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Nordeste

martes 4 de julio de 2023
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Me visto con el neopreno y bajo a la playa con la tabla. Veo al grupo hacer el calentamiento. Antes de llegar hasta ellos siento una fuerte arcada, no lo puedo evitar y vomito. Tengo la piel erizada, el viento trae una temperatura gélida que contrasta con el bonito día de sol. Toni se acerca cuando se da cuenta.

—¿Estás bien?

—Sí, todo perfecto. Un poco de resaca. La edad no perdona, una vez pasas los cuarenta es así.

—Me quedo contigo y entramos juntos al agua.

—No te preocupes. Es este maldito aire. No me gusta surfear con él. Voy a esperar a que cambie.

—Vamos. Es el último día. Mañana estaremos en nuestras casas. Sería genial surfear todos juntos.

Cojo mi tabla y giro hacia el albergue. Ni siquiera me doy la vuelta para despedirme de él. Levanto la mano a modo de disculpa y sigo caminando.

—Cuando cambie el aire.

Poso la tabla en recepción. Sandra me da los buenos días mientras va empaquetando cosas. Bajo a la cocina, donde Elías está guardando el menaje a la vez que fuma algo de hierba. Cojo la ropa que tengo encima de la silla y me cambio ahí mismo. En una mesa están dispuestos todos los alimentos que han sobrado. Paquetes de pasta y arroz. Café, salsa de tomate y toneladas de pan de molde. El lugar apesta a marihuana, aunque la campana extractora está puesta para que el humo no llegue arriba.

—No soporto ese ruido horrible.

Vaya fiesta ayer, colega. El último día del verano es la leche.

Cojo el peta de su mano y le doy unas caladas. Se lo devuelvo mientras escupo unas hebras de tabaco que se me han quedado en la lengua. Me mareo un poco. Me siento en una zona donde casi no llega la luz. Elías llena un vaso grande con agua del grifo, le echa unos hielos y me lo da.

—Vaya fiesta ayer, colega. El último día del verano es la leche.

—No sé cómo puedes fumar esto. Es radioactivo.

—El problema eres tú. Antes aguantabas todo, ahora estás muy flojo.

Bebo el agua del vaso, me pongo en pie y le doy un abrazo. Antes de irme echo café del termo en la taza que pone “El puto jefe”. Subo las escaleras bebiendo, tengo un pequeño traspié y mancho mi camiseta amarilla de marca Quicksilver. Llego a recepción maldiciendo. Sandra se ríe, pero a mí no me hace ninguna gracia.

—¿Sabes si Marta sigue arriba?

—Creo que me confundes con una asistente personal.

—Por favor. Necesito una ducha, pero no me hace gracia verla. Prefiero que se vaya sin despedidas.

—Llevo viniendo aquí doce veranos. Y todos los años es lo mismo. Te ligas a una monitora y acabas pasando de ella para evitar compromisos. ¿No te da la impresión de estar en un bucle?

Cojo mi teléfono y lo pongo a cargar al lado del ordenador. Pillo las llaves del coche, la cartera y un paquete de tabaco.

—Dejaré mi móvil cargando, así nadie me podrá molestar. No creo que vuelva antes de mediodía. Voy al pueblo a desayunar. Ya sé que no eres mi asistenta personal, pero si alguien me deja un recado o un mensaje, te agradecería que me lo dejaras apuntado.

—De acuerdo, largo.

Desde el aparcamiento veo a los monitores en el agua. Son unas veinte personas alternándose para coger olas. Se puede ver a la legua que están disfrutando. Aunque no se oyen desde aquí, se intuyen las risas. Una ráfaga de aire me devuelve a la realidad. Me subo al Jeep y pongo dirección al pueblo. En la radio suena un horrible tema de baile. Busco un CD para poner música de los noventa. Tengo a mano un recopilatorio de Sonic Youth. La caja está cubierta de un polvo blanco. Me fijo en el asiento del copiloto. Hay una mancha de sangre y un montón de barro por el suelo. Trato de acordarme de lo que sucedió anoche pero no logro aclararme. Enciendo un cigarro y sigo conduciendo mientras escucho Sugar Kane. Cuando cruzo el puente se nota que ha pasado la temporada de verano, porque casi no hay tráfico. Giro hacia la derecha y voy por la carretera de la estación hasta llegar a la residencia. Aparco en la cuesta, desde donde se puede ver el patio donde sacan a pasear a los ancianos. Enciendo otro cigarro. Busco con la mirada tratando de localizarla. Pongo la mano a modo de visera para tapar el sol que me da en los ojos. La veo sentada en un banco, sola. Al lado hay otros bancos con más ancianos. No hacen nada en particular, simplemente pasan el rato. Sé que debería bajar, entrar ahí y estar con ella, pero hace mucho tiempo que me bloqueo y no puedo hacerlo. Le doy unos golpes al volante, arranco el motor y me dirijo al muelle. Ahora hay un montón de plazas libres para aparcar. Doy un pequeño paseo hasta llegar a la cafetería, hay mesas vacías en la terraza pero prefiero sentarme dentro. Ocupo un taburete que hay a pie de barra. La camarera sonríe al verme. Me prepara un café americano y un zumo de naranja.

—¿Unas tostadas de aguacate, como siempre?

—Sí, por favor.

—Llevas la camiseta sucia.

Parece que llevo el mapa de África dibujado en marrón.

Me fijo en la enorme mancha de café. Se me olvidó por completo. Parece que llevo el mapa de África dibujado en marrón. Me traen las tostadas de aguacate con tomate y salmón ahumado. Al principio no tengo mucho apetito, pero poco a poco se me abre el estómago y acabo devorándolo todo. La chica recoge mi plato y se para un segundo a dar la lengua conmigo. Creo que intenta flirtear. Relata lo agotador que ha sido el verano y luego me cuenta las series de Netflix que ha estado viendo. No lo puedo evitar y soy sincero al respecto.

—No soporto el rollo progre de las nuevas producciones. Prefiero ver otra vez cualquier serie antigua. Aunque sean una basura no te intentan moralizar.

La chica me mira un segundo, se da la vuelta y se va sin contestar. Al final siempre me pierde la boca. Pago mi desayuno y dejo unos euros de propina, a ver si así soluciono algo. Pido un vaso de agua y salgo a la calle con un cigarro. El dueño de la cafetería está afuera, saludando a unos clientes. Cuando me ve se acerca a fumar. Hablamos de lo bien que han funcionado los negocios en la temporada estival y de los caprichos que pensamos darnos con lo que hemos ganado. A mí no se me ocurre nada. Tantos veranos ganando dinero han hecho que no sepa en qué gastar el dinero. Quizás un viaje a un lugar con chicas guapas o comprarme un barco pequeño. Luego se acerca y baja la voz.

—Ha estado por aquí el jefe de policía. Ayer se causaron daños al mobiliario urbano. Lunas y papeleras rotas, retrovisores, cosas así. Parece que fue la gente que trabaja contigo. Dicen que estabas en el ajo, que estuvisteis de fiesta toda la noche. Te lo digo porque el tipo irá a por vosotros.

—La verdad es que no me acuerdo muy bien de lo que pasó ayer. Y los monitores se van hoy mismo. Iré a avisarlos.

Me despido y me dispongo a irme, pero veo a un policía a lo lejos, así que pido un refresco de limón y me siento en una mesa alta que da a la calle. Desde aquí veo lo que pasa afuera. En cuanto pueda me subo al Jeep y me largo. Pienso en llamar a los chicos, pero caigo en la cuenta de que dejé el teléfono cargando en la recepción. Me acuerdo de Marta, eso me pone triste. Sé que dormiré solo esta noche. En cuanto se va el policía salgo del maldito bar, sin tomar ni un trago de mi refresco. Subo al carro, enciendo el motor y pongo rumbo al albergue. Aparco antes de llegar, en un solar que está a un centenar de metros. Camino hacia la playa tratando de atisbar algún movimiento extraño. Cerca de la arena hay un todo terreno de la policía. Los agentes hablan con un grupo de surfistas. Vuelvo al coche y me echo en la parte de atrás. Dejo la música puesta y pongo los pies en alto. Me duermo escuchando el mismo disco de antes.

Cuando despierto siento una gran rigidez en el cuello. La postura en la que estoy es incompatible con la vida. Me estiro y suenan varias articulaciones. Mi boca continúa pastosa, igual que por la mañana. Voy caminando hasta el albergue, el aire que viene del mar sigue siendo frío. Bajo a la cocina y bebo un vaso de agua. Cuando subo veo a Sandra, que me da un susto de muerte.

—Pensé que ya no te vería antes de irme. Se ha marchado todo el mundo. Tu teléfono ha estado sonando sin parar.

—Me quedé dormido en el coche. No sé cuánto tiempo, tengo el cuello dolorido.

—Ha estado aquí la policía, ¿sabes? Han hablado con los monitores. Ayer os lo pasasteis bien rompiendo retrovisores y papeleras. Tienen imágenes de alguna cámara, así que os van a denunciar.

—Me avisaron en el pueblo. Por eso no vine cuando estaba aquí la patrulla.

—Despierta de una vez. Da igual que te interroguen o no. Te van a denunciar como a los demás. De nada vale esconderse, pareces un niño.

Sandra coge su mochila y una maleta pequeña. Pone su mano en mi hombro.

—Marta esperó hasta el último minuto. Quería despedirse de ti. Nos vemos el año que viene, imagino.

—¿Te acerco a la estación?

—Ya he llamado a un amigo, no te preocupes. ¿No vas a surfear antes de que se ponga el sol? Es la tradición del último día del verano.

—No creo. Es este maldito aire.

Cojo el teléfono, tengo un montón de notificaciones. La mayor parte son llamadas de números que no conozco.

Sandra se va sin que nos digamos una palabra más. De repente el albergue es enorme, o yo muy pequeño. Cojo el teléfono, tengo un montón de notificaciones. La mayor parte son llamadas de números que no conozco. Hay varias de Marta también. Podría darle un toque e ir a verla a donde ella quisiera. Miro la agenda. Ahí guardo el número de una mujer. La conozco bien, se acuesta con hombres por dinero. No es que sea una vulgar prostituta. Tiene su trabajo y tal, pero es la manera de sacarse un sobresueldo. No lo pienso más y la llamo.

—Yolanda. ¿Tienes algo esta noche o estás libre?

—Se acabó el verano. Ya no hay turistas que quieran mis servicios. Esta noche estoy libre. Si quieres que pase a verte no hay ningún problema, ya lo sabes.

Quedo con ella, porque sé que cuando acabemos se largará, y eso es lo que necesito. Subo a pegarme una ducha larga. Me afeito y me quito los puntos negros de la nariz. Echo crema por todo mi cuerpo y me perfumo. Preparo la cama de la habitación número cinco. Traigo unas cervezas frías porque es la única bebida con alcohol que queda en la nevera de la cocina. Hago también unos emparedados de crema de cacahuete, no hay mucho más. Mi intención es dejarlos hasta que llegue Yolanda, pero me entra el hambre y me como un par. Agarro un canuto liado que guardo en una cajita de madera que hay en la alacena. Voy a fumarlo a la terraza mientras espero a mi cita. Al poco se escucha el ruido de un coche acercándose. Aparca en la parte de atrás. Es un taxi. Una mujer se apea y viene caminando en un claro estado de embriaguez. Bajo a toda prisa. Me acerco al conductor y le pago el viaje. Le doy un extra, por aquello de la discreción. Vuelvo con Yolanda, que se está maquillando.

—Estás estupenda. ¿Una cerveza?

—Prefiero una Coca-Cola. Si quieres hacer algo, mejor que no siga bebiendo.

Acerco unos botes de la despensa, aunque son de marca blanca.

—No están guardadas en la nevera, espero que te sirvan.

Se bebe una lata de un solo trago. Está a punto de eructar, aunque se da cuenta a tiempo de que puede no ser apropiado. Luego le da un ataque de risa.

—Cuando vi tu llamada no me lo podía creer. ¿Sabes que el año pasado también me contrataste el último día del verano?

—¿Cómo? No. Lo había olvidado.

—¿Y no te parece curioso?

Lo que dice me pone triste. Me levanto y observo la playa y el mar. Ayer había tanta gente que no se podía ni pasear, hoy no queda un alma. Miro a Yolanda de reojo, sentada en la terraza del albergue. Una ráfaga fría me da en la cara y me estremece. Necesito que este aire cambie.

Guillermo Martínez Collado
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