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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Matoneo (esbozo de un estudio de caso)

sábado 13 de marzo de 2021
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“El hombre nace malo y la sociedad lo empeora”.
Fernando Vallejo.

1

El crepúsculo se volcaba en una estampida de fulgores violáceos sobre aquella tarde de mayo. Las nubes se rasgaban en retazos púrpuras contra los bordes de la cordillera, y la brisa, tras circular por los cañaduzales, esparcía sobre la ciudad su aroma empalagoso. En casa de Ocoró, una narcohacienda en la que antaño habían sido esclavizados sus ancestros congoleses, cerca de veinte mozalbetes se habían congregado para festejar la culminación de su bachillerato —ilusorio paso a la adultez.

Desde el principio, estupefacientes y botellas de diversos licores circularon con celeridad.

La muchachada se jactaba a carcajadas de sus primeros triunfos sexuales —narrados con impudicia—; evocaba infaustas anécdotas escolares, y por supuesto, se daba a revivir viejas rencillas. En medio de la algarabía dominante, cada tanto se la oía también opinar una cosa o la otra respecto a la actualidad política o deportiva del país. A propósito de un crimen que entonces atizaba el canibalesco pathos de la opinión pública, la siguiente conversación empezó a marcar el compás macabro en que culminaría la velada:

—Loaiza, le explotó el collar a la señora, ¿sí viste?

—¡FARC hijos de puta!

—¡Qué delicia este vodka!

¡Atenta a la detonación!, ¡iujuuu! Como si la realidad fuera ciencia ficción.

—¿Por qué seremos tan viles?

—¿Sí le viste esas tetas a Tatiana?

—En vivo y en directo.

—Cuando almuerzan los colombianos.

—Cuando digieren sus muertos.

—Y sus culos ensiliconados.

—La nación entera pegada al televisor.

—¡Atenta a la detonación!, ¡iujuuu! —anotó Loaiza rematando su frase con la desconcertante interjección que solía emplear para expresar sus arranques de satisfacción. Luego agregó—. Como si la realidad fuera ciencia ficción.

—Un sueño tan luminoso y desbordante que no se puede ver.

—Como tener a un sol postrado en tu balcón.

—Pobre señora, Loaiza.

—¿Viste cómo la acechaban las cámaras?

—15 de mayo del 2000, ¡hoy nace nuestra generación!

—Y saber que mañana lo habremos olvidado.

—Nacimos muertos, vos sabés.

—Loaiza, esto nos saldrá caro… ¿Loaiza?

—El malparido ya se fue a drogar.

 

2

Hacia las ocho de la noche, Loaiza empezó a reclamar la presencia de prostitutas. Ocoró, putañero en ascenso, aprobó el plan y enseguida se abrió paso entre los presentes, cual devoto monaguillo, con una bolsa de terciopelo abierta de par en par a la que fueron arrojando billetes de todas las denominaciones. Al tiempo que fluctuaba entre los grupúsculos desperdigados a lo largo del salón, el atento anfitrión intentaba persuadir a los presentes de la conveniencia de optar por cuarentonas curtidas, con rostros severos, reacios a la complacencia, de los que ya se hubiera borrado todo atisbo maternal. Con ellas —dijo— hay menos margen para la negociación, pero el servicio es más humano.

Los largos dedos de Loaiza se aferraban a su trago de whisky con insistencia. El conjunto conformado por el antebrazo, las falanges y la copa, daban la impresión de ser una carga demasiado pesada para él. De cuando en cuando, en medio de la agitación, sus ojos se desviaban abruptamente de sus contertulios para fijarse en la mano comprometida, como preguntándose: ¿hasta cuándo?

Esa noche, Loaiza se mostraba excesivamente locuaz. En su dicción reverberaba un innegable eco de febrilidad, y en sus conjuntivas brillaba una luminosidad de alcaloide. Sus mandíbulas se estrellaban corta pero potentemente, como el percutor de un fusil.

¡Carne, señores, carne! —dijo frotándose las manos, y volvió a apartarse del grupo.

Durante su ausencia, Rodríguez preguntó a los otros si era posible que esa noche Loaiza llevara consigo su navaja automática. De ser así —acordaron todos—, su desenfreno seguramente teñiría de sangre la noche.

A su regreso, todos contemplaron con asombro las partículas de cocaína esparcidas en las inmediaciones de su nariz.

—¿Me quedó maquillaje? ¡Aaah! —dijo con cinismo, sin intención alguna de remover el polvillo.

Su sarcástico arrojo seducía a los bachilleres y al tiempo les resultaba insultante. Era como si de un modo subrepticio Loaiza hubiera empezado a saldar cuentas con ellos.

—Las hembras están en camino —informó Ocoró.

Loaiza era de una delgadez excesiva, extraña, como si a su cuerpo lo hubiera devorado una enfermedad consuntiva.

Entre tanto, para caldear la espera, Loaiza volvió a la carga con su tema predilecto: las meretrices. A todos había referido ya sus experiencias prostibularias con lujo de detalles. Hablaba de sus encuentros sin el menor resquicio de vergüenza y reconocía sin titubeos que la prostitución era el único medio del que disponía para acceder a la cópula. A los trece años había entregado su virginidad a una veterana prostituta que también solía atender a uno de sus tíos, este último conducido hasta ella al parecer por su mismo padre.

Después de depositar un billete en la bolsa, dijo:

—Diez mil esta noche, por la causa. Pero Ocoró no tiene ni puta idea.

—¿Sobre qué? —preguntó Cuéllar.

—Las putas viejas tienen mucho resabio —agregó Vélez furtivamente para mantener el hilo de la conversación.

—No es sólo eso —contestó Loaiza, conciliador, acercándose el vaso a la boca—; con algunas es verdad que eso humaniza el servicio, pero ese no es el punto.

—¿Cuál es entonces? —preguntó Rodríguez, quien hasta entonces se había mantenido al margen. Siendo tan buen mozo, pagar por el coito le parecía una abominación.

—Mirá —respondió Loaiza dándose ínfulas de superioridad—, debido a la exposición a todo tipo de humores y fluidos corporales, con los años el tubo vaginal incrementa dramáticamente su pH. Es una respuesta natural del sistema inmunológico. Se vuelve muy ácido. ¿Sí ven el problema?

Apuró su bebida, y al ver las muecas de asco en torno suyo, remató con su risita maniaca:

—Eso no tiene nada de humano.

Rodríguez se alejó del grupo blandiendo la frente en señal de reprobación. Los demás se quedaron en silencio mirando a Loaiza, entre agradecidos y estupefactos por lo repulsivo de su ingenio.

Luego regresó al baño. ¿Dos, cuatro líneas más?

 

3

Loaiza era de una delgadez excesiva, extraña, como si a su cuerpo lo hubiera devorado una enfermedad consuntiva. Su cabeza se asemejaba a una calavera forrada en un lienzo chamuscado. Tenía las mejillas copiosamente pobladas de petequias y manchas negruzcas. Su cara era alargada y angulosa; los labios de una textura reseca, agrietada y sanguinolenta. Sus ojos, muy negros y de un brillo burlón, constituían su rasgo más molesto (reflejaban, desde su infierno, una mofa cruenta).

Su infancia había sido marcada por largos períodos de padecimiento y una costosa lucha por acoplarse a la vida. Prematuramente envejecido, era el estudiante de mayor edad de la clase. La enfermedad lo había atacado de nuevo a comienzos de la adolescencia y lo había mantenido alejado de las aulas durante años. Sin previo aviso, ésta solía atacarlo de cuando en cuando. A este respecto, Vélez, hijo de médico, observó en una ocasión —no sin cierta satisfacción— que Loaiza podría encontrarse en la fase terminal del síndrome de la inmunodeficiencia adquirida.

Los más cercanos a su círculo habían hecho correr el rumor de que era pandillero. Por eso, aunque su precariedad física producía una lastimera hostilidad, al mismo tiempo su pasado intimidaba: Loaiza habría apuñalado en repetidas ocasiones, y a cambio habría recibido no pocas estocadas. No había duda de que tras su flaqueza se escondía la capacidad de reaccionar con mucha más determinación y violencia que cualquiera de los otros bachilleres (tentaciones homicidas incubadas en el padecimiento).

 

4

Cuando estuvo de vuelta, la mancha parecía una nebulosa alojada alrededor de su nariz. Los dedos de las manos se le abrían y cerraban mecánicamente, intercalándose entre sí, como las extremidades de un crustáceo. Su boca, que se retorcía en un zarandeo cadencioso, evocaban la masticación de un dromedario.

—¡Entonces! ¿Llegaron las damas? —preguntó al tiempo que le echaba mano a otro whisky. Bebió, y dejándose estremecer por la potencia del alcohol, añadió—. Ojalá sea material fresco.

Rodríguez regresaba, y tras escucharlo, le dijo:

—¿Todavía con lo mismo, hijueputa?

El tono abiertamente agresivo de esas palabras sonó las alarmas. No obstante, el dardo de Rodríguez dejó paralizado a Loaiza, sin réplica.

—A ver, vos que participás tanto en filosofía —le replicó Loaiza sorbiendo el fluido nasal que se precipitaba por sus fosas—, Cioran decía que las putas son las mejores psicólogas, ¿no es cierto?

Los demás rieron a medias, fastidiados por el salvajismo que adquiría su embalaje.

—Creéme —volvió a decir—, sólo con verte, se la pilla en el acto. Nada como su olfato para sacar a flote tus complejos.

—Con razón —le respondió Rodríguez— vos llevás a flor de piel tanta cantidad de mierda.

El tono abiertamente agresivo de esas palabras sonó las alarmas. No obstante, el dardo de Rodríguez dejó paralizado a Loaiza, sin réplica. Fue entonces imperativo para los demás confirmar si éste, a quien se le estancaba en los ojos un rencor pasivo, iba armado esa noche.

Por fortuna, la siguiente acotación de Loaiza rayó en la melancolía:

—No, conmigo es distinto. Las putas coinciden en que carezco de alma. Escasamente poseo un cuerpo.

Dicho esto, volvió a abandonar el grupo. Todos los demás se quedaron contemplando sus bebidas con silenciosa gravedad mientras calculaban cómo evitar una lluvia de puñaladas.

 

5

En los últimos meses su salud se había deteriorado de modo alarmante. Su constante febrilidad, su forma enfermiza de reír y reaccionar felizmente ante los más insignificantes sucesos; su pueril obsesión por desagradar y lucir como un ser abyecto; esa loca manía de emitir burdas y excitadas onomatopeyas al final de sus frases, ponía a todos los nervios de punta, y había terminado por conjurar una suerte de maldición en su contra.

El alma de Loaiza había enfermado con su cuerpo: sus males habían deformado su personalidad hasta el punto de conferirle un sentido del humor descolocado e irritante. Él pertenecía ya a ese tipo de individuos para quienes es imposible suscitar simpatía. En lugar de debilitarla, su ser maltrecho incrementaba la hostilidad natural que impera entre los seres humanos. Sus bromas y festejos viajaban en una longitud de onda incompatible con la de sus compañeros; un muro fisiológico lo separaba de ellos, los sanos. Y esto se lo hacían pagar con creces.

¿La razón? Mera selección natural en una sociedad adicta a la satisfacción de sus pulsiones atávicas. ¿Por qué odiaban a Loaiza? Sin recursos culturales para vencer el acicate instintivo de la agresión, en él sólo veían lo enfermo, una amenaza contra la especie. Una alteridad de lo biológico: emparentada con la repugnancia que provocan los cadáveres descompuestos y con la aprensión que se activa frente a ciertos grados de mongolismo, la inquina de sus compañeros era pura gratuidad.

Así, entre más decaía, más se hacía odiar. Al cabo del tiempo, en un torpe intento de adaptación al desprecio en que lo sumergía el diario transcurrir de su escolaridad, Loaiza terminó convertido en un adicto a esa agresividad juvenil tan propia de púberes pertenecientes a instituciones educativas masculinas. Constantemente buscaba rodearse de violencia y agresión, incluso cuando éstas se volvían contra él.

 

6

Tres horas habían transcurrido. La noche estaba despejada, plagada de estrellas y moscos. La mezcla de los aromas del whisky y de la caña de azúcar provocaba una suerte de asfixia dulzona al interior de la narcohacienda. La celebración seguía su curso entre risotadas y obscenidades a pesar de que todavía nadie sabía si Loaiza estaba armado. La cocaína parecía hacer las veces de una camisa de fuerza sobre él, quien ya había empezado a sudar frío, y en cuyos ojos fulguraba el destello de una lejanía boreal.

De repente, alguien se acercó ofreciendo cacahuetes.

—No puedo, por el riñón —contestó Loaiza al ofrecimiento con una sonrisa confusa, como si volviera en sí tras un desvarío.

Dicha observación reavivó el estado de alerta de Cuéllar y Rodríguez. Nunca antes lo habían oído hablar así.

—Si como, me quedo en la cirugía —agregó Loaiza presa de un retraimiento insondable.

¿Había llegado el momento de asir el trofeo —su secreto— que habían intentado arrebatarle todo ese tiempo?

De cualquier modo, por primera vez Loaiza pronunciaba abiertamente la palabra cirugía.

 

La desnudez de Loaiza causó una conmoción inmediata. Su torso desobedecía a todos los cuadros simétricos de la anatomía humana.

7

Su confesión estaba ligada a lo acontecido meses atrás en el batallón de la Tercera Brigada del Ejército Nacional. Como dicta la usanza de los países productores de muertos a gran escala, antes de convertirse en adultos, los futuros bachilleres debían definir su situación militar. Aquel día, los cincuenta y cuatro muchachos sabrían si irían —o no— a servir de carne de cañón en la guerra fratricida de su patria.

Los militares los trataban con hartazgo, les daban órdenes sin sentido para mantenerlos en movimiento, y a quienes no conseguían domeñar su nerviosismo o hablaban más de la cuenta, los pateaban o los bañaban con baldes de agua helada.

El interrogatorio se llevó a cabo con la habitual pedantería de la mentalidad castrense. Después de hacer copias de sus huellas dactilares, un soldado raso condujo a los jóvenes hasta un anfiteatro en el que se ejecutaría el temido examen médico. Llegado ese momento, se sabría quién era quién.

Adentro, amontonados como reses, los bachilleres recibieron la orden de desnudarse por completo y preparar sus genitales para una inspección. El médico de turno formuló preguntas adicionales e invitó a retirarse a enanos, diabéticos y a quienes tenían hernias discales o el pie plano. Luego, con el mismo guante que empleaba la jornada entera para examinar centenares de testículos, se puso a hurgar en sus escrotos en busca de varicocele.

La desnudez de Loaiza causó una conmoción inmediata. Su torso desobedecía a todos los cuadros simétricos de la anatomía humana. Diríase una fisionomía cubista: la tetilla izquierda estaba suspendida más arriba de la derecha, y el ombligo, rasgado por el boquete de una gruesa cicatriz, se estiraba hacia el costillar izquierdo. El resto de su abdomen parecía la superficie de un huerto recién arado.

Al verlo, el militar de mayor rango dejó escapar un alarido de repugnancia.

—¡Uy, mijo! ¿Y a usted qué le pasó? ¿Lo cogió un tren? —le preguntó con todo el cerdismo de que su fuero lo hacía capaz—. Vístase —le ordenó con rabia—, pase al despacho, firma y se va para su casa que usted así no puede servirle a la patria.

—Ni a la patria ni a nadie —agregó una voz maléfica camuflada en un recodo del claustro.

Ni siquiera el médico consiguió sustraerse al efecto avasallador de las mordaces carcajadas.

La humillación, empero, no perturbó a Loaiza, pues hacía tiempo que se preparaba para la llegada de ese momento. Tomó su ropa, se vistió sin prisa y abandonó el lugar con indiferencia, dando pasos lentos y seguros, con la frente gacha aunque sin visos de consternación. Si se hubiera encontrado del lado de los victimarios, también se habría aunado a sus burlas: aplicada víctima, Loaiza los libraba a su suerte mientras abrazaba la suya.

Desde entonces, los meses venideros dieron lugar a un cruento matoneo. Cientos de apodos virulentos enfilaron incompasivamente contra su persona. “Chorizo” y “sobrado de tigre” fueron de los más célebres. Su cuerpo se convirtió en un objeto de culto para todos; en él la violencia cultural del estudiantado halló el mejor catalizador de su sevicia.

Hasta esa noche, Loaiza había callado respecto a lo que había transformado de ese modo su fisonomía.

 

8

—Sin contar las puñaladas —dijo con la boca entumecida y el cuerpo cediendo a una intimidante vibración—, son dieciséis cirugías mayores y veintisiete menores.

El peso de sus palabras se fue rodando entre los presentes hasta aplanar la última algarabía en el otro extremo del salón.

Entonces sufrió el ataque. Antes de retorcerse en una serie de muecas dementes, la cara de Loaiza se cerró en una inexorable plenitud de cólera y desesperación; luego se desencajó en una de esas valerosas expiraciones que, en lugar de encadenarse al llanto, son preludio de autodestrucción.

Saltó enseguida sobre la gran mesa de centro, pateó los licores, los ceniceros, y tras desnudar su torso, increpó a la multitud:

—¡A ver, malparidos, a ver!

Risas y silbidos despuntaron en el acto.

Elevó hacia su pecho un puño victorioso cual si acabara de triunfar en una gesta olímpica.

—¡Mirá al Chorizo, se acaba de pelar! —gritó alguien con sorna, y al instante todos estuvieron congregados en torno de Loaiza, como polillas rodeando un foco fluorescente, atraídos por una puerca fascinación.

Ya nada pudo detener al mutilado nudista, que continuó:

—Si de niños lo suyo fue el amor de mamá, lo mío fue el quirófano, ¡iujuuu!

Su aullido vino acompañado de un gesto tan incomprensible como exasperante: elevó hacia su pecho un puño victorioso cual si acabara de triunfar en una gesta olímpica.

—Llegué a este mundo de cinco meses —dijo con todo su patetismo cocainizado— y adivinen cuál fue el primer descubrimiento del doctor: que me faltaba el ano, ¡iujuuu!

Alguien soltó una estruendosa carcajada. Loaiza rio con él macabramente y luego volvió a dar rienda suelta a su espectáculo:

—¡El ojete a mí me lo tuvieron que crear! Y mientras perforaban, los pediatras vieron que el último tramo de mi colón no tenía conexión. Y para hacer esa unión, tuvieron que abrirme el vientre en dos. A esa edad, los médicos pensaron que no lo iba a soportar, ¡iujuuu!

Dicho esto, Loaiza empezó a pasarse mórbidamente el índice derecho sobre la cuenca de la gran cicatriz que hacía lucir su abdomen como la frontera donde colisionaban dos placas tectónicas.

Ya nadie reía, sólo se escuchaban las interjecciones de desagrado. Empero, todos atendían a su relato:

—Los rayos X demostraron que mi vejiga era apenas un tejido endeble y poroso. ¿La solución? ¡Forrarla en una malla para darle contención! Luego, todos se preocuparon al ver que tampoco hacía pipí. ¡Correcto, señores, las dudas sobre la existencia de mi uretra no se hicieron esperar! Era necesario, dijeron los médicos con tristeza, abrir esa ruta hacia el exterior. Y tan simple como cortar un banano, con un escalpelo me tasajearon la verga en dos. Y funciona a la perfección, porque lo que no puede Dios, lo puede el hombre, ¡iujuuu!

Hablaba con la fascinación que ejerce un auténtico comediante: hacía ondular su torso sensualmente y se frotaba con ambas manos sus costillares lacerados conjurando la escena en una suerte de streaptease carnicero.

El silencio se hizo total.

—De ñapa —dijo consciente de su dominio sobre la multitud—, mientras me recuperaba de las primeras cirugías, resultó que tenía insuficiencia renal. Durante mi escasa gestación, sólo se me formó un cuarto de riñón. Por eso no debo comer frijol ni lenteja, por tener sólo un pedacito de riñón, ¡iujuuu!

 

9

La decisión fue unánime. Tan pronto como la hoja de su navaja trazó un centelleo homicida en el aire, una botella salió despedida desde el fondo del salón para impactar su frente con letal precisión. La llovizna de vidrio y vodka sacó a los bachilleres de su letargo. Tras verlo caer, éstos se le echaron encima para cobrarle el indecoro de su honestidad. Avasallado por los golpes, pero sin renunciar a su infatigable rictus burlesco, el último aliento le alcanzó a Loaiza para proferir unos cuantos “¡iujuuus!” más cargados de rencor.

La carnicería que se produjo infestó la planta baja de la narcohacienda de un penetrante hálito a sangre, nicotina y sudor.

Después de incinerar el cuerpo en la acequia de un cañaduzal, los bachilleres regresaron al salón y continuaron bebiendo y drogándose sin hacer uso de la palabra. En ninguno de los presentes se adivinaban signos de arrepentimiento. Por el contrario, una expresión justiciera dominaba sus rostros. Con la llegada de las prostitutas, la alegría estuvo de vuelta a aquella noche cuyo oprobio pronto erradicarían de sus memorias. Y a nadie le pareció siquiera necesario conjurar un juramento para mantener en secreto el crimen fundador de su generación.

Mauricio Polanco
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