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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Los Pabellones

jueves 24 de octubre de 2019
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No era un día diferente.

Mayor, que llevaba diez años en el negocio de los cochinos, se levantó de madrugada y esperó el camión en la parada de los edificios. Como siempre durmió todo el viaje, excepto el momento en que el carro paró en el punto de control para darle el dinero a los policías. Lolito y Jorge iban con él en la parte de atrás, y Alain y José delante, manejando.

Como terminaron temprano, a las once y media estaban en Madruga.

Desde arriba, Los Pabellones eran una K, pero con otra pata en el medio, como si fuera la mitad de un asterisco de frente a los edificios.

Se bajó donde mismo y merendó algo en la paladar del hijo de Sergio. Después atravesó los edificios y la calle que los separaba de Los Pabellones, donde vivía desde hacía tres años con su mujer.

Desde arriba, Los Pabellones eran una K, pero con otra pata en el medio, como si fuera la mitad de un asterisco de frente a los edificios. Tenía veintiocho cuartos, un baño colectivo inhabilitado y un placer perdido en yerba donde se unían las cinco hileras de cuartos.

Mayor entró por la hilera del medio y compró ron en casa de Magalys.

Cuando llegó su cuarto estaba abierto, y dentro estaba su hijastra, que vivía al lado con el marido. Como siempre, recogió la llave en el trabajo de la madre y se bañó en el cuarto de ellos, porque en el suyo no había ducha.

Era mulata, tenía diecisiete años y estaba en la cama pintándose las uñas. Mayor, que tenía cincuenta, entró y se quitó el pulóver sin decir nada, pero ella recogió las pinturas inmediatamente. Antes de que se fuera, el hombre le preguntó por su madre, y ella le dijo que tenía cierre de información y se demoraba. Entonces, como siempre, sacó un banco de madera y empezó a beber al lado de su puerta, mientras pasaba el tiempo a su alrededor.

Infinitas veces vio a la muchacha de un lado a otro con aquella licra de faja alta que le realzaba las caderas y le marcaba la chocha.

Después llegó el marido, de veintiséis años.

Después Serafín y Maikel se sentaron en la punta del pasillo a jugar ajedrez.

Después soltaron los muchachos, y después, a las cinco, llegó Elizardo, desenganchó el caballo y compró más ron.

Mayor, como siempre, sacó otro vaso y se lo ofreció.

Elizardo era más viejo, más alto, con un bigotico entrecano y un ligero estrabismo en el ojo izquierdo. Mayor era pequeño, y estaba en los huesos por el alcohol.

Hablaron de trabajo.

Elizardo cortaba madera en Santa Rita y ese día lo había cogido la Forestal. Mayor había tenido un día bueno…

Entre diálogos cortos, tragos y silencios fue atardeciendo. El sol bajó por detrás del cañaveral y la oscuridad subió por las paredes. Su hijastra volvió a bañarse, su marido salió y uno de los del ajedrez se quedó sin dinero para seguir apostando.

Oscureció por completo.

Elizardo guardó el caballo, puso agua a calentar y le preguntó a Mayor por su mujer. Sin inmutarse, Mayor le dijo:

―Está trabajando, así que déjala tranquila y ocúpate de la tuya.

Normalmente, esa era la hora en que Caridad lo recogía, lo bañaba un poco y le daba dos o tres cucharadas de comida antes de que cayera muerto en la cama, pero ese día estaba trabajando.

Mayor entró al cuarto. Su hijastra tenía puesto un short corto de mezclilla y una blusa fina en donde asomaban unos pezones diminutos. La miró con asco, y le habló como si quisiera escupirla:

―Siempre tienes que estar aquí, molestando.

―Y tú ―contestó ella―, siempre tienes que estar borracho.

La muchacha salió, y Mayor chasqueó los dientes y revolvió la lata de los cubiertos. Dejó el cuarto a tientas, con el cuchillo apretado en la mano.

Iba a caminar, pero se tambaleó y tuvo que aguantarse de la llave del fregadero:

―¿Tu madre, dónde está?

―No sé.

La muchacha salió, y Mayor chasqueó los dientes y revolvió la lata de los cubiertos. Dejó el cuarto a tientas, con el cuchillo apretado en la mano, y se lanzó como pudo sobre el cuerpo de Elizardo, que estaba de pie y lo superaba casi medio metro.

Enterró toda la hoja en su abdomen, hasta que la mano tocó su piel. La dejó allí un momento, pero el peso muerto del cuerpo de Elizardo hizo que sus rodillas se doblaran y los dos resbalaran en silencio por la pared.

Todo estaba oscuro, y encontraron a Elizardo media hora después.

Cuando encontraron a Mayor ya eran casi las nueve. Iba por la calle para el central, a buscar a su mujer en las oficinas. Llevaba el cuchillo en el pantalón y las manos ensangrentadas, pero no recordó haber matado a nadie.

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