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Tal vez Borges pueda ayudarme

jueves 22 de octubre de 2020
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A Mónica Du Bois

Llega con casi veinte minutos de anticipación y lo recibe el flaco alto y malencarado que tiene entre ceja y ceja. “Si este sitio no fuera tan bueno”, se dice mientras se imagina torturándolo en el sótano de una casa aislada en medio del campo abierto. El flaco lo guía a una mesa con un arreglo floral discreto y de buen gusto, y le pregunta qué quiere tomar; él responde que Old Parr en vaso alto, con hielo y agua mineral; el flaco se marcha mascullando algunas palabras, tal vez censurando su elección como antes han hecho otros que afirman que echarle agua al whisky es un exabrupto. Viene al mismo restaurante siempre que está en Lima; ya se ha familiarizado con la afectación de sus empleados, que no es más que un reflejo de la del propio Ramiro, su chef y propietario (un musculoso gay de clóset que emerge de la cocina para lanzar platos a unos comensales que no pueden no adorarlo).

No deja de sorprenderle la naturalidad con que Fernanda acepta este tipo de situaciones.

Se ha bebido el whisky cuando Fernanda aparece; llega unos minutos antes de lo convenido, como es habitual. Le disgusta que Fernanda lo espere, por eso decidió llegar más temprano esta vez; sonríe de un modo casi adolescente al ver que su plan funcionó: acaso busca también disimular que ella se ha convertido en la protagonista de sueños improbables en otros tiempos, pero necesariamente en esta ciudad, que es la de sus padres y a la que él comenzó a venir por asuntos de trabajo (la adquisición de una corporación agroindustrial, donde Fernanda era la cabeza del área financiera, fue el primero). En todo caso no se atrevería a confesárselo y actúa como si la considerara una colega en quien ha descubierto ciertas afinidades. La frecuencia con que la invita a almorzar o tomar café, sin embargo, tendría que resultarle sospechosa.

El flaco de mierda vuelve a aparecer.

—Un pisco sour —pide Fernanda, y su gracia se estrella contra la acritud del personaje.

Se dice que no debe comentarle nada, por más que deplore su elección: rápidamente ha aprendido a aborrecer el pisco, ese alcohol incivil y agreste que aquí se ha puesto tan de moda.

—¿Cómo estás? —pregunta y se apresura a acercarle el pequeño paquete que reposa en un costado de la mesa.

Fernanda responde que muy bien mientras mantiene fija la vista en el bulto que avanza hacia ella.

—¿Qué es?

—Ábrelo, por favor.

Hace lo que él pide y descubre dos ejemplares de Alianza Editorial que examina un par de segundos. Enseguida, exclama:

—¡Muchas gracias!

Él toma su mano y, de manera impensada, se anima a acercársela hasta sus labios. No deja de sorprenderle la naturalidad con que Fernanda acepta este tipo de situaciones, pero esta vez prefiere no detenerse en ese detalle.

—¿Entonces tendré que leerlo? —pregunta ella.

Ayer le comentaba que siempre había visto a Borges como un autor inalcanzable, y él trató de persuadirla de que se trataba de una idea errónea:

Por supuesto que los leeré; pero eso sí: tendrás que prometerme que vas a tener paciencia conmigo si se me ocurre hacerte algún comentario estúpido.

—Creo que más trabajoso es leer a Isabel Allende y tú lo haces —alegó, porque simplemente fue lo primero que se le ocurrió.

—No se trata de eso —intentó explicar ella—. Siempre he leído lo que he tenido a la mano; soy una lectora muy espontánea. Además nunca nadie me ha estimulado a leer autores que, por alguna razón, asumo como demasiado complicados para mí.

Al salir de la oficina pasó por la librería Sur para buscar El hacedor y El libro de arena.

—Me encantaría que te des a ti misma la oportunidad de conocer a un escritor verdaderamente excelso —dice buscando una razón que justifique el obsequio: las frases estereotipadas suelen ser de gran utilidad; muchos hombres apelan a los lugares comunes para impresionar; él lo sabe y se siente un poco vulgar y manipulador. No pocas mujeres se sienten subestimadas por seres de intelecto inferior, y tal vez por eso estén dispuestas a mostrarse agradecidas ante alguna muestra de confianza, por más irrelevante que sea. Se percata de su intención de dejar mal parado al cardiólogo con quien Fernanda está casada, y piensa que con él no se ensañaría como con el flaco: bastaría con encargarle esa vuelta a un par de sicarios en motocicleta.

—Te agradezco los libros, y por supuesto que los leeré; pero eso sí: tendrás que prometerme que vas a tener paciencia conmigo si se me ocurre hacerte algún comentario estúpido. ¿Por cuál comienzo?

—Yo comenzaría por El hacedor, un libro sencillo y complejo al mismo tiempo —responde con sinceridad—. Y estoy seguro de que tus comentarios no serán nada estúpidos. De hecho, me entusiasma mucho poder conversar contigo de estas lecturas.

—¡Muchas gracias! —vuelve a decirle Fernanda, con su inconfundible voz ronca y juvenil.

—¡Eres una marmota! —exclama él y suelta la carcajada.

La ve reírse del apodo que le inventó hace unas semanas y confirma que está enamorándose; sabe que, en el amor, ser correspondido es un albur y siente que un abismo se abre ante sus pies. “Tal vez Borges pueda ayudarme”, se dice entonces, tiernamente esperanzado.

Octavio Vinces
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