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Esta envoltura mortal

jueves 7 de septiembre de 2023
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Opening his desk drawer he brought out the I Ching and laid the two volumes on the desk. So much to ask the sages. So many questions inside me which I can barely articulate…”.
Philip K. Dick, The Man in the High Castle.

Tres de la mañana; ni la luna ni las estrellas eran visibles tras la diminuta ventana que daba a una serie uniforme de edificios de mediana estatura y rascacielos recién construidos. Venían desde afuera los llantos de los hambrientos y desquiciados que deambulaban entre charcos y asfalto. De vez en cuando un dron patrullaba la zona anunciando con su parlante la hora en la que iniciarían el toque de queda y los ejercicios matutinos de desinfección de calles y superficies. En los canales clandestinos a los que de vez en cuando J. K., como desde niño lo llamaban, lograba acceder desde la red oficial, se rumoraba la presencia de decenas de toldos blancos y contenedores reacondicionados en Pingdingshan para albergar a quienes no hubiesen cumplido las reglas de higiene adoptadas desde inicios de la década pasada.

Cada ruido, en especial los que parecían venir de los recién nacidos, que a veces se confundían con los alaridos de los perros callejeros, le eran insoportables. J. K. no hallaba el día en que cesaran. Pero a veces creía que era él quien debía desaparecer. Sin embargo, guardaba la esperanza de que sucediera lo que había leído en alguna ocasión en un libro de un tal Macedonio Fernández: “La humanidad pondrá por fin sus ojos en lo no visto, en una muestra de lo nunca habido”. No solía leer fuera de la red, pero lo había encontrado entre unas tablas arrumadas que él se rehusaba a ver como lo que alguna vez fue una biblioteca física que había dejado el dueño original de ese tugurio donde vivía… o al menos sobrevivía. Estaba solo allí desde que su mujer lo dejó porque tampoco soportaba la presencia de un tipo que no era capaz ni de bañarse los dientes a la hora correcta ni de asistir a los exámenes periódicos de sangre y heces que todo digno ciudadano se realizaba si es que pretendía tener un trabajo o ir a la escuela, a la universidad.

Ya se había tomado cuatro tazas de café, junto con un par de Adderall XR que le habían recetado desde que lo vieron torpemente distraído con una hormiga acromyrmex de color rojo trepando en su pupitre del salón en la escuela secundaria. Empezaba a sentir la quietud y la desolación que surge antes de la horrible sensación de nudo en el pecho, precipitada por la percepción de estar muriendo. Ya estaré bien, esto pasará. Una sensación que le recordaba con certitud el hecho de estar vivo y que le conducía a seguir adelante; sensación con la que había aprendido a coexistir con los años sin terminar lanzándose por una ventana.

Se sentó frente al Oráculum que para entonces se usaba cual sistema operativo a base de algoritmos.

Para calmar las ansias se sentó frente al Oráculum que para entonces se usaba cual sistema operativo a base de algoritmos que realizaban predicciones sobre todo tipo de inquietudes y pesquisas, un sistema constituido de una serie de operaciones de machine learning. Todo esto lo hacía sin necesidad de estar conectado a la red, donde cualquiera terminaría rastreado.

“¿Adónde va el sujeto poshumano descorporalizado?”, indagó digitando en el mugriento teclado análogo que conservaba desde la niñez por costumbre. Buscaba saciar la duda que hacía días le aquejaba y no se había atrevido a consultarle.

—¿Qué quiere decir eso? —respondió la máquina con una voz que se parecía a la de su ex esposa—. ¿Por qué le preocupa la respuesta? ¿Qué es…?1

Y, como en una segunda voz, el Oráculum se dijo a sí mismo:

La biología del amor… por la naturaleza de la vida. O es…

Y así concluyó la idea, o la dejó en veremos, quizás como en su época lo hacía la tía que le leía el cuncho del café a su madre, acontecimiento que lo había incitado a consumir esta sustancia desde los diez años, principalmente por la curiosidad suscitada por las figuras que hallaba en su oscura topografía.

 

La respuesta de la máquina y sus voces era estocástica, quizás algo melodramática, pero en el fondo sabía que llegaría al meollo de su pregunta. Así que insistió:

—¿Cómo puedo abandonar esta envoltura mortal?

Es muy importante que el lector se identifique con la historia de la vida —escribía el Oráculum más lento de lo que J. K. leía—. Los personajes nunca entran en un conflicto histórico o, por lo tanto, no se identifican con las personas… —concluyó.

J. K. repasó de nuevo las dos preguntas y las esotéricas respuestas del Oráculum, pero esta vez sin leerlas, sino más bien con la opción de habla activada. Empezó la máquina de nuevo con su acento de español peninsular, repitiendo las respuestas al menos unas tres veces. Pero J. K. ya volvía al ademán de su rodilla inquieta y su incapacidad de concentrarse más de unos minutos en una sola cosa. Además, sin comida en las entrañas, le era imposible razonar, llegar a conclusiones. El hambre, el impulso fisiológico que J. K. más detestaba, de nuevo irrumpía en uno de sus tantos intentos de clavarle los dientes al noúmeno. Así que aprovechó que ya era la hora de la pasta procesada de artrópodos que la municipalidad dejaba puntualmente a las 6 de la mañana en una caja de plástico frente a la puerta del tugurio todos los domingos, y se sirvió un plato entero que empezó a engullir sin preámbulo alguno.

Una vez saciada su necesidad fisiológica, retornó a su labor, no sin antes pedirle a la máquina que tocara algo de jazz, una versión sintética de “Night Lights” de Gerry Mulligan, quizás la única que recordaba de aquella época en la que aún ésta era una actividad social y valía la pena recordar los nombres de las piezas y sus compositores. Sonaba casi igual a la original, la misma que solía poner el maestro de música en la escuela al iniciar la clase, quizás con algunas variaciones en la melodía, que tal vez por cuestiones de nostalgia la máquina tendía a reproducir bajo el sonido de 8 bits de las consolas de videojuegos de los 80. Era evidente que, desde que las clases se daban a través de las pantallas, a partir de la generación subsiguiente a la de J. K., la música cada vez más se convertía en una mera irrupción cacofónica para los micrófonos y los parlantes en medio de los encuentros virtuales.

Una vez saciado de comida y música sintética, y bajo esa sensación de estar a punto de insertar la última pieza de un rompecabezas, digitó las palabras a continuación:

—El siguiente paso es…

A lo cual el Oráculum respondió, o continuó la secuencia:

El siguiente paso es… a la izquierda. Por carretera se cruza un túnel subterráneo al que le sigue la carretera A-660 que comunica con la ciudad de M. Por carretera no permite más en la hora de transición, únicamente si se cruza esta vía por la…

Era en aquella época en que aún se podía salir a pasear a los perros o trotar alrededor de los parques sin niños.

Recordó entonces aquella vez que había sido abordado en una esquina por un tipo de esos que patrullaban la ciudad por esos días —bata blanca, gafas de protección ocular, guates de látex y una Travor X95 de hace dos décadas, pero aún funcional y cargada al hombro con municiones de sobra en el chaleco bajo la bata. Extrañamente, a pesar de su apariencia aséptica, también un cigarrillo entre sus labios. Era en aquella época en que aún se podía salir a pasear a los perros o trotar alrededor de los parques sin niños, pero en la que fumar en la calle ya hubiese sido casi una causa de destierro de la ciudad. Recordó que el hombre aquel cuidaba la entrada de lo que parecía ser una diminuta puerta de acero bajo el puente elevado de una larga autopista.

—Ya sabes, las puertas siempre están abiertas —le había dicho expulsando humo de su cigarrillo sin siquiera agarrarlo con las manos de látex. Y el individuo no exageraba, pues aparte de un palo de madera atravesado, nada más parecía mantener aquella puerta cerrada.

 

J. K. dejó a un lado sus recuerdos y supo entonces qué debía hacer: se peinó en el espejo con el gel que no usaba desde la partida de su mujer y salió de su tugurio con un abrigo que había desempolvado hacía un rato camino hacia la puerta junto a la carretera que el Oráculum señalaba. Apenas había andado media cuadra sobre el andén agrietado cuando sintió la escasa brisa que venía de la telaraña de cuadras entre los edificios. La sintió en su rostro, que de inmediato imaginó desnudo, allí afuera en la intemperie de calles y cemento. La ansiedad lo colmó por un instante, así que no tuvo más remedio que regresar a su tugurio, ascender hasta los pisos del medio del edificio donde no sabía si vivían otros o si siempre estaba allí solo, pues nunca se topaba con nadie en el ascensor, que subía unos cuarenta o cincuenta pisos, pero que al reconocer su iris lo dejaba exactamente siempre en el veintisiete.

Una vez adentro, se puso la máscara negra que por cuestiones de etiqueta todos colgaban en el perchero al lado de la puerta, máscara que él siempre dejaba en el colgadero de las llaves. La ajustó bien a su nuca y salió tranquilo ya con el rostro cubierto y protegido de miradas o comentarios en caso de toparse con otro transeúnte.

Emprendió la marcha a eso de las 4 de la mañana, hora en la que más solía estar alerta. Y se fue por los andenes sin pisar las líneas divisoras, como lo había hecho desde niño, con una paz que no sentía desde que estaba con Tina, su ex esposa, quien a propósito vivía muy cerca de esta carretera. El Oráculum había calculado 43”46’ para su llegada a las faldas de la carretera A-660, pero debido a que era de paso rápido llegó en 38”32’ según calculó en su antiguo reloj, que al menos era bueno para medir el tiempo.

Esta vez nadie patrullaba la entrada y el palo de madera colgaba de un ala de la puerta, así que entró como lo haría un gato, sin siquiera empujarla, y se escabulló hacia el fondo, donde brillaba una luz de neón; se trataba de una silueta azul en forma de W, allá en el fondo, pero que a medida que se acercaba era más como una M al revés. Llegó al centro radiante de la letra y se detuvo. Esperó un buen rato. You are a meme, dijo una voz en inglés. You are a meme, insistió la voz mecánica. Con sus ojos acostumbrándose a la oscuridad logró ver un sillón rojo, pero al observar con detalle se dio cuenta de que era más bien uno de esos divanes que usaban los psicoanalistas de las películas antiguas. Se acostó en él y en el cielorraso dilapidado vio lo que era un Oráculum de los que todos tienen en sus casas y apartamentos, pero que tanto las autoridades como los propietarios pretenden no saber que todos tienen uno. Puso una mano en su pantalla táctil, más brillante, lisa y sofisticada que la que tenía en su tugurio. Y sintió la paz.

Iban apareciendo cada vez más seres postrados en sus divanes. Cada uno una envoltura de sí mismo.

A su alrededor, uno, dos, tres, cuatro, iban apareciendo cada vez más seres postrados en sus divanes, algunos notablemente deteriorados, con llagas y moretones en las partes descubiertas —brazos y cuellos— pero todos a gusto, solemnes y sonrientes. Cada uno una envoltura de sí mismo, envoltura axiomática que morfaba y suponía un meme irreferencial proyectado en el Oráculum de cada uno: a veces una palabra, a veces un olor, un color, un rostro, una escena blanco y negro, una en 3D. Desde su propio Oráculum, J. K. a veces se veía a sí mismo bailando sin sentido frente a una pantalla; luego posaba para las cámaras mientras comía una deliciosa pizza de pepperoni; se veía en playas con gafas de sol y una cerveza helada en su mano; se veía en cruceros, yates donde un DJ tocaba su música; también en recintos subterráneos en los que se bebía, se comía y se hacían orgías de todo tipo —con tomas detalladas y secuencias cinematográficas apuntando a distintos miembros y posiciones. J. K. por fin entendía las palabras de aquel Macedonio Fernández, “ponía sus ojos en lo nunca visto, en una muestra de lo nunca habido”. ¿Pero qué diría el Oráculum sobre el amor? Nunca se le había ocurrido pregunta tan obvia. Y así, la hizo en la pantalla táctil desde su diván. El aparato le respondió sucesiva y torpemente, inofensivo en sus declaraciones:

El amor es una energía que nos ayuda a crecer, comprender y conectar con los demás.

Es una fuerza que nos ayuda a sentirnos conectados, comprendidos y en paz.

Una forma de conectar el corazón, la mente y el alma.

—Qué torpe… —dijo como para sí mismo y sonrió en la calma que le colmaba. Para entonces ya se había quitado la máscara negra que cubría su rostro y su rodilla inquieta estaba más quieta que nunca. Con un pie en el suelo se alistaba para salir y tomar el primer tren fuera de la ciudad que no vería por un buen tiempo.

Juan Manuel Martínez
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Notas

  1. Diálogo en cursiva generado por ChatGPT.
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