“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Luna de miel

martes 5 de marzo de 2019

Ave María gratia plena, María gratia plena, María gratia plena…

Flotaba hacia su felicidad. Jamás había sentido nada igual. Ni siquiera importaban los gigantescos tacones que oprimían sus pies. Un día como aquel no podía registrar ampollas ni transpiraciones. Su pecho era un manar de latidos acallados apenas por la voz de la soprano que envolvía la iglesia, repleta de flores y ojos que la escudriñaban. Sus amigas no cesaban de mirarla… parecían buscar algo que la hiciera indigna del blanco del vestido. Pero no le importaba… era el día que había esperado toda su vida.

Ave, ave dominus, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus et benedictus

Al final del pasillo, en el que parecía el viaje más interminable de su vida, la esperaba el amor, su amor… un buen partido, como le decía su madre. Desde el día que lo llevó a casa, la familia de Maritza la convenció de que su destino era convertirse en esposa de aquel apuesto militar. “Las gorras —decía su abuela— representan con creces a las mujeres”.

No pasó mucho tiempo para que el hombre, trajeado con su uniforme de gala, pidiera su mano. Comenzó entonces el rosario de recomendaciones sobre la virginidad, que Maritza cumplió a cabalidad. Toda una proeza alcanzar el altar sin sucumbir a sus hormonas veinteañeras. Pero él era un caballero, y no había mayor dicha que su respeto.

Et benedictus fructus ventris ventris tui Jesus

Y allí estaba, dulce y paciente. Ella lo acompañaría hasta el final, así lo juró ante Dios y ante todos los que secaban sus lágrimas conmovidos por aquella representación de la felicidad. “Que se besen, que se besen, que se besen…”. Risas, aplausos, besos, arroz a granel, abrazos… La fiesta, los regalos, el baile, los pasapalos, las bebidas… Maritza estaba radiante. Ni siquiera sentía las ampollas de sus pies.

El ramo, el carro, los pasajes, la maleta, el hotel… Su soñado boleto a la felicidad que estaba a punto de iniciar con su nueva vida: la señora Maritza de Bustamante… le gustaba pensarse así… era de él… suya, en cuerpo y alma.

Entró feliz al recinto que cobijaría todo el amor que estaba dispuesta a dar. No más cuidados, no más luchas con las hormonas, no más déjame, déjame, en medio de sofocos y entrecortados no no no que eran un sí sí sí… el cuarto del hotel era hermoso, podía escuchar el rumor del mar compitiendo con el latido de su corazón. Era su mujer al fin, su esposa… nada podría opacar tanta dicha.

Entró y sonrió. Lo miró emocionada. Se acercó. Era suya completamente. Se sonrojó. Él la empujó suavemente hacia la puerta. Jadeaba, tanteaba, tocaba. Deshizo el moño que la peluquera había tardado horas en peinar. Estrujó su vestido blanco en busca de sus senos. Ella sonrió. Él apretó sus pezones. Ella gimió. Él apretó más. Ella sintió dolor. La dureza de él se pegaba a sus muslos. Ella se estremeció. Él le arrancó el vestido… lo abrió de golpe. La volvió a empujar. Desabrochó el pantalón. Metió su mano en la entrepierna y maculó el encaje virgen. Ella ya no sonreía.

La penetró. La volteó. La penetró. La penetró. La penetró. El dolor sordo que sentía iba y venía. De fondo, el toc toc toc toc de la puerta ante el conyugal embate. Gimió. Era un sollozo salobre sin miel ni luna.

Ave María, Ave María Mater dei, ora pro nobis pecatoribus

Recogió el vestido y lo guardó en la bolsa. Caminó en trance en medio del dolor que le producían las antiguas ampollas; se sentó a su lado, con los ojos rojos de tanto llorar. Sus hijos la abrazaban. Aquel amor había sido ejemplar. Cincuenta años juntos… cincuenta.

Se levantó de pronto. Todos hicieron silencio ante sus legítimas lágrimas. Ella abrazó la pulida madera del ataúd. Murmuró algo, dejó sobre el vidrio de la urna la bolsa con su viejo traje de novia y salió. Conmovidos, los presentes lloraron ante el gesto de amor. Bodas de oro.

Nunc et in hora mortis In hora mortis, mortis nostrae in hora mortis nostrae, Ave María

Yurimia Boscán
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