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La trucha

viernes 20 de septiembre de 2019
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Volví a tener ese sueño.

Sí, es ese en el que voy caminando por la calle oscura, desierta, mientras cae la nieve y corre el viento. El mismo en el que aprieto el paso, me abrocho más la chaqueta y me acerco sin querer a un callejón: en el fondo hay una puerta entreabierta de la que sale una luz confortable y una deliciosa calidez. También es ese el sueño donde parezco tentar descaradamente a la suerte, ya que me acerco a esa puerta y entro en la sala de una casa; está desierta.

Por tres noches seguidas ha sido lo mismo. Despierto con ese terrible hedor pegado a las fosas nasales y se me hace imposible reanudar la acción del sueño.

Está desierta, pero desde la pared me acompañan dos tristes cabezas de venado y, encima de una mesita, un loro torpemente disecado. Sin embargo, y me complace notarlo, en la sala también hay una magnífica biblioteca de alrededor de cien tomos de buen grosor y todos cubiertos de una piel suave, turgente y de color claro. Escojo uno y con él doy una vuelta a la estancia: los muebles, victorianos, han sido combinados con muy mal gusto y peor cuidados, el papel de las paredes se ha desconchado y el piso necesita ser acariciado por una escoba. Vuelvo a la biblioteca y agarro otro tomo: empieza a oler mal, a carne descompuesta, y de hecho aparecen un par de moscas; regreso el tomo a su lugar y al darme vuelta observo una mesa larga de metal que ciertamente no estaba allí antes. El hedor se intensifica.

De verdad es una mesa larga, una persona de un metro ochenta podría recostarse allí y los pies no le quedarían fuera. También está muy limpia, impecable: mi cara se refleja en su superficie; no me asusta tener en frente una mesa de disección, mas no logro entender por qué no hay un cadáver encima de ella, sino un paraguas de color celeste. Y es así como termina el sueño.

Por tres noches seguidas ha sido lo mismo. Despierto con ese terrible hedor pegado a las fosas nasales y se me hace imposible reanudar la acción del sueño. No se lo he contado a nadie, aunque Daniel seguramente ya ha atado cabos, pues sabe que algo anda mal:

—Te noto rara, Claire —dice mientras guarda sus partituras y me observa atentamente. La sesión de canto de hoy fue excelente.

—No es nada. Sencillamente no he dormido bien —le  contesto y cierro la tapa del piano.

—Tranquila, faltan varios días para el concierto. Que, por cierto, será un rotundo éxito…

—Sí, sí. Lo sé…

Supongo que es mejor mencionarlo ahora: los conciertos me ponen los pelos de punta y Daniel, que lo sabe todo, excusa de esta forma mi estado de ánimo. Algún día me preguntará por la verdadera razón.

—Además —continúa—, tú adoras esa pieza.

Y no es mentira.

—De hecho, sí. Ese quinteto es pura belleza.

—Y expresividad. Me gusta mucho la línea del piano aunque la veo difícil.

—Lo es, si no pregúntale a Gabrielle.

—Pero a ella le va muy bien, al igual que a ti. Vamos —y me pone una mano en el hombro—, ese concierto les saldrá perfecto.

—Creo, hemos practicado mucho.

—¡Y tienen a la mejor violinista del mundo! —a veces, Daniel se las arregla para ser un chistoso. Parece adivinar mi pensamiento, porque agrega:— ¡Sabes que no bromeo!

Lo dejo en paz, aunque en realidad me contenta el buen desempeño que hemos tenido en los ensayos… si tan sólo pudiera encontrarle un significado a ese sueño… estaría tranquila.

Hemos salido a la calle y ha empezado a llover bastante fuerte. Es poco probable que el sueño trate de mí porque, si bien tengo un paraguas, éste es amarillo; Daniel mide exactamente un metro ochenta pero normalmente se conforma con usar una chaqueta. Esta vez decide prestármela.

—Para que no te resfríes, Paganini —dice y casi rechaza mi paraguas cuando se lo ofrezco para compartirlo.

Y en cuanto a los demás… ¿quién se fija en detalles tan insignificantes como el color del paraguas de cada quien, y en el paraguas mismo? Tal vez deba buscar a alguien cuyo nombre sea Celeste y darle el aviso…

—¿Quieres ir a La Pianola?

—¿Qué?

Daniel me mira extrañado.

—Los gemelos tienen su fiesta de cumpleaños allí, ya sabes, al estilo mitad schubertiada mitad concierto en La Caverna. ¿Quieres ir? Está al doblar la esquina y será muy divertido.

—Ah, sí, sí. Está bien, vamos.

No dejo de sentir su mirada inquisidora hasta que la algarabía de la fiesta nos envuelve y contagia: de verdad es un evento divertido. A los gemelos, es decir, a Ludwika y a Józef, les gusta siempre organizar conciertos el día de su cumpleaños y esta vez han elegido este pub como salón de fiestas.

Yo, como tengo a mano mi violín, cumplo turnos al piano del pub junto con Gabrielle, quien se ha parado a comer, y con el mismo Daniel, que toca muy bien a pesar de ser prácticamente un novato en ese instrumento; Ludwika toca el cello, Józef el contrabajo y la formación se completa con Dorothea en la viola. Pasamos entonces lo que aparenta ser una deliciosa eternidad tocando, comiendo, riendo y también bebiendo, ofreciendo esa imagen que le da a ciertas personas la idea de que el músico es un vago; francamente a nosotros no nos afecta, pero tampoco detecto alguna pista de lo que pueda significar ese jodido sueño. Y eso es malo.

Salimos de allí a altas horas de la noche, en grupo, como colegiales asustados, y nos vamos despidiendo conforme cada quien llega a su casa; hace mucho que dejó de llover.

—¿Sucede algo, Claire? —al parecer Gabrielle también nota algo raro, ¿acaso soy tan obvia?

Sé que no es sólo el concierto lo que te perturba y entiendo que no quieras hablar al respecto pero… si puedo ayudar en algo…

—Sí, eres como un libro abierto —responde—. ¿Es por el concierto? No te preocupes, todo irá como la seda —por suerte no tengo que inventar ninguna excusa, ella se detiene un momento y observa a su alrededor—. Bueno, hasta aquí llego. Salut, mes amis!

Salut, Gabrielle! —respondemos Daniel y yo en francés. La vemos marcharse hacia un bloque de apartamentos y, de nuevo, nos quedamos solos. Esto me incomodaría enormemente si no supiera de antemano que los dos vivimos en el mismo apartamento.

Hay unos minutos de silencio en el ascensor que él corta con un “Ese quinteto de cuatro personas estuvo muy bueno”.

—Lástima que no sé nada de oboes —le digo—, pero esa muchacha fue muy amable en querer prestarme uno.

—No creo que hubiera sonado bien de todas formas —responde—. El violín tiene más fuerza y las truchas reales no son tan delicadas.

—No se dejan atrapar tan fácilmente… aunque esta vez el pescador logra su objetivo… bien —digo evasivamente, ya que Daniel ciertamente ha escuchado la última frase y la huella del temor impresa en la misma—, este es mi piso. Adiós.

La puerta del ascensor se abre, pero me han agarrado la muñeca.

—Claire —dice Daniel y luce preocupado—, sé que no es sólo el concierto lo que te perturba y entiendo que no quieras hablar al respecto pero… si puedo ayudar en algo… recuerda que vivo dos pisos debajo.

—Gracias, Daniel.

Me suelta la muñeca. Ardo en deseos de contarle este sueño a alguien, ya sea para que lo deseche entre risas o para que se lo tome en serio. Una segunda opinión.

Hasta ahora no me doy cuenta del cansancio que tengo, pero temo que ese sueño vuelva, que el hedor vuelva y la incertidumbre también. ¡Morfeo! ¿Podrías dejarme en paz, al menos una noche?

Andrea Molina Hernández
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