Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Con el 15 en la espalda

jueves 5 de octubre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Cuando el último entrenamiento de la semana acababa, ya pasadas las seis y con esa penumbra lejana que rodeaba las afueras del estadio de Villa Hermosa, el profe Del Mastro nos daba la espalda, casi como un rito, y nos dejaba ir. Era su manera de decir que había visto todo o, lo que es lo mismo, que había visto a cada uno de nosotros, y que, en su mente, ya tenía armado el equipo que saltaría a la cancha el domingo. O, si jugábamos de visita, los que subirían al bus la mañana siguiente, rumbo hacia algún pueblo o ciudad. Porque ese era el ritmo de nuestro campeonato. Una semana jugabas de local, en Huancayo, y la otra de visita, en alguna localidad vecina. Y un día previo a cada viaje, tras finalizar los entrenamientos, la angustiante lista de los viajeros. Porque eran sólo dieciséis los que viajaban. Un tema de dinero y hoteles, de escasez de recursos y no sé de qué tantas otras cosas de las que siempre nos hablaban los directivos.

Y Marco Viceli, el Cabezón, como le decíamos todos, no estaba siempre en esa lista.

Es más, diría yo que eran más las veces las que se quedaba en Huancayo, entrenando con los suplentes, que aquellas otras en las que su nombre aparecía impreso en el papel. A diferencia del Fino Gutiérrez o de la Rata Mendizábal, cuya presencia nadie discutía, el Cabezón era eso, un pasajero intermitente y ocasional que raramente jugaba dos partidos seguidos.

Y es que el Cabezón, con el número 15 en la espalda y sus medias sobre las rodillas, no daba la talla para convertirse en el dueño del carril derecho del Deportivo Los Ángeles. Correlón e impetuoso sobre el césped (que en la mayoría de los casos era un terral), evidenciaba siempre esa lucha constante por dominar sus nervios y, muchas veces, carente de una adecuada técnica, dejaba traslucir su impotencia en esa rudeza que mimetiza siempre a los tercos y a los aguerridos. Entonces se exasperaba, perdía la calma y empezaba a caer cada vez más en errores, algo que lo llevaba a cometer faltas y hasta propiciar penales, llenándose muchas veces de tarjetas amarillas y, algunas otras, hasta de absurdas expulsiones. No, no era el mejor en su puesto. Pero tampoco merecía el desprecio. Y es que compensaba sus limitaciones con una disciplina férrea a prueba de noches, copas y tentaciones (siempre cercanas), amén de una entrega irreprochable en el terreno de juego. Tenía, pues, ciertos argumentos. Se le reconocía, por ejemplo, esa capacidad de imponer respeto ante sus rivales y saber impulsar al equipo en esos momentos difíciles, espacios oscuros e irreconocibles, en los que eventualmente caíamos, y en los que la frustración parecía traerse abajo todo el trabajo previo de la semana. Su fuerte, sin duda, era esa rudeza con la que amilanaba a sus rivales y que, mezclada con cierta falta de mesura, había sacado a más de un jugador rival de la cancha.

Cuco Fernández nunca le perdonó al Cabezón el haberlo retirado de las canchas con tamaña anticipación.

Sí, es verdad, nuestro número 15 a veces se excedía. Lamentable, por ejemplo, aquella jugada durísima, aunque leal, en la que se barrió para sacar el balón de los pies del Cuco Fernández, con tal mala suerte para el Cuco que, habiendo intentado quebrar hacia su derecha, colaboró involuntariamente en tan aparatoso choque. Como resultado, la fractura de la tibia y el apresurado retiro del fútbol de aquel moreno de 1,90 m de estatura al que la prensa deportiva local veía, además de aquel marginal a quien el fútbol había recuperado para la sociedad, como el nuevo ídolo de la región. Y aunque el juez ni siquiera cobró la falta (de hecho no existió), Cuco Fernández nunca le perdonó al Cabezón el haberlo retirado de las canchas con tamaña anticipación. Lo triste fue que, además de tan prematuro retiro, las circunstancias terminaron por llevarlo de regreso a ese mundo hostil, rodeado siempre de cuchillos, drogas baratas y amistades de dudosa estofa.

Pero esa no fue la única desgracia que nos sorprendió por entonces. Otros dos hechos, también inesperados, sacudieron la rutina de aquellos días. Por un lado, la inexplicable y repentina decisión que tomara el Cabezón Viceli de abandonar el fútbol apenas unos meses después de aquel ingrato episodio con Cuco, pero, sobre todo, un nefasto hecho que conmovió a toda la ciudad y en especial a cada uno de nosotros: el asesinato de uno de nuestros más jóvenes compañeros de equipo, Juan Chicamero López.

En resumen, días muy oscuros que difícilmente olvidaremos quienes, por aquella temporada, integramos aquel equipo del Deportivo Los Ángeles que se coronara campeón regional de aquel lejano año de 1985.

Pero bueno, para no perdernos en la historia, regresemos al Cabezón Viceli y a ese titularato que por entonces veía bastante lejano. De hecho, el dueño de ese carril derecho era la Bruja Melquiades, jugador de impresionante físico, muy técnico y de amplia experiencia sobre el gramado. Pero no sólo eso, pues como si no bastara aquella presencia, por ese lado también empezaba a jugar Juan Chicamero López, un chiquillo espigado como una caña y lo suficientemente hábil y veloz como para pelearle el titularato a cualquiera que tuviese al frente. Nadie imaginaba, por entonces, lo que sucedería con aquel muchacho de tez bruñida, pelo ensortijado y que todos en el club llamábamos Chicamero, y que sería asesinado en extrañas circunstancias. Sucedió la misma tarde que nos hicimos del campeonato. Un inexplicable crimen que quedó impune y que cortó de golpe todas las celebraciones previstas. Hoy, sin embargo, ya casi nadie comenta aquel hecho. No sé si por tratarse de un recuerdo algo borroso y difuminado por el tiempo o, quizá, porque la gente se cansó de tantos comentarios y especulaciones, algunas llenas de morbo y otras estúpidamente absurdas.

Chicamero, a diferencia del Cabezón, era toda una promesa en el fútbol huancaíno. De familia acomodada y con unos padres que habían estado siempre a su lado en su aún corta carrera deportiva, apenas bordeaba los diecisiete años. Disciplinado, de interminables calancas y con buen dominio de balón, guardaba además una sólida educación arraigada en la firmeza de un hogar católico y finamente pulida en el único colegio particular de la región. Respetuoso y admirador de la disciplina futbolística, supo siempre guardar cortesía con aquellos compañeros de equipo, algunos bastante mayores que él, a los cuales respetó con pulcra finura, tratándolos siempre de usted, incluso al Cabezón Marco Viceli, a quien desde su primer entrenamiento no dejó de llamar “don Marco”.

Fecha dieciocho o diecinueve del campeonato regional de 1985, no recuerdo bien, cuando la Bruja se ganó la tarjeta roja en medio de un embrollo extraño.

La historia del crimen de Chicamero empezó una semana antes, la tarde aquella que salió expulsado la Bruja Melquiades. Fecha dieciocho o diecinueve del campeonato regional de 1985, no recuerdo bien, cuando la Bruja se ganó la tarjeta roja en medio de un embrollo extraño. Una bronca que casi nadie entendió, pero que se inició (y terminó también) con un golpe de puño sobre el rostro del número diez del Deportivo Numancia. Alguna frase habría soltado el volante del Numancia, algo relacionado con su hermana, que despertó esa ira incontrolable. La Bruja llevaba el balón tranquilo, salía de atrás y sin rivales que lo marcaran, cuando, al parecer, escuchó algo que nadie más escuchó. Un instante fatal, como una ráfaga helada que sólo él pudo percibir. Más que suficiente. Se detuvo en seco, metió un puntazo al balón para sacarlo de la cancha, se acercó al diez rival y así, sin más, le clavó un certero derechazo, recto y seco, que lo tumbó de plano sobre el césped. Fue tan repentino que a todos paralizó, incluyendo a los jugadores del Numancia que se quedaron ahí, estáticos unos y serviciales otros, al lado del compañero caído. Lo que es la Bruja ni siquiera se molestó en esperar a que el juez le sacara la roja. Dio media vuelta, escupió sin mirar lo que brotaba del alma y salió sin prisa de la cancha. Ya con el partido por terminar y el triunfo asegurado (ganábamos 4-0 a falta de un minuto), nadie reemplazó a la Bruja, y si bien en algún momento pensamos que entraría el Cabezón, con su camiseta número 15, esto finalmente no ocurrió. A cambio el equipo se conformó con rotar el balón, y esperar calmadamente el pitazo final. Lo acontecido, sin embargo, creó una profunda inquietud entre la hinchada y la misma prensa, pues la siguiente fecha tocaba enfrentar, nada menos, al eterno rival, el Deportivo Arica. Y no eran tres puntos más. Era el partido clave, el definitivo, aquel que nos coronaría como campeones en caso de que lográramos el triunfo. Todo en medio de esa disputadísima lucha por el título regional.

Con lo meticuloso que era el profe, todos sabíamos que ni bien ocurrió lo de la expulsión de la Bruja, ya tenía en mente su reemplazo y que, aunque nadie sabía a ciencia cierta en quién recaería la responsabilidad, para nosotros esa decisión, fuese cual fuese, ya estaba tomada. Y aunque la incertidumbre reinaba entre la prensa deportiva local, en la interna todos pensábamos que sería el Cabezón Viceli quien arrancaría en el decisivo partido.

Los detalles de aquel encuentro final, la inclusión de Chicamero en vez del Cabezón y su posterior e inexplicable asesinato, tardarían muchos años en ser aclarados. Una historia que, en principio, tendría que haberse circunscrito al recuerdo de una memorable campaña deportiva, terminó por convertirse en una enrevesada y dolorosa secuencia de acontecimientos que, para poder ser develados, necesitaron diecisiete largos años y un encuentro casual entre dos viejos compañeros de equipo, el Cabezón Viceli y yo.

 

***

 

Me encontré con el Cabezón una tarde fría, de agosto, diecisiete años después de aquel aciago partido contra el Deportivo Arica. Nos cruzamos sobre la acera pálida de la vieja plaza Grau, ambos con un ticket en la mano, a punto de subirnos al tren que nos debería haber llevado hacia Chorrillos. Lo reconocí de inmediato. Vestía unos jeans descoloridos, camisa blanca de mangas cortas, inapropiadas para el húmedo invierno limeño, y una pequeña gorra con la que cubría buena parte de su incipiente calva. Yo debería haber ido hasta la estación de San Borja y él, el Cabezón, hasta la última, la de Plaza Villar, apenas a dos cuadras de su casa, como me enteré esa misma noche. Ninguno, sin embargo, pondría un pie en el tren hasta varias horas después.

Nos miramos sin decirnos nada; casi nos saludamos con esa mudez que sólo entienden los viejos amigos.

El encuentro se inició como se suelen iniciar los grandes encuentros. Nos miramos sin decirnos nada; casi nos saludamos con esa mudez que sólo entienden los viejos amigos y acudimos al abrazo sentido, caluroso y apretado, de esos capaces de trasladarnos a un déjà vu olvidado, de aquellos domingos de entonces cuando festejábamos abrazados la conquista de algún gol. ¿Había tiempo para una cerveza? Sí, claro que la había; siempre lo hay para estos casos. Vamos, vamos por ahí, le dije. Y así, sin mirar las calles y sin trazar un rumbo definido, caminamos algunas cuadras hasta llegar a un viejo bar que atendía en el primer piso del antiguo hotel Ritz. El hotel, como nosotros, ya no lucía igual, pero, también como nosotros, guardaba bajo el polvo de sus viejas paredes y tupidas telarañas muchos recuerdos que tocaba hoy desempolvar. Nos sentamos en la mesa más alejada de la puerta de ingreso. Luego la inevitable evocación del ayer.

El Cabezón y yo hablamos por largo rato, pero siempre de lo mismo. El fútbol, me dijo después de la quinta o sexta cerveza, me lo dio todo. Y esa frase sonó como suena una cortina que se corre para dejar todo a la vista. El silencio quedó ahí, flotando, a la espera quizá de alguna de mis preguntas. Fue entonces que decidí desempolvar la primera: “Pero te retiraste joven, ¿qué edad tenías? ¿Veinticuatro, veinticinco? Y además así, de golpe. Nunca más te vimos… ¿Por qué?”. El Cabezón me miró en silencio. Luego, con esas venas finas, coloradas, que empezaban a conquistar el fondo de sus ojos, continuó. “Nunca hubiera podido seguir”. Y repitió esas últimas palabras con una angustia asfixiante, como si al decirlas recordara de golpe que cargaba muchas deudas o que, simplemente, así intentara pagarlas todas, siempre le quedaría una que jamás podría cubrir. “¿Nunca hubieras podido seguir?”, le pregunté, repitiendo su frase. Y ahí fue cuando me contó lo del partido aquel contra el Deportivo Arica, de cómo se eligió el reemplazo de la Bruja, del tema ese de la maldita camiseta número 15 y todos esos detalles que antecedieron a esa desgraciada tarde de domingo, la peor tarde del mundo, la tarde en la que tres balazos le arrancaron la vida al buen Chicamero. Fecha dieciocho o diecinueve, no recuerdo con exactitud, la penúltima de aquel campeonato regional de 1985, pero la última para él.

Me lo explicó con calma, como quien sabía que sería la única vez que lo haría.

“No. Para entender esta historia, no basta con remontarnos a la tarde aquella que asesinaron a Chicamero…”, y se gastó una pausa, un vacío silente que pareció urgirle para tratar de recomponer fuerzas. “Esta historia venía de atrás, de nueve meses atrás, de aquel terrible partido en el que le rompí la pierna al Cuco Fernández. El Cuco, maldito delincuente…” y se interrumpió a sí mismo cuando de un solo porrazo llenó el buche con todo ese vaso recién servido de cerveza. “No sé si por entonces llegaste a escuchar esos rumores… pero el Cuco me la tenía jurada… me quería matar. Así de fácil… matar”. En ese instante levantó la vista y la clavó sobre la mía, como para asegurarse de que la frase se sepultara sobre mí. Sí, era cierto. Algo recordaba. Meses después del incidente con el Cuco, muchos rumores habían corrido sobre una venganza que el moreno le tenía preparada. Pensé en decirle que sí, que claro, claro que lo recordaba, pero la ansiedad me permitió tan sólo asentir con un movimiento leve de cabeza.

“Tuve amenazas. Muchas amenazas. Pero el Cuco no era tonto. Si él o alguno de su pandilla me atacaba, hubiera sido sencillo culparlo. En Huancayo, tú sabes, todos se conocían. No hubiera podido vengarse sin quedar en evidencia. Así que… y de esto sólo me enteré el mismo día en que mataron a Chicamero, contrató a un sicario de Lima para que se encargue del trabajito”.

Hasta ese instante la historia que el Cabezón contaba, no sólo parecía una confesión reprimida por años, sino además cargaba consigo una especie de expiación, hasta de un exorcismo, diría yo. Lo cierto es que el relato me mantuvo absolutamente inmóvil, incapaz de mover un solo músculo por temor de que algún gesto o una palabra inadecuada lo regresaran al silencio de todos estos años. Intrigado y ansioso, lo escuchaba con absoluta atención. En mi mente, sin embargo, no entendía la relación que podía existir entre las amenazas del Cuco Fernández con el asesinato, ocurrido semanas después, de Chicamero López.

La última amenaza ocurrió horas previas a aquel partido que debíamos jugar contra el Deportivo Arica.

“Me amenazó por meses: llamadas, mensajes, cartas anónimas… No lo hacía directamente, siempre a través de otros, pero yo sabía que era él, estaba seguro de que era él. La última amenaza ocurrió horas previas a aquel partido que debíamos jugar contra el Deportivo Arica. Y esta vez sí fue directa: ‘Hoy día te voy a matar’, me dijo una voz que percibí certera y decidida, con dejo capitalino, de limeño. No tuve dudas. Era el sicario que había contratado Cuco”.

Las palabras del Cabezón me trajeron una especie de laxitud en el cuerpo. Las respuestas, esas que había esperado por años, parecían buscar salida en su boca, como si de pronto las hubiesen liberado tras un largo encierro.

“Ahora… ¿recuerdas la expulsión de la Bruja? Ocurrió una semana antes del asesinato de Chicamero. Bueno, el profe Del Mastro debía elegir entre Chicamero y yo para reemplazarlo. Ninguno de los dos sabía quién sería el elegido, o por lo menos no lo supimos hasta que dio esa declaración en la radio. Fue en Radio Marginal donde lo dijo, justo la misma mañana del partido. Hasta ese momento no había soltado prenda el Profe. De pronto un periodista, no recuerdo quién, le dijo: ‘De acuerdo, Profe. Entendemos que no nos quiera decir el nombre de quién reemplazará a la Bruja, pero bueno, por lo menos díganos si es que será el de la camiseta número 15’. El Profe no pudo evitar sonreír y se lo dijo así, sin más: ‘Es correcto, acabaremos con su inquietud. Esta tarde arrancará el de la camiseta número 15’. Lo dijo así, fresco, con ese estilo ligero y algo socarrón que despertaba simpatía entre la prensa. Y todos, entre ellos Chicamero y yo, tuvimos claro que sería yo quien arrancaría en la formación inicial”.

Fue entonces cuando por primera vez lo interrumpí.

—Pero tú no arrancaste ese partido…

—Cierto, yo no arranqué ese partido. Te preguntarás la razón, sobre todo porque conoces cómo era el Profe, incapaz de soltar un dato falso a la prensa.

—¿Entonces…? —pregunté con absoluta impaciencia.

—Entonces nada. La única verdad es que ese día, el del partido, en lo único que podía pensar era en las amenazas de aquel sicario. Me lo había dicho con una frialdad que no dejaba dudas, ese día me iba a matar. Entonces tomé una decisión. Fui donde el Profe y le pedí que sea Chicamero quien arrancase ese día. Le dije mil cosas, mil razones, todas falsas, por las que no me sentía en condiciones de jugar… Lo único que quería era salir de Huancayo, escapar, irme a cualquier lugar, lo más lejos posible.

Y ahí sí que lo interrumpí. “Pero…”, y estaba a punto de preguntar cuál era la relación entre su ausencia en la cancha y el asesinato de Chicamero, cuando el Cabezón se me adelantó.

“¿No entiendes…? El Profe era un tipo serio, no jugaba con sus declaraciones y se había ganado el respeto de la prensa. No se iba a tirar para atrás después de haber asegurado que arrancaría el jugador con el número 15…”.

—Ese eras tú —le dije—, tú jugabas siempre con el 15 en la espalda.

Está bien, que juegue Chicamero. Y que se ponga la número 15.

—Era… era yo… Pero no tenía por qué ser yo. El Profe me vio tan mal cuando le pedí no jugar, que lo único que me dijo fue: “Está bien, que juegue Chicamero. Y que se ponga la número 15. No quiero que la prensa ande diciendo que soy un mentiroso”. Lo demás es historia. Chicamero se jugó un partidazo y todos festejamos aquel triunfo de 1-0 que nos llevó al campeonato de 1985. Nadie sabía, sin embargo, que ese sería su último partido. Y es que el sicario, que aquella tarde venía por mí, me tenía identificado como aquel que llevaría el 15 en la espalda.

Luego vino esa pausa interminable; después, como si al hablar buscara a alguien en el techo, continuó como para sí mismo…

“Esos tres balazos, los que te clavaron a la salida del estadio, no eran para ti, Chicamero, no eran para ti…”.

Y ahora sí que se vino un silencio eterno, uno de esos fríos, helados. Un silencio que nunca antes había sentido, de esos que te retuercen el alma, parten a la tarde y responden a cualquier pregunta que uno pudiera tener. Trastabillando, más por el dolor que por el alcohol, se puso de pie y empezó a alejarse.

Al hacerlo murmuró un adiós, o quizá un lamento, que sé yo, algo tan triste que no me hubiera atrevido nunca a interrumpir.

Enrique Vásquez Valladares
Últimas entradas de Enrique Vásquez Valladares (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio