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Cuento para mi madre y la niña que deseé que fuera o La muñeca que ella merecía

jueves 28 de julio de 2022
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Cuando te vi peinar el pelo de mis muñecas tan concentrada, con movimientos delicados para evitar una rudeza que ellas jamás podrían identificar y la lengua asomándote por los labios, no le tomé importancia. Eras tú, una madre que no quería dañar mis juguetes porque salían caros y a duras penas maniobrabas los otros gastos de la casa. Tú eras tú nomás, así tal cual: una mujer de cuarenta años, más alta que yo, más sabia que yo, más buena que yo.

—Le está quedando bonita la trenza —te dije señalando la creación que sostenías, y entonces tú me miraste extrañada, como recién colocada en un mundo en el que no estabas hace cinco segundos. Vi en tus ojos algo familiar pero extraño en ti: una inocencia vieja, con chispas de alegría ruborizante.

Luego enderezaste la espalda, adquiriste otra vez el rostro de sabia y tras asegurar con una liga la trenza me tendiste la muñeca y dijiste gracias. Me fui a jugar un poco más allá y te dejé allí viéndome. Perdón por no invitarte, no sabía que no eras tú, sino la niña que quisiste ser.

Entiendo lo difícil que fue decir que no a ciertas cosas y la frecuencia con la que te obligaste a decir que sí para complacer a los demás.

Ahora lo entiendo, mami, y te compadezco. No fue fácil ser la primer hija de un matrimonio de los setentas, ni nacer en enero, ni tener que madurar para criar a los cinco hermanos que te siguieron —y ya de paso a los dos que vinieron antes que tú, porque eran hombres. Entiendo lo difícil que fue decir que no a ciertas cosas y la frecuencia con la que te obligaste a decir que sí para complacer a los demás.

Yo tenía siete años y no te pude ver entonces como merecías, pero ahora ya crecí y te lo digo: te veo. Veo cómo los ojos se te desvían un poco cuando pasamos junto al pasillo de juguetes en el súper, y veo lo mucho que defiendes a tus nietos, y también recuerdo cuánto me alentabas a tomar las cosas con calma, porque como dices: “El tiempo se pasa volando y no regresa nunca”. Mami, ojalá pudiera regresarte la infancia que te robaron.

Me gusta de repente sacar una anécdota que me contaste porque inmediatamente me la vuelves a narrar, y después de ahí cuando notas mi interés (porque me aseguro de que lo notes), te sueltas hablando sobre aquel tiempo en el que estabas chiquita. Me dices de esos pantalones de rayas que te gustaban tanto, y de la vez que tu mamá te pegó una cachetada por defender a tu hermano menor de tu abuela, y de cuando llegaste a tu casa y toda tu colección de los pitufos había sido tirada al canal porque en la calle alguien le había dicho a tu mamá que eran del diablo. Y dices bromeando: “Algún día voy a volver a tener a todos mis pitufos”, pero yo sé que en verdad los extrañas.

Ahora entiendo tu insistencia por ponerme vestidos y peinarme bonito, para después salir emocionada con mi papá diciendo: “¡Beto, Beto, mira qué linda me quedó!”; él hacia un sonido de mmm y después soltaba un chiste, pero tú insistías diciendo: “Mírale los moños, le combinan a las calcetas”. Perdónalo a él también por no contestarte lo que querías, él nunca supo jugar a las muñecas.

Más que la princesa de tus padres fuiste la madre de tus hermanos.

Porque eso es lo que era yo: tu muñeca. Y tú no eras mi mamá, eras la niña a la que no la dejaron jugar.

Todos siempre te dicen que debió ser muy lindo ser la primer niña después de dos hermanos varones, que debieron de haberte consentido mucho con todo lo que querías, que te han de haber tratado como una princesa. Lo cierto es que no te dio tiempo a disfrutarlo porque los otros hijos vinieron muy rápido. O muy tarde. Más que la princesa de tus padres fuiste la madre de tus hermanos.

Por eso hoy, mami, te libero de ser mi madre, y te dejó volver a ser niña, para que juegues conmigo como debiste hacerlo. Hoy pasas a ser mi amiguita, no la mujer que me parió. Ya no tienes cuarenta años, tienes siete, o los que quieras; hoy te doy a ti lo que nunca te dieron: la opción de decidir. Hoy no eres más alta que yo, ni más sabia, ni más buena. Ya no soy tu hija, al menos por un ratito: soy tu muñeca, ¿puedes trenzarme el pelo, por favor?

Ximena Flores Taddei
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