad de provincia, después de la experiencia en la capital… “¡Mijo!, tanto nadar para morir en la orilla”… ¡Qué vaina!

En todas partes la vulgaridad campea a grito. ¡Hasta en la iglesia!…

Aquí estoy, ahogándome en la puerta de la panadería, tratando de salir… “¡Exprópiese!”, para mis adentros, y me río amargamente de mi infeliz ocurrencia. Mamá tiene pan seguro. La pensión de papá, y lo que le doy, cubren holgadamente el buen trato que le den las monjitas… monjita… “Cara’e monja”… malucos esos muchachos vegueros con la pobre Laura… Laurita… Recuerdo el primer día de clase en mi cátedra, a aquella muchachita que asía el lápiz como si fuera un instrumento de tortura. Yo, dictando los factores de la comunicación, y ella lenta, dejando espacios por no poder seguirme… Callé. Me incliné hacia ella en afán de sermonearla, y entonces me fijé… allí si callé por completo. Enmudecí de piedad al verle las manitos llagadas. En la hora anterior tuvieron trabajo de campo, y su primera vez con la escardilla fue un trance amargo. Desde ese día condescendí con ella. Comencé a copiar en el pizarrón, y no borraba hasta asegurarme de que ella hubiese terminado… o los noventa minutos fluían en dinámicas verbales, donde procuraba igualmente que saliera ilesa. Recuerdo cuando uno de los zagaletones, el “Zaraceño”, me observó descaradamente: “Nojó, profe, usted nunca le pregunta a ‘Cara e’monja’”. El coraje me subió al pecho y no pude controlarme. “¡Salga, bachiller!”… el muchacho abrió desmesuradamente los ojos ante mi desmesurada actitud, y salió. Uno de sus compañeros le dijo casi inaudible: “Te pasaste, loco”. Me pasé yo.

Me cuestioné desde ese instante todas las acciones que emprendía por causa de Laura. Uno que otro punto para salvarle de reprobar. Permitirle llegar retrasada a clase… Ese fue otro encontronazo con el “Zaraceño”. “¡Nojó!, qué manguangua poder llegar tarde por ser mujer”. Le debe haber quemado la mirada que le lancé… menos mal que me contuve… pero tenía razón… y no. No por ser mujer. Por ser Laura… ¡Verga!, se armó la sampablera allá atrás… voy a media cuadra de la panadería y sonó algo… y una gritadera… mejor me apuro… ni para atrás veo… estoy harto de estos bululúes. “¡Bochinche, bochinche!, ¡esta gente no sabe hacer sino bochinche!”… cuánta razón, Generalísimo… En todas partes la vulgaridad campea a grito. ¡Hasta en la iglesia!… Recuerdo el último día, hace meses ya, que fui a misa a acompañar a mamá, y el cura empezó en la homilía a hablar sobre la necesidad de diálogo… que si el Papa llamaba a diálogo, que si esto, que si lo otro, y un señor, muy decente, subió al altar, tomó el micrófono, y entrecortado por el llanto dijo que su hijo estaba preso por solicitar diálogo en una protesta estudiantil… ¡Ardió Troya!, hasta bancos se quebraron… yo saqué a mi vieja, que estaba en shock, persignándose atemorizada.

El percance sirvió por lo menos para no volver a pisar una iglesia. Cada vez que me pedía (a las semanas, claro) que la acompañara a misa, yo le refrescaba la memoria con lo del incidente, y le ponía la tele en el canal de la misa diaria, diciéndole que si lo que quería era oír la palabra de Dios, que así era lo mismo. Que por eso la transmitían. O le citaba a Meister Eckhart: “Trata de encontrar a Dios presente, de la misma manera, en todas las cosas”. No lo aceptaba de buen grado, la pobre, pero seguro recordaba los trancazos en la iglesia, y trataba de convencerse. Lo bueno es que ahora no le falta su misa. El retiro tiene capilla, y el cura va todas las mañanas a oficiar. Bueno por mi vieja… ¡Cónchale!, sigue el peo prendido… voy a una cuadra y todavía se oye el zaperoco… pobre musiú, ¿qué sentirá comparando la bonanza otrora, con esta vaina?… a lo mejor cierra y se va para su tierra… ya levantó a los muchachos, y lleva años aquí haciendo plata… ¡pero qué plata ni qué nada!, en este tiempo se debe haber comido todo. Ya los dos hijos volaron a Europa hace tres años, y él y su mujer se quedaron guapeando. Aguantando clausuras, y hasta vacuna… Irse es lo que le queda… ¡Coño!, ¿pero qué puede hacer un viejo en tierra ajena, así haya nacido en ella?, porque ajena se hace con treinta años lejos… llegaría como forastero, y viejo, ni de portero tendría trabajo… pobrecito… pobrecito yo… y eso es lo que no entendió Laura. ¿Qué voy a hacer con medio siglo encima, en otro país?, ¿Sembrar..?, y no porque denigre del trabajo, no, la broma es que ¿quién me va a atender por la noche cuando la espalda me esté matando?, ¿Laura?, ¡no le voy a echar esa vaina!… ¡y es que no entendió la mujer!… no entiende… Allá debe estar fresco el día… día de primavera para aquellas latitudes… aquí un verano arrecho…

Laura tenía dieciocho, yo, un viejo ya cuarentón. Ya era mayor de edad, cierto, pero yo era su profesor… a la vista de todos, tamaña inmoralidad…

 “¡Profe!, ¿qué pasó allá?”, y caigo que es conmigo. Profe. Profesor universitario. Gran vaina… “No sé. Se acabó el pan. Se armó un lío”. Ni levanté la mirada. Me fijé entonces que salí a la calle con chanclas… ¡verga!, nunca me había pasado esto… ¿Cómo no me di cuenta? Bueno, en verdad en lo único que reparaba antes de salir, era en el bojotico de los miserables… salí a buscar el mío, y me encontré con otra miseria… jajaja, la cosa da risa… enchancletado con medias… jajaja, recordé a papá: “¡Muchacho!, ¿qué vaina es esa de ponerte cholas con medias?, ¿tienes diarrea?”. De dónde sacaría mi viejo que los empachados calzan chanclas con medias… medias… “A medias ni en los pies”, también diría mi viejo. Y así quedé con Laura… a medias… por eso, nada. Voy a salirme de la red social, voy a aislarme más, salirme de ella, aislarme de ella, dejarla libre, que no cargue con el guilindajo de la posibilidad que soy. Si ya mamá está libre de mi presencia, con más razón ella que tiene tiempo, vida por delante… que tiene… ¡ah vaina!, el celular otra vez… pero no… al llegar veo las llamadas perdidas… me falta media cuadra… ¡aquí no lo saco ni de broma!, están pasando unas motos raras… van hacia la panadería. Algún rufián alertó secuaces y se activaron los bichitos.

Qué broma con el pobre musiú… seguro ya están saqueando… y los policías, bien gracias… mejor me apuro… ¡Dios!, cuesta caminar rápido encholado, jajaja, menos mal que no son de las “metededo”, las que lo dejan a uno descalzo en la playa. Costosas, y reventadas en un dos por tres de ola o brinco en la arena, jajaja… le compré unas a Laura el primer día que salimos. Fue para la playa. Tenía miedo de la aventura… aunque no tanto como yo. Hasta le inventé a mamá un cuento adolescente de quedarme el fin de semana en casa de unos viejos compañeros de clase. Se me arrugó el alma cuando me preguntó que en casa de quiénes… ¡ah!, mi vieja… seguro cayó en cuenta al verme demudado, y desvió la conversa… nunca supe mentir. Quizá, de haberle confiado mi aventura, le hubiese alegrado la vida. Se la pasaba en una de buscarme novia entre las hijas de sus amigas iglesieras… pero esto no le iba a caer bien. Laura tenía dieciocho, yo, un viejo ya cuarentón. Ya era mayor de edad, cierto, pero yo era su profesor… a la vista de todos, tamaña inmoralidad… qué digo de todos… a la mía propia. Cargaba el pecho permanentemente oprimido… de la vergüenza… del miedo… del… ¿amor..?

A Laura se le rompió una de las cholitas en la caminadera por las piedras… sí, las piedras más allá del malecón… donde la llevé… donde me trataba de esconder con ella porque en vez de visera, sentía que de mi frente colgaba un cartel que decía “viejo verde”, “pederasta”, “enfermo”… qué sé yo… Ella no se inmutaba, feliz comiéndose su perrocalientico, iba a donde la llevara… ¿Que si tenía temor?, ¡seguro!, en más de una ocasión me dijo que le daba miedo que sus padres se enteraran. Que como nunca había tenido novio, seguro se le notaba, y que si sabían que era uno de sus profesores, no iba a ser aceptado en su familia, que eso no era bien visto, que si esto, que si lo otro… pero seguía, seguía quedándose en el salón a la salida… Me duele… me duele el pecho… ¡Qué calor!, ya llegué a la reja, menos mal… ¡Coño!, ¿y eso?… ¡verga!, ¡están disparando..!, ¡lo que faltaba!, pobre gente en la panadería… a ver… sí, ahí viene un gentío corriendo… sin pan… amedrentados por los malandros… mejor entro y veo la cosa desde arriba… ¡verga!, estoy sudando… la llave… ¡ah pues!… se me cayó… ¡Ay Laura, menos mal que te fuiste!… aunque me oprima el pecho… la distancia… como este verano… este sudor pegajoso… que me empapa… el pecho… rojo… rojo…

Últimas entradas de Tibisay Vargas Rojas (ver todo)