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Amor(es) heredados

jueves 12 de octubre de 2023
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Mi primer recuerdo del amor fue a través de los olores que provenían desde la cocina y que inundaban la casa. Cuando salía de la escuela, recuerdo que caminaba con mi mamá por la calle, y cuando estaba a punto de llegar sabía que ya era hora de comer porque desde afuera llegaba el olor a especias, hierbas, guisos, salsas, entre otros. Cuando llegaba y botaba mis cosas en la entrada de mi casa, mi mamá me recibía con un vaso de agua fresca bien frío y sentía un apapacho al corazón; siempre era así todos los días.

Varias veces, después de cambiarme y refrescarme, bajaba yo las escaleras emocionada y me aparecía en la cocina a su lado. Mientras ella terminaba de cocinar o complementaba el plato principal, yo la observaba muy atentamente. La veía deslizarse de un lado a otro como en una danza, mientras iba tomando cosas de la alacena. El calor de la estufa me llamaba la atención, los vapores de las ollas inundaban la estufa y yo me acercaba con cautela, mientras ella me cuidaba con la mirada para que no metiera las manos y me quemara. Recuerdo que yo preguntaba con muchísima curiosidad qué era lo que hacía y cómo se hacía; ella me explicaba cómo se creaba un platillo y qué llevaba, me decía qué ingredientes usar para dar sabor, qué no hacer y cómo iba el procedimiento. Recuerdo que el amor que ella demostraba lo depositaba en su comida, y cuando nos sentábamos a comer el olor que despedía me hacía sentir contenida y amada y era nuestro ritual, nos sentábamos a disfrutar de la comida mientras me platicaba cómo había sido su día y me preguntaba qué tal había estado la escuela.

Mi mamá me enseñó lo que su mamá le había instruido, al igual que a mi abuela le pasó esos conocimientos su madre y así progresivamente.

Cuando fui creciendo, mi acercamiento a la cocina no sólo fue una muestra de amor por parte de las demás, sino que yo quería corresponder ese cariño depositado en esas preparaciones y aprendí poco a poco a hacer uno u otro platillo. Mi mamá me enseñó lo que su mamá le había instruido, al igual que a mi abuela le pasó esos conocimientos su madre y así progresivamente. Recuerdo que al principio no encontraba el balance entre los procesos o cantidades para hacer un platillo y mi mamá, a pesar de que algo quedara feo, me tenía mucha paciencia. Pero no sólo aprendí lo que mis ancestras habían adquirido, sino que ahora yo ponía mi corazón en mi cocina y ahora, cuando nos sentábamos a degustar, mi mamá me preguntaba cómo lo había hecho, expresaba su sorpresa y sus ojos destellaban de amor mientras me abrazaba y me decía que estaba muy orgullosa de mí, y yo sentía que se me hinchaba el pecho de afecto por retribuir todas las veces que nutrió mi alma y mi cuerpo.

Cuando me di cuenta de que yo ya no era la niña que llegaba de la escuela y que percibía la sazón de su mamá, mi madre ya no cocinaba. Aquella cocina que fue escenario de muchas creaciones y expresiones de amor ya no estaba en uso; mi mamá dejó de cocinar y ya era mayor, pues salir de su cuarto ya le costaba mucho. Todas esas memorias parecían cristalizarse en una nube dentro de mi cabeza.

En menos de lo que imaginé yo ya era mayor y su reminiscencia permaneció en el aire, como motitas de polvo que flotan en un halo de luz; así fue como mi mamá ya no estaba en este mundo y yo al final heredé su conocimiento. Cuando yo me adentraba a la cocina, su espíritu ahora me acompañaba y sentía su presencia detrás de mi hombro, la advertía vigilando mi comida y sabía que cuando cocinaba no era sólo yo la que producía esos platillos, sino que su espíritu estaba volcado ahí también.

Después de mucho tiempo esa casa que condensaba toda esa carga emocional se había quedado ahí y yo ya no me encontraba en ese lugar, pues me había mudado muy lejos. Pero sabía que adonde fuera el corazón de su sazón y de la herencia de las mujeres cocineras estaría conmigo toda la vida.

Erika Marlenne Velasco Godínez
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