Lecturas de poesa en apoyo a afectados por el volcn en La Palma

Saltar al contenido

Hollywood Sign

jueves 23 de septiembre de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Lloré durante horas al ver mi regalo de cumpleaños, un Continental Mark II. Si había logrado pasar desapercibido en el colegio a pesar de llamar la atención por ser hijo de un importante accionista de Tiffany & Co, llegar a clase montado en diez mil dólares no era precisamente lo más discreto que podía hacer.

Mi proceso de desarrollo y complexión predestinaron mi personalidad; demasiado delgado y delicado para ser un varón. Soy tan sensible que cualquier color que no sea el blanco me lastima la piel, por lo que mi cabello rubio y atuendo monocromático son característicos cuando volteo al espejo y aprecio mi rostro igualmente de finas facciones. A pesar del placer egocéntrico que me causa ver mi reflejo en cualquier superficie, me he distinguido por ser tímido, tartamudo y con pánico escénico. Soy feliz en mi soledad, pero continuamente me veo obligado a asistir a eventos sociales donde vejestorios con propiedades en Malibú me comen sin decoro con la mirada.

—¿Lili Elbe? ¡Claro! La conocí hace poco más de veinticinco años, antes de su muerte.

—Pobre Gerda, tener un marido sodomita.

—Bueno, si se sometió a tantas cirugías era porque quería dejar de hacerlo por atrás.

Mis fiestas de cumpleaños son siempre así, reuniones con reconocidos accionistas, abogados, médicos y demás pseudoamigos de mis padres.

Todos rieron y yo me pregunté cómo personas que continuamente juzgan al mundo por su “vulgaridad” se tuercen por un comentario del estilo. Aquí todo es apariencia: matrimonios respetables y religiosos que ni de broma practican la monogamia, homofobia olvidada por estos magnates cuando aparece un adolescente de buena apariencia y personas WASP (blanco, anglosajón y protestante) que por las noches visitan las habitaciones de sus empleadas domésticas.

Lili Elbe fue noticia en la década de los treinta. La primera persona, al menos por lo que he escuchado, que se sometió a múltiples cirugías para cambiar de sexo. He visto fotografías en periódicos viejos y me recuerdo a ella, aunque yo sería mucho más bonita, claro.

Mis fiestas de cumpleaños son siempre así, reuniones con reconocidos accionistas, abogados, médicos y demás pseudoamigos de mis padres que vienen a derramar, por lo menos, una copa cuyo vino tiene que retirar de la alfombra Minny, nuestra trabajadora doméstica, al día siguiente. El único cumpleaños memorable que tuve fue cuando se presentó Audrey Hepburn y nos quejamos de lo duro que es ser introvertido en Los Ángeles; a pesar de ser tan menuda y tímida, en la pantalla proyecta gran seguridad.

Quisiera fingir como ella lo hace, me ahorraría todos los vasos que ha roto mi mano temblorosa cuando me presentan a alguien o me piden hablar en público.

Un compañero del colegio, hijo de algún empresario dedicado a los hoteles, cuya testosterona incontrolable debería ser medicada, me dio un presente para hacerse el buen amigo, pero yo entendí su doble intención. Orlando de Virginia Woolf, la historia de un aristócrata que se convierte en mujer por razones sobrenaturales. Hubiese querido golpearle por la burla que estaba haciendo; sonriendo a mis padres con educación y finura, mientras me lanzaba una mirada desafiante por encima del hombro. Mi cuerpo actuó de forma contraria a lo que me dictaba la mente, tomé el libro, dije “gra, gra, gracias” y subí a mi habitación para llorar un rato.

Nunca he sido maltratado físicamente por mi condición andrógina y débil, pero me he tenido que enfrentar a escenarios como el anterior toda mi vida. Demasiado delicado para practicar polo o equitación, piel demasiado transparente para ir a Playa del Rey con mis compañeros y demasiado femenino para asistir a una cita conduciendo mi Continental.

La tía Lizzi tocó la puerta de mi habitación, entró y me vio tendido en la cama, con la cara hundida en la almohada usando la funda como pañuelo.

—¿Qué pasa, mi niño? No puedes estar en la fiesta con esos ojos.

—No me digas que ahora eres un hada madrina.

—No lo soy.

—Lo siento, tía, es que estoy muy molesto.

Mi tía Lizzi, que es comparable en belleza y elegancia a la misma Ava Gardner, es de las pocas personas a las que me puedo dirigir sin miedo. Dijo que en un viaje a Nueva York consiguió una medicina que curaba cualquier mal. No lo había usado por estar en perfecta condición, pero siempre lo tenía en el bolso para alguna emergencia y, dado que conocía mis males, no le molestaba si yo lo usaba en su lugar.

—Parece un chicle barato —dije al ver la sustancia que me extendió.

—¿Sí? A mí me parece la envoltura de uno. Mi psicoanalista dice que es un medicamento muy bueno y ayuda a despejar la mente; claro que no sabe que traigo uno en el bolso, dice que debe ser recetado.

—¿Y cómo lo conseguiste?

Me contó de un romance neoyorquino que se lo obsequió. Mi tía, a pesar de su intención inicial, no quería perder la experiencia y decidimos repartirlo entre ambos.

Luego de un rato sin percibir nada diferente, mi tía se ofreció a sacarme de la fiesta a escondidas y yo no podía estar más agradecido. Bajamos a la cocina y salimos por la puerta de servicio hacia su BMW que nos llevó hasta su casa en Hollywood.

Comenzamos a llorar de forma desgarradora, yo por mis crisis de identidad y mi tía por reconocer que un niño se veía mejor que ella en su propio vestido.

Ahí me despojé del traje blanco y la corbata que había lucido toda la noche. Desnudo, comencé a ver mis huellas dactilares hacer movimientos de marea, los vellos de mis brazos danzando como los pastizales con la brisa y mi sangre azul circulando por todo mi cuerpo. Fui con mi tía y ella estaba poniéndose labial con la cara pegada al espejo, “así que así funciona el reflejo”, “Dios santo, qué hermosa soy”.

—Pero tú eres mucho más hermosa que yo —dijo cuando volteó y me vio sin nada de ropa.

Me pidió que me acercara y pasó su labial sobre mis labios. “No tienes que preocuparte por esos idiotas, puedes ser lo que tú quieras”.

—¿Puedo tomar algo de tus cosas?

—Lo que quieras, corazón.

Me probé un vestido negro de Christian Dior y comenzamos a llorar de forma desgarradora, yo por mis crisis de identidad y mi tía por reconocer que un niño se veía mejor que ella en su propio vestido.

Pasado el llanto comenzamos a reír y disfrutar de lo lindo, nos pusimos maquillaje, joyas, guantes y zapatos. Salimos en el auto a pasear por La meca del cine, entramos a clubes nocturnos, bailamos, robamos algunas carteras y circulamos por la ciudad hasta dar con la casa de Elizabeth Taylor. Nos dirigimos al monte Lee mientras cantábamos y yo sacaba la cabeza por la ventana para sentir el viento americano tan apreciado en los últimos años.

Estamos viendo la ciudad desde el Hollywood Sign, todas las luces y el glamour que nos hace sentir el centro del universo, y no tengo idea de lo que ocurrirá por la mañana, pero algo me dice que no volveré a llorar.

Sara Padilla
Últimas entradas de Sara Padilla (ver todo)