XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Un estupidiario barroco
por Maese Aarón, perito moderno en bufonadas

sábado 27 de enero de 2024
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A dos Franciscos irrepetibles:
Francisco Ibáñez y Francisco Umbral
Necesario y cosa razonable es a los hombres buscar maneras de vivir.
“Crónica burlesca del emperador Carlos V”, Francesillo de Zúñiga

Cuenta un paje de la Corte con pelos y señales (más pelos que señales) que el sabio Torres Villarroel logró volatilizarse en el baño por retambufa durante diez minutos. Domingo de Soto, enterado del lapsus, calculó el índice de probabilidades de que dicho suceso estuviera relacionado con una bilocación gravitacional. Según sus cálculos: un billón de majaderías a una. Alonso de Santa Cruz le da, no obstante, cierta verosimilitud, basándose en el proceso de curvatura del clásico empañamiento de sus quevedos, aunque lo sitúa en su propio baño durante ese período temporal practicándose una lavativa y no en un carruaje vacío camino de Valladolid como asegura Juan de Herrera en calzones.

 

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Predicción del tiempo en el palacio de los condes del Rebuzno según dejó transcrita de su puño y letra el gran buzón Lezcano.

Señoras y señores, según mis cabañuelas, se acerca una borrasca de narices por el este que se situará sobre el tenderete dispuesto para homenajear al conde del Rebuzno por su maravillosa línea de afeitado. Poco después, centenares de rayos, truenos, relámpagos y exabruptos caerán sobre los asistentes. El conde sufrirá descargas electrostáticas en el bigote, que acabará formando un nudo gordiano (pronto se pondrá de moda). Soplará luego viento del noroeste que alzará las faldas de las señoras a modo de parasoles invertidos. Cualquier peluquín o lechuguilla que encuentre a su paso la ventada será arrancado de la faz de la Tierra y depositado en Dinamarca. La veleta del palacete girará con tal virulencia que acabará por caer del tejado y clavarse en el culo del embajador inglés de sainetes exteriores, un hombre hiperactivo capaz de pronunciar cientos de estupideces a la vez. Tomás Luis de Victoria intentará amenizar la velada con algunas follias, pese al más que generalizado caos. No lo conseguirá, ni siquiera tras atarse los calcetines a la obra completa de Lope de Vega. En resumen: lo mejor que podrían hacer los condes del Rebuzno es quedarse en el establo.

 

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Al célebre don Juan le contó su barbero una historia acerca de un pene en forma de diamante que pulió un joyero sevillano con la ayuda desinteresada de su mujer. Un siniestro hombre con máscara, embutido de negro y con un enorme siete a la altura de los calzones, pagó el encargo y desapareció luego misteriosamente. Se especuló por aquel entonces con los hábitos extravagantes de cierta poetisa pero, por alguna extraña razón, el pene acabó un siglo más tarde en la sopa de un octogenario noble castellano, mezclado entre los garbanzos. Preguntado su mayordomo por la utilidad de aquel artilugio, contestó que aquello no era ninguna cuchara sino su desaparecido mondadientes.

 

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La obra intitulada “Caleidoscopía del conde-duque de Olivares”, que pasa por ser su biografía no autorizada, desató gran polémica en su momento. Se cuenta en ella que en mitad de su gobierno optó por declarar la guerra a su secretario de defensa, a su vecino, a su primo, a su biógrafo, a su principal admirador, a su pastelero, a su compañero de armas y a un señor muy pesado que solía saludarle en el pasillo. El libro revela que tras una comisión de investigación formada por expertos ventrílocuos ordenada por Felipe IV se descubrió que todos estos sujetos eran en realidad el alter ego de don Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, conde-duque de Olivares.

 

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Todo apunta a que la testa de Felipe II era el lugar más transitado de España. Al parecer todos los días era visitada por un contable, un decorador, un deshollinador, un arquitecto, el ministro del peine (ministro sin cartera), diez pulidores, un filósofo, un diseñador de jardines, un legislador, un plasta, un pelota, un cartógrafo, tres pelos, un señor de Hechingen y un coreógrafo. Después, ocho forzudos debidamente aleccionados le colocaban a pulso el majestuoso gorro, a ser posible en la cabeza.

 

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En una piedra de Argamasilla de Alba se halló grabado lo siguiente con letra redondilla. La traducción se le atribuye a Benito Arias Montano.

Yo, Casio, de la familia Pilum, de los Pilum de toda la vida, maldigo a mi amigo Eros y lo dejo en las manos de Hécate por haberme presentado a su amiga del alma, mi actual esposa, y no haber hecho caso a las entrañas de una paloma cuyo dictamen era unívoco: te pondrá los cuernos con un funámbulo conquense de ojos claros llamado Eros aprovechando un curso de contabilidad rápida; desconfía además de tu barbero gallego.

 

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Cuando Zurbarán alcanzaba la plena inspiración era capaz de sostener verticalmente el pincel en la punta de su nariz y estirar las patillas de sus colegas simultáneamente. Acto seguido, llevado por un extraño arrobamiento, solía firmar el lienzo con las cejas.

 

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Cuentan del rey Felipe IV que fue gozoso padre de numerosos hijos, tantos como nenúfares, hasta que perdió la cuenta y se la refanfinfló todo, incluido Olivares. Sus amores, como los huevos, se cuentan por docenas, tantas que apenas hallaba tiempo para ponerse los gregüescos, por lo que acabó prescindiendo de éstos. Huelga decir (porque holgar holgaba, sin lugar a dudas) que copuló lo indecible y fue egregia carcoma de virtudes hasta que descubrió los sanos fundamentos de la Filosofía. Decidió entonces llevar una vida casta y sosegada, de tertulia en tertulia. Al menos así fue hasta que conoció a la baronesa del Muslo. Murió de unos sudores fríos después de correr infructuosamente tras una gallina a la que pretendía cortejar de pie.

 

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Del pomo de la puerta de un castillo cercano a Segovia pendía el siguiente aviso: Si no encuentra la campana no se apure, estire de la barba.

 

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Narran las crónicas un hecho extraordinario acaecido en la primavera de mil seiscientos catapún en Tirteafuera.

Y en esto se acercaron dos individuos de Carasuel de Calatrava y, tras identificarse como canteros, me preguntaron si podía cederles algo de mi tiempo a fin de posar para unas gárgolas. Inmediatamente después les presenté a mis suegros. Quedaron extasiados.

 

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Los sombreros más vendidos en el Toledo de 1614 fueron los siguientes: el globo, el cabizbajo, el sombrerísimo, el sombrero leonera, el sombrero con tragaluz, el bacía de barbero, el impermeable a las nuevas ideas, el que se transforma en mariposa, el carricoche, el plomizo, el sombrero con faldones, el sombrero-mundi, el chimenea para aficionados a los puros, el sombrero con relleno para cabezas huecas, el sombrero con cúpula, el barroco por delante, el barroco por detrás, el cenizo, el veleta, el sombrero en pepitoria, el sombrero con cigüeña, el saludador y, en último lugar, a considerable distancia, el vulgar y pertinaz sombrero negro.

 

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El bufón Francesillo llevó las riendas del Imperio Español durante cuarenta y ocho horas (fue el único que no probó el vino con sabor a almendras amargas en la última orgía de la Corte). En ese período el Imperio se expandió un metro setenta y nueve centímetros. Dos funcionarios imperiales, subidos en unas arcaicas bicicletas, fueron los encargados de levantar acta del fenómeno.

 

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La vida en la Corte del Madrid de los Austrias era una fuente continua de declaraciones y opiniones controvertidas. Así, según Felipe III, “hay validos que parecen una fe de erratas y encima, siguen equivocándose”. Por el contrario su hijo Felipe IV decía aquello de que “un fracaso amoroso es como un vino pasado; pese a todo —proseguía el rey— siempre queda alguna ensalada que aliñar”.

 

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Una vez que el bufón y bachiller Trapaza descubrió que era hijo natural del rey Felipe IV (menuda novedad), se hizo con las riendas del país. Tras estudiar detenidamente la grave situación de la patria consideró que la mejor decisión que podía tomar era ponerle los cuernos a su prima, la infanta Micomicona.

 

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El matrimonio de Felipe IV se tambaleó desde que el rey pasó de quince apareamientos diarios a tres o, lo que es igual, antes, durante y después de las comidas. Ello le llevó a sumirse en la más desoladora de las tristezas. Menos mal que ahí andaba el mamporrero del conde-duque para echar un cable o lo que fuera.

 

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Lupercio de Argensola sufrió durante algún tiempo un pavor injustificado por las asonancias. Cuando descubrió una de ellas en un soneto sobre Ariadna no paró de correr hasta llegar a la casa natal en Barbastro. Fueron necesarios dos jamones y tres rastras de morcillas para superar la crisis.

 

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Los bufones de la villa de Madrid se declararon en huelga de pedorretas el gélido verano de 1599. Se le recuerda como un día de gran alivio en la Corte.

 

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El papa Clemente VII cometió un grave error a la hora de coronar emperador a Carlos V. Coronó en su lugar a su bufón. Durante trece largos días el bufón se aferró a su cargo de emperador del Sacro Imperio. Sin embargo, acabó por echar de menos su antiguo trabajo, al que terminó regresando con la condición de poder volver a fumar desnudo.

 

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El bufón don Diego de Acedo era un genio, un pulpo de las ideas. Su talento se malogró tras un ataque de meteorismo. Se dijo ya por entonces que las señoras y los señores de la Corte eran esclavos de las narices todo el tiempo. Su pista se pierde en 1645, muy cerca de Saturno, tras una cuchipanda de garbanzos.

 

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Acudieron tantos bufones a una convención celebrada en Burgos que muchos creyeron que había llegado el fin del mundo. La gente permaneció en sus casas aterrada por el sonido constante de los cascabeles que casi todos creyeron procedente de ofidios monstruosos. Fueron, sin embargo, las pedorretas generalizadas las que desataron el pánico en la ciudad.

 

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La primera revuelta que sofocó don Juan de Austria se produjo en el palacio del Milanesado. Uno de sus soldados, según parece, se atrincheró en la cocina y se negó a compartir los tortellini. Aquel suceso impresionó a la Corte.

 

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Un taciturno y brumoso uno de noviembre de 1682 se apareció en La Carolina el fantasma de un tal Maese J. Pérez después de un letargo de más de cincuenta años. A nadie le cogió por sorpresa, a tenor de sus siestas. Había recordado finalmente que su vecino, un tacaño engreído, aún no le había devuelto su espléndido y maravilloso cortador de puros.

 

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Según el historiador Benengeli la que sigue podría ser la primera versión del epitafio hallado en la tumba de Alejandro VI “Borgia”: Descansa en pax romana. Tu mentora, la cicuta, de la familia de las umbelíferas, no te olvida.

 

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Está históricamente contrastado que Felipe II siempre pedía lo mismo a los reyes magos: un imperio mundial y unos patucos.

 

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En el instante en que Ponce de León y Orellana cruzaron casualmente sus caminos, ambos creían que habían llegado por fin a Luxemburgo.

 

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Una mañana de 1621, después de haber soñado con una de las historias fantásticas del Amadís de Gaula, el duque de Lerma fue fagocitado por su propia barba en su casa de Tordesillas. La misma suerte corrió su loro, una mesita estilo imperio y el pintoresco retrato de la reina madre.

 

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El conde de Villamediana, poeta insigne, tenía la costumbre de obsequiar bellos consejos a sus interlocutores. Verbigracia: si te haces esculpir una estatua ecuestre no olvides nunca dónde va el caballo. También solía decir: no acudas nunca a una orgía disfrazado de langosta.

 

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El primer regalo que recibió Colón fue una pelota. En ella dibujó el nuevo continente, la costa de Génova y un daguerrotipo poco agraciado de la profesora de cálculo. Una vez hecho esto, dejó la pelota en el suelo, cogió carrerilla y le lanzó un zapatazo en dirección a su gorrón y melodramático vecino, el cual llevaba diez minutos intentando hacerse con los últimos y exquisitos ejemplares de fusilli.

 

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Narra don Pablo de Valladolid que Tales de Mileto se levantaba todas las mañanas a las siete y se dirigía con presteza al trabajo para sumergirse en el peligroso arte de hallar perímetros. Como era previsible (tanto va el cántaro a la fuente…), el área de un vulgar dodecaedro acabó con su vida.

 

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Garcilaso escribía unos epitafios buenísimos. Pese a ello, no le llegó nunca ni una sola felicitación.

 

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Cierto hispanista, en sus comentarios a la obra de Cervantes, afirma que Galatea fue la castigadora de Polifemo. Polifemo, aparte de un amante de la carne cruda, era un cíclope tan malévolo como los demás, si bien acabó tiernamente con las jaquecas de Acis, el cual reaccionó como cabría esperar: transformándose en río. Ya no quedan amigos así.

 

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A Felipe III tuvieron que colocarle unas tablillas en la pierna derecha a la edad de veinte años. El origen de la fractura: la caída del Imperio desde una altura de tres metros.

 

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El bufón don Juan de Austria disfrutaba contando epigramas absurdos y astracanadas con los que solía aderezar los banquetes. A él le parecían chistosos y ocurrentes pero a los pocos meses se le ató a un sillón y fue sustituido por un muñeco de trapo. Ninguno de sus oyentes, que se sepa, se percató del cambio, menos aún se encadenó a una columna o amenazó con comerse la bufanda.

 

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El reloj de don Felipe IV no era un reloj cualquiera. Pues eso, que le gustaba dar la campanada.

 

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En mitad de la batalla de Roma una encantadora ancianita halló unas gafas en el suelo. Las apartó para que nadie las pisara y luego pensó entregárselas a Carlos V. Mientras tanto, le hizo un bonito jersey naranja.

 

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Don Antonio Pérez coleccionó un total de mil cuatrocientas siete reverencias. Tras ciertos apuros económicos, el carismático caballero decidió sacarlas a subasta en Almodovar del Campo. Finalmente se vendieron por el precio de salida: nada.

 

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Hay quien da autenticidad al siguiente diálogo.

MIGUEL SERVET: ¿Qué opina de la Filosofía?

INQUISIDOR /CENSOR/AGUAFIESTAS: ¿Qué opina de la Filosofía quién?

 

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Olivares fue un valido vanidoso según el conde de Lemos; según Quevedo un globo aerostático y absurdo. Paradójicamente, su política era poco elevada.

 

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Una tarde del lacio otoño de 1601 el virrey de Nápoles se asomó a la ventana de su casa intrigado por una extraña esfera que cruzaba el cielo desde Brescia. Llegó a rozarla con el dedo índice de su mano derecha, lo cual le permitió determinar su composición. Era ésta la que corresponde a una gran masa de pollenta de unos cuarenta y ocho metros de diámetro. Reparó, además, en un detalle perturbador: necesitaba, sin lugar a dudas, una rectificación de sal.

 

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Hernán Cortés detestaba los caimanes. La animadversión era, al parecer, mutua.

 

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El rey Felipe II entró una mañana en un extraño bucle espaciotemporal. Se vio a sí mismo durante dos minutos encallado en una retención de tráfico mientras se dirigía a las puertas de la ciudad de Madrid a los mandos de un vehículo de gran cilindrada. Tras hacer sonar el claxon hasta la saciedad y pronunciar algunas interjecciones en vulgar latín, Felipe II reapareció sin más en su sofá churrigueresco con una ciclópea jarra de cerveza misteriosamente vacía sobre la cabeza.

 

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He aquí un valioso documento: los últimos días antes del diario de a bordo de un tal Cristóbal Colón. Narra lo acaecido en su carabela justo antes del trascendental descubrimiento.

03 de octubre de 1492

Al mediodía hemos perdido el ancla. Tras un par de horas hemos dado con ella. Algún bromista la había atado a una cuerda y lanzado al mar. Qué idea más absurda.

 

04 de octubre de 1492

El día de hoy ha resultado anodino. Para pasar el rato he recurrido a un crucigrama. Como siempre ha encallado por culpa de una sola palabra: azul, inmenso, navegable, de tres letras.

 

05 de octubre de 1492

Un cachalote con chaqueta cruzada nos ha acompañado esta tarde por la zona de babor. Para sorpresa de todos nos ha saludado en perfecto castellano y, tras subir a bordo, ha acabado con la mitad de las provisiones, incluido el coñac, ha pedido un mondadientes y se ha largado por la zona de estribor. Ha prometido volver pronto.

 

06 de octubre de 1492

Hoy hemos sido testigos de los primeros episodios de mar gruesa desde que salimos de España. No he podido colocarme hasta ahora las lentillas, así que no he logrado ver nada en toda la mañana salvo un marinero enorme. Hasta he cogido a uno de los hermanos Pinzón por las orejas pensando que sujetaba en realidad el timón.

 

07 de octubre de 1492

Calma absoluta con alguna brisa del noreste. Me asalta una duda: ¿y si el mundo no es redondo sino una gigantesca planicie? En tal caso, corremos el riesgo de darnos un tortazo superlativo. Pues eso, que no hay plan be. Bueno, sí lo hay: la venta de mis cartas náuticas a una multinacional de artículos de broma.

 

08 de octubre de 1492

Esta tarde he sido picoteado por una gaviota mientras hacía uso del astrolabio con tan mala fortuna que me ha caído al agua el cacharro. Ahora, a falta de éste, estoy poniendo la palma abierta de la mano sobre la nariz. Tres marineros se han mostrado pendencieros conmigo; habrán pensado que les tomaba el pelo. No sé cómo reaccionará la tripulación cuando les comente la última decisión real: obligar a que nos duchemos una vez al mes. Y yo me pregunto, ¿qué somos, súbditos o anémonas?

 

09 de octubre de 1492

Hoy han sido vistas por estribor unas maderas. Entre la tripulación ha corrido el rumor de que habíamos atisbado tierra. Tras las maderas se ha visto flotar una cacerola. De “tierra a la vista” nada, todo ha sido culpa del cocinero mortadeliano, que ha vuelto a pelearse con la gallina. He de llamar a ambos al orden.

 

10 de octubre de 1492

Viento del sureste y pequeños nubarrones por babor. El vigía ha perdido su helado de horchata, el cual ha acabado casualmente sobre mi cabeza. Touché. No es el primer despiste que tiene; también ha confundido babor con estribor y a Isabel la Católica con Fernando el Católico; además, creía que eran protestantes.

 

11 de octubre de 1492

Mar rizada. Se ha producido esta mañana un pequeño motín tras no ponerse de acuerdo los hermanos Pinzón acerca de quién de los dos debía dar la orden de arriar las velas. Se lo han jugado a la carta más alta. Finalmente he tenido que mediar yo mismo pues ninguno de los dos disponía de los elementales conocimientos matemáticos. El cocinero ha vuelto a su estado habitual de mala gaita. Al parecer ha descubierto que su regalo de cumpleaños, un queso de gruyere de unos veinticinco quilos, era en realidad un pulcro y monumental agujero.

 

12 de octubre de 1492

Hoy se ha divisado tierra. Ha sido un momento memorable. Lástima que me lo haya perdido por la tontería de siempre: se me ha encajado la cabeza en el ojo de buey de la popa. Bien entrada la tarde he conseguido divisarla gracias a la intervención del cocinero. Según me ha dicho, nunca había tardado tanto en descorchar una botella.

 

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A causa de la insufrible lectura de sus chistes malos (en particular su chiste sobre los problemas de El Cano para ajustarse la lechuguilla en el Atlántico) el bufón Estebanillo acabó convertido por el alquimista imperial en vulgar piedra filosofal.

 

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El bufón Aarón, autor de las “Diez historietas churriguerescas”, no llegó a convencer a ningún editor para que publicara su trilogía humorística. De estas fabulosas obras nada se supo si bien uno de sus chistes, subtitulado “la señora, el cocinero, el castrati y la zanahoria”, apareció milagrosamente en forma de pajarita de papel sobre la mesa del último consejo de ministros de Felipe IV.

 

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El licenciado Vidriera denunció a una bruja por haberlo transformado en vaca durante un aquelarre celebrado en Trasmoz. Todavía horrorizado recordó con nitidez haber sido muñido al menos en tres ocasiones.

 

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Según los críticos de arte la fiera mirada del Marte velazqueño tiene su origen en una tensa conversación con el modelo.

VELÁZQUEZ: Ahora medite seriamente en si le voy a pagar.

“MARTE”: Bien.

VELÁZQUEZ: Sublime, no se mueva.

 

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El duque de Mantecosa y barón del Rábano (ambos títulos, obviamente, fueron comprados a Felipe IV) decidió indagar sobre sus orígenes nobles. Tras una exhaustiva investigación halló en los archivos de cierta rancia abadía que su tatarabuelo, un gigantón de carácter adusto que ejercía de terrateniente agrícola, era en realidad una grotesca y monumental patata.

 

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Los peligros de la tecnología fueron señalados ya por Gracián, incluido el embrutecimiento de la cultura, del pensamiento, el sectarismo, el egoísmo irrespetuoso y el triunfo absoluto de la idiotez. También nos previno sobre los teléfonos móviles, las conversaciones sin alma, la música insufrible y los bidets mecánicos con efecto absorbente al estilo maelström.

 

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En cierta ocasión el duque de Uceda dejó olvidada en una pera su dentadura postiza, lo cual no fue óbice para que pronunciara un emotivo discurso ante Felipe III. Nadie entendió nada, sobre todo teniendo en cuenta que los aplausos se volvieron frenéticos tan pronto como comenzó a hablar.

 

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A Carlos I se le congeló el casco en su campaña en Italia o eso se dijo. Costó lo suyo separárselo de la sesera. Se recurrió incluso al campeón de halterofilia de ese año pero fue inútil. Finalmente intervino toda la caballería.

 

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Está más que comprobado que el beso con lechuguillas reales es materialmente imposible, especialmente en el Barroco.

 

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Jorge Juan Ulloa confundió un eclipse con la llegada intempestiva de su suegra. No le quedó más remedio que rehacer sus cálculos y cocinar, de paso, otra merluza.

 

 

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He aquí las últimas (y escuetas) voluntades de Carlos V, emperador del sacro imperio, según un vecino cotilla del castillo de al lado.

A mi lego consejero lego unos higos secos, a Isabel un pámpano, a Margarita un cuerno, a Juana un ripio, a Tadea nada, a Juan la nada. Ah, casi se me olvida, a mi amado hijo le lego un imperio, palmo arriba o abajo (si no lo encuentras busca dentro de la cómoda).

 

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La asociación de bufones sulfurosos de Flandes estuvo a punto de hacerle un busto de homenaje al duque de Alba. La idea, sin embargo, no terminó de seducirle. Según parece, tenía que morirse cuanto antes.

 

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Mariana de Austria conoció a Felipe IV. Felipe IV conoció a Mariana de Austria. Mariana y Felipe se casaron. Madrid respiró aliviada. Todo iba de maravilla. Y entonces llegaron ambos a palacio y hubo que decidir sobre el destino de aquella espantosa figura de papel maché.

 

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Quizá Colón no fue el primer descubridor de América. La primera llegada de los vikingos a Norteamérica podría datar del siglo XIV. Según las crónicas de la época la visita transcurrió sin incidentes destacables. Aprovecharon la ocasión para intercambiar cuernos sonoros, ver el último espectáculo musical en Broadway y hacerse con un par de cartones de tabaco ignífugo especialmente ideado para sus voluminosas barbas. Fin de la crónica.

 

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Según algunas fuentes el genial escritor Miguel de Cervantes podría haber muerto al recibir el impacto de una biografía de Lope de Vega. Al parecer alguien había reconocido a su antiguo editor de su último entremés bajo el papel de enorme florero con patas.

 

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Domingo de Soto, el escritor visionario, habló por primera vez en sus escritos de ese fenómeno de masas que es Internet. Más aún, llevó a cabo uno de los primeros experimentos en torno a la red de redes. Tenía, según parece, una flota de pichones mensajeros a los que adoctrinaba cada día con la posibilidad de viajes interplanetarios. Todavía se conserva nota manuscrita de algunos mensajes, primeros correos electrónicos de la historia: “aquí te envío las instrucciones de la tostadora, el alpiste corre de mi cuenta”, “en la pata derecha encontrarás un cheque virtual en letra gótica, avísame si consigues cobrarlo”, “te ruego que no embutas de comida a mis palomas, tu último mensaje fue una monumental cagada”, “se me ha ocurrido algo notable: en mi próximo libro, que será un gran éxito, pienso mandar a la Luna a mi editor”.

 

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En el lejano ano (tranquilidad, es una errata) de 1579 un conspiranoico Felipe II mandó arrestar, en una decisión sin precedentes, a sus otras cinco personalidades, incluida la de una más que convincente Princesa de Éboli.

 

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La órbita de los satélites de Marte fue explicada con todo lujo de detalles por Juan Roget al obispo de Girona. Para ello hizo uso de dos hogazas rotatorias. El obispo prometió discutir la compra del telescopio de Roget siempre que éste olvidara su extravagante idea acerca del heliocentrismo y devolviera las veintiocho longanizas con las que pretendía ilustrar el comportamiento errático de los cometas.

 

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En cierto anecdotario se tiene por tacaño imperial a Carlos I. Tal disparate proviene de diálogos inventados como este o, peor aún, de leyendas interesadas.

CARLOS I (O SEA, V): No.

JUAN SEBASTIÁN EL CANO: Pero, Majestad, si todavía no os he pedido nada.

CARLOS V (O SEA, I): O sea que venías a pedir.

 

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En el año 1421 apareció en una aldea próxima a Calatayud un extraño objeto redondeado. Jamás se había visto nada igual. Doscientos años más tarde el paladín del rey, de visita en la villa, reconoció el extraño hallazgo: era una simple y vulgar galleta.

 

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La consecuencia inmediata del envío por Olivares al rey de Francia de un autorretrato de sus nalgas fue una declaración de guerra. El soberano francés creyó que lo remitido no era otra cosa que una caricatura de su cara.

 

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En la obra “El galán fantasma” Calderón preveía la muerte de Astolfo por una indigestión de rimas. Aunque la idea fue abandonada y sustituida por una piel de plátano, algunos críticos actuales (haberlos haylos) piensan que siguen sobrando versos e incluso algún que otro personaje, el de Astolfo por ejemplo.

 

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Un tal Francisco de Quevedo y Villegas clamó al cielo al descubrir que se hallaba en la lista negra del conde-duque e incluso le escribió una memorable carta. Intrigado por la falta de contestación, decidió enviársela.

 

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El letrado del bufón Periquillo manifestó lo siguiente ante el tribunal inquisitorial tras ser acusado de impudicia en unas Carnestolendas celebradas cerca de la villa de Padrón. Se trata del único fragmento conservado de las alegaciones (ardieron todas).

Mi cliente asegura que no estaba allí, que como mucho palpó algo semejante a unos cojines creyéndolos del lecho, por lo que continuó durmiendo boca arriba con su desnudo reloj de Sol hasta que lo despertó un búho de la guardia posado sobre su cabeza. Desea, por tanto, desvincularse categóricamente de aquel amasijo de carnes y niega haber pronunciado aquellas consignas irreverentes que se le atribuyen conocidas con el nombre en clave de “pedorretas”.

 

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Según el galeno de Quevedo, como consecuencia de la lectura ininterrumpida de la obra de Góngora podían darse en el paciente los siguientes efectos adversos: intentos infructuosos de peinarse como Mariana de Austria, súbito deseo de cruzar el Duero sin gregüescos, monólogos de Calderón de la Barca, dadaísmo, astigmatismo, redundancias, genialidad aparente, gruñidos atonales, poemas de Mingo, aplausos, palabras espirituosas, mala suerte, filibusterismo, trampas en el juego y ladillas musicales.

 

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Tras su fallido intento de conquistar el corazón de Dulcinea, el caballero de la triste figura se propuso conquistar en formidable duelo la ínsula de Barataria para su amigo y escudero Sancho. Por un espantoso error de cálculo causado por la defectuosa visera de su casco, el manchego universal montó al revés en su équido. Éste salió espoleado hacia el este, seguido de mil ovejas, y no paró día y noche hasta dar con la orilla del Ebro. Todos vieron cómo don Quijote lograba sobrevolar el río tras frenar en seco su rocín. Fue su última y memorable hazaña.

 

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El paseo que se dio un risueño Jerónimo de Ayanz en un prototipo diseñado por Leonardo da Vinci tuvo importantes repercusiones científicas. Ayanz abandonó definitivamente la aeronáutica y se decidió por otras ramas de la ingeniería. Respecto al destino del pavo enajenado que acabó agarrado a su cabeza tras una de aquellas piruetas aéreas no hay una versión unánime.

 

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En el transcurso de un recital conceptual de Francisco de Aldana intentó suicidarse con una tostada procedente de unas gachas. Al no conseguirlo optó por comerse el periódico del día (en portada lo de siempre: la decadencia del Imperio). Esta vez casi lo consigue. La causa de tal despropósito fue el intento de Luis de Góngora por explicar el significado de una de sus metáforas ante un auditorio abarrotado de genios sonetistas provistos de carracas.

 

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En sus últimos años Felipe II oía voces. Casi con toda seguridad se trataba de su sombrerero. Todavía le debía dinero.

 

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A mediados del siglo XVII Madrid canceló una ópera tradicional alemana y la sustituyó por otra de Juan Hidalgo. Al día siguiente la ciudad fue invadida por un grupo de nibelungos con barbas postizas y enormes tirachinas de precisión.

 

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En una acción particularmente soez y lamentable desarrollada en Miguel Turra, el polémico bufón Calabazón, alias “Morra”, logró agrietar unos quevedos a una distancia de quince metros gracias al incuestionable efecto de una de sus descomunales flatulencias. El portador de dichas lentes despertó de su siesta y presentó inmediatamente una denuncia a consecuencia de la cual le fue retirada al tal Morra la licencia de vis cómica.

 

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Tras la exitosa publicación de la premática de Felipe IV sobre el juego del tute vino la innovadora idea de subirse las calzas por encima de las rodillas. Fue uno de sus mayores logros. El prestigio del sagaz rey decayó, empero, cuando se hizo pública la información de que había confundido su propia nariz con una luciérnaga.

 

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A diferencia de Pizarro, Gonzalo Fernández de Córdoba no se vio afectado nunca por ningún eclipse anular de barba.

 

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A Cabezón hijo, músico de la Corte, le unía una más que evidente complicidad con el emperador, sobre todo a la altura de las sienes. Empujado por la necesidad no dudó ni un momento en presentarse a unas oposiciones a cuñado plomizo de Carlos II, tarea a la que dedicó treinta años y un día más o menos. Su acción más audaz fue comerse un violín de don Cristóbal de Morales.

 

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Mientras Felipe II contemplaba su nueva estatua se dio cuenta de una circunstancia inquietante: al parecer Felipe II estaba haciéndole sombra a Felipe II.

 

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El gran y malogrado bufón Francesillo (él, nuevamente) se hizo popular en los ambientes más selectos de la Corte de Carlos V. No había noche que no terminara siendo el alma de la fiesta a pesar de acabar hostigado, casi siempre, por algún conde suspicaz con aspecto de cacatúa. Tenía además la costumbre de desaparecer ante las narices de todos. Utilizaba para ello un viejo truco: escabullirse disfrazado de mostacho bávaro o pastel de frambuesa con gafas.

 

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El verdugo de confianza de Carlos V (Carlos I para los amigos) fue arrojado de Toledo mediante la catapulta de palacio. Según las crónicas de la época fue sorprendido utilizando ésta para su próspero aunque accidentado negocio de sandías a domicilio.

 

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Viejos anuarios barrocos recogen un suceso extrañísimo. El protagonista es un vecino de Villafranca del Cid.

Mientras volvía a mi casa en Villafranca, sobre el bello puente de piedra de La Pobla del Bellestar, observé una nube que conformaba lo que por un momento me parecieron dos enormes filetes de buey junto a la nítida figura del conde-duque de Olivares. Entonces, fruto de la visión, recordé que no había almorzado.

 

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Corría el año 1655 cuando un célebre alquimista toledano consiguió destilar en su alambique, sin demasiado esfuerzo, la más pura esencia de la estupidez humana.

 

Fin del anecdotario bufonesco
LAUS DEO

Aarón Andrés
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