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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Abrir el cuerpo

jueves 26 de marzo de 2020
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Don Epifanio viene a encargarse del abuelo. Desde el balcón que domina la colina, vemos su silueta tambaleante irse agrandando a medida que gana la pendiente. La gruesa lima de herrería, colgando de su cinto, hace aún más penoso su ascenso. Bajo el sol inclemente del mediodía, un karma hervoroso parece desprenderse de su cuerpo: las trepidaciones del bochorno difuminan el contorno de su cabeza y hombros.

Cuando llega, se detiene un instante frente a la casa, escupe, y luego saluda con su sombrero. Por detrás, un barranquero aterriza con redonda elegancia en el boquete de un peñasco. El anciano, que masca una goma negruzca, supera los tres escalones de la entrada con pausada determinación. Después de estabilizarse sobre el entarimado, pregunta: “¿Dónde es que tienen al enfermo?”. Papá, sin decirle nada, le indica con un gesto atento la puerta desde donde alcanzan a filtrarse los ecos de las oraciones y los alaridos del abuelo.

Don Epifanio hace una venia contrecha y se aleja.

Me levanta por los sobacos, besa mi frente y dice, con los labios todavía pegados a mi piel: “Hay que ayudarlo a partir”.

Da tres golpes secos con el extremo puntiagudo de la lima. La puerta se abre apenas lo necesario. “Don Epifanio, bien pueda”, le dice una voz dolorida desde adentro. Ingresa y al instante oímos el saludo afligido de las mujeres en torno al moribundo. Por un breve momento en el que sólo se escuchan las murmuraciones de las aves, la casa parece quedarse inhabitada, vaciarse, como si el chasquido de la cerradura nos suprimiera a todos. Luego, los berridos del abuelo vuelven a romper el silencio.

Afuera, repelido por la tensión, el grupo se dispersa. Permanezco junto a Papá que no se decide a abandonarme.

Después de unos instantes, tío Milton enciende un cigarrillo, exhala el humo y, caminando hacia Papá, le dice: “No podemos hacerle esto”. Mientras se le acerca, Papá, inmóvil, lo mira con enfado, fingiendo no comprenderlo. “Se apaga demasiado lento”, agrega tío Gabriel llegando por el flanco opuesto.

Los gemidos, sostenidos, guturales, tensan más y más nuestros nervios; resuenan como una orden que llevamos días desatendiendo.

Tío Jesús Antonio, que desde el balcón contempla la urdimbre de los cerros, se yergue, gira, da un paso adelante con las manos extendidas, casi suplicantes a la altura del pecho, y dice: “Mamá hubiese estado de acuerdo”.

Papá esquiva a sus hermanos. Se vuelve hacia mí y, viendo el horror vidrioso estancado en mis ojos, me observa con cierta bondad, aunque a su mirada la rasga un destello recriminatorio. Tampoco tú querrás traicionarme, parece advertirme. Me levanta por los sobacos, besa mi frente y dice, con los labios todavía pegados a mi piel: “Hay que ayudarlo a partir”.

Detén la carnicería, le replican mi ojos crepitantes.

Se separa, vuelve a mirarme unos instantes, y pareciendo lamentar algo —tal vez el menosprecio de mis sentimientos—, me responde con obstinación: “Toca abrirle el cuerpo”.

Dos lágrimas surcan mis mejillas.

Adentro, don Epifanio se pone a obrar. El ruido del metal raspando las uñas del abuelo me recuerda la cadenciosa masticación de las cucarachas que, durante noches insomnes, se oyen roer la madera de nuestros aposentos.

Papá ahoga mi llanto en su pecho. Intento liberarme, huir, pero cierra fuerte el nudo de sus brazos. Ambos nos estremecemos.

“A los que les han cerrado el cuerpo”, dice tío Jesús Antonio, “hay que abrírselo por los dedos”, e intenta calmarme extendiendo puerilmente su mano frente a mi cara. “Sólo por ahí”, agrega, “puede salir el ánima”. “Si no”, dice Papá, “agonizan demasiado”. “Hay que molerles las uñas hasta el nervio”, añade tío Milton eyectando su colilla humeante con una mueca de asco.

Antes de comprender cualquier cosa, oigo a tío Gabriel, el menor, gritarles: “¡Cerdos!”.

Mientras tanto, el abuelo gime, su agonía se recrudece. Su alma hace resonar ciegamente su cuerpo cual si tocara un bombo desde adentro; tantea una salida, sigue llamándonos sin que sus clamores se aplaquen.

“Así se han hecho siempre las cosas”, corta Papá el silencio con agresividad en un intento por reprimir le rebelión parricida que preparan sus hermanos.

“Lleva cuatro días muriendo”, le grita tío Gabriel enardecido, “nos lo está pidiendo, ¿no lo escuchás?”.

Al tiempo, la cacofonía es delirante: los bramidos atraviesan los tabiques de madera para venir a taladrarnos el cerebro. Y el llanto de las mujeres, acompañándolos en contrapunteo, se convierte en un enloquecido coro de plañideras.

Pasan los minutos, se enciende más tabaco, pasos erráticos van y vienen sobre el entarimado. Los hermanos se entregan, absortos, a temerarias cavilaciones. El aire se electriza.

De repente, los cuatro se lanzan una retreta vertiginosa de miradas acusadoras. Papá me regresa al suelo, se pone enhiesto, infla el pecho como un palomo, y enfrenta a sus tres hermanos que han vuelto furtivamente a rodearlo.

Empero, todo es simulacro. El fondo de la tradición está resquebrajado.

“Lleva cuatro días muriendo”, le grita tío Gabriel enardecido, “nos lo está pidiendo, ¿no lo escuchás?”. “Matalo vos, hijueputa, si sos capaz”, le contesta Papá, ciego de furia, embistiéndolo. Entonces se agarran por el cuello, se estrellan contra las placas de chanul de la casona. Forcejean, se insultan, juntan sus frentes como para un beso, pero luego se sosiegan y permiten que los separen.

“Yo no puedo”, dice papá con la frente baja, paladeando con resignación su derrota. “Yo tampoco”, le responde tío Gabriel examinándolo con un fulgor altanero en los ojos, “pero a vos te corresponde”. “Cálmense, hermanos, cálmense”, dice tío Jesús Antonio ofreciéndoles sendos tinteros de aguardiente.

Beben con amargura.

Súbitamente, como si acabase de entender que por fin será sacrificado, el abuelo comienza a apagar sus lamentaciones.

Se abre la puerta y don Epifanio sale barriendo con el dorso de la mano el sudor de sus sienes. Se acerca al barandal, y tras depositar la lima sobre el travesaño, vuelve a lanzar un compacto escupitajo contra la maleza. Diseminados sobre el artefacto, descubro los detritos de queratina y sangre bañados por un rayo oblicuo de sol.

Por un costado del valle, la aserrada cresta de los farallones se incrusta el cielo. Las nubes, arrastradas por los vientos provenientes del océano, se precipitan contra sus bordes rasgándose en un despliegue de belleza suicida.

Salen también las mujeres con marcha sigilosa, una tras de otra, entristecidas y abatidas por las noches de vigilia. Primero tía Consuelo, que dice: “El tumor le duele menos”; luego tía Amparo que añade: “Está durmiendo”, y finalmente tía Esperanza que remata: “Descansará pronto”. Las tres lloran.

—Tiene bien cerrado el cuerpo —dice don Epifanio volviéndose lerdamente hacia Papá.

—Fue en Itsmina, se lo cerró un embera —dice Papá con un tachón de vergüenza ensombreciéndole la frente.

—¿Y vos cómo sabes? —le pregunta tío Jesús Antonio, sorprendido, sirviendo más aguardiente.

—A mí también me lo cerró —le contesta Papá. Antes de embadurnarnos con petróleo, nos roció sangre de armadillo y después nos curó con un sahumerio de sauco rojo.

—Ay, joven, su papá es casi inmortal —dice don Epifanio extendiendo la mano para recibir el trago.

—Ni el plomo le entra, comentan en el pueblo —dice tío Milton.

—Es duro como la piedra —dice Papá.

—Una noche vi cómo le rebotaban los machetazos —agrega tío Jesús Antonio.

—¡Entonces esta noche el tumor tampoco lo va a matar! —grita tío Gabriel despeñándose en la desesperación.

—Lo mejor es que lo abra usted mismo, que también está cerrado —dice don Epifanio, y con un gesto humilde pero desafiante, señala a Papá con su lima sangrada.

—Tiene que ser un orificio limpio en la parte más alta de la cabeza —agrega el anciano.

Papá desliza una de sus manos sobre mi cráneo. Busco entonces sus ojos queriendo que me digan: Tranquilo, no me matarás.

Tío Gabriel se dobla en el acto para vomitar. Todos, excepto Papá, vuelven a dispersarse. Las mujeres se alejan llorando cubriéndose el rostro con sus velos.

Entre tanto, don Epifanio presenta sus respetos, toma el dinero, vuelve a levantar su sombrero, y echa a andar colina abajo recibiendo impasible la metralla solar.

Aunque sigo a su lado prensado a uno de sus muslos, Papá se queda inconmensurablemente solo. Y yo, que quizá algún día también lo habré de matar, apenas intuyo el tamaño de su desamparo.

No obstante, después de unos instantes, se arma de valor y acepta su destino de tener cerrado el cuerpo. Entonces, con el llanto ahogándosele en la tráquea, lo vemos ir al encuentro del abuelo.

 

Al tercer día, Papá y yo esparcimos las cenizas desde la cúspide del cerro más alto. Sentados a la sombra de un samán, las vemos desvanecerse entre los torrentes de aire tórrido que también propician el ascenso de los gallinazos. Cuando ya no queda nada, Papá desliza una de sus manos sobre mi cráneo. Busco entonces sus ojos queriendo que me digan: Tranquilo, no me matarás. Pero él sólo mira hacia el fondo del valle desde donde la ciudad se distingue como una mancha aparatosa de la que emergen las músicas de su fragor y de su demencia.

Mauricio Polanco
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