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La niña del ingenio, de Georgina Licea
(primeras páginas)

sábado 9 de diciembre de 2023
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“La niña del ingenio”, de Georgina Licea
La niña del ingenio, de Georgina Licea (2023). Disponible en Amazon

La niña del ingenio
Georgina Licea
Ilustraciones: Ender Rodríguez
Crónica
Caracas (Venezuela), 2023
ISBN: 979-8854070577
52 páginas

Tengo sesenta y cuatro años, porque “ellos” lo establecieron así. Ya no soy cubana, soy venezolana. Es mi nueva identidad. Y ellos se equivocaron: soltera, de sesenta y cuatro años de edad.

Se equivocaron o fue la secretaria, a quien desde el principio sentí que no le caía bien. Total, ¡qué coño importa eso!, si yo siento que tengo más de un siglo de vivencias. Tanto para allá y para acá, tanto vivir distinto.

Y los olores mortificando mi nariz…, tantos olores.

Cuando cortan la grama en mi casa pienso, siento, huelo y vivo a los guadañeros, esos seres anónimos que tanto exaltaron mi imaginación niña, allá en el ingenio azucarero. Su cortar de hierba cadente, rítmico y acompasado, zas, zas, zas, zas, adelante y atrás como contradanza recortada, como un chachachá. Era música y era olor.

Lee también en Letralia: reseña de La niña del ingenio, de Georgina Licea, por Alberto Hernández.

Yo me sentaba en “mi lomita”, aquella pequeña elevación del terreno frente a mi casa, desde donde podía ver todo lo que hacían y desde donde todo mi horizonte conocido para entonces podía ser contemplado. ¡Cómo amaba mi lomita! Era mi mundo. Y cómo aquellos guadañeros ponían música, color y olor en él. ¡Yo no quería más!

Allí tenía todo, tenía la eternidad, allí daba forma a mi vida. Allí estaba mi fantasía y mi creación. Y allí, creo, empecé a volverme loca. Y, ¿cómo, si no? Si un día contemplando el ir y venir de mi casa, allí, en mi lomita, me dije:

“Un día, cuando sea vieja, voy a volver y me sentaré de nuevo aquí. Pero entonces sólo veré extraños, sólo contemplaré fantasmas en mi casa y me rodearán los espíritus guadañeros con su danza, zas, zas, zas, zas”.

Durante el día el vivir ordinario:

“Buenos días, María. Cómete el pan, trágate el café con leche, recoge tus libros, ve a la escuela, no seas huraña. Habla con tus compañeros, pregúntale al maestro Rolando, tú no te lo sabes todo. Guarda tus libros, lávate las manos, siéntate a comer, termínate el almuerzo, lávate los dientes, saca tus libros, haz la tarea, ven a bañarte, lávate las orejas, ponte este trajecito. Puedes jugar”.

Y entonces, a eso de las cuatro de la tarde, podía sentarme en mi lomita y verlos a ellos, zas, zas, zas, zas, cortando la hierba. Y el olor, aquel olor que te penetraba y que era música. ¡Era volar!

Por la callecita de enfrente, la que estaba entre mi casa y mi lomita, pasaban mis compañeros en bicicleta gritando: “¡Ven María, ven a montar, vamos a pasear!”. Yo tenía la mía, que era de varón; no sé por qué, pero así me la compraron y así me la regalaron. Quizá eso influyó en mi caos posterior, no lo sé. Pero yo prefería no unirme a mis amigos y seguir mirándolos a ellos, a los guadañeros, y seguir oliendo y oliendo…, pensando y remontando. Volando.

Claro que me gustaba pasear en bicicleta, ¡me costó tanto tener una! Y cuando me la dieron, era de varón. No creo que la tardanza en dármela fuese porque eran caras, sino porque a mi padre le daba miedo que tuviera una. Y era de varón. Quizá mi padre sentía que era más segura. No sé, porque estas cosas las pienso cuando razono, no cuando me emociono.

Cuando paseaba en ella, en mi bicicleta, podía mezclar los olores, los colores, las sensaciones, hasta no saber cuáles eran unos y otras; y ahí, entonces, sentía la libertad.

Libertad era pedalear a todo dar, mezclando la sensación del aire en tu cara, los olores dándote golpes en la nariz, los colores pasando por tus ojos como caleidoscopio loco y luego la sensación física del poder de tus piernas. Y tú, sola, sintiendo que eso era el universo y que el universo eras tú.

Eso era libertad.

“La niña del ingenio”, de Georgina Licea

Yo estaba en mi mundo: mi maestro Rolando, mi bicicleta, mis guadañeros, mi ingenio todo.

En ese, mi mundo, también existía el calendario, los días pasaban uno tras otro y con ellos yo crecía. Terminó la primaria, prima edad, prima conciencia. Debía continuar los estudios, pero en el ingenio no podía. Había visto marchar a mis hermanos en ese mismo avatar y no me había llamado la atención. Eran ellos, yo no. Yo estaba en mi mundo: mi maestro Rolando, mi bicicleta, mis guadañeros, mi ingenio todo.

Aquel ingenio, donde al sonar un pito ronco se anunciaba la molienda. Ronco sí, pero alegre. Alegre, sonoro, como diciendo:

“Vamos. A levantarse todos, a trabajar. A la bonanza, al buen bocado, a la ropa de los niños”.

Y luego el otro, ronco también, pero triste. Lleno de presagios y melancolía. Era el que anunciaba con espasmos que la fiesta, la lujuria de la abundancia, había terminado. Siempre sonaba a las seis de la tarde, cuando el crepúsculo asoma, al menos en mi país.

En esos meses el cielo está teñido de arreboles que van desde el malva a los rosados tenues y a los negros, en un espectáculo melancólico. Y era entonces cuando sonaba el ronco silbato y se anunciaba el fin. Yo no lloraba, apenas si me salían unas gotas. Gotas secas, gotas de la escasez que se anunciaba.

Pero no todo el Tiempo Muerto, así se llamaba, era de horror. En mi niñez, el hambre era sólo lo que yo sentía cuando el maestro Rolando, entusiasmado con algún tema, no nos daba la salida a las doce en punto sino a las doce y media. No más. Llegaba a casa con el estómago vacío y gritando “¡qué hambre!”, dispuesta a tragarme lo que fuera. Ahí estaba Natividad, la negra, con la mesa puesta y la comida caliente. Eso era el hambre. ¿Lo demás? Cuentos. Cuentos tristes, eso sí.

El Tiempo Muerto traía también la escasez de luz. La energía nos venía de la usina del ingenio, y en el Tiempo Muerto había que limitar el uso y los abusos. Entonces los faroles de los cables se prendían de dos en dos, de tres en tres y hasta de cuatro en cuatro.

Los meses del Tiempo Muerto eran meses ventosos. Los árboles sonaban, los pinos se lamentaban, los álamos se inclinaban, las sombras surgían, se dibujaban y desdibujaban. Era el tiempo de los aparecidos, de los llorones. Siempre eran hombres. No sé por qué.

Allí surgía Natividad y sus cuentos:

—Cuéntanos uno, Natividad —pedían mis hermanos.

Yo, pequeña, imitadora y oledora, pedía lo mismo.

—¿Tú quieres uno, María? —decía la negra.

Y yo, comenzando a sudar, decía:

—Sí.

Aquel sudor pegajoso que comenzaba a deslizarse por la nuca, erizándome los pelos y descendiendo por mi espinazo, era una densa mezcla de atracción y susto, de amor y terror, que al llegar a mi estómago estallaba en un ¡bum!, como la sirena del ingenio, esa que anunciaba el paro de la molienda. Aquel silbato ronco, lleno de terror y dignidad ante lo incierto del hambre. Y así, yo, con la mejor de mis voces, repetía bien ronco: “Sí”.

Muy luego aprendí, en tanto andar y desandar, que el valor estriba justo en atreverse a decir: “Tengo miedo”. Y que el pito ronco era de miedo y decía: ¿Y ahora qué?

Pero esa es otra historia… La contaré algún día.

Georgina Licea
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