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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Incomprensiones

martes 23 de febrero de 2021
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A Mónica Du Bois

Siempre que llegaba del aeropuerto a la bucólica casa de los abuelos, Charlie pedía dinero a alguno de sus tíos (sabía que sus padres no habían cambiado dólares todavía). De inmediato, se lanzaba por la larga escalera que crujía a su paso y atravesaba la calle en dirección a la bodega del barrio. A pesar de que iba a ser atendido por el mismo señor japonés de sus anteriores vacaciones, nunca saludaba: le costaba demasiado relacionarse con extraños. Se limitaba a pedir una botella de Inca Kola y beberse con deleite el líquido maternal y amarillo.

No obstante su juventud, ella podía comportarse como una mujer de armas tomar y se empeñó en conquistarlo.

Con el paso del tiempo Charlie fue haciéndose más grande e inteligente; con su familia dejó Queens para trasladarse a un suburbio de Nueva Jersey, en cuya escuela pública iba a cursar la secundaria. Los abuelos murieron, las visitas a Lima cesaron. Al concluir su educación escolar con excelentes calificaciones, el adolescente fue admitido como estudiante del primer año por la Universidad de Princeton.

Tampoco se caracterizaba Charlie por su facilidad en el trato con las chicas: su timidez le impedía comportarse con soltura, articular la voz de forma natural, encontrar las palabras adecuadas. Al inicio de su segundo año de universidad conoció a Pauline en una clase de literatura rusa: se trataba de una muchacha alegre y de cuerpo menudo, hija de una familia vietnamita instalada en Rhode Island. A Charlie le gustó Pauline, pero a Pauline le gustó mucho más Charlie. No obstante su juventud, ella podía comportarse como una mujer de armas tomar y se empeñó en conquistarlo; repetidas veces le propuso almorzar o tomar café juntos; lo unió, casi por la fuerza, a un grupo de estudio conformado por alumnos de origen asiático. Después vinieron las invitaciones a su casa: los platos picantes y con toques dulces resultaron del agrado de Charlie.

Charlie y Pauline planearon hacer juntos un viaje durante las vacaciones de verano, y decidieron que Perú sería su destino. Se quedarían en Lima sólo dos días, antes de partir a Cusco para conocer Machu Picchu.

En un almuerzo en casa de la hermana de su madre, Charlie reparó en la reluciente botella de Inca Kola que aguardaba sobre la mesa. Entusiasmado, quiso que Pauline probara la deliciosa bebida de su infancia.

Superb, isn’t it? —preguntó a su novia, luego de haber vaciado su vaso de un solo sorbo.

You mad? —respondió Pauline, mirando fijamente a Charlie—. Looks like pee and tastes like gum!

 

***

 

Adquiriría pronto la convicción de que la belleza de una ciudad era condición indispensable para instalarse en ella.

Todas las mañanas, mientras caminaban hacia el instituto, Manuel y Ramón disfrutaban de la prodigiosa vista del Paseo Marítimo. A Coruña era para Ramón una inmensa vidriera proyectada por arquitectos de otro mundo. Manuel, en cambio, solía concentrarse en el mar y las embarcaciones que lo surcaban. Desde niños habían sido inseparables, y, conforme fueron creciendo, su amistad se convirtió en un vocabulario que les permitía una comunicación exclusiva. Quizá por eso Ramón se tomó como una pequeña traición la noticia de que Manuel se marchaba a Venezuela. Su padre y su hermano mayor habían partido ya a aquel país, y ahora era su turno. Y el de su madre y su hermana pequeña.

—Nunca dejaré de escribirte —prometió Manuel a Ramón.

Las primeras sensaciones de Manuel en el nuevo país estuvieron ligadas al calor, pero también al mar que evocaba las caminatas con su amigo Ramón. Su padre se había instalado en una capital del oriente del país, donde había logrado abrir un taller mecánico. Comenzó a trabajar ahí como ayudante. Al cabo de unos años, iba a convertirse en socio de su hermano.

Desde el inicio de su estadía en Venezuela, Manuel cumplió con su promesa adolescente.

Para la familia de Ramón la situación económica era dura en aquel entonces. Al concluir el instituto, el muchacho optó por marcharse a Barcelona. Tal vez aquellas cartas, en las que Manuel relataba su vida en un lugar homónimo de la capital catalana, tuvieron que ver con su decisión. Pero Ramón terminó descartando esa posibilidad: encantado con su nuevo entorno, adquiriría pronto la convicción de que la belleza de una ciudad era condición indispensable para instalarse en ella.

Transcurrirían muchos años, casi cuarenta: Manuel se casó, tuvo hijos, logró hacerse de una considerable fortuna. El intercambio epistolar, sin embargo, no iba a interrumpirse. La invención del correo electrónico estrechó su periodicidad, sin alterar la longitud de las misivas; Ramón y Manuel gustaban ser generosos en los detalles.

Un día cualquiera, Ramón anunció a Manuel que lo visitaría.

Manuel organizó para su amigo un copioso almuerzo de bienvenida en la Hermandad Gallega. Después hubo un paseo por la Barcelona venezolana donde Ramón descubrió avenidas irregulares, construcciones esperpénticas, centros comerciales descomunales y, por supuesto, el mar sensual y caribe.

Ya había anochecido cuando regresaron a la enorme mansión y Ramón decidió tomar una ducha. Al retornar a la sala de estar, encontró que Manuel había destapado una botella de Alvariño. Bebieron con alegría. Fue preciso destapar una segunda.

Jubiloso por la visita de su viejo amigo, Manuel preguntó:

—¿Qué te ha parecido todo?

Ramón, ya bastante ebrio, encontró hilarante la pregunta de su amigo millonario. Entonces, se animó a susurrarle al oído lo que venía rumiando por horas:

—¿En verdad llamáis a esta mierda Barcelona?

 

***

 

En alguna ocasión se animó a ingresar a la tienda, y así pudo admirar de cerca las camisas de magníficos cuellos.

Natalia pasa varias veces al día delante de la misma vitrina, sobre la avenida Alvear, y piensa que en ella deben de encontrarse las corbatas más bellas y finas de todo Buenos Aires. En pocos días será el cumpleaños de Marcelo, su marido: un académico con serias preocupaciones por el calentamiento global y la desigual distribución de la riqueza. Natalia tiene muchas ganas de comprar una de esas corbatas y regalársela a Marcelo, pero se inhibe de hacerlo: teme quedar ante él como una mujer superficial. Marcelo, que trabaja como catedrático de física en la UBA, casi nunca usa corbata. Natalia se siente triste y enojada consigo misma.

Marcelo suele observar la misma vitrina cuando marcha al encuentro de Natalia. En alguna ocasión se animó a ingresar a la tienda, y así pudo admirar de cerca las camisas de magníficos cuellos, los trajes bien cortados y de telas sedosas. El nombre Hermenegildo suena aristocrático y musical. Le encantaría que alguna vez su joven esposa, que trabaja para una multinacional financiera y gana bastante bien, tuviera la iniciativa de regalarle alguna de esas prendas tan hermosas, pero jamás se atrevería a sugerírselo. A veces Marcelo piensa que Natalia es poco detallista.

 

***

 

Charlie, Manuel y Natalia son seres incomprendidos. Eso los entristece, pero piensan que lo mejor es no hacer nada al respecto. Pauline, Ramón y Marcelo parecen ignorar que sus actitudes generan malestar en personas que les son tan importantes. No sería extraño que, en cualquier momento, las hoy pequeñas distancias que separan a estos personajes se tornen insalvables.

Octavio Vinces
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