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Alcandora, sus gentes e historias, de Ricardo Alba Santamaría
(primeras páginas)

jueves 11 de julio de 2024
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“Alcandora, sus gentes e historias”, de Ricardo Alba Santamaría

Alcandora, sus gentes e historias
Ricardo Alba Santamaría
Novela
Editorial Hebras de Tinta
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-84-127713-8-1
86 páginas

Recién nacida tiraron la niña a la mar. Es la costumbre en el barrio Pesquero de Alcandora, arrojar a las criaturas apenas afloradas del vientre materno a la dársena del Cuadro. El tiempo pasaba lentamente como en un parsimonioso reloj de arena: uno, dos, tres, cuatro minutos, la angustia cundió entre los espectadores de la enraizada liturgia de iniciación marinera. La niña no salía, algunos hombres ya dispuestos a zambullirse. Puri, la madre del bebé, estrujó el brazo de su marido pasado el tiempo que ella presumía más que prudencial. Al cabo, la pequeñina afloró a la superficie como repelida, propulsada. La niña quedó flotando con los ojos bien abiertos y una sonrisa que dejaba al descubierto sus encías sonrosadas. Corrió la voz por el barrio: “la ‘Nenuca’ de la Puri estuvo sumergida en la mar más de cuatro minutos y salió viva”.

Sentado en el noray frente a la estatua del pescador, Chigüi cuenta sus historias a quien quiera escucharlas. Chigüi lleva un aro colgado del lóbulo de la oreja izquierda. Él acentúa con voz áspera, reseca como los arbustos secos de esparto, que el aro se gana después de haber doblado el cabo de Hornos, que lo demás son pijerías. —“Hay que tenerlos bien puestos para aguantar vientos huracanados, olas de veinte metros, lluvias, nieve, escollos..., antes lo llamaban el cabo de las Tormentas con eso está todo dicho”.

El barrio Pesquero de Alcandora es muy distinto a otros barrios pesqueros por sus nispoleros espesados de nísperos como pecas de color amarillo. Es, por así decir, un islote de casas entretejidas con tendales de cuerdas atadas de unas ventanas a otras como a modo de tela de araña. Ahí, en los cordeles, se tienden a secar las ropas sin disimulo: sábanas, pantalones, faldas, calzoncillos, bragas, ropa de faena, manteles y así..., no hay, pues, secretos. Todos se conocen, conforman una familia que comparte el cuidado de los críos, las angustias de los retrasos en la llegada de los barcos a puerto, los precios de la subasta diaria, tejer y remendar las redes de pesca.

Santos, el padre de Nenuca, antes de decidirse a lo que por timidez no se atrevía, compró de uno en uno más de quince calzoncillos largos en la tienda de Puri que andaba escamada ante tal abundante compra de ropa interior. Ella llegó a pensar que bueno, bien, que en alta mar hace mucho frío y debía abrigarse, pero, vamos, que a lo peor es que no los lavaba. En la fachada de la tienda de Puri, La Bomba, colgaba un cartel anunciante de las distintas labores: ‘Cortamos, estrechamos, ensanchamos, forros, prendas, tejedora, zurcidora, plisados, bordados, coderas, ojales, frunces y nido abeja, corsetería, mercería, lencería, puntos media, ropa cama y mesa, acortamos prendas de punto’, y Santos Candina leía despacito cada una de las palabras antes de entrar a pedirle a Puri un calzoncillo largo más.

—Santos, ¿es que te comes los calzoncillos?

—No, que va, vengo a verte a ti y me da cosa salir sin comprarte nada.

 


 

A las cuatro de la madrugada el guardián nocturno golpea con una vara de bambú las puertas de las casas, es la hora de volver al muelle para salir a faenar. El hombre despertador se planta en la plaza hasta tomar certeza de que todos los pescadores ya se han levantado. El buen hombre de la cachiporra, el ‘Gandarillas’, no quiere que una máquina le atraque en la jubilación. Su vida y los sueños van ligados a la mar en el barrio pesquero de Alcandora.

Puri salta de la cama, ni un solo día ha dejado marchar a su marido sin darle un beso. En sus adentros piensa si será el último y no se lo perdonaría jamás. Santos Candina, patrón del Candina IV, sonríe, se despide con un ‘no te preocupes, hasta la tarde’. La misma escena repetida jornada tras jornada durante dieciocho años en los que ‘Nenuca’ ha revoloteado como un albatros entre la ropa tendida, ha crecido entre juegos, se ha aplicado en los estudios y ha aprendido de buena tinta los secretos de las artes de pesca y la mar, su mar.

Como otras muchas mujeres del barrio pesquero de Alcandora, Puri anduvo un tiempo mariscando almejas, berberechos, navajas chirlas, coquinas, hasta que el castigo de la mar le alcanzó a los huesos. Dejó el rastrillo y el barreño. Volvió a la costura. Cualquier sábana, mantel, colcha, arreglo de faldas y pantalones o prendas de vestir, que precisaran arreglo pasaban por sus manos.

Puntada tras puntada, pedaleo tras pedaleo en la máquina de coser, Puri entretenía la labor en franca conversación con alguna vecina, que si esto, que si lo otro... A Puri no le gustaba el comadreo, pero a ver, no era cosa de mostrarse antipática porque ella sabía de sobra lo mucho que era querida en el barrio sin haber nacido en el Pesquero.

Desde la ventana del cuarto de costura podía ver y escuchar a Chigüi siempre con alguna historia que narrar con voz cazallera tan cuarteada como su piel, quebrada como los arbustos secos de espartizales.

—“...y a pesar de la galerna de extraordinaria violencia, que arbolaba la mar y desarbolaba los barcos y las fuerzas de marineros, no íbamos a regresar de vacío. Arriamos las velas mayores, el viento zarandeaba la barca, nos hallábamos a quince millas del puerto más cercano o de cualquier otro refugio y ¿qué hice? dejar correr el temporal a palo seco, en paralelo al litoral. Aquella fuerza natural no pudo con el casco ni con nosotros, ordené izar ‘la unción’ de popa e iniciamos una loca carrera huyendo del temporal. Tuvimos suerte y redaño. Tenedlo presente, chicos, un timonel no debe girar la cabeza si viene una gigantesca ola porque el miedo le agarrotaría.

Así habéis de maniobrar en vuestras vidas cuando os arrecie un temporal imprevisto”.

Puri miraba de reojo el grupo de niños y jóvenes acomodados alrededor del noray donde invariablemente se sentaba Chigüi. Atentos a sus relatos no pestañeaban ni se movían del sitio hasta que Chigüi cortaba el relato: —vale por hoy, quien quiera más historias que venga aquí mañana a la misma hora.

—Nenuca, acércate un momento, por favor.

Al oírlo, Puri se levantó como un muelle, se acercó a la ventana.

—Nenuca, escuchas mis historias con tanta atención como si ya las hubieras vivido. Te voy a contar algo que ha de quedar entre los dos, ¿sí?

—Claro Chigüi, no se lo contaré a nadie.

—Puri es tu madre, pero tú eres hija de la mar, ahí está tu sitio, no me cabe duda. Te he visto nadar como una sirena, faenar en los pesqueros con arrojo cuando han venido malos vientos. Sí, Nenuca, tú eres hija de la mar.

—¡Chigüi, no le metas esas cosas en la cabeza a la chica! Lo que me faltaba, como si no fuera bastante con lo que ya le cuenta Santos o cualquiera de los patrones que la suben a las barcas. Que cada vez que sale a la mar, yo vivo con el alma en vilo.

Puri atropelló las últimas palabras mientras iba a la cocina. Removió un par de veces el estofado de patatas con carne. El buen olor del guiso untaba el Pesquero.

 


 

El bar de Dictinio, el Dic lo llama él porque así le suena más internacional, el Tanatorio y la Peluquería de Charo son los principales lugares de encuentro en Alcandora. En una de las salas de velatorio, sentada en un butacón, los ojos enrojecidos, un pañuelo mojado y estrujado en la mano, Laura contaba a la concurrencia que su padre, Sebastián, Sebas, se había dormido para siempre antes del gol de Iniesta aquella noche que España jugaba la final del mundial de fútbol.

—Que me lo dijo el médico y mira, mejor, así ni sufrió ni se enteró. Algún día había de ser, yo ya lo veía venir porque el pobrecito..., qué os voy a contar, cada día más flojo, encogido en el sillón, siempre con frío, y solo alguna vez sabía quién era yo, ¡pobrecito mío!, descansó y que Dios lo tenga en su gloria. Tanto que querías salir de la residencia, pues ya estás fuera papá, pero no sé qué es peor—. Laura sintió un escalofrío, se le desprendieron lágrimas atascadas, la asaltó la confusión del y ahora, ¿qué?

Nenuca acarició la cara de Laura —ahora a vivir, que ya te toca.

Las mujeres rodearon a Laura, la abrazaban con el mimo de quien ya sabe lo que es echar en falta la dedicación al cuidado de un padre o una madre ancianos.

En Alcandora es costumbre que la familia del fallecido se coloque en medio de la plaza para recibir el pésame de familiares, amigos y vecinos. Laura, divorciada de un miserable, llevaba a su bebé en brazos; Matilde, hermana de Sebastián; Prudencio y Vicente, primos hermanos del finado, los cuatro de pie y apretados unos a otros, acusaban recibo de las condolencias. La larga cola, casi todo el pueblo, menguaba a medida que de uno en uno se detenían frente a los parientes de Sebas, musitaban unas palabras apenas perceptibles y continuaban camino.

Evangelio, intenta disimular su estatura cortita con alzas en los zapatos además de calzarse un sombrero de paja modelo panamá de copa alta. Pasado un largo rato de cháchara con Lucas, algo así como tres cuartos de hora, con el ramo de crisantemos acunado entre los brazos, le llegó el turno de dar el pésame. Coincidió con la hora de alimentar al bebé, así que Laura con toda naturalidad sacó un pecho a cuyo pezón se aferró la criatura

—Laura, quiero decirte que tu padre era un gran hombre. Siento que ya no esté, mucho has hecho por él, lo sabe todo el pueblo. Oye, chavalín, a buena teta te has cogido.

A decir verdad, el cortejo acabó en ese momento, sin más condolencias. Las penas, las tristezas, se mudaron en un coro de murmullos ásperos y risas furtivas contenidas. Las cosas de Evangelio se decían unos a otros de los pocos que acudieron al entierro, porque lo demás ya se había dicho y repetido. Chigüi no le dio el pésame a Laura ni bajó al cementerio.

—“Ya he visto muchos muertos en mi vida. Ahora mismo recuerdo..., hum..., no sé si contaros..., al que le de miedo que se vaya. Aún el sol era una raya brillante en el horizonte, no se le veían los ojos, tan solo las cejas, cuando desde las Negras partió el ‘Glorioso’. ¡Qué maravilla de barco! Con su quilla partía ágilmente la superficie del agua, el casco rompía las olas de proa, la marinería se afanaba cada cuál en lo suyo. A quince millas mar adentro dieron con un gran banco de pesca. El patrón fondeó el ‘Glorioso’ aproado al viento. A medida que subían las capturas al barco repararon en la mezcolanza de especies: sardinas, boquerones, merluzas, brótolas, rapes... Algo no iba bien... —Chigüi hizo una premeditada pausa— “... impetuosamente, tres monstruosas ballenas arremetieron a babor y estribor contra el casco del barco. Dos de los tripulantes cayeron al mar, fueron engullidos por una de las ballenas que al poco los vomitó envueltos en sangre, sin cabezas, sin piernas, les había arrancado las tripas... El patrón hizo una llamada de socorro, las ballenas habían abierto dos vías de agua en el buque a fuerza de empellones y coletazos, el hundimiento del pesquero era inminente... —Mañana os contaré como acabó el asunto. Ahora, a casa, a estudiar”.

La chiquillería abandonó la lonja excepto Nenuca.

—¿Qué buscas, Nenuca?—, preguntó Chigüi.

—Saber si alguno de los pescadores se salvó. No puedo esperar a mañana.

—Algún día te llevaré a un lugar que nadie conoce, excepto yo. Así que en el camino te contaré el final de la historia.

 


 

El Casino de Alcandora se divide en dos clanes: los del ‘subastao’ y los del ‘mus’. Evangelio no quiso tomar parte en ninguno de los juegos de naipes. Se acercó a la barra, pidió un refresco y un bollo blandito, —porque no tengo dientes de lo vulgar que he sido, que aguantaba las cuerdas de las bestias con la boca. Con borricos y mulos transportando carbón que no había butano para llevarlo a los pueblos que hicieran de comer en las hornillas.

Evangelio se apalancó en un extremo del mostrador. Miraba, simplemente miraba. Ni se dio cuenta de que Nenuca le dejó una nota en el mostrador. Le envolvió el vacío, una sacudida que no había sentido nunca. Conocía el agujero de estómago, el del hambre de cada noche sin cena. Desde muy niño, Evangelio tuvo que buscarse la vida, no tenía tiempo de pensar en otra cosa que no fuera llevar una ayuda a la casa. Vendía patatas de pueblo en pueblo que recorría sentado a horcajadas de Incitato. Evangelio le puso a su burro el nombre del caballo de Calígula —porque alguien me lo dijo cuando lo de la Legión, que el tío ese era la hostia, un dios o así de romanos.

El silencio le hizo sentir huérfano como aquella vez, al regresar de la mili. La familia había comprado un tractor, ¡un tractor! Su padre dijo de dar un paseo los tres subidos en el vehículo. —No, yo quiero ver cómo se mueve en el terreno. Ir vosotros dos, yo miro.

El sonido del motor le estremeció. El tractor comenzó la marcha. A medida que se alejaba a Evangelio le parecía más bonito si cabe. Se veía ya sentado en aquél tractor que se inclinó un poco a la derecha y luego más y luego más y luego volcó, dio varias vueltas por la pequeña ladera. Evangelio creyó estar viendo una película hasta que un resorte le lanzó a toda carrera al lugar del vuelco. Los cuerpos de sus padres yacían como un par de títeres de guiñol aplastados por el tractor.

Aquella fue una más de las cicatrices que le acompañan en momentos de soledades como grabadas, esculpidas con espinas, en su cerebro

—¡Que yo llevaba grandes y juego, joé!

La bronca de una pareja de mus le sacó de su ensimismamiento.

 


 

A Lucas le pareció haberla visto saltar sobre las olas un día de bruma. Lo atribuyó a un desvarío, a un golpe de calor, a un sueño incompleto, quizá a no llevar puestas las gafas de lejos, lo más probable. Al cabo de los días, con la alucinación ya olvidada, paseaba por entre los encajes del mar absorto en los volantes de espuma. Sería ahora mismo incapaz de refrescar aquellos pensamientos de entonces; además, de nada serviría traerlos a la memoria. Allí quedaron, allí están bien. Le turbó, eso sí, advertir que, en un día tan soleado, tan luminoso, una mancha casi negra, o mejor, de color carboncillo desvaído, anduviera anclada e inmóvil en el mismo punto. Llegó hasta aquel nublado confuso quizá del mismo modo que la mariposa se acerca hasta quedar prendida en la tela de araña. Le atrapó verla sentada sobre una roca con su cara entre las manos.

Paso a paso se alejó de la orilla de la mar. Su figura extraña crecía nítidamente cuanto más era la cercanía. A poco menos de un metro de distancia, ella levantó su mirada hacia Lucas. Tuvo que apartar su vista de aquellos ojos que de tan pulidos transparentaban, a través de ellos podía verse la inmensidad de lo infinito del cielo y de la mar. El vértigo de lo indescifrable le sujetó los pies a la arena de la playa, por un momento se sintió estatua incapaz de movimiento.

Hilos de algas coralinas se deslizaban hacia sus pies.

—Son mis lágrimas —dijo—. Me llamo Parténope y desapareceré cuando se hayan cumplido cinco pleamares más.

Jamás antes había escuchado una voz con aquella dulzura ni con tanta tortura. Tras un esfuerzo de todas sus capacidades, Lucas logró sentarse frente a ella absolutamente exhausto. No acertaba a articular palabra, tan sólo podía escuchar la música de su canto.

Supo, porque Parténope lo contaba, que desde siglos atrás recorría los mares en la incierta búsqueda de Ulises. Se había enamorado del único hombre que no atendió a sus reclamos, que no saltó del barco para escuchar de cerca sus susurros melodiosos. Estaba escrito, Parténope lo sabía y ahora Lucas también, que las sirenas tenían como principal obligación fascinar a los marineros para llevarlos a los dominios de Neptuno, pero si algún hombre era capaz de oírlas y no era atraído por ellas, debían morir.

Parténope giró su cuerpo. Dejó por completo a la vista al ser de cabellos largos, a la mujer con las piernas abrazadas de caracolas, de caballitos de mar, de conchas con perlas, de coral, y algas que le cubrían en parte dos aletas brillantes. Le hizo una pregunta: ¿dejarás tú que muera?

Lucas no respondió. La tomó en sus brazos y la acercó a la mar. Con mucha suavidad la depositó en el agua. Se quedó de pie en la orilla. Las olas fueron alejando a Parténope hasta perderla de vista. Pensó que, quizá, la sirena tendría suerte con algún marinero que abandonara el barco por ella.

En el camino de regreso a casa Lucas se juró que jamás, nunca, en toda su vida contaría a nadie el encuentro con la sirena. Le tomarían por loco y bastante tenía con lo del cementerio. Cayó en la cuenta de que posiblemente le hablaría de ello a su mujer. Hacia el sur se desataban los últimos rayos limpios y anaranjados de poniente.

Ricardo Alba Santamaría
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