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Hefestia, la última ciudad civilizada, de Carmen Sogo
(páginas selectas)

sábado 21 de octubre de 2023
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Carmen Sogo
Carmen Sogo ha compaginado su labor profesional con la escritura. Su novela Hefestia, la última ciudad civilizada, retrata un mundo distópico cuyos habitantes luchan por sobrevivir.

“Hefestia, la última ciudad civilizada”, de Carmen Sogo
Hefestia, la última ciudad civilizada, de Carmen Sogo (Círculo Rojo, 2022). Disponible en Amazon

Hefestia, la última ciudad civilizada
Carmen Sogo
Novela
Editorial Círculo Rojo
Almería (España), 2022
ISBN: 978-84-1137-258-9
148 páginas

Raquel y Sebas

Los niños entran en una casa que algún día, hace mucho tiem­po, estuvo pintada de azul. Esperan encontrar algún objeto que les sirva para hacer trueque. En las anteriores no había nada útil, pero debe de hacer poco tiempo que esta se quedó sin dueño, está bastante amueblada, pocos han entrado aún. En una cama ven una buena manta y sobre una repisa, un candelabro dorado. Salen a la calle para buscar algún sitio donde vender el botín. Sebas lo tenía todo pensado, aunque nada está ocurriendo como planeó. Pregun­tan a los pocos adultos que encuentran, las respuestas son escuetas. Dan vueltas, se meten por callejas sucias, estrechas, agobiantes.

—No nos quieren indicar bien, Sebas.

—Yo creo que piensan que lo sabemos, debe ser muy conoci­do. No ha de resultar difícil. Me dijeron que las estructuras de los Barrios son todas idénticas. Estudié uno. No tengas miedo.

—Nunca tengo miedo.

Mienten los dos. Huele a basura, a desperdicios o simplemen­te a mierda. Ya van arrastrando los pies cuando una mujer con nariz de bruja, ropas de bruja y verruga de bruja, les señala de frente. Lo que fue en su día un mercado se presenta ante ellos como un edificio de planta rectangular, sucio y deteriorado. Que­da algún trozo de cristal que indica que debió tener una vidriera por cubierta, como las que han visto en el Centro Administrativo. Ahora el techo está formado por algunos trozos de tabla o sim­plemente el cielo. Restos de lo que fue la ciudad. Una vez dentro, sorprendidos, van de vendedor en vendedor intentando colocar aquellas cosas que a nadie le interesan. Los destartalados puestos no tienen mucha mercancía y casi todos venden sopa, alguna ver­dura, pocos lagartos. Huele a humedad. Raquel confía en Sebas, cree que su amigo es el más listo de los dos, pero él empieza a desesperar, sin dinero no se puede vivir y si nadie les compra o les cambia lo que tienen, ¿qué harán? Se sienta en un banco medio roto, la pelirroja a su lado, esconde la cabeza entre las manos y teme que no fuera buena idea irse del Instituto del Niño.

 

Si entonces se quedaba jugando, distraído, en el lugar en el que la reja se separaba del suelo y estaba bastante suelta, no sería difícil pasar al otro lado.

Había pensado mucho en cómo escapar y encontró la forma. El cercado que les separaba del exterior no era fuerte, su función era marcar los límites. En el barullo que hacían los niños a la hora de la comida todos los cuidadores se concentraban en la enorme sala. Si entonces se quedaba jugando, distraído, en el lugar en el que la reja se separaba del suelo y estaba bastante suelta, no sería difícil pasar al otro lado. Él solo no podría hacerlo, necesitaba a alguien que le ayudara a vigilar. A ninguno le veía capaz, todos eran demasiado débiles y sumisos, hasta que se decidió por ella después de mucho espiarla. La pelirroja estaba pegada a la pared, no tendría más de siete años y no hablaba. Para no contestar a los cuidadores había que ser intrépido. Aquella chiquilla lo era. ¡Vaya si lo era! Se acercó dudando de que le fuera a contestar. En los meses que Raquel llevaba allí había observado que no hablaba con nadie a pesar de que monitores y niños lo intentaban. La veía triste y a disgusto. Era evidente que se sentía obligada, desconec­tada de su familia que probablemente estaba muerta, no le que­daba otro sitio en que vivir, como a él, como a casi todos. No se parecía a los demás que pronto o tarde se integraban, ella nunca pertenecería a ese lugar.

—Me llamo Sebas. ¿Te gustaría irte de aquí?

Al fin algo interesante. ¡Claro! ¿Cómo no le iba a gustar? Aque­llo era sucio, bullicioso, olía a vómito y orines. No podía dormir porque siempre lloraba algún niño. Quería irse, por supuesto, ¿a dónde?, ¿cómo?, ¿y después?

—Sé de qué forma escaparme, pero necesito un compañero. Pareces valiente.

Ella se sentía más bien cobarde. Si no lo fuera no seguiría allí, ya se habría escapado. ¿Cómo iban a vivir?

—Por eso necesito compañía. Uno solo no puede. Lo tengo bien estudiado. El plano y la forma de sobrevivir. Habrá que salir del Centro Administrativo. En los Barrios hay poca gente y mu­chas casas abandonadas. No será difícil. Se saquea una casa, se vende lo que encuentres y con ese dinero vives.

La pelirroja se quedó pensativa. ¿Y? Había muchas preguntas, demasiadas dudas en su pequeña cabeza.

—Podemos vivir en una de esas casas abandonadas. Es fácil. Lo lograremos. Esta ciudad fue construida con una estructura muy simple. Creo que todas las del planeta eran así.

Le habían enseñado que no quedaban más ciudades en pie, que las consecuencias del desastre, aunque lentas, lo destruyeron todo, especialmente desde que mutaron los animales.

—Eso es lo que dicen. Yo prefiero creer que lo que nos pasó a nosotros le ha pasado a más. Estamos aislados, pero no somos la Última Ciudad Civilizada… Eso no nos importa ahora. ¿Vendrás conmigo?

A Raquel no le entusiasmaba el plan. En la familia, y en el colegio también, le habían dicho que los Barrios eran muy peli­grosos y sus habitantes eran malvados que hacían daño y solo se preocupaban de sí mismos.

—Lo dicen los mayores para asustarnos. No tiene sentido… Si fueran tan malvados vendrían al Centro Administrativo a quitarnos la comida. Deben de ser miserables y cobardes.

Claro. Es cierto. Vendrían a robar. No pensó en las bombas, los asesinatos, el miedo de los adultos. Ni en las pequeñas incur­siones de la gente de los Barrios. Actos absurdos. La miseria que les iba llegando.

Ni quiso recordar que su propia familia había desaparecido en una explosión. Antes vivía con sus padres y su estúpido primo, y una tarde, cuando regresaba del colegio, al girar la calle se quedó paralizada, la policía la esperaba. Su primo la alcanzó por detrás y los dos observaron a cierta distancia. La casa blanca, por la ma­ñana aún protectora, había desaparecido. Sus padres también. No volvió a ver a su primo al que llevaron al Instituto del Adolescente porque ya tenía quince años. Tampoco era una gran pérdida.

Creyó en Sebas. Llevaba varios meses en el Instituto del Niño y por primera vez alguien era directo y sincero con ella. No perdía nada por unirse a él. Hicieron un pacto de protección, de esos en los que creen los niños y que son incapaces de romper. Algo que otros ignoran cuando llegan a adultos. Pacto de sangre, de hierro, de hermanos. Ellos no lo olvidaron.

 

Todos son pordioseros, vendedores y compradores. Llevan ropas viejas, sucias y desgastadas.

Sebas levanta la cabeza y mira a su alrededor. Es deprimente, unos pocos que intercambian cosas, otros que venden y compran, todos son pordioseros, vendedores y compradores. Llevan ropas viejas, sucias y desgastadas, huelen a sudor, los hombres sin afei­tar, chorretones en las caras y los brazos. Las mujeres despeinadas, mugrientas. Casi han perdido la dignidad. Muy poca luz, el suelo pegajoso, lleno de manchas. Hace frío. Se fija en una mujer de edad imprecisa que se apoya en el mostrador vacío de lo que fue una pescadería, viste de forma llamativa, falda de mil colores y una blusa muy escotada roja. Es la misma a la que, unos años des­pués, en otro mercado, una mulata llamada Kaira le pedirá unas tijeras sin explicarle para qué. Sebas se levanta del banco, Raquel le sigue, y van a ver si la vieja quiere algo de lo que tienen. Es su última opción. Le enseñan sus objetos preciados. Se interesa por la manta.

—Un ducado.

¿Qué? Han visto carne que cuesta cinco ducados el kilo y le­gumbres a tres. Por las patatas solo piden un real. Cuatro kilos de patatas dan para pocos días y pueden quitar el hambre, pero no nutren. La mujer sabe que son novatos y quiere esa manta, abrigarse es importante. Menuda mierda, piensa Sebas, hay que echarle valor. Pide tres ducados y a la pelirroja le parece que está loco.

—Un ducado y dos reales.

¡Dios!

—Dos ducados —exige el chaval.

—De acuerdo.

La mujer saca dos monedas y se queda con la manta. ¿Y el candelabro? Lo creen muy valioso, tiene velas. Ella se sienta en el mostrador y estira la falda de vistosos colores sobre las piernas y a Raquel le llega un olor a pescado putrefacto.

—Hay un mercadillo en el templo de Wisla. Está cerca. Cuan­do salís giráis a la derecha y de frente. Se distingue porque siem­pre hay gente fuera. Es difícil que os perdáis. Seguro que allí os compran el candelabro. No debéis esperar mucho dinero.

Les vende unas patatas y un lagarto grande a buen precio, tres reales. Ninguno sabe si será capaz de comer un lagarto, pero la vieja les dice que están buenos. Solo hay que pelarlos y cocerlos.

—Buscad un sitio donde haya cocina y esperad a que funcione la electricidad. Agua no es difícil encontrar. No olvidéis cocerla y dejarla reposar antes, suele estar sucia y con algo de arena.

Hervir el agua para cocinar los alimentos. ¿Cómo se pelará un lagarto?

El templo de Wisla fue un lugar sagrado del antiguo culto y conserva un as­pecto de misterio.

El mercadillo de Wisla es conocido por todos, allí también hay trueque y compraventa, aunque no de comida sino de objetos. Se encuentran vendedores de todos los barrios menos de La Gloria. Merece la pena salir de lo que uno domina para ir a Wisla, se ven­de mejor y más caro, hay mucha variedad. Es el mercadillo más conocido de la ciudad. Mucho más concurrido que el mercado en el que han estado antes, los niños piensan, nada más entrar, que la manta la hubieran vendido aquí a mejor precio. Ya no pueden deshacer el trato. Crujen cristales rotos bajo sus pies. El templo de Wisla fue un lugar sagrado del antiguo culto y conserva un as­pecto de misterio. Es un espacio muy grande y las mercancías se exponen en el suelo, en viejos bancos de madera o en las propias manos. Ruido de pies que se arrastran, palabras que se entrecruzan empastándose y creando una algarabía desconocida. Hay muchí­simos objetos, colores diversos, se fijan en los más cotizados para buscar en las casas algo parecido en el futuro, aprenden qué es lo valioso. Tiene un cierto orden, en una zona se vende ropa, en otra, muebles, en otra, utensilios para cocinar o reparar. Hay un lugar destinado a útiles variados donde ven candelabros. Van hacia allí. Sebas abriendo paso, Raquel tras él. El regateo en el mercadillo es menos agresivo que con la comida. Más sutil. Un hombre pulcro descubre rápidamente lo que traen los chicos, les saluda.

—Hola, muchachos, no os he visto nunca.

Inocentes.

—Es la primera vez que venimos.

—¿Queréis vender ese candelabro? No está mal. Tampoco es lo mejor que he visto.

Es muy niña la pelirroja para enfrentarse a un hombre, pero a ella le parece un objeto hermoso por el que deberían pagar mu­cho dinero. Nunca había visto un candelabro, en su casa tenían lámparas. Las velas le parecen un lujo. Sabe para lo que sirven porque se lo dijo su amigo y le gustaría verlas arder. El hombre insiste.

—Si fuera mejor tal vez os diera dos ducados y medio. Así como está me quedo con él por dos ducados. Por ser vuestro primer día.

La fuerza de su familia de comerciantes se mueve en la sangre de Sebas.

—No nos está haciendo un favor. Por menos de cuatro duca­dos no se lo vamos a vender.

El hombre se mete las manos en los bolsillos del pantalón. No va a dejar escapar esa presa, aunque sea algo más difícil de lo que parecía.

—Hijo, lo hago por vosotros. Si lo vendo por tres y medio ya será suerte. No le voy a sacar mucho y estoy aquí para ganarme la vida. Me lo quedo por dos ducados y tres reales.

Sebas, hace una mueca. Nunca Raquel le había visto esa ex­presión en la cara.

—Tengo nueve años, pero no soy idiota. Usted va a conseguir mucho más por él. Buscaré otro que no quiera aprovecharse de unos niños.

E intenta irse. Varios hombres le rodean.

—Yo te doy tres ducados y medio. No vayáis a creer que es un tesoro. Aquí nadie engaña a los chavales.

A punto de saltar de alegría, Raquel le tira del abrigo, es la señal. El hombre con el que han regateado se aleja un poco con las manos en los bolsillos, esa sí es la clara señal para Sebas de que han llegado al límite. Alarga el candelabro al otro, al moreno de ojos tristes.

Son ricos.

Buscan una casa donde acomodarse, entran en una pequeña, bastante destruida. En el grifo hay agua y es el momento del día en que funciona la electricidad. Raquel pone el lagarto encima de la mesa de la cocina. Coge un cuchillo. Lo mira.

—Eres pequeña. Déjame a mí.

Está más sucia que la que ha bebido siempre. Pero es agua. Hierve un rato, ellos la observan sentados.

Sin mucha convicción, Sebas corta la cabeza y va arrancando la piel que se desprende con facilidad. Le extraña no sentir asco. Ella observa. Luego echa agua en una cazuela y la pone al fuego. Está más sucia que la que ha bebido siempre. Pero es agua. Hierve un rato, ellos la observan sentados. El lagarto continúa encima de la mesa, también la piel. Sebas se levanta, aparta el agua del fuego y mira a su amiga.

—Podríamos ir buscando un sitio donde dormir. Un lugar donde sea difícil que nos ataquen y nos quiten el dinero.

Guardarlo dentro de los calcetines es una buena opción. En una de las habitaciones descubren un pequeño vestidor, allí caben los dos. Tiran mantas y ropa al suelo, las camas no son seguras. Dormirán muy juntos, pegados, sin frío. Lo dejan preparado y regresan a la cocina. El agua está casi clara. Sorprendidos se mi­ran. En el Centro Administrativo el agua es limpia, no se hierve. Durante un buen rato observan cómo cuecen las patatas con el lagarto. Ninguno de los dos cree que será capaz de comer esa car­ne que parece tan dura.

Se equivocan, es tierna e incluso sabrosa. Es poca para los dos. Las patatas les sacian. Mañana comprarán dos lagartos.

Al día siguiente miran en las habitaciones, no hay nada que les parezca especialmente valioso, han debido de venir otros muchos antes. Tienen hambre, pero no es insoportable, volverán al mer­cado. Rebuscan en otras casas y consiguen clavos y un martillo, las herramientas son muy preciadas en el mercadillo, un abrigo verde que le vale a Sebas, una caja de metal y dos cucharas. Luego van al mercadillo de Wisla y venden lo recogido. Les sigue pa­reciendo un lugar tan ordenado y alegre que recuerda al Centro Administrativo. En el mercado se aprovisionan de comestibles. La fruta es cara, aunque les parece una buena opción para desa­yunar; las verduras, las legumbres y el arroz, en cambio, baratos.

Mientras no les descubran chicos mayores agresivos esa casa puede ser su refugio. La vida del primer día se transforma en su rutina. Aprenden a sobrevivir juntos. Compran comida, rebus­can, no siempre encuentran objetos interesantes, venden y duer­men. En el tiempo que les sobra hablan y leen algún libro, no son difíciles de encontrar. Se hacen habituales del mercadillo y cada día cocinan mejor. De vez en cuando se unen a grupos de otros niños. Las chicas nunca son bien recibidas y ellos tienen un pacto de sangre, no van a separarse. Tampoco sus nombres ayudan, no pueden disimular que vienen del Centro. Sebas propone cam­biarlos. La chica pelirroja no renunciará a lo único que le queda de su familia, no va a llamarse con un nombre extraño de los que utilizan en los Barrios, nombres que no delatan a qué familia per­teneces, nombres que ocultan y en cierto modo protegen. Ella es Raquel, su padre era Ramón, su abuelo Ramiro.

Sebas no insiste. También es importante su nombre para él. Re­cuerda a su abuelo, con el que pasó su infancia. Un panadero que hasta su último día trabajó, aunque ya estaba muy enfermo. Se llamaba Sergio. Su hija, la madre de Sebas, Serena, había muerto en el parto. Su yerno un año después de melancolía. El nombre se lo puso el abuelo, le alimentó de bebé, le enseñó a hablar, a amasar y a defenderse. Fue padre, maestro, compañero, amigo.

Cada mañana le acompañaba a la escuela, aunque estaba cer­ca. A la tarde, sentados en torno a una mesa redonda, ayudarle con las tareas escolares era su única ocupación. Sebas solía mirar los hilos blancos de la cabeza del anciano, un pelo suave y fuerte que le gustaba acariciar y contemplar muy de cerca, tanto que veía los poros por donde salía el cabello, el poco espacio de cuero cabelludo entre uno y otro era sonrosado y limpio. El hombre le tenía que obligar para que estudiara, aunque le faltaba coraje para reprender al niño. Le gustaba que su nieto le admirara, aunque fuera por un pedacito de piel rosada. Cuando le daba consejos él le miraba fijamente, no quería perder ni una palabra.

—Tienes que ser fuerte, hijo, y astuto. No te enfrentes a quien no puedas ganar, pero no te dejes vencer por el que es más débil que tú. En realidad, nunca te dejes vencer. Y sobre todo, busca amigos leales y haz aliados. En soledad es difícil vivir.

Cuando el panadero murió a Sebas le llevaron al Instituto del Niño con miles o millones de chicos. Sus deditos no daban para contar tantos. Aunque no llegaban a cincuenta. Un monitor le tomó de la mano y dio un tirón bastante fuerte, le llevó casi arras­trando hasta un gran dormitorio donde la fila de camas no tenía fin. Sebas se sintió triste. Perdido. Asustado. Antes había tenido un abuelo, una casa pequeña, juegos, libros, una escuela. Ropa suave. Ahora, estaba en apuros. Aquel lugar era húmedo, sucio y viejo. Durante unos días se dejó hacer, no se enfrentaba a pesar de que las reglas eran absurdas. Decidió adaptarse, convertir a sus compañeros en amigos, ayudarles. Y, sobre todo, conseguir que los adultos confiaran en él y preparar un plan de escapada. No había nacido para ser un esclavo sin ropa interior y para vivir des­pués en el Instituto del Adolescente masculino. Y luego trabajar en lo que decidieran los monitores. No. Sería libre.

 

Ninguno de los dos es capaz de gritar. Tampoco les serviría.

Una tarde, ya adolescentes, están sentados en las escaleras de una casa que algún día fue verde, cuando un grupo de nueve cha­vales se les acerca. Dos suben rápido, se colocan detrás de ellos y les cortan la retirada. No les dan tiempo a asustarse, a Sebas le cogen por los hombros y le arrastran dentro de la casa. Al mismo tiempo, de un fuerte tortazo, otros tiran a Raquel que cae sobre la tierra de lo que debió de ser el jardín. Ninguno de los dos es capaz de gritar. Tampoco les serviría. La chica pelirroja protesta casi sin voz. No hay palabras, intenta defenderse. Recuerda a su madre, nunca te resistas a un ataque si no puedes ganar, le dijo. No puede dejar de luchar. Relaja tus músculos y evade la mente, le dijo, pero es débil y tensa cada tendón. Para los muchachos es algo rutinario, lo más parecido a una obligación que conocen y lo más divertido. Siempre la cumplen cuando se cruzan con una chica tan poco protegida, una demostración de fuerza, de poder. Rígida, sin ser capaz de respirar, muerta por el pánico, la cons­ciencia se va nublando, cierra los ojos, el oxígeno no le llega al cerebro. No se mueve. Sebas se retuerce en el suelo del salón. Los hay que disfrutan con el dolor de otros. Terminado el ritual, los miserables se van en un grupo compacto de ratas.

Pasan horas. El frío es intenso, el viento sopla sin piedad. Las piernas de la chica están desnudas, arañazos en la cara, cardenales en los brazos y la sangre se seca en los muslos. Recobra el cono­cimiento, arde el sexo, el vientre y la piel. La sangre coagulada en las venas. Un solo pensamiento. Va a morir. Sebas consigue ponerse de pie, sale de la casa apoyándose en las paredes, baja las escaleras con la energía que le proporciona la lealtad a su amiga y llega hasta ella. Él tiene el pelo chorreando sangre, la cara llena de golpes, alguna costilla rota. Lo importante es Raquel.

—Vamos dentro, bonita. Estás congelada.

Han aprendido que nadie se basta solo en La Última Ciudad Civilizada y, aunque los dos saben y creen lo que se cuenta de las bandas de La Gloria, es el único futuro para los jóvenes de los Barrios de Hefestia. Nunca romperán su pacto. Es hora de buscar a otros, aunque haya que matar, aunque haya que comer carne sospechosa.

Carmen Sogo
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