XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Inés

martes 29 de agosto de 2023
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a R. L.

Es domingo por la noche, estoy en mi departamento, miro la televisión. El teléfono suena. Contesto: ¿Hola?… ¡Pepe!, grita una mujer. Reconozco esa voz, sé quién es. ¿Inés?… No entiendo lo que dice a continuación. Habla rápido y trabado. Suena exaltada, angustiada. Menciona las palabras “perro”, “loco”, “auto”, “hombre” y “las palmas”. ¡Pará un rato, Inés! Decime, ¿estás bien? Ella parece calmarse, tomar aire, relajarse. Sí, estoy bien, estoy en mi auto, estoy bien, tengo las puertas y las ventanas cerradas, pero el tipo este no me deja ir… ¿Tipo? ¿Qué tipo? ¿Quién?… Escucho voces, gemidos. ¡No, no, no!, grita Inés. El sonido de un golpe pesado llega a mis oídos. ¿Inés? ¿Qué fue eso, Inés? ¿Dónde estás? ¿Inés?… ¡En alguna calle de Las Palmas!, y otra vez dice que está encerrada dentro de su auto y que hay un tipo afuera que no entiendo exactamente qué hace, pero la tiene aterrorizada. ¡Vení, Pepe, por favor, sólo vení! ¡Ok, Inés, esperame, no te movás, voy para allá! Cuelgo, tomo las llaves del auto y parto.

Llego a Las Palmas diez o quince minutos después. Hace años que no vengo a este lugar. Es un barrio residencial y pequeño, de pocas calles y exclusivo. Las aceras están vacías, no hay gente caminando sobre ellas. Llamo a su teléfono una, dos, tres, varias veces. Ella no contesta. Acelero, recorro las calles hasta que encuentro la movilidad de Inés. Es una vagoneta gris y llamativa. Bastante grande, último modelo. Soberbia e impoluta; detenida en una esquina, bajo una luminaria pública. Tiene los faros delanteros encendidos. Estaciono detrás de ella. Desde mi asiento logro ver la silueta de Inés, sentada, dentro del vehículo. Suspiro, me alivio. Apago el motor, salgo de mi coche y me acerco. Avanzo por la vereda, con cautela. Estoy agachado, agazapado. Alguien murmura, me detengo. Espío y entonces lo veo: es el hombre del que Inés me habló. Está de pie, frente al vehículo, iluminado por los faroles. Es un tipo pequeño, tal vez de mi estatura. Podría tener entre treinta y cincuenta años. Tiene el torso desnudo y el cuerpo cubierto con fango, barro, suciedad. Flaco, es demasiado flaco. Usa jeans gastados y está descalzo. Me muevo con sumo cuidado, sin dejar de mirarlo. Su barba larga y desordenada es una mancha. El cabello sobre su cabeza es un revoltijo de rastas. Su rostro entero se asemeja a un borrón, art brut, un dibujo infantil hecho con carbón. Y esos ojos, ¿cristalinos?, ¿vacíos?, ¿transparentes? Con una mano, tanteo por sobre los bolsillos de mi pantalón. Mierda, dejé mi teléfono en el auto. Hay tanto silencio en este barrio. El tipo lleva la bragueta abierta y su pene erecto fuera. Se masturba con la mano derecha y, con la izquierda, se acaricia el pecho enlodado, grasiento, pringoso. Jadea, saca su lengua. Es larga, ondulante y brillante; repleta de llagas negras, rojas, grises, blancas. Doy un paso en falso. Tropiezo y golpeo mi brazo izquierdo contra el costado del auto, pero no caigo al suelo. El dolor es punzante y terebrante, pero yo no me quejo, no me muevo, me quedo quieto. Observo. El tipo no se ha dado cuenta, no se ha percatado de mi presencia. Llego a la puerta y miro por la ventanilla, hacia adentro. Inés está allí, sentada, mirando al hombre y sujetando con fuerza al volante. Inésssss, murmuro y doy golpes suaves al vidrio. Ella vuelve el rostro, me mira…, y tengo la impresión de que sus ojos no sólo parecen haber perdido su color, sino que, de hecho, son idénticos a los del indigente: ¿cristalinos?, ¿vacíos?, ¿transparentes? Se despabila, aprieta un botón, despega la puerta. La abro e ingreso a la vagoneta. Caigo en el asiento y… ¡Pom! Sin quererlo, víctima de los nervios, he cerrado la puerta con fuerza. Uy, perdón, digo. Inés no contesta. A pesar del estruendo, el hombre no se ha alterado. Sigue de pie, frente a la vagoneta. Para él sólo existen su pene y la mujer dentro del auto. Hola, Inés, susurro. Hola, Pepe, dice Inés. Durante segundos, no hablamos. Ella mira al hombre, yo observo el perfil de Inés. Tiene la boca abierta y los labios pintados de rojo intenso. Aun así, desconcertada y asqueada, se ve hermosa. Su cabello negro, largo y lacio es una ligera caída de agua. Su perfil es perfecto, una porcelana. Viste camiseta blanca. Puedo ver los tiros negros de su sostén. Su pantalón oscuro y apretado me hace imaginar las carnes bajo la tela. Pienso: ¡Mierda, mierda, Inés! Escucho un gemido agudo, tímido y pueril. Vuelvo la vista hacia los asientos traseros y noto que están repletos. Maletas, cajas y bolsones; ropa suelta, zapatos, tacones; percheros, blusas y vestidos que cuelgan de ellos, y… ¿un perro? ¿Y ese?, pregunto. Me lo encontré, responde Inés. El animal gime otra vez. El tipo afuera, en la calle, se masturba, relame su barba, jala su verga, estira la lengua. Inés lo observa. Yo miro al perro. No es un animal de raza. Debe tener sarna, pulgas, garrapatas. Es escuálido y blanco, o gris o café, no estoy seguro, no hay luz, está oscuro, no lo sé. Está hecho un ovillo, bajo las bolsas y maletas, detrás del asiento de Inés. Sucio. Es demasiado sucio e inmundo. No es más que un perro callejero, pero esos ojos negros… Hola, chico, digo. ¡Ayayayayayay!, chilla Inés. Miro hacia la izquierda, hacia el asiento de Inés, y allí está el indigente; de pie y fuera de la vagoneta, frente a la ventana, frente a ella. El hombre alza el brazo y golpea el vidrio. La palma de su mano deja una huella grasienta. ¡Oye!, grita Inés. Yo no sé qué hacer. Mis ojos no dan crédito a lo que ven. El sujeto ríe a carcajadas, eructa, se masturba, abre la boca, saca la lengua, lame el vidrio, lo besa. Su saliva se derrama, cae, se arrastra. Ese líquido traslúcido, tan reluciente y radiante, no puede haber salido de él. Inés coloca su mano sobre la palanca de la caja de cambios. La empuña. Yo toco uno de sus hombros y sitúo mi otra mano encima de la suya, en la palanca. Inés se aleja de la ventana y se inclina hacia mí, dándome la espalda. ¿Inés? ¿Quién es este loco, Inés? No sé, Pepe, no sé. Mis labios tan próximos a su oreja, su arete dorado y el perfume dulce en ella. Los segundos pasan. Inés suelta la palanca y se acerca a la ventana. Mi mano queda suspendida, detenida. El hombre también acerca el rostro y observa. En silencio, Inés y el indigente se examinan, apenas separados por el vidrio de la ventana. ¿Inés?…

Una persona atractiva y educada cae bien de entrada.

Ella tenía veinticuatro y yo veintisiete cuando nos conocimos. Acababa de abrir mi revista de arte y cultura, era el director editorial. Inés formaba parte del equipo de trabajo, era vendedora de publicidad. En la oficina ella casi no hablaba, no interactuaba, pero se ganó el respeto de todos. Una persona atractiva y educada cae bien de entrada. A veces llevaba a su perrito. Un caniche horrible, diminuto, una rata. Un ser débil, ridículo, insípido, insulso. Pero en fin, era su mascota, ¿quién era yo para prohibirle que lo posara sobre su escritorio? Además, Inés cumplía: vendía, conseguía clientes, era eficiente. El resto de nosotros jugaba a trabajar. Festejábamos cada nueva edición con increíbles borracheras. En esas épocas mis hábitos de consumo empezaron a salirse de control. Inés no participaba de esos excesos. Ella era de otra clase, de otro tipo. Vestía siempre de negro, eso me agradaba. Una tarde salí de mi oficina, ingresé a la sala de ventas y anuncié: ¡Voy a la tienda! ¿Quién me acompaña? ¡Yo!, respondió Inés. Me sorprendió. Nunca habíamos pasado tiempo a solas, nunca habíamos hablado. Fuimos, caminamos. Durante el trayecto conversamos acerca de muchas cosas que ya olvidé, cosas sin importancia, de todo y de nada, a la vez. En algún momento me dijo: Nosotros no somos como los otros. ¿Nosotros?, pregunté. Sí, nosotros, repitió. ¿Quiénes nosotros? ¿Vos y yo? Sí, Pepe, vos y yo. No quise saber más, hubiese sido peligroso averiguar. Siempre fui así: temeroso, ansioso, miedoso. Tras esa conversación —al menos para mí— Inés y yo compartimos una complicidad, un secreto, algo único y singular. Éramos diferentes, especiales. Así lo dijo ella esa tarde y yo, por supuesto, le creí.

El indigente se aleja y se sienta sobre la acera. Observa sus pies repletos de callos. Parece cansado. Miro el reloj: diez y cuarenta de la noche. Pienso: ¡Mierda! ¡Mierda, Inés!… ¿Llamaste a la policía, Inés? Sí, Pepe, hace media hora llamé. Bueno, pero, ¿qué hacemos?, ¡vámonos de acá!, ¡arrancá!, ¿o qué pasa?, ¿no podés manejar? No, no, Pepe —dice Inés—, es que no sabés, no entendés. Su respuesta vaga no me extraña. Estoy habituado a esos acertijos y adivinanzas. Me enferman, me aburren. Ella no lo sabe, nunca se lo he dicho. El hombre aún está sentado sobre la acera. Inés mira hacia el frente, pero no sé si observa al indigente, o a alguna otra cosa más lejana, más abstracta o dolorosa. Pero, explicame, Inés, ¿qué mierda es lo que no sé? ¡Puta, la mierda, carajo! —grita Inés—, ¡callate!, ¿me entendés?, ¡si no sabés nada mejor ni hablés! Ok, me digo, lo mejor será calmarse, no incrementar el drama, callarse. Inés baja la vista. Su cabello cae, le oculta el rostro. Lleva ambas manos al volante y lo aprieta con fuerza, incrusta sus uñas en él. Endereza la espalda, mueve los hombros, estira el cuello, frunce los labios, se acomoda el cabello, parpadea. Vuelve el rostro y me observa. ¿Qué es lo que Inés ve cuando me ve? Esa mirada nunca la lograré entender. Y una vez más me digo: en verdad esta noche sus ojos son transparentes, como los del indigente… Inés suelta el volante y se da la vuelta. Estira el brazo y acaricia al perro. ¿Cómo estás, lindo?, dice. Mi chiquitito, mi pechochito, ¡ay de hemocho él!, ¡ay de lindo, lindo, liiiiiiindo! El animal agita la cola. Es apestoso, inmundo. Todo esto me parece tan absurdo e inútil. Una pérdida de tiempo y esfuerzo. Un embrujo, un círculo vicioso. La treta de un demonio. ¿Inés?…

En 2013 Inés viajó a Estados Unidos. Estuvo un año en ese país. Para mí su partida fue algo muy bueno. Ella había cometido tantos errores conmigo. Sin saberlo, me había herido. Durante su estadía en Washington, no nos comunicamos. Yo observaba las imágenes que compartía en Facebook, leía los estados en su perfil, sus comentarios. Semanas antes de emigrar, realizó una sesión de fotos eróticas. Un colega mío la fotografió. Yo no asistí, no quise ir, una amiga en común la acompañó. Esa tarde, como a las seis y media, mi colega me llamó. ¡Viejo, Inés está en la clínica!, me informó. Se había intoxicado con alcohol. Había bebido para perder el temor, para no sentir vergüenza al posar desnuda, para liberarse y desinhibirse. Se excedió. Según me comentó mi amigo, Inés gritaba mi nombre, preguntaba por mí, deseaba que yo estuviese allí. La visité en la clínica, al día siguiente. Ella ya estaba consciente, pero no recordaba el incidente. La noche previa a su viaje me invitó a su casa, a la casa de sus padres en realidad. Charlamos, le ayudé con la maleta, vimos la televisión. ¿Te muestro las fotos? ¿Querés ver?, me preguntó. Nos sentamos en el sofá de la sala. Era una habitación amplia, elegante, pulcra y clásica, con un candelabro dorado en el techo y con las paredes pintadas de beige y blanco. Me mostró las fotos, las vi. Inés desnuda; sus pezones, piernas, muslos, curvas… Su vagina… La mujer más hermosa que había conocido. ¿Qué pensás?, me preguntó. Ehhhh, mmmm, puessss… Su cuerpo, caderas, curvas, pezones y tetas. Su vagina repleta de vellos; triangular, insistente y bella… Ehhhh, mmmm, puessss… Creo que salís muy bien, le contesté. Minutos después nos despedimos con un abrazo. A la mañana siguiente partió, se fue.

¿Pepe? —dice de pronto Inés—, ese tipo no puede andar libre, eso no está bien. Yo no sé qué responder. El hombre continúa sentado, ya ni siquiera murmura. Mi cuerpo suda. ¿Pepe?, dice de nuevo Inés y, mientras aprieta el volante, susurra: Lo dejé, Pepe, lo dejé…

Le dije que le amaba y ella no me correspondió. Suficiente información.

Cuando retornó de Estados Unidos, a principios de 2014, volvimos a la rutina de antes: salir, divertirnos, beber, reír. A las pocas semanas la situación se tornó inaguantable para mí. Decidí sincerarme con Inés. No entraré en detalles. Le dije que le amaba y ella no me correspondió. Suficiente información. El tiempo se encargó de alejarnos. En ese entonces mi revista se iba a pique. Pocos meses después mis socios y yo la cerraríamos. Tras el fracaso laboral me alejé del periodismo cultural. Ingresé al negocio familiar, en búsqueda de estabilidad económica. Renuncié a la escritura y me entregué a la apatía. Fui relativamente feliz. Un hombre sin ambiciones, deseos o presiones. Había dinero suficiente para comida, bebida, joda, estupefacientes, viajes. Fue una espiral descendente, lenta y agradable. Durante esos años me enteré del matrimonio de Inés. Se casó con un hombre mayor, un banquero, un gerente financiero. En fin, no lo sé; pero era un tipo con dinero y éxito. Yo me encontraba entre la espada y la pared. Aún estaba en la empresa familiar, pero las cosas no iban nada bien. La vida que en principio me pareció plácida se había transformado en un infierno. Una noche terminé en la sala de emergencias del Hospital Japonés. Semanas más tarde unos policías vestidos de civil me secuestraron, me voltearon, me vaciaron las cuentas y luego… Una madrugada le dije a mi dealer que le había pagado con un billete de doscientos pesos, que me debía el cambio. El Negro —ése era su apodo— entró a mi auto, se sentó a mi lado, sacó una pistola y, mirándome a los ojos, dijo: Andate ahorita mismo, loquito… En otra ocasión desperté dentro de un motel, desnudo y sin dinero. A pesar de esos y otros sucesos, no escarmenté. Continué con los excesos. Debió ocurrir algo mucho peor para que yo dejase el hábito. Algo que, al recordarlo incluso años después, aún me hace estremecer. No fue sencillo deshacerme de mis adicciones. Luché, pero lo logré. Me sobrepuse, me limpié. Llevaba casi un año sobrio cuando Inés reapareció.

Dentro del auto ella me dice que lo dejó, que hace tres días se lo comunicó, pero que no tenía dónde ir, así que buscó un departamento y lo alquiló, y que recién esta noche se animó a sacar sus cosas de la casa. Falta más, mucho más —me aclara—, pero ya está, lo importante era dar el primer paso, hacerlo. Está muy bien, Inés, le contesto y me pregunto si sus padres estarán al tanto. No se lo consulto, prefiero no saberlo. Así que lo dejaste, Inés. Sí, lo dejé. Callamos. Respiramos. Durante estos breves segundos todo parece estar bien, hasta que el hombre se pone de pie, se posiciona frente a la vagoneta, abre la boca, toma aire, infla los pulmones, hincha el pecho, cierra los ojos, vocifera: ¡Quiero mi perro! ¡Mi perro! ¡Mi perro, perro, perro! ¡Dámelo! Inés y yo no nos movemos. El animal en el asiento trasero se inquieta. Ladra, gime, aúlla. Las luces de los faroles hacen más visibles las manchas de grasa, barro y mugre en el cuerpo del demente. Detrás de él, sobre el asfalto, su sombra se agiganta. Es un tipo muy pequeño, pero su presencia impone miedo. Zapatea, golpea al aire, salta, da patadas. Su voz es rasposa y poderosa. Se da la vuelta y nos muestra la espalda. Estira los brazos y ¿qué veo? ¿Un tatuaje debajo de su cuello? ¿Qué es? ¿Un barco? ¿Una cruz? ¿El rostro de una mujer? ¿Una calavera? ¿Un ser alado? ¿Cuernos? ¡Aaaaarrrrggggghhhhh! —grita a todo pulmón—. ¡Asmodeoooo! ¡Asmodeoooo! ¿Pepe? —susurra Inés—, no pude llevarme a mis gatos, Pepe, los dejé…

Reapareció con una llamada. Leer su nombre en la pantalla de mi teléfono me extrañó. Si no hubiese estado de buen ánimo, sobrio y descansado, no habría contestado. Pero hace un año, cuando Inés llamó y retornó a mi vida, los tiempos habían mejorado. Había optimismo, esperanza e incluso anhelo de amar. En fin, ella llamó, yo contesté. Escucharla me alegró. Charlamos un buen rato. Me dijo que me extrañaba y yo le respondí lo mismo. Me invitó a mirar películas en su casa, pasar el rato. ¿Ahora? Sí, ahorita, venite. No le pregunté si su esposo estaría presente. Le dije que sí y partí. Llegué a su hogar cuarenta o cincuenta minutos después. Era un trayecto largo. Inés vivía en un condominio nuevo y privado, fuera de la ciudad, en la otra ribera del río, casi en medio del monte. Había veinte o treinta casas, la mayoría deshabitadas. La de Inés era la última de todas, la más recóndita, la más lejana. El reencuentro fue raro. ¿Qué reencuentro no lo es? Al poco tiempo estábamos en su cama —o, mejor dicho, en su cama matrimonial— y mirábamos una película a la que no prestábamos atención. La habitación estaba descuidada. Ropa y toallas en el piso, ningún mueble aparte de las mesas de noche a los costados de la cama. Lo más llamativo era el enorme vidrio que daba al patio trasero de la casa. Pero era de noche, no se veía nada. Inés me contó historias. Me dijo que un demonio la perseguía y que esa casa estaba tomada, maldita, endiablada. Me dijo que se dio cuenta de ello ni bien se mudó. Primero fueron sólo ruidos —dijo—, sonidos extraños, pasos. Con el transcurso del tiempo la situación empeoró. Puertas que se cerraban con fuerza, golpes en los roperos, cosas que caían al suelo. Las luces se encendían y apagaban sin explicación. Los gatos maullaban a la nada, siseaban, escapaban, sus pelos se crispaban. Luego la cosa se puso seria, peligrosa, siniestra. Iniciaron las agresiones y los empujones. Una noche me tiró por la escalera, me rompí la pierna, me contó. Yo la miraba y escuchaba, absorto y en silencio, desde un extremo de la cama. Inés estaba descalza y vestía un short negro y una blusa blanca. No usaba sostén. Me dijo que, últimamente, el demonio la atacaba mientras ella se duchaba. Mirá, dijo, y se puso en cuatro patas. De esa manera, lentamente y sin soltar su teléfono, avanzó sobre el colchón hasta llegar al sitio en el que yo me encontraba. Se acomodó a mi lado, con las piernas cruzadas. Su brazo derecho pegado a mi izquierdo. Acá, mirá, dijo y me alcanzó el teléfono. Lo agarré, miré. Primero, no entendí. En la fotografía, Inés estaba dentro de un baño. Aparecía de espaldas y con el dorso desnudo, al descubierto. Una toalla celeste cubría sus caderas y glúteos. Tenía el cabello húmedo. ¿Qué es esto?, pregunté y consideré la posibilidad de que fuera uno más de sus estúpidos juegos. Es mi baño, respondió. Ya sé, pero no entiendo, ¿qué se supone…? Inés llevó una mano hacia el teléfono y con sus dedos índice y pulgar agrandó la imagen. Mirá, ahí, en mi espalda, dijo. Y sí, lo vi, y mientras más lo observaba, mis ojos enfocaban y se acostumbraban a la luminosidad de la pantalla, y así, aquello que en principio era sólo una mancha roja en la espalda de Inés, poco a poco adquirió una silueta, una forma. ¿Es…, una mano?, pregunté. Sí, respondió Inés. Pero esa mano, aunque tenía cinco dedos, no daba la impresión de ser la mano de un humano. ¿Quién te hizo eso?, pregunté. El demonio —dijo Inés—, me empujó mientras me duchaba y me dejó esa marca. Todavía se nota, ¿la querés ver? No, Inés, dije y le entregué el teléfono. Me puse de pie y caminé hasta llegar a la ventana que daba al patio. Miré. Sólo oscuridad. Nada más que eso: oscuridad. Desde la cama, Inés continuó con su relato. Dijo que hizo exorcizar la casa, pero que eso no funcionó. Y que luego visitó a una demonóloga, una mujer que logró identificar al ser y que le explicó que se trataba de un demonio peligroso, celoso y posesivo. ¿Qué demonio?, pregunté, aún cautivado por la oscuridad que parecía engullir la casa. Inés nombró al ente, pero no recuerdo la palabra, la olvidé. Tengo miedo, Pepe, mucho miedo, confesó. Me di la vuelta, miré a Inés, le pregunté: ¿Qué dice tu esposo de todo esto? No me respondió. Miró la pantalla de su televisor y calló. Esa noche, al despedirme, le di un abrazo. Espero que estés bien, le deseé y entré a mi auto. Me alejé.

Encerrados. Inés, el perro y yo. Y el demente ahí fuera, muy cerca de la ventana cerrada de Inés.

Eso sucedió hace un año y esta noche de domingo, mientras miraba la televisión, Inés me llamó y me dijo que estaba en Las Palmas y que un hombre la amenazaba, así que subí a mi auto, manejé, encontré la vagoneta de Inés, ingresé a ella, y ahora, aquí estamos. Encerrados. Inés, el perro y yo. Y el demente ahí fuera, muy cerca de la ventana cerrada de Inés. El hombre se baja el pantalón, se alza en puntillas, golpea el vidrio con su verga erecta. El glande está manchado con una sustancia roja y oscura. ¿Sangre? En otra ocasión, en el pasado, le habría dicho a Inés que se calmara, que no se preocupara, que me tenía a su lado. Incluso habría intentado tomarle de las manos, darle un abrazo. Pero no esta noche. No después de todo. ¡No! ¡Mierda! ¡Mierda, Inés!… El tipo está sacado, ido, desquiciado. Veo costras en su pecho. Son heridas, cicatrices. Lame el vidrio y escupe. Grita: ¡Dame mi perro! ¡Es mi perro, carajo! ¡Es mío! ¡Dámelo! ¡No!, responde Inés y continúa: ¡Enfermo de mierda!, ¡abusivo!, ¡pervertido!, ¡sos un enfermo, un enfermo de mierda! El hombre, que ha escuchado atentamente cada una de las palabras que Inés acaba de gritar, se agacha y sonríe. No llego a contar más de seis dientes amarillentos, verdosos, oscuros, rojizos. Con calma, dice: Ya no quiero al perro, puta. La ausencia de violencia en su voz es espantosa. Un tono feroz, pero terriblemente en control. Hace un guiño y continúa: Ahora sos vos a la que me voy a coger. Cierra los ojos, yergue el cuerpo, eleva un brazo, lanza un chillido y, con ambas manos, golpea el vidrio de Inés. No logra romperlo, pero el auto se balancea. ¡Vos sabés que lo querés!, grita mientras camina y se posiciona frente a la vagoneta. ¡Vení, putita!, ¡animate!, ¡bajá! Inés no se mueve. Yo digo: ¡Mierda, Inés!, ¡tenemos que irnos de acá, Inés! ¡No, Pepe!, ¡es que no sabés!, ¡no entendés! ¡Pero explicame, mierda, puej! ¡Lo dejé, Pepe!, ¡lo dejé! Él estaba en la casa, yo sacaba mis cosas, ¡y no me dijo nada! Se quedó encerrado, en la cocina. ¡Yo estaba cagada de miedo, viejo! Puse todo lo que pude dentro del auto y me fui. ¡No hizo nada!, ¡no me dijo nada! ¡Me fui!, ¡lo dejé!, ¡me fui! Me subí al auto y me vine a Las Palmas. Estaba a vueltas, buscando el edificio de mi departamento, y en eso veo a esta sombra, este tipo que arrastra algo. ¡Estaba lejos! Como a una cuadra de distancia. Y entonces me acerco y lo veo. ¡Lo veo! Elevo las luces, lo ilumino. ¡Y lo veo! ¡Pepe!, ¡lo vi! Era este tipo. ¡Este tipo! ¡Así!, ¡cochino y chuto! ¡Con el pichi al aire! Tenía al perrito agarrado de una pata trasera. ¡Y lo arrastraba! El animalito tenía la lengua afuera y sangraba… O sea, ¡Pepe!, no sé si de su culo o de… ¡no sé!, ¡no sé!, ¡pero sangraba!, ¡sangraba! ¿Entendés, Pepe?, ¿entendés? ¿Entender qué, Inés? ¡Mierda!, ¿no te das cuenta? ¡El tipo con su pichi al aire, arrastrando al perro y el perrito largando sangre! ¡¿Qué creés, puej?! Ahora sí —pienso—, por supuesto que entiendo, Inés, por supuesto. No tengo nada por decir, ni siquiera puedo controlar el vendaval de pensamientos que surcan mi cerebro. El hombre no se ha movido. Continúa de pie, frente a la vagoneta. No grita, no delira. Se limita a mirar a Inés. Ella toma aire, suspira. Mi corazón late muy de prisa. El perro gime. No aguanto el calor, tengo que irme… Respiro, me tranquilizo. Entiendo, entiendo, Inés, le digo, claro que entiendo… Inés habla otra vez: ¡Viejo, no aguanté! Estacioné, me bajé del auto y… ¡No sé cómo!, pero me fui hasta donde estaba el tipo y ¡no sé la verdad!, ¡no sé cómo hice! ¡Lo empujé, me tiré encima de él!, ¡lo arañé, lo pateé, lo puñeteé! ¡Hice de todo! ¡Pero le quité al perro! ¡Sí! ¡Se lo quité! ¡Y lo metí a mi auto! ¡Y yo también me metí y pegué las puertas! Y… Y….Y luego te llamé… te llamé… Acaba de susurrar esas últimas palabras y las siguientes las dice en voz aún más baja: Y ahí está el tipo… Que me asusta y me amenaza y mierda, ¡mierda! Miralo a ese enfermo, abusivo de mierda. Lo quiero ver muerto… Muerto… Muerto… Apenas logro escucharla. Las manos de Inés están mugrosas, sucias. Hay manchas de barro en su camiseta. El rastro de un arañazo en uno de sus brazos. ¿Cómo es que no me percaté de esos detalles antes? Dentro de ella corre un torrente de tristeza, un desborde de sensaciones, pero su rostro es un sólido dique de contención. Inés, la insaciable. La devoradora y destructora. Inés, una droga. Y el hombre frente al auto, su bragueta abierta, el pene erecto, el cuerpo asqueroso al descubierto, la mirada perversa. Inés lo contempla. Suspira y pestañea. Una idea germina en su cabeza. Aferra el volante con su mano izquierda y con la derecha acciona la llave, da ignición. Enciende el motor y coloca primera. ¿Inés?…

Eva Sofía Sánchez Exeni
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