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Los vasos vacíos

jueves 27 de julio de 2023
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Con cierta pesadumbre, mira el vaso sin cerveza. Es consciente de que la situación, como siempre lo ha estado, está difícil —o pelúa, como le diría Miguel—, pero partiendo de la realidad, o más bien de las arrugas de su cara, los pellejos que cuelgan de sus brazos que parecen alas de pterodáctilo y la protuberancia del vientre cervecero que se rasca sin más pretensiones que saciar la picazón, sabe que sesenta y cinco años sólo se cumplen una vez en la vida. Una dicha, piensa, hay quien ni llega a cumplirlos. O peor, hay quien los cumple y ni se acuerda de que los cumplió.

Dentro de lo que los años le permiten, se desenvuelve bastante bien. Lo malo, lo que le pesa, es la soledad. Su hija se casó con un búlgaro, su esposa falleció hace tres años y su hijo menor vive en una ciudad que ni siquiera sabe que existía: Nantucket o Kentucket o algo de eso. Su cumpleaños, sentado en un sofá y ya sin cervezas, transcurre en el sopor de mirar al techo, contar lagartijas y ver pasar a las personas por la acera, mal acostumbradas siempre a invadir privacidades, o igual: a chismosear.

Son las dos y media de la tarde y le llama la atención que el teléfono ni ha sonado. Al menos, espera la llamada de su hija, o de su hijo. De repente, para sorpresa suya, su soledad es interrumpida por el timbre de la puerta. Al abrir, lo asalta la mirada estropeada por los años y la frente empapada de sudor de Miguel que, con su mala costumbre, no hay manía de que hable bajito. Siempre, en cualquier circunstancia, Miguel grita, como si quisiese dar a entender que se está quedando sordo.

—Cuenta, ¿y eso tú por acá? —le pregunta al dejarlo pasar.

—¡Qué calor, coño! No jodas, que tú sabes a lo que vine. Dime, ¿cómo seguiste?

—Mejor, mejor —y lo evade.

—Habla claro, coño. No quiero tener que pasar otro susto contigo en un hospital.

—Que no, Miguel. No te preocupes. Estoy mejor.

—¿Y la sal?

—Ya no estoy comiendo con sal, olvídate de eso. Lo que, eso sí, llegaste tarde. Me acabé de tomar una lata de cerveza que me compré. Nada más tenía para una sola y… bueno… nada… llegaste tarde, como siempre.

—No importa, deja eso. Te traje un regalo, coño, déjame sentarme.

Se conocieron a mediados de los sesenta en una especie de escuela de oficio donde el propósito principal era encauzar a los jóvenes.

La primera vez que vio a Miguel, no fue capaz de imaginarse que esa amistad duraría casi cincuenta años. Es fácil decirlo, ¿no?, piensa. Se conocieron a mediados de los sesenta en una especie de escuela de oficio donde el propósito principal era encauzar a los jóvenes para que aprendieran a hacer algo, a que se desenvolvieran como trabajadores honrados y no se dedicaran a delinquir, pero, como era de esperarse, no todos tenían las aptitudes necesarias para ello. Muchos no tenían ni tercer grado de escolaridad, o llevaban la pobreza en el alma, o la miseria. A otros ni les interesaba aprender, y desde ahí se dedicaban a lo único que sabían: robar, aprovecharse del débil, abusar. Unos se apuntaban en cursos de radio y televisión, otros en chapistería, otros en enrollado de motores (como Miguel y él).

En otras circunstancias, quizá no hubiese permitido que esa amistad echara raíces, pero en esa jungla, quizá porque eran del mismo municipio o porque tenían la misma edad, se hicieron amigos y no sólo ellos. Sino también Lachy, Andrés el Diablo, Caramelo —que le decían así porque tenía la cabeza durísima como un caramelo—, El Loco, Pupy Carmenate y Pupy el cojo. Entre todos compartían cuatro literas; entre ellos, de cierta forma, también hacían de las suyas y jodían y fumaban como muchachos que eran. Uno de los inolvidables era Andrés el Diablo, con su costumbre de picar los cigarros a la mitad para que le duraran más. Aun así, era altruista: cogía medio cigarro, le daba una cachada laaaaarga y luego lo compartía con sus siete compañeros hasta que, por supuesto, el último terminaba con la colilla baboseada y casi siempre quemándose los dedos.

Si bien Miguel nunca hizo nada meritorio para ganarse su amistad salvo entregarle, siempre, la colilla a punto de quemarle, no fue hasta que tuvo su encontronazo con el Benéfico que se dio cuenta de que Miguel era un hombre de principios, un hombre que podía ser su amigo. Al Benéfico le decían así porque había sido criado en un hogar de beneficencia, pero no le gustaba que se lo recordaran. Siempre se molestaba, siempre solía responder de mala forma y raras eran las ocasiones en las que no se veía envuelto en broncas por alguna nimiedad. La vez que tuvo su encontronazo con el Benéfico, todo fue por una caja de fósforos. Se le acercó, el Benéfico estaba sentado de espaldas y le dijo:

—Oye, Benéfico, préstame los fósforos ahí para encender.

El Benéfico se paró, tampoco era tan alto, sino más bien enano —de ahí, quizá, su complejo de inferioridad (nunca mejor dicho)—, y le respondió:

—A mí nadie me dice así. Mira a ver con quien tú hablas.

Le molestaron esas palabras retadoras y cuando ya tenía el puño cerrado, preparado para asumir la situación, Miguel se apareció junto a los demás para disipar la tensión. Comenzaron, igual, a decirle Benéfico, y éste, entre manoteos y malas palabras, tuvo que retirarse. Nunca más tuvo confrontación directa con el Benéfico, a pesar de las historias repulsivas que se regaron por la beca, como la de Valentín, un gordito gago, tímido, que los padres habían becado ahí para que se endureciera con la vida, sin saber que en vez de eso le apostaban al sentido contrario: muchos padres ni lo sabían pero en vez de fortalecerle el carácter a los hijos, lo que los mandaban era directo a la boca de los lobos. A Valentín le sucedió que, por insistencias y a saber sino también por alguna cañona, otros de la beca lo vieron chupándole el rabo al Benéfico. Cuando Valentín se enteró de que todos se enteraron, no tuvo más remedio que salir corriendo. Huir con la vergüenza a rastras hasta que la vida o los pies se le gastaran.

La última vez que vio al Benéfico, de casualidad, fue igual un día de su cumpleaños.

La última vez que vio al Benéfico, de casualidad, fue igual un día de su cumpleaños, pero si mal no recuerda, cumplía cuarenta y cinco años. Salía de casa de Miguel con un regalo en las manos y el hombre que barría las calles, por su tamaño de gnomo, le recordó al Benéfico. Se le quedó mirando, le faltaban tres dedos de la mano derecha y cojeaba, casi que arrastraba la pierna izquierda. Nunca olvidó ese día, por ese detalle y porque, como la situación del país estaba en su punto más crítico: Período Especial, no había nada, no había ropa, zapatos, nada que se pudiese regalar por un cumpleaños, a Miguel, por idea de su madre, se le ocurrió regalarle un pozuelo con dulce de fruta bomba. Lo que importaba era el detalle, un regalo.

—La cosa está pelúa —le dice Miguel y se deja caer sobre el sofá. Se bebe el vaso de agua como si su vida dependiera de ello.

—¿Quieres más?

—No, deja. Siéntate, mira lo que te traje.

De su mochila, Miguel saca una pasta dental, un jabón y una cuchilla de afeitar —falta que le hace, a ver si se quita de una vez las raíces canosas que le crecen en el mentón—. Lo agradece, con una sonrisa. Piensa que no tenía por qué hacerlo, compadre, la cosa está difícil y conseguir pasta dental solamente es un dolor de cabeza. Los precios están desorbitados, los enseres perdidos.

—No te preocupes, coño. Y espérate, que falta lo mejor. Este es un regalo más emotivo, y te lo traje porque me acordé de mi mamá antier. De verdad que no tenía nada que traerte, coño, y me acordé de esto y lo hice hoy mismitico —y de su mochila saca una jaba que tiene adentro un pozuelo con dulce de fruta bomba—. Pero, esta vez, por lo menos te puse una lasquita de queso.

Agarra la jaba, saca el pozuelo y no sabe qué decir. Hay un silencio que se le engarrota en la garganta y, sin que las palabras medien, el gesto de su cara, los ojos aguados y la mano abierta en espera de recibir un apretón del amigo, sirven de agradecimiento. O al menos cree que sirvan.

El resto de la tarde se les va entre recuerdos y sonrisas, mirando cada cierto tiempo los vasos vacíos con deseos, por supuesto, de rellenarlos milagrosamente, y preguntándose uno a otro qué habría sido de la vida de Pupy Carmenate y Pupy el Cojo, de Lachy, de Caramelo, de Andrés el Diablo, de El Cojo. En un momento de silencio, por fin, suena el teléfono. Se pone de pie para contestar: ojalá sea de Bulgaria, o de Nantucket, o Kentucket, o de donde quiera que esté su hijo. Ojalá, suspira.

Emmanuel Montes Álvarez
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