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El periodista honesto

martes 12 de julio de 2022
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En mi pueblo tenemos un periodista que nunca miente. Jamás de los jamases. Aunque hay vecinos, esos que nunca faltan (pocos, gracias a Dios), que piensan que tampoco dice toda la verdad. Pero esos son gente huraña, difícil. Gente que afirma oírle decir algo de algo, de recurrir a etimologías y metáforas prolijas, y hasta de omitir algún que otro dato importante. Incluso no falta el atrevido que lo ha tildado de sofista o mercenario de la pluma.

Por mi parte, nunca creeré semejantes calumnias de esa ínfima minoría resentida, pueblerina, sobre nuestro héroe. Y vaya esto como ejemplo de su periodismo intachable.

Al caer la Pascua, nuestro periodista hace un resumen de la vida de Cristo, sin olvidar la infancia ni etapa alguna de su peregrina predicación. El hombre es capaz de darnos la genealogía completa del buen nazareno, y de hecho lo hace. Poco le importa remontarse hasta Noé o hasta Adán si lo entiende necesario. Al llegar a ese domingo que el santo hombre entra en Jerusalén, nos habla del burrito, de las palmas, de las loas del pueblo judío y de todo eso que todo el mundo sabe.

Luego viene lo trascendental: nuestro periodista hace una pausa. Una larga pausa. Al proseguir, sólo agrega que Cristo acabó su vida días después tras un paro cardíaco en cierto lugar llamado Gólgota. Allá por las afueras de la vieja Jerusalén.

Aclara —a tal punto llega su honestidad— que no hay constancia arqueológica de informe forense. Que se sepa, nunca habría habido informe médico, ni bueno ni malo. Esto es así, no había costumbre de redactar tales informes entre los antiguos, se tratara de romanos o de hebreos. Esto es cosa rigurosamente cierta, incuestionable.

Yo le creo. El cura no lo desmiente. El excelentísimo señor alcalde lo condecora cada año.

Mas, como de algo hay que morir, nuestro periodista opta por el criterio científicamente más razonable: cualquiera haya sido la causa primigenia que desencadenara el proceso letal, lo sabido es que dicho proceso funesto culmina al detenerse el corazón humano. Y Cristo era humano, no en vano lo llamaban el Hijo del Hombre. De ahí que el paro cardíaco sea lo más consecuente y sensato a falta de evidencia científica más precisa.

A los tardíos testimonios de sus discípulos, nuestro periodista no los tiene en cuenta por tratarse de panfletos de meros partidarios. Bastante fanatizados por cierto (nos dice off the record) y para colmo nada cultos. Textos confusos de pescadores de baja instrucción en su mayoría. No servirían de prueba en juicio. De ahí que nuestro periodista prescinda de toda supuesta ofuscación de la plana mayor del sacerdocio dominante y de todo soldado romano que anduviese bostezando por Tierra Santa. También de cuanto presunto procónsul, proclive a la higiene manual, fuera inopinadamente involucrado en códices tan desprolijos. ¡Mire usted si un romano aristocrático se iba a higienizar a vista y paciencia de una plebe extranjera por más santurrona que parezca!

Nuestro periodista tampoco nos habla de martillos ni de clavos, salvo cuando se refiere al presunto padre de Cristo, del que nos recuerda que era carpintero. Con ese paro cardíaco remata su historia de Cristo y de la Pascua año tras año desde que mis vecinos y yo tenemos memoria.

La gente de mi pueblo le cree y no pide mayores detalles. Las señoras emperifolladas, esas que salen después de dormir la siesta, le creen. Los hombres que sacan a dar la vueltita al perro le creen. Los que prefieren los gatos con collar y cascabel, también. Yo le creo. El cura no lo desmiente. El excelentísimo señor alcalde lo condecora cada año. El honorabilísimo concejo municipal también lo condecora para no ser menos que el mandamás del ejecutivo. Hasta su propia esposa, a veces lo corona.

Todos los vecinos lo aplauden. Nuestro periodista sonríe y saluda a todo el mundo, o al menos a todos los vecinos. Todos conformes. Eso es lo importante, todos felices. Felices, como deben ser los habitantes de un pueblo como donde yo vivo.

Héctor Zabala
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