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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

11:25

• Martes 28 de agosto de 2018

En fin, nos hallábamos en el centro de la ciudad. Donde, muchos dicen, las mejores cosas pasan; al menos un viernes por la noche, como aquel. De cualquier forma, quienes dicen ese tipo de cosas son las gentes que no esperan nada, o no saben qué esperar, por lo que cualquier cosa que ocurra les parece lo mejor que pudo haber sido. He vivido casi toda mi vida en el centro. Eso le quita un poco la emoción. Eso le quita por completo la emoción. Comenzamos tomando cervezas en un lugar de mala muerte en un callejón de Regina. Realmente no importa cuál. Toda Regina parece el mismo callejón horrible. Tomamos cervezas hasta que perdí la cuenta (esto no es un decir, tengo la costumbre de contar las cervezas que consumo). Después, unos jóvenes que lucían unas ropas desgastadas y mugrosas nos ofrecieron marihuana. Yo decidí ignorarlos. Pero mis acompañantes, tontos y jóvenes (si esto no es redundar), aceptaron la oferta que, creyeron, era un gesto muy amable de aquellos vagabundos. Ahí pareció hablar por ellos su estado ebrio y no la sensatez que, pensaba, los caracterizaba. Lo mismo pasó conmigo cuando me pidieron acompañarlos a un rincón a quemar un poco. Un poco. Pensé luego que esas habían sido las palabras que me habían hecho acceder. Y ahí fuimos, yo y mi tontedad. Los acompañé. Y cuando los vi fumar con una pasión tan exagerada, decidí unírmeles. Ni siquiera tuvieron que preguntar, yo misma pedí que lo rolaran. Ahí empezó todo. Volvimos a la mesa en la que estábamos sentados en el comienzo, pero algo había diferente. No sabría decir si fue el efecto de la droga o el de las cervezas cuya cuenta había ya, en definitiva, perdido. Quise entonces contar el tiempo. Pensé que sentiría al menos un poco de control sobre la situación si relacionaba de alguna manera mis pensamientos veloces con el tiempo objetivo. Error.

 

11:13

Empezaron a hablar atropelladamente, sentí que hablaban ambos al mismo tiempo. Uno de ellos era contador, por lo que nada de lo que decía me interesaba. Habló de clientes suyos, de proyectos que, según él, estarían ya finalizados al terminar el año y tendrían éstos, recuerdo que fueron estas sus palabras exactas, un éxito garantizado. Su meta más grande era trabajar para una cadena televisiva. No recuerdo el nombre. Quizá no lo escuché. Poco me importaba ya cualquier cosa que no me hiciera permanecer ahí. Sentí cosas que ahora mismo no podría describir fielmente. Vi su cara y me causó una repulsión que me recordó el asco que me daba, cuando pequeña, comer gelatina. Estudié a detalle su nariz puntiaguda, sus gafas gruesas, sus labios carnudos que parecían vomitar las palabras y sentía literalmente un pedazo de gelatina de limón atorado en mi garganta. Fue entonces cuando, quizá por mi gesto de asco, el tema cambió de manera repentina. El otro muchacho que nos acompañaba empezó a hablar del libro que estaba escribiendo. Habló acerca de una técnica que había aprendido hace poco en su universidad. Habló de su universidad y del campus que había elegido. De cómo a sus compañeros les parecía normal y hasta divertido ingresar con bebidas alcohólicas y drogas de todo tipo para consumirlas dentro de las instalaciones. Algo dentro de mí manifestó repudio por las actitudes que nos contaba. Me pareció que nadie debería minimizar el carácter cuasi sacro que, según pensé en ese momento, tenían las instituciones educativas. Sé que mi gesto facial exteriorizó aquellos pensamientos porque él enseguida se calló. Ambos se callaron. Y sentí entonces culpa. Sentí culpa conmigo misma. Supe que pensaba aquello porque nunca logré ingresar en una universidad con la calidad que sentía merecer. Esas experiencias me llevaban a idealizar tanto su universidad. Él estudiaba creación literaria.

Una confusión exagerada se posó entonces sobre mí. Impregnó todos los pensamientos que tuve, antes y después de ser consciente de tal confusión. Lo atribuí a la droga que había consumido. Más bien lo atribuí a no saber con exactitud de dónde habían sacado los jóvenes esa droga. Más culpa. Sentí también culpa por haber fumado sin siquiera haber sido invitada a ello. Y todo en mi mente terminó en un gran absurdo que me llevó a reír. A reírme sin control. Esa risa que, al terminar, causa en mí una sensación de vergüenza. Si alguno de mis acompañantes hubiera sido un psicólogo, sé con certeza que hubiera pensado que estaba sufriendo un ataque de histeria. Pero uno era contador y el otro escritor. Ambos de excelentes escuelas. Pero ningún psicólogo. Así que pensaron que sólo era el efecto de la marihuana. Revisé el celular de nuevo.

 

11:18

Pensé en cómo es que habían pasado únicamente cinco minutos. Miré pasmada a mis compañeros y, cuando los vi, algo en su cara me pareció ajeno. Pensé que, parecido a ese, así era el pensamiento o sentimiento que tenían las prostitutas al ver a los ojos a su amante en turno. Pensé en mi amiga prostituta y sentí una profunda lástima. Volví a mirarlos con detenimiento y, segura de que en ese punto ya les estaba causando un poco de miedo, les dije que pidiéramos la cuenta y nos fuéramos de esa mierda de lugar. No sé de dónde me salieron esas palabras. Y no sé de dónde habían salido ellos. De verdad quería detener mis pensamientos acerca de las prostitutas. Acerca de mi amiga. Era una de las muchachas más hermosas que conocí jamás. No sé qué me llevó a desconocer de ese modo a mis acompañantes. A sentirlos tan ajenos. A pensar en ellos como hombres que podrían pagar por sexo carente de sentido. Pensé que todo el sexo carecía de sentido. No podía reconocer en ellos nada semejante a mí. En ese momento dejé de considerarlos mis amigos. Sé que dijeron algunas cosas, uno de ellos dejó la mesa y se metió al lugar. Supongo que a pagar la cuenta. Otro, el escritor, se puso a hablar por teléfono. Yo le compré un cigarro a una niña que pasó con una canastita llena de dulces (y cigarros). Quería comprarle todo para que dejara de trabajar. No tenía suficiente dinero para hacer eso. Y tampoco terminaría de esa forma con el trabajo infantil. Pensé en esa niña con unos quince años más parada en una esquina de la calle Mina, en la Guerrero. Vestida con ropa provocativa y maquillada de forma vulgar. Mis ojos se inundaron. O eso sentí. Nunca salieron lágrimas de ellos.

El contador salió y nos preguntó a dónde queríamos ir ahora. El otro dijo que fuéramos a la Puri a bailar. Ninguno volteó a verme. Dije que estaba bien. Empezamos a caminar y el escritor dijo que el centro era muy diferente cuando uno lo caminaba de noche. Yo sentí que todo era siempre lo mismo.

 

11:25

Daniela Becerril

Daniela Becerril

Escritora mexicana (Ciudad de México, 1998). Es estudiante de psicología.
Daniela Becerril

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  • 11:25 - • Martes 28 de agosto de 2018