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Locos, locos

martes 25 de julio de 2023
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Cuando mi madre y yo nos mudamos a este barrio, lo primero que llamó mi atención fueron los postes de luz: la mayoría estaban tapizados con un papel que invitaba a un show de comedia, empalmado con otro que anunciaba un concierto de música norteña, encima de uno más que enumeraba los tipos de amarres y lectura de tarot que hacía una mujer en su domicilio; en las paredes de las casas había murales que representaban a los candidatos del PRI con grafitis encima.

Nuestra casa “nueva” tenía el piso cubierto de azulejos color verde con manchitas blancas; la pintura de las paredes estaba tan desgastada que, si la rascaba con mi uña, podía descubrir el antiguo color azul que las cubría. Al notar mi cara de desagrado mi madre dijo:

—Hija, aunque ya no vivamos con tu papá podemos mantener una vida parecida a la que teníamos antes; vamos a arreglar la casa poco a poco —aunque sus palabras eran para animarme, en el fondo ella y yo sabíamos que nuestra vida cambiaría casi por completo.

La primera mañana que desperté en la casa nueva escuché campanadas, primero suaves a lo lejos, luego más fuertes a medida que se acercaban, hasta convertirse en un ruido ensordecedor acompañado con unas voces frenéticas gritando: “¡Locos, locos!”. Mi madre y yo nos asomamos por la ventana para averiguar lo que ocurría y vimos a un par de hombres, entre los cincuenta y sesenta años, causando el alboroto. Eran delgados y de baja estatura, vestían ropa andrajosa y sus cabezas estaban adornadas con boinas descoloridas por el sol. Llevaban un carrito de supermercado que empujaban con los pies, las manos, la cabeza o el pecho, mientras se pasaban uno al otro la campana que agitaban en el aire, sin parar de gritar “¡Locos, locos!”. Mi madre y yo nos quedamos atónitas por el espectáculo. Sin apartar la mirada de la ventana me dijo que tuviera muchísimo cuidado en el camino a la universidad y que me conseguiría un gas pimienta por cualquier cosa.

Pasé veinte o treinta minutos tambaleándome, sintiendo el calor corporal de decenas de cuerpos y aspirando el olor a encierro público.

En el fraccionamiento donde antes vivíamos la universidad me quedaba a cinco minutos caminando; aun así, algunos vecinos llevaban a sus hijos hasta la puerta de la escuela en sus BMW, Audi o Mercedes. Aunque yo me iba a pie y me burlaba de los que usaban su auto, cuando tomé el camión que iba de mi casa nueva a la escuela sentí una insufrible envidia hacia mis antiguos vecinos. Lo primero que vi al subir las estrechas escaleras del transporte fue a un muchacho medio ciego rasgando una guitarra en acordes sin sentido y cantando a aullidos una canción de Vicente Fernández. Luego de esquivarlo, el resto del autobús estaba repleto de personas que se empujaban unas a otras cada que se acercaba una parada. Pasé veinte o treinta minutos tambaleándome, sintiendo el calor corporal de decenas de cuerpos y aspirando el olor a encierro público. Cuando llegué a la universidad fui corriendo al baño y noté que mi aspecto era desaliñado y sudoroso, nada comparado con la frescura luego de cinco minutos de caminata matutina.

La mañana siguiente desperté más temprano para ver si lograba tomar un camión menos atestado de gente. Junto a los primeros rayos de sol, escuchamos los mismos gritos de “¡Locos, locos!” que desfilaban por la calle. Esta vez uno de ellos traía una bandera mexicana que agitaba con alegría de un lado al otro, mientras el segundo marchaba con pasos firmes, manteniendo su mano derecha en la frente como saludo patriótico. La vecina de enfrente estaba regando sus buganvilias y, al notar a los hombres pasar, alzó el brazo en dirección a la bandera y les sonrió. En cuanto se marcharon, mi madre me dijo que la acompañara para preguntarle a la vecina quiénes eran esos tipos y por qué les seguía el juego. Cuando cruzamos la acera, vimos a la señora acariciar unas margaritas que apenas estaban naciendo en una de sus macetas. Era una mujer entre los setenta y los ochenta años, muy delgada y encorvada; llevaba un mandil de pequeños cuadros azules y blancos, con el cabello gris recogido en una trenza adornada con flores nube. Alzó la mirada cuando nos percibió; mi madre nos presentó, le explicó que nos acabábamos de mudar y que tenía mucha curiosidad por saber algo sobre los espectáculos de las mañanas. La mujer sólo la vio a los ojos, parpadeando un par de veces, con expresión de curiosidad; mi madre me miró con nerviosismo sin saber qué más decir, cuando una niña de doce años, con el cabello adornado por las mismas flores que la anciana, salió de la casa y nos preguntó si se nos ofrecía algo.

—Le decía a la señora que somos sus nuevas vecinas —dijo mi madre.

—Ah, pues grítele porque casi no escucha —le contestó la niña.

—¡SOMOS SUS NUEVAS VECINAS!

La pequeña comenzó a reír sin parar durante algunos segundos y mi madre frunció el ceño por no saber lo que estaba pasando.

—No se crea —le dijo—, mi abuelita es sorda.

La anciana nos observó con una expresión burlona, parecía saber lo que su nieta les hacía a los desconocidos y también se divertía con eso. Mi madre, aturdida por las risas de la niña, olvidó lo que quería averiguar y me tomó del brazo para regresar a casa. Desayuné con prisa y llegué una hora más temprano a la parada del autobús; cuando lo tomé, varios asientos estaban desocupados y la mayoría de los pasajeros eran mujeres. Me senté en la parte de atrás saboreando mi victoria; luego de un rato busqué con qué distraerme mientras llegaba a mi destino y comencé a ver la ropa de las otras pasajeras: la mayoría usaba jeans con brillitos de plástico, tenis y el cabello recogido en un chongo de cebolla. Cuando llegamos a la zona en la que antes vivía, las vi descender mientras se abrochaban las sudaderas para protegerse del viento; entonces recordé a Camila, la señora que hacía el aseo en nuestra antigua casa, que también llevaba tenis y el cabello recogido, nunca le había preguntado dónde vivía y pensé que, probablemente, ahora seríamos vecinas.

Entré a clases e imaginé qué haría si me la encontraba algún día; le quería preguntar si seguía trabajando para mi padre, si él estaba sufriendo por nuestra ausencia o si disfrutaba del dinero que mi madre rechazó para vivir conmigo por sus propios medios, si vivía solo o si se había conseguido a una novia de mi edad como algunos padres de mis amigas.

Vi en un contenedor de basura a los hombres que anunciaban locos en la mañana.

Cuando regresé de la universidad y entré al barrio, vi en un contenedor de basura a los hombres que anunciaban locos en la mañana. Uno de ellos estaba dentro de él inspeccionando unas bolsas negras, mientras que el otro silbaba una melodía y ordenaba sus pertenencias en el carrito de supermercado. Pasé a su lado con la cabeza agachada para evitar el contacto visual y pensé de nuevo en mi padre y en la poca resistencia que puso cuando mi madre le anunció que nos íbamos.

Mis padres siempre tuvieron una relación de apariencias. Desde mi adolescencia comencé a comprender el juego de máscaras que tenían: cuando estaban en público eran la pareja modelo, iban a la iglesia tomados del brazo, saludaban a todos con amabilidad y eran encantadores entre ellos, pero cuando entraban a la casa cada quién se metía en sus asuntos y no se dirigían la palabra. Pensé que esa dinámica seguiría el resto de sus vidas, hasta que un día encontré a mi madre empacando nuestras cosas sin parar de llorar.

Por recordar ese momento comencé a llorar yo también y me senté en una banqueta para tranquilizarme, pero vi un envase vacío de Tonayán tirado frente a mí y lloriqueé aún más por recordar el lugar en el que me veía obligada a vivir. Algo brilló a mi lado, volteé y era una campana, la que usaron los locos el primer día que dormí en el barrio; supuse que la colocaron ahí para consolarme, traté de encontrarlos para agradecerles y devolvérsela, pero no pude hacerlo hasta el día siguiente que pasaron frente a mi casa gritando y luciendo unos tréboles que metieron en los agujeros de sus boinas.

Como era sábado, mi madre se había ido a comprar despensa desde temprano; salí de mi casa con la campana en la mano y me acerqué a ellos; se detuvieron, uno tomó el instrumento y lo agitó en el aire, luego me lo pasó para que yo hiciera lo mismo, alcé el brazo e hice sonar la campana, los dos comenzaron a reír y a aplaudir mientras bailaban en círculos alrededor mío. La vergüenza que sentí por estar entre los dos locos se suavizó cuando recordé que todos mis amigos vivían a varios kilómetros y que nadie ahí me conocía. Sacudí la campana con más fuerza, me contagiaron su risa y comencé a imitar sus pasos de baile dando brincos y vueltas. Uno de ellos tomó el carrito de supermercado y comenzó a empujarlo, me uní a la partida y grité “¡Locos, locos!” con toda la fuerza que tuve, recorrimos casi todas las calles del barrio, cantando y gritando a la vez, sintiendo un arrobamiento que no había experimentado nunca. Luego de media hora estaba exhausta, me acosté en una banqueta y les hice señas para que siguieran por su cuenta. Se despidieron de mí agitando sus brazos en el aire sin parar de reír y gritar. Hubo un silencio, sentí el frío del concreto y el cabello pegado en mis mejillas por el sudor. Contemplé el cielo y cómo algunas nubes avanzaban y se desvanecían; salieron involuntariamente algunas lágrimas de mis ojos, me levanté y emprendí el camino a casa, dando vueltas y brincos, sin parar de llorar.

Sara Padilla
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