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Derivaciones
(un cuento del libro La desilusión óptima del amor, de Cristina Rascón)

viernes 6 de octubre de 2023
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Cristina Rascón
Cristina Rascón (Sonora, México, 1976) explora las posibilidades del lenguaje científico como base para un relato sobre el amor y las relaciones. “Derivaciones” es uno de los textos de su libro La desilusión óptima del amor, publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana. Fotografía: Plinio Rivero

Del refri sacamos tortillas de harina.

El autobús sale en un par de horas. ¿Que si cuándo y dónde nos volveremos a ver? Pronto —respondo—, tú y yo nunca vamos a dejarnos de ver, la curva de la función que eres tiene puntos cóncavos y convexos de los cuales yo soy como una pendiente, como una recta que se cruza, tangente…

—No manches, Bren, ya no te metas esas cosas.

—El día que tú dejes de fumar cigarros.

—As you are witch.

—As you are bitch.

Te aproximas sonrisa y tabaco entre los labios, untas tu cuerpo sobre el mío como si estuviéramos en un concierto atestado con una población estadísticamente heterogénea cuya campana termina en la orilla de la pared y mi cama, en un departamento que has dicho es demasiado caro para ser de estudiante.

—No, somos amigos —sentencio.

—Amigos demasiado importantes —reitero.

Ríes entre dientes. Prendes la estufa.

—No te deseo —me convenzo en voz alta.

—No sería la primera vez que cogemos, aliviánate —respondes seguro de ti, armando algo en el sartén, como siempre.

“La desilusión óptima del amor”, de Cristina Rascón
La desilusión óptima del amor, de Cristina Rascón (Universidad Veracruzana, 2023). Disponible en la web de la editorial

La desilusión óptima del amor
Cristina Rascón
Cuentos
Universidad Veracruzana
Xalapa (México), 2023
ISBN: 9786078923151
134 páginas

Tienes razón. Ahora estamos por graduarnos, tú de física industrial y yo de mates aplicadas. Al inicio de nuestras carreras llegamos a tomar un par de materias juntos: cálculo diferencial, computación, inglés avanzado. Con la indiferencia que me caracteriza te abrí las piernas un par de ocasiones, como quien deriva una función f(x) que ya sabemos no irá a ninguna parte, pero es interesante por el mero placer de desdoblarla.

—No nos iría bien —me juro, te juro, en voz alta.

—¿Bien en qué?

—…

—Uuuyy… Pues esto ya parece contrato. Si te late, bueno; si no, pues ni modo —dices, tajante.

—Pues no me late.

—Pues órale.

—Pues OK.

Lo que no te voy a decir en voz alta es que la probabilidad de que mi sexo sea un arma letal es del 0.0000001% y eso tú no lo ves porque los físicos industriales no ven el mundo como funciones de probabilidades, sino como líneas de fuerza y tiempo —un tiempo que ustedes dicen que no existe—, e intuyo que nos ven flotar en modelos de espirales y hoyos negros, o eso supongo, creo suponer, antesupongo. Ya se sabe que la hermana física, si en algo se separa de las matemáticas, es por la experimentación.

¿Será por eso que experimentas con los cuerpos de tus amigas buscando no sé qué respuesta numérica a las múltiples derivaciones corporales? ¿Será por eso que yo, cuando hago el amor, no experimento cuerpos ni sensaciones, ni siquiera algún tipo de ternura impostada, sino que juego a demostrar que puedo no aferrarme a teorías cursis y conspiracionales de esa construcción que mi cultura quiere llamar de “El amor”, demostrar que puedo romper las hipótesis que el gran sistema socioalgebraico me ha impuesto como mujer mexicana? La fría sería yo, entonces; el sensible, tú: ahí está: demostración lineal de la futilidad del machismo: citar ejemplo.

—En todo caso, el cuerpo humano no es más que una estructura algebraica —habías dicho una tarde de lluvia, como retándome—, un conjunto de elementos con propiedades operacionales determinadas…

—¿Me estás tirando la onda?

—Te estoy proponiendo un tema de discusión.

—A-já.

—El cuerpo humano como un espacio vectorial, en mi caso; un anillo expansivo en el tuyo…

—¿Así o más albur?

—No me tomas en serio, morrita, te estoy proponiendo un tema… de discusión, pues…

Casi te hubiera creído si no es porque en ese punto subió tu mano por las curvas múslicas del anillo en cuestión, la incógnita que se expandía conforme el vector disimulaba menos su erección… Y sí, cómo no me voy a acordar, esa tarde con lluvia, estudiando para el examen final, las demostraciones pasaron contigo a un campo de consecuencias más bien horizontales. Álgebra sobre un cuerpo, te dije mientras dejabas caer el peso de tu estructura sobre mis senos y mi espalda.

Nunca aprobaste mis viajes hipérbolos en dimensiones psicotrópicas.

Isomorfa en mi dimensión… dije inquieta entre relámpagos, sobre la cama, arrastrando la lengua como un pensamiento migrante hacia la sábana. Tensión y risa. Isomorfa no, murmuraste circundando mis nalgas. Nunca aprobaste mis viajes hipérbolos en dimensiones psicotrópicas, mi búsqueda de la lógica matemática en: i) el caos de la vida cotidiana, ii) los sentimientos —tan inhumanos— y iii) la soledad, que ahora me pesa entre las piernas y me arde en la garganta.

—Me cae que eres bien rara —dijiste tras varias tazas de café (siete en total: me dio temblorina en la noche), después de coincidir en una clase en la que ninguno de los dos dejó de contestar las preguntas de la profe, como si fuera una subasta.

Tú sentado al fondo, en la última fila; yo hasta enfrente, de nerda. Tú de camisa de cuadros blancos con rojo y mezclilla bien azul, cinturón de hebilla, botas puntiagudas; yo con pantalones rotos, camisa de tirantes con hoyos sobre brasier naranja, zapatos morados de plataforma y una argolla en un dedo de mis pies. Me invitaste un café al único Sanborns de Hermosillo y contesté no wey, mejor invítame una pit-za que tengo hambre… A lo que dijiste órale, un poco sonrojado. Cualquiera diría que no teníamos nada que ver, pero dijiste que me vestía igualito que tu hermana. Y tú como mi padre, respondí sin aspiraciones freudianas.

Esa primera tarde de primeros cafés de refil (bien calientes, frente al chiflón del aire acondicionado), primera pizza que me comía completa en mi vida y primera cajetilla que te fumabas en una sentada, dijiste dos cosas significativas:

1)que habías conocido esa semana a dos personas nuevas e importantes para el resto de tu vida —que yo era una de esas personas— y

2)que había una teoría que le daba en la madre a todas las matemáticas.

—¿Cuál teoría?

—Pues resulta que ya se comprobó que, si divides un número infinidad de veces, cuando lo vuelves a juntar ya no es el mismo. Ya se perdieron parte de sus decimales en el proceso.

—Ay, no mames, no puede ser, será con una calculadora bien chafa —respondí con sorna.

—No, en serio, morra, ya lo comprobaron, no recuerdo si con computadora o por medios algebraicos, pero es un hecho. Hay algo mal. Yo digo que el cerebro humano no puede diseñar un sistema tan exacto que pueda leer el cosmos, el orden, la naturaleza… El tiempo es también una cosa mal hecha, la medida del tiempo, quiero decir. A cada rato andan ajustado que un segundo, que dos, que tres… Se nos escapa…

—Mmm… siendo así… supongamos… nomáaaaas supongamos…. que el Yo es una incógnita, una variable, que el Yo es una X… y que esa X es igual a 1… y que pudiéramos dividirnos en dos, y luego en dos, y luego otra vez en dos…

En ese momento dejaste de masticar (lo que me lleva a pensar que sí comiste un pedazo de pizza y por tanto no me la comí completa: con lo cual infiero que la memoria también pierde algunos puntos decimales en la reconstrucción de los hechos…) y me clavaste los ojos de una forma que me hizo pensar que al decir “rara” en verdad querías decir “maravillosa”, mas ya se sabe que los físicos industriales no pueden decir esas cosas en lenguaje vernacular (y no se niega la tasa de probabilidad correspondiente de que sí hayas querido decir, simple y sencillamente, “rara”).

He sido la línea tangente a cada uno de los puntos-novia que conforman la línea curva de tu vida amorosa.

Pero tenías novia (ésa era la otra persona importante que conociste esa semana), y ahora tienes novia (otra, claro está, cada tantos meses las rolas), siempre vas a tener novia. He sido la línea tangente a cada uno de los puntos-novia que conforman la línea curva de tu vida amorosa. Escuchando, dizque dando consejos, y digo dizque porque mil veces te he dicho que no creo en la abstracción social llamada Amor. Yo soy la recta fuera del punto-novia. Casi lo mismo pero que no pertenece a la curva-novia. Mujer tangente e inasible = Yo. Mujer de sí misma. Sin curva. Por eso digo que nunca dejaremos de vernos. Irremediablemente estarás con alguien. Yo estaré sola.

—Y es que el amor, como las matemáticas, no depende de otra cosa que de sí mismo.

Esto lo dije yo en alguna tarde de refil, y otra vez me dijiste “rara”, pero también dijiste estar “bien pinche” de acuerdo.

—Y la verdad de la teoría se mide sólo por la lógica —dije—, no por una serie de hechos. Uno nunca sabe si el otro en verdad es fiel, si en verdad siente placer como lo expresa, si en realidad nos ayuda de forma incondicional, si en verdad ama desde la médula del corazón, si estará siempre que se le necesite, como dice la teoría, como dicen las actas de matrimonio. Aun cuando en los hechos el interfecto o interfecta me engaña, me lastima o me olvida de cuerpo presente en la misma cama, me puedo convencer, con alguna aproximación que sane como curita la herida en ese otro cuadrante que es la sospecha latente, no-dicha, de seguir adelante con las derivaciones lógicas de los axiomas del so-called-love. Así se resuelven las incógnitas y derivadas con base en la teoría del amor. Con base meramente en la fe de que su estructura es exacta y verdadera, como en las matemáticas.

—O como en la religión —añadiste.

—Si amar es un acto de fe, derivar también; si las mates se caen al reconstruir, el amor también.

Ambos pagamos mitad y mitad el café de esa noche —ya que nadie le ganó la discusión al otro, sino que coincidimos, y eso era más bien raro— y nos sentimos como si fuéramos graduandos de doctorado.

Hoy estás aquí, años después. Ya no llevamos clase juntos. Matemáticas se llenó de niñas. Física se llenó de hombres. Parece colegio lasallista. Hemos optado por presentarles los unos a las otras. Aclarar mil veces que no somos pareja. Dejar que se imaginen lo que quieran. De vez en cuando te ahorras un mes de renta crasheando en casa de algún amigo, amiga, novias en curso, ex novia o ex amante. Ayer me pediste una noche. Claro, dije, tanto tiempo camarada, pásele a su sofá.

Después de varias cervezas, la conversa se puso larga. El alcohol derivó mi risa una y otra vez y luego tus manos y dudé, dudamos. El sueño fue un palpitar de funciones que de tanto derivarlas me recordaron a Lagrange. La soledad se dividió en dos, cada mitad en otras dos, cada cuarto de nuevo en dos. Los decimales se escaparon a otra dimensión, la dimensión del tiempo (si acaso existe), la dimensión que no podemos ver pero sí medir, y tal vez los segundos alargados de nuestro encuentro sean decimales perdidos de divisiones de pálpitos de otros corazones y noches como esta, en otras dimensiones donde se preguntan si nosotros existimos, si somos medibles, si al reconstruirnos quedarán fragmentos desperdigados de esos que otros creen que nosotros somos… (ya sé, ya sé, estoy fumando mucho, pero es que cuando fumo los segundos se me alargan, se multiplican en vez de dividirse…).

—Porque la palabra matemática quiere decir lo que se aprende —retomé anoche, como volviendo a tocar con mi recta tu punto de inflexión—. ¿Acaso el amor no es también lo que se aprende, realidad inventada, construcción social o epistemológica, construcción como escenografía del verdadero performance del corazón? Lo que se aprende es la forma de actuar, la forma de demostrar esa abstracción…

El sexo es lo contrario. El cuerpo masa ocupacional de un espacio dado es lo más real que podemos percibir.

—Pero irreal, ¿no? —respondió tu voz, tranquila, y yo sentí que no podría vivir en un mundo donde no discutiera contigo—. Como querer encontrar en la calle, pisoteada por una llanta de camión, una ecuación logarítmica. El sexo es lo contrario. El cuerpo masa ocupacional de un espacio dado es lo más real que podemos percibir: el cuerpo es el percibir de la percepción. Toca, lame, come otro cuerpo: no hay ecuación posible de regir la música de un orgasmo… ¿O sí?…

—Dicen que la música es matemática pura, que los ritmos son la pulsión de la sangre en el cuerpo y que obedecen a funciones numéricas predecibles… ¿Por qué la música de los cuerpos no puede reproducirse en ese lenguaje de pizarrones que mastico todos los días? —de pronto perdí la certeza de estar conversando contigo, dudé si me lo decía a mí misma, si podía producir, en serio, con mis cuerdas vocales, la música del lenguaje.

—De no existir algo inmedible caeremos en la nada, ¿no?… Oye, ¿tú crees que de verdad haya algo que no podamos medir? —escuché tu voz, lejana.

—El problema es que el hombre, quiero decir, el ser humano, cree que puede medir todo, nos inventamos el teorema, y es sólo un fantasma de otro fantasma, como lo que decías del tiempo, o de la reconstrucción de un número que se divide infinitesimalmente, así podría ser todo lo que teorizamos. En realidad, todo está sesgado, como un edificio chueco, donde nadie siente el vértigo de la oblicuidad… ¿Será que por eso álgebra significa “recomposición”? —respondí, dudando de si seguíamos en la misma dimensión, de si podrías escucharme.

Con tanta cerveza las enemil partes de mi Yo que, supongamos, es el número divisible llamado X, unidad unitaria completa, se dividieron de nuevo en cuatro, en dieciséis, en treinta y dos.

¿Cómo calcular el peso del deseo multiplicado por el número de segundos que se alargaban? Sudor en las manos, temblor en las piernas. Silencio en código binario. Ninguno se levantó para tocar al otro, ni siquiera para tocarse a sí mismo (sería equivalente a tocar al otro).

Poseerte hoy —pensé— sería perderte un día, para siempre. Por el amor o por el no-amor, por el virus o la sangre inmutable, soledad o miedo a la soledad, incógnita reunificada o incompleta en su decimalidad, muletas emocionales o par de piernas fuertes como la proa de un barco que se aleja: no pienso dejarme llevar.

El amor no es una variable en la ecuación que me conforma. No ahora, no así. Mi incógnita es una variable dependiente de otro tipo de variables exopatógenas: horas clase, horas libro, horas marihuana, horas biblioteca, horas vodka, horas congreso nacional, horas ácido lisérgico, horas hongos en la sierra de Oaxaca, horas hombres y mujeres sin condón, entre la niebla, en las montañas, tan lejos de Hermosillo y del calor, horas humo blanco, horas música electrónica, horas no querer pensar en ti, horas últimos exámenes de sangre, regrese en cuatro días hábiles, lamento mucho informarle.

Si te contagio, no habrá curva, ecuación ni incógnita que nos salve.

Mientras cocinas yo sigo en la cama, en ese tiempo que no existe y en el que a mí me sucede todo a la vez. Tengo 18, 19, 20, 21 y 22 años en un mismo cerrar de ojos. Estamos en clase. Estamos de viaje. Tienes novia. No tienes novia. Tú curva recorre todos mis puntos. No me atrevo a enamorarte. No creo en el amor, pero me has hecho creer en tu mirada, y en tu voz, y en los cuerpos que contienen su aceleración.

En el insomnio de esta noche infinita sentí cómo mi Uno se desdoblaba, una y otra vez… Fumé a más no poder, a ver si lograba desaparecer… Pero tan pronto amaneció volvió mi Uno a configurarse en una sumatoria tan intensa que me hizo abrir los ojos y aspirar el aire como si me ahogara.

Digamos que X es igual a 1 pero ya no hay Uno
X ahora es igual a 0.999999999999999999…
X soy Yo
X es la soledad, mutante como un virus, determinada
X = 1 = Yo = X = 0.9999
……………….→ discrepancia en la ecuación
…………………………..→ ¿discrepancia en el quién soy?

Sonríes, como respuesta a una pregunta que no hice, a una respuesta que no te di.

Abro los ojos y tú sentado frente a mi cama. Sueltas el humo de cigarro y me ves como un barco que se aleja y se pierde entre la niebla. Como en aquella bahía, un fin de semana que decidimos despertar en otra ciudad, hace dos años o dos segundos. Cuando la combinatoria de nuestras probabilidades no equivalía a ningún riesgo. Sonríes, como respuesta a una pregunta que no hice, a una respuesta que no te di, y que flota en partículas minúsculas en busca de a qué dimensión adherirse.

—Mi maleta está lista —dices—, ya me tengo que ir.

Mi casa se convierte en un pizarrón lleno de fórmulas que cede ante el borrador afelpado.

—Aaaah, morrilla… —dice tu acento reconstituido, vibrando en tus ojos sin algún trozo de cifra extraviado, ¿será que nunca te desdoblas?, aprietas mis hombros como si fuera un masaje—. ¿Desayunamos?

—El día es un sol que es un signo infinito, un ocho horizontal de filamentos de luz. Los pájaros son números primos y las notas de su canto decimales perdidos de otra dimensión, fragmentos de soledades en el aire paralelo de este tiempo que tal vez nunca hemos de medir en forma exacta… —digo tirada en la cama, con los ojos muy lejos de cualquier bahía que podamos reconstruir…

—No manches, Bren, ya no te metas esas cosas.

—El día que tú dejes de fumar cigarros.

—As you are witch.

—As you are bitch.

Te miro a los ojos y esa curva que se cruzó conmigo más de una vez desaparece. Un día seré un cuerpo real, inofensivo y libre. O quizá nunca. Un día tu vector desacelerará, para alcanzarme. O quizá nunca.

Del refri sacamos tortillas de harina. Reímos de nuevo. Servimos café.

Cristina Rascón
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