XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Jardín de libros

jueves 3 de marzo de 2022
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Para Iván

1

Paola no podía creer que lo que estaba viendo fuera real. En el patio interno de su casa de Antofagasta, las raíces de las plantas de su jardín eran libros. Cogió uno, que mostraba parte del lomo por encima de la tierra y provocaba el recuerdo de esas viejas raíces que se vuelven troncos retorcidos. Lo tomó con delicadeza, y fue tirando de a poco para no hacer daño al resto de los libros y tampoco a las plantas que nacían de ellos.

Sacudió el libro para limpiarlo de tierra. Dio un mordisco a la manzana que tenía en la mano y comenzó a leer:

Una y otra vez, la extrema derecha y la extrema izquierda coinciden en la desafortunada apreciación de condenar lo nuevo y revolucionario en el arte. El general Eisenhower y el señor Jrushchov coincidieron en su aversión a la pintura y la música moderna. Ciertos juicios críticos sustentados por comunistas conservadores los escuché en alguna ocasión de boca de las más moderadas y conservadoras de mis relaciones. La realidad es que la sociedad en estadio firme ve en las formas consagradas del arte el reconocimiento de su estabilidad, y cualquier innovación en las artes es rápidamente denunciada como amenaza que puede socavar la estructura social.

Paola no comprendió el texto. Se fue a otra página, hojeó el libro y volvió a leer al azar:

Ningún hombre está aislado. Dado que forma parte de la humanidad, cuando un hombre muere, muere una parte de mí… Por eso no preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Cerró el libro y al hacerlo leyó la carátula: Honor Arundel, La libertad en el arte.

Escondió el libro y tomó otro de tapas más duras.

La brisa de verano agita las gigantescas secoyas y las ondas de la Wild Water cabrillean cadenciosamente sobre las piedras musgosas. Danzan al sol las mariposas y en todas partes zumba el bordoneo merecedor de las abejas. Sola, en medio de una paz tan profunda, estoy sentada, pensativa e inquieta. Hasta el exceso de esta serenidad me turba y la torna irreal. El vasto mundo está en calma, pero es la suya la calma que precede a las tempestades. Escucho y espío con todos mis sentidos el menor indicio del cataclismo inminente.

¡Con tal de que no sea prematuro! ¡Oh, si no estallara demasiado pronto!

Detuvo su lectura, habida cuenta de un asterisco que la condujo varias líneas al final de la página. Se tuvo que esforzar para leer esa letra menuda que le abrió la puerta del interés.

La segunda revuelta fue en gran parte la obra de Ernesto Everhard, aunque, naturalmente, cooperó con los conductores europeos. El arresto y la ejecución de Everhard constituyeron el acontecimiento más notable de la primavera de 1932. Pero había preparado tan minuciosamente ese levantamiento, que sus cómplices pudieron realizar sus planes sin demasiada confusión ni retardo. Después de la ejecución de Everhard, su viuda se retiró a Wake Robin Lodge, una casita en las montañas de la Sonoma, en California.

Cuando estaba leyendo: “Es explicable mi inquietud. Pienso y pienso sin descanso y no puedo evitar el pensar. He vivido…”, escuchó la voz de Esperanza que la convocaba al comedor, pues la mesa estaba servida.

 

2

La familia cumplía el ritual de los sábados familiares. El coronel retirado presidía la mesa. A su derecha se acomodaba la señora Alicia, quien mandaba y ordenaba el menú a Esperanza, una mapuche del sur, que trabajaba “cama afuera” para la familia Mendoza.

Los cuatro hijos se situaban por orden de edad. El mayor estaba a la izquierda de su padre; además, llevaba el mismo nombre de su progenitor con el añadido de Jr., que en castellano no quiere decir nada.

Al lado de la madre se ubicaba Berta, la segunda de la familia, seguida de la tercera, llamada Alba, y frente a ella, es decir al lado de Jr., estaba Paola. Esta última era conocida en el círculo familiar con el mote de “la fantasiosa”.

Algún que otro sábado solía participar del encuentro familiar Alejandrita, novia del Jr.

Era una familia normal que comenzaba por comer las empanadas de El Salitre, un negocio de raíces croatas ubicado en Maipú con San Martín cerca del puerto. Se acompañaba con vino tinto y tenía que ser a media mañana. Antofagasta es la ciudad de la primavera permanente, por eso el jardín es el centro de toda reunión social. Luego se preparaba un “mariscal” con frutos del mar mientras se iba asando carnes, entrañas y menudencias.

Paola era la única que se oponía a “pisotear los libros que están ahí abajo” y a la hora de las empanadas se situaba al borde del jardín.

Un mes antes Paola había hablado de su descubrimiento. Nadie le creyó, ni siquiera cuando recitaba citas sueltas de sus lecturas, aprendidas de memoria sin mucha dificultad. Se ganó el apodo de “la fantasiosa” por esa reiteración de los párrafos o citas que más le habían impactado de la lectura de esos extraños libros.

Nunca más puso sus pies sobre el jardín, para no dañarlos. Por eso odiaba los sábados familiares, ya que todos salían al jardín.

Aquel sábado miraba a su familia gozar del sol antofagastino, reírse de los últimos chistes que el Jr. contaba sin evitar los “chuchas” y los “concha su madre”, a pesar de las protestas poco sinceras de la madre y la total aceptación del militar, que limpiaba sus lágrimas de risa con un pañuelo que en una esquina lucía las iniciales PC, que no quiere decir Partido Comunista sino Pierre Cardin.

Berta y su hermana Alba no perdían de vista un televisor que mostraba imágenes de Sábado gigante, desde la ventana más próxima al jardín.

Paola se sumía en profundos silencios, y poco a poco esa actitud comenzó a semejarse a una lejanía permanente. Miraba a su familia sin verla. Y su familia le devolvía una mirada interrogante e inquisidora.

“¿Qué está pasando en la cabecita de mi hija?”, se preguntaba el coronel.

Sus hermanos la habían escuchado reír, pero también llorar, en la soledad de su cuarto.

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor humano, y se saborea ese dolor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca.

Cuando la madre la interrogó por su aislamiento, sus risas y sus sollozos, Paola trató de explicar una vez más a su familia su descubrimiento. El padre, y por consiguiente la madre y sus hermanos, no le creyeron nunca que el jardín escondiese una biblioteca bajo el césped, las gardenias, las rosas y los gladiolos.

—No seas loca. ¡Es imposible que existan plantas con libros por raíces!

—¿Una biblioteca debajo el jardín? ¿Libros bajo tierra? ¡Estás loca, hermanita!

—Te prohíbo hablar de esa manera. Si sigues insistiendo con esos libros-raíces, tendré que llevarte donde un “reductor de cabezas” —dijo el padre.

Y la madre añadió cariñosa:

—M’hijta linda, come tu comida y olvida eso de los libros; mi perrita choca… tan inteligente ella. Si no necesitas de libros, tú, chiquita linda.

Cruzando el umbral, penetran ambos poetas en el lugar eternamente oscuro. Bajo un cielo sin estrellas resuenan los suspiros, quejas, blasfemias, ayes de dolor y apóstrofes iracundos de las almas de aquellos que vivieron sin alabanzas ni vituperios, que no merecieron el Cielo ni el Infierno, y de las que el mundo no conserva ningún recuerdo. Están condenadas a vagar eternamente, aguijoneadas sin tregua por moscas y avispas.

Y… la madre escuchó a Paola decir a su hermana que el Infierno tiene forma de embudo gigantesco y profundísimo, y que el poeta había decidido que son nueve los círculos que conducen a él. “Dante y Virgilio —dijo— llegan a la orilla del Aqueronte, que cruzan en la barca de Caronte, y descienden al primer círculo”.

La madre se persignó y prometió ir a la misa de las 6 de la mañana a pedirle a la Virgen del Carmen que ayudara a curar las fantasías de su hija Paola. Le ofrecerá velas, oraciones y si es necesario una promesa de esas “gordas”.

Paola había leído tanto que tenía frases impecables y las soltaba en momentos apropiados. Un día le dijo a su padre:

—“Estamos desterrados de nuestra propia memoria”, ¿por qué no me cuentas cómo fue esa gesta del 11 de septiembre de 1973, querido papá? En la escuela no dicen nada sobre el tema, yo creo que “estamos en la puerta falsa de la historia”.

El padre quedó perplejo y decidió consultar con su esposa, que ya había ido a la iglesia una decena de veces sin resultado. “¿Qué hacer? No podemos perder a nuestra hijita. Hablaré con el psicólogo del Ejército”.

A: —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón): —Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística): —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Los últimos días no habían escuchado esas frases tan especiales que lanzaba Paola. Se le notaba una cierta euforia. Jugueteaba con Salvador, un perro callejero que había adoptado el pasado verano cuando lo vio vagando en la playa. Tenía una sonrisa a flor de labios y no hablaba mucho.

La madre supuso que sus oraciones y las velas estaban dando resultado y pidió al padre esperar, observar y luego obrar.

Paola miraba cómo el horizonte antofagastino se unía con el mar en su última frontera, aquella que se pierde en los bordes azulinos. Tenía en sus pequeñas manos regordetas un libro. No era de extrañar, pues desde que descubriera la biblioteca sepultada, tenía siempre, pero siempre, un libro en las manos. Se parecía a Franceso Petrarca, el poeta del Renacimiento, que permanentemente llevaba consigo un libro. La diferencia era que Petrarca llevaba consigo el libro de Agostinos, mientras que Paola cambiaba de autores y títulos. Pero había un parecido más, y eran los diálogos que Paola tenía con sus personajes o autores: al igual que Petrarca, que imaginaba dialogar con el santo. El poeta escribió tres diálogos lo que dieron origen al famoso Secretum meum, publicado después de su muerte.

¿Escribirá Paola su Secretum meum o aquellos diálogos con ese coronel que no tenía nadie quien le escriba, y que a Paola le inspiraba pena?

Se estremecía el frágil cuerpo de adolescente cuando pensaba en el sufrimiento del joven Edmundo Dantés, rodeado de enemigos, sobre todo Fernando, un catalán primo de Mercedes, su joven y encantadora novia. A medida que su lectura avanzaba le aparecía en la boca fresca una mueca parecida a una sonrisa: es que Edmundo se había convertido en el Conde de Montecristo y comenzaba su andar por las rutas de la venganza.

Quedaba triste y sobre todo curiosa al preguntarse cómo podía estar un niño triste que desde el fondo de sí, arrodillado y triste, la miraba.

No comprendía con exactitud por qué esa vida que arderá en sus venas tendría que ser la causa de amarrar su vida con la de otro. A pesar de su confusión siguió leyendo:

Por esas manos, hijas de tus manos,
Tendrían que matar las manos mías.
Por mis ojos abiertos en la tierra,
Veré en los tuyos lágrimas un día.
Yo no lo quiero, Amada.
Para que nada nos amarre,
Que no nos una nada.
Ni la palabra que aromó tu boca
Ni lo que dijeron las palabras.
Ni las fiestas de amor que no tuvimos,
Ni tus sollozos junto a la ventana.
(Amo el amor de los marineros
que besan y se van).

Las últimas palabras juguetearon en su mente… “Amo el amor de los marineros… que besan y se van”.

¿Cómo será sentir un beso en la boca? Lo que no le gustó fue el verso siguiente, porque a ella le gustaba que le cumplan las promesas. Además, le habría encantado que aquel que la besara volviera para volver a besarla.

“Si fuera hombre”, se dijo a sí misma, “sería marinero, porque los marineros besan y se van. Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”.

Luego leyó dos veces eso de: “Amo el amor que se reparte en beso, leche y pan”.

Y simplemente trató de imaginarse cómo repartir “el amor que puede ser eterno y puede ser fugaz. Amor que quiere libertarse para volver a amar”.

Ahí se detuvo y pensó en su madre, a quien le había escuchado decir a su abuela que su padre, el coronel, no la dejaba “en libertad” y pensó en “el amor divinizado que se acerca”. Y en “el amor divinizado que se va”.

Le encantó la lectura del poema desconocido, pues las tapas del libro habían sido arrancadas y del nombre del poeta quedaba sólo un pedazo del apellido: …ruda.

En su segunda lectura no se detuvo ni un solo instante hasta terminar:

Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
Del que corte en tu huerto lo que he sembrado.
Yo me voy. Estoy triste; pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.

El hecho de la lectura no sólo abre las compuertas del alma sino y sobre todo hace su milagro en el cerebro. Paola parecía la chica más feliz de Antofagasta.

Aprendió a expresarse con una soltura propia de quienes saben que hay otras gentes y otras ciudades, otras historias, amores y penas y alegrías más allá de las puertas de su casa, más allá de las fronteras provinciales y mucho, mucho más allá del final del mar.

Su alegría era indisimulable. En la casa del coronel pensaron que Paola estaba enamorada: no podían imaginar que alguien pudiera estar feliz sólo leyendo, imaginándose amores tan cortos o tan largos como el olvido.

Cabalgó con D’Artagnan, Aramis, Porthos y Athos. Se enamoró del joven Werther y sintió rabia de Carlota que vivía muy tranquilamente con Alberto mientras Werther moría de amor.

Le fascinaron los estudios de los sueños de Freud. Le encantaba meterse en esos intrincados caminos por donde discurre el alma humana. Se daba el lujo de analizar a su familia, pero no le gustaba llegar a la conclusión de que vivían en una burbuja vacía.

Su mirada adquirió el brillo de los sabios. En su mente conservaba valiosos diálogos de la literatura universal:

—Mi historia debe ser igual a la del pintor obligado a escribir “este es un gallo”. Mi historia tendrá necesidad de comento para entenderla.

Eso, no; porque es tan clara que no hay cosa que dificultar en ella; los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabia de todo género de gentes, que apenas han visto un rocín flaco cuando dicen: “Ahí va Rocinante”…

La casa de los Mendoza había ingresado en la fase del gozo del milagro. Paola no hablaba de libros enterrados, ni lanzaba frases elegantes o simplemente difíciles de asimilar, como cuando dijo. “Que llueva en Antofagasta es como esperar a Godó”. Nadie en su círculo familiar entendió qué quería decir. El padre, por simple curiosidad, quiso saber quién era el señor Godó.

La madre estaba feliz porque no fue necesaria la promesa “gorda”, puesto que bastó con rezos y velas. La Virgencita hizo el milagro de apaciguar la alborotada mente de Paola.

El padre la miraba de soslayo sin decir palabra. ¿Para qué?, si su hija estaba alegre, positiva y optimista.

Sin embargo, Paola sufría por no poder compartir sus descubrimientos. “No puedo callar, son tesoros que han sido escritos para el disfrute de todos”.

Cada día se daba coraje para plantear el asunto. La desanimaba el hecho de que en su casa no se cultivaba la lectura. Claro que había revistas, unos pocos libros de historia y de armas y el diccionario de la lengua española. Su hermano coleccionaba Playboy y sus hermanas y la madre leían Vanidades y una revista española llamada Hola.

No era una familia bibliómana sino teleboba. Sufrían con los amores imposibles de unas venezolanas que asemejaban muñecas o maniquíes de tienda de lujo.

Finalmente, un sábado de reunión familiar, Alejandrita incluida, decidió el parto literario. Quería sacar de sus entrañas novelas, poesía, ensayos y cuentos y echarlos encima de la mesa familiar para que disfruten padres y hermanos de la misa cultural. “Será mejor que las de mamá y mis oraciones serán más certeras”

Había elegido con el cuidado de un alfarero el pedazo con el que iniciaría su misa literaria.

Dejé la ciudad por una gran avenida arbolada, paseantes y monumentos, automóviles y bicicletas, aumentando la velocidad a medida que llegaba al final, donde crucé a la derecha para seguir las medias rectas y curvas de una vía tendida entre arcadas de un viejo acueducto, en parte soterrado, y jardines y chalets iluminados.

El poco peso, la velocidad que llevaba y las malas condiciones del pavimento, hacían saltar el camión en medio de una nube de polvo tan espesa que dejé de verme yo mismo y, a no ser por el endiablado ruido de las ruedas y la carrocería, olvido que iba en comisión, tripulando un gigantesco vehículo de la armada.

Ni dormido, ni soñando, ni borracho…

Oí rugir las fieras al salir de la ciudad… los leones y los tigres que los “comunistas” tenían preparados, cebados de hambre, para que se comieran a los católicos ricos en una fiesta romana que preparaban en el “Estadio de la Revolución”. Me sentí como un romano piadoso y eso me disgustó. Las naciones jóvenes como la mía no pueden tener piedad. Nada. Endurecí mis facciones bajo el casco que me daba aspecto de soldado del imperio y puse mis ojos en el circo, en el “Estadio de la Revolución”, donde se jugaba al fútbol, imaginando a los católicos y a los ricos entre las garras y los dientes de las fieras que escuchaba rugir amenazantes y terribles…

¡No, no estaba borracho, ni era una ilusión auditiva!

Rugían y por eso decidí detener el camión junto a un guardia y le pregunté, en correcto español, si él también oía rugir las fieras con hambre de cristiano rico.

—¿Leones? —le pregunté, sumamente serio.

—Sí, leones… —me contestó.

—¿Tigres? —le pregunté, sumamente serio.

—Sí, tigres… —me contestó.

—Y usted, guardia del orden —me enfurecí—, ¿no hace nada para que no se coman a los católicos?

—Están en las jaulas del Jardín Zoológico —me contestó sin disimular la risa— y no hay riesgo de que se los coman, mister…

El militar se atragantó, tosió, bebió vino, luego agua. Estaba a punto de hablar cuando Paola, malinterpretando la actitud de su padre y ante la risita condenatoria de sus hermanas, la mirada mortal del Jr. y la falsa sonrisa de Alejandrita, decidió cambiar el texto por un poema que llamaba al combate:

La canción y el verso
Son una bomba y una bandera;
Y la voz del poeta
Levanta las clases en armas
Cualquiera que cante aparte hoy
Está en contra de nosotros.

El coronel se levantó de la mesa con una actitud amenazante, levantó la mano como si blandiera una espada para clavársela en el corazón de su hija y cayó al piso llevándose el mantel, del que quiso sujetarse como si se tratara del último salvavidas de un naufragio. Cayó con estrépito, se golpeó la cabeza en el borde duro del lomo de un libro que dejó ver su rostro debajo del césped. Sus ojos quedaron mirando el vacío, terriblemente abiertos. La mujer, el Jr., sus hijas, Alejandrita y la Esperanza, intentaron ponerlo en pie. Paola rompió en sollozos. Toda la familia la miró con ojos acusadores mientras ella repetía entre lágrimas:

De un reloj se oía
Compasado el péndulo,
Y de algunos cirios
El chisporroteo,
Tan medroso y triste,
Tan oscuro y yerto
Todo se encontraba…
Que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”.

 

3

Quiero intentar el relato simple de cómo Ernesto Everhard entró en mi vida, cómo su influencia en mí creció hasta el punto de que me convirtiera en una parte del él mismo y qué cambios prodigiosos obró en mi destino.

Jacqueline hizo una pausa, me miró e interrogó como sólo ella sabe hacerlo:

—¿Lo reconoces? Es el primer párrafo de la página 13 del segundo libro que cogí en mis manos, en aquel jardín inolvidable. Las doce primeras páginas habían desaparecido o simplemente tu hermano las arrancó para que no dieran con el nombre del dueño de la biblioteca sepultada.

—Es un libro del que yo tampoco olvido, pues fue regalo de mi padre José cuando cumplí los quince años. Es El talón de hierro, de Jack London, ¿verdad? El nombre de Ernesto Everhard corresponde al del profesor de la Universidad de Berkeley. Se me quedó grabado igual que a ti. No recuerdo si yo se lo di a mi hermano o él lo tomó de mi pobre biblioteca de exiliado en Chile, allá por los 72-73, época donde conocí también al gran poeta Andrés Sabella, un paisano tuyo.

—De todo lo que encontré en el jardín, El talón de hierro me abrió los ojos a otro mundo. El resto, Dante, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, los libros de política y filosofía y los poemas, sobre todo los poemas de Neruda, fueron un regalo para los goces de la memoria.

—¿Salvaste algunos?

—Antes de dejar mi domicilio de la calle Barón de la Riviera de Antofagasta con destino al psiquiátrico, miré detenidamente y por última vez el destrozado jardín. Los libros que alguien había enterrado en bolsas de polietileno estaban bien conservados. Aún no me había enterado de que había sido tu hermano el sepulturero de esas joyas maravillosas. Por instrucciones del Jr., nueva cabeza familiar, fueron incinerados todos los libros. Mi hermano decía que eran las armas con que maté a mi padre. Le rogué, le imploré para que salvara aunque fuera uno, y es este que me acompaña siempre, como el Agostinos de Petrarca. Es un libro editado en Argentina que debes conocer: Los titanes de la poesía universal.

—¿Y por qué los quemaron?

—Lo que querían era borrar mi “locura”, que además había matado a mi padre. Pensaron que en el fuego se iba mi locura, el nombre del dueño de la biblioteca, su historia y nuestras vidas. Es decir, la de él y la mía.

—Y… ¿estabas realmente loca?

—No… llevarme al psiquiátrico fue una buena forma de eludir la vergüenza familiar. Todo se explicaba con la tesis de mi locura. Nunca se reconoció en el ámbito familiar la existencia de la biblioteca sepultada. “Todo —decían— ha sido producto de la locura de la nena”.

—¿Cómo me encontraste?

—La red, Internet es un gran invento, aunque no me gusta reconocerlo debido a la nacionalidad del inventor. Uno de los libros tenía una firma de una caligrafía sencilla y bonita donde se leía tu apellido.

—Estaba enterado de que mi hermano había enterrado su biblioteca para evitar quemarlos por miedo a ser descubierto. Durante mi exilio en París recibí una carta que me escribió después de salir de las cárceles de Pinochet y Banzer, en la que me contaba su padecimiento y sobre la historia de los libros enterrados en su jardín.

—Al ignorar la historia detrás del sepulcro de los libros, mi primera idea me decía que el dueño de la biblioteca tuvo que haber sido algún compatriota perseguido. Incluso lo imaginé muerto a manos de mi propio padre.

—No. Somos de Bolivia. El 11 de septiembre de 1973 estábamos en Chile huidos del 21 de agosto de 1971. Mi hermano vivía en Antofagasta y yo en Santiago. Mi hermana y mi padre en Argentina se fueron semanas antes de Antofagasta con dirección a Salta. Éramos parte de la diáspora boliviana. En la casa que habitabas con tu padre militar y tus hermanos, mi hermano tenía una imprenta con la que se ganaba la vida. Cuando lo capturaron los colegas de tu padre, o quizás tu propio padre, lo entregaron en la frontera a los policías bolivianos.

—Somos personajes de una pesadilla.

—Tú eres un sueño no soñado, Jacqueline. ¿Por qué ese nombre?

—Yo era Paola cuando entré al psiquiátrico, y cuando lo dejé por sana, lectora y soñadora decidí ser Jacqueline porque no podía ser Jack como London. Me vine a Europa porque mi familia me acusa de haber matado a mi padre en un paredón de libros, con disparos de Neruda, ráfagas de Juan Rulfo y la guillotina de Alejandro Dumas. Hoy vivo tranquila rodeada de libros, trabajo para una editorial madrileña. Estoy escribiendo mi primer libro, del que ya te haré llegar los originales. Será la historia de un pueblo distópico donde aparece una extraña mujer después que desaparece parte de su mundo. Al pueblo al que llega en busca de antepasados no había libros, pero sí un censor que era un asesor de los poderosos.

 

Me alejé después de haber apurado el último café espresso. Paola quedó sentada en el mismo sitio en que encontré a Jacqueline, con el tesoro de unas palabras ajenas en su cabeza. Me dio la mano y un beso en cada mejilla y repitió, muy cerca de mi oído: “…Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida…”.

Carlos Decker-Molina
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