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Marlis

sábado 7 de septiembre de 2024
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“Revuelos del Llano”, de Oscar Gilbonio
El cuento “Marlis” forma parte del libro Revuelos del Llano, de Oscar Gilbonio (Apogeo, 2023). Disponible en Amazon

Revuelos del Llano
Oscar Gilbonio
Cuentos
Editorial Apogeo
Lima (Perú), 2023
ISBN: 9786125028976
120 páginas

Cuando la conocí era pero bien feíta la Marlis. Si comparo la figura que tenía entonces con la que luce hoy hallo demasiada distancia: ahora le sobran las miradas cuando pasea por las calles chalacas, toda ella, deslumbrante. No estoy seguro si llegó a mi vida por su cuenta o más bien dejó que la encontrara, aunque siempre con la idea de irse un día, y quizá por mi culpa.

No debí haberla hermoseado tanto, temerariamente, provocando la iluminación de otros faros.

Vamos cinco meses juntos y creo conocerla por esos destellos que escalan los ánimos de uno. Nuestro pasatiempo es ir por las calles estrechas del barrio, distantes del puerto y la mar sobre la que se elevan los barcos cuando acrecienta la marea de la tarde.

A veces, el vuelo de las gaviotas descolgándose en el aire, el esmog de la ciudad gris desgastada, el ánimo alterado de la gente, me recuerdan que vine de lejos, dejando a mi hija y unos estudios de administración truncos. Si no fuera por Marlis me sería más difícil la pelea diaria por el arriendo, el plato de comida, la ropa y otras urgencias que le van apareciendo a uno.

Si hay que empezar diciendo algo es que no es fácil darle la talla. Demanda dedicación, llevarla siempre por delante. Yo, que la paseaba por plazas y carreteras cuando había buen tiempo, no me imaginé que fuera celosa, pero demasiado celosa. Algunos dicen que es invento mío porque no la conocen a fondo, no saben de sus arranques —menos de sus desarranques, que los he sufrido para contarlos—, y que es capaz de dejarme plantado en medio de la vía a cualquier hora del día, terca y sin oír razones. No me queda entonces más que agachar la cabeza, acariciarle el dorso y pedirle perdón con el fin de ablandarla.

Un día de esos, con una mañana de garúa embustera, me detuve a recoger a otra chica al borde de una vereda, parada bajo un hotel desteñido y sucio. Con lo coqueto que soy empezamos a conversar apenas se acomodó en el asiento posterior. Nos dijimos que sí, de veras bonito nombre el tuyo, visítame en mi Face, me das por si acaso tu número, te llevo a la avenida, y claro que nos podemos ver otro día por aquí mismo, adiós, mi bella. La chica se bajó en una vía repleta de gente apurada y todavía le hacía guiños calculados por el retrovisor sin saber que me esperaba el primer desplante, en plena pista y en hora punta.

En realidad, sólo pude avanzar diez metros a lo mucho y quizá lo que menos podía esperar era que la cadena de transmisión se soltara de repente en el momento menos pensado. Me pareció muy extraño, no podía aceptarlo dado que recién disfrutaba del renovado sistema de arrastre y las catalinas relucían como nunca los dientes parejos. Como suelo llevar mis herramientas no me fue difícil acomodarla de nuevo. Sin embargo, continuó resistiéndose, no quería arrancar por nada. Pensé en una falla eléctrica común y probé dándole duro al pedal, una y otra vez con fuerza. Nada. Verifiqué la gasolina, el aceite: ambos en nivel aceptable. No había de otra, me lo habían advertido, pero uno suele pasar por alto los consejos, comerse la luz sin pensar demasiado. Ignoraba cómo haría para convencerla. Se había plantado, muda, y yo le daba vuelta a las ideas para ver cómo conseguía llevar este cuerpo a buen recaudo.

Anda, mi amor, no seas así, le decía. Por favor, tengo que trabajar y sabes que recién voy empezando el día, te aseguro que no lo vuelvo a hacer, mami, le susurraba acariciándole el tanque rojo, calenturiento, pero impasible a mis ruegos. Marlis no respondía y seguía con su genio de cuaima. A esa hora la pista era una secuencia de charcos y de ruidos matinales, la gente abrumada en los paraderos se empujaba por tomar un transporte hacia el centro. Aguardé algunos minutos y cuando le di de nuevo y suavemente al pedal, un leve ronroneo me ofreció el motor, casi de inmediato pude disfrutar por fin, aliviado, del runrún del arranque. A pesar de esto, cerré la puerta de la cabina, me quedé cavilando, arranqué lento y le grité: ¡te pasas!

Si aquello casi me complica la vida, no se crea que es lo más grave. Les puede ir mucho peor a otros. Desde la espesa madrugada hay colegas que se pasan durante todo el día dando vueltas y vueltas, aburridos de vacío, buscando recoger pasajeros donde no los hay o siendo ignorados donde abundan como abejas, y lo que cuentan en el grupo es que a lo sumo hacen seis o siete soles, apenas para un almuerzo maluco o un perro caliente con bastante mayonesa y refresco. Por dárselas de casanovas de calle y sin mucha vergüenza andan tirando de lo lindo en el asiento posterior con el fin de ahorrarse el hotel, cosa que no consiente y, en definitiva, no perdona la susodicha. Ni que fuera una cualquiera en bajada por la vida. Ella se empava, y por más que busquen trabajo en otras calles, no rinde y, aunque se resistan a aceptarlo, no les queda sino cambiarla. Para evitar estos tropezones hay que empezar reconociendo que no se trata de una moto cualquiera. La Marlis tiene personalidad, exige respeto, atenciones; sabe de su apariencia singular, de sus caderas amplias: una rueda delantera y dos posteriores, una carroza de doce caballos de fuerza y una recia parrilla detrás para la carga. No había sabido de su especie hasta que me vine por estos lugares, sólo conocía de aquellas que dos ruedas calzan. A mis veinticuatro años me vengo a enterar de su figura y no la cambio por otra.

Chamo, la arreglaste demasiado y ese motor que le pusiste, ese sí que corre, aseguró el Gato. Te la tienen pedida, me advirtió.

O la vendes o andas con cuatro ojos porque los de Bocanegra la quieren y hasta que no la tengan no van a quedarse tranquilos, acotó el Gordo Ismael, un tanto preocupado.

Y pensar que antes nadie la quería.

Es lo que suena en las calles, flaco. Tú decides, remató el Gato.

Pues se me hace difícil el solo pensar en dejarla. Cuando la conocí era un manojo descuadernado y sucio de fierros chamuscados por la tirria o la venganza de los otros: le habían echado candela. El dueño, que contaba con una flota de mototaxis en el barrio, le puso un cartel de remate. Conozco algo de mecánica, por cierto, y luego de echarle un vistazo entendí que había esperanzas. No me engañaba en mis proyecciones. Creí que no podía quedarse allí y que nos íbamos a entender y darnos la mano. Comprar una moto nueva no estaba en mis posibilidades, pero reconstruir aquella, que parecía pedir auxilio, con ayuda del Gato, sí. El motor no tenía remedio y lo desmontamos, así como las tablas carbonizadas. A punta de esmeril limpiamos el plástico derretido, todo el óxido acumulado, la pintura vieja de quién sabe cuándo.

El Gato, maestro ebanista venido de la isla de Margarita, se lució con la compresora y surgió ante nuestros ojos una estructura reluciente de esmalte. Instalamos el ramal completo del sistema eléctrico; cambiamos el timón, los puños, el mando, el faro, los guardafangos. Todo como nuevo, como una chica salida del quirófano para seguir cautivando con su trote. Dejamos para último momento la salud del motor, una rueda destruida y el ropaje. Con una parrillada, donde todo el gentío del paradero rumbeó de lo lindo, logré financiar todo el caudal de gastos. Marlis ha recibido un grano de diferentes manos, producto de muchos hombros y desvelos, se hizo mi compañera y fuente de trabajo.

Podemos superar lomas cargando una mudanza, a veces llevar hasta cuatro pasajeros —uno en el pequeño asiento a mi lado—, y correr como locos tal si fuésemos a ganar un rally, dejar con la mano levantada a los choros medio ladeados a ciertas horas y en ciertos lugares, cada tanto ocultarnos de los inspectores de tránsito del distrito y detenernos cuando es imposible ignorar el pitazo policial que nos señala: ¡estacione!

 

¿Cuándo vuelves a casa? ¿Te puedo visitar, papi? Suele inquirir mi pequeña Soreailis, y me muestra por el celular una colección de sus dibujos con crayones donde salta a la vista su predilección por las naves. Ha convencido por allí a sus demás amiguitos de que conduzco todos los días un aparato espacial, una nave blanquiazulceleste en otro lugar del mundo al que piensa visitar llegado el momento y los ha incitado a poder subirse un día en ella para batir, como en una alfombra mágica, esas grandes distancias entre un lado y otro de la Tierra. Aquella nave de un blanquiazulceleste brillante de su padre José Gregorio, sí, que puede elevarse alto, pero tan alto, por encima de los mares, asomarse a las playas lejanas y acantilados terribles y, por supuesto, remontar galaxias, sin importar la lluvia y los relámpagos. Eso sí, no pueden subir más de cuatro personas. ¿Y si tanto vuela esa nave, por qué no llega hasta aquí, entonces?, le preguntan. Claro, ella asegura, frunciendo los labios, que no puede ser posible eso porque la nave extrañaría a su país y quizá a medio camino, de pena, se descompone.

Tal fantasía a quien descompone es a mí. Me alegra y me sacude. Siento orgullo por ese revoloteo de imaginación, nostalgia por la distancia que ella y yo sabemos que es una muralla. A veces, de tanto ver sus dibujos, sueño de veras que estoy llegando a casa con una Marlis espacial, divisando el páramo desde lo alto, descendiendo luego a la carretera y estacionando frente a la casa, a la espera de Soreailis, una espera que puede ser corta —con ella saliendo a mi encuentro— o prolongarse hasta que la angustia termine devolviéndome a la vigilia, con la desazón de un viaje infructuoso.

Nosotros, que siempre andamos viajando y fantaseando, no dejamos de soñar despiertos con los panas y proponemos que si las cosas allá en nuestra patria mejoran, entonces no habrá nada que detenga la formación de la caravana más grande que se ha visto, la fila inabarcable del retorno. Cada uno cargando una mudanza, una mujer si es que la tienes y un muchacho que te vino a nacer en estos lares. Y nos daremos la mano, como sabemos. Si a Marlis le falta un poco de gasolina, Maritere compartirá su tanque, si Arianna tiene un poco de sed, Michelle destapará su chicha ahora morada. Un poco de panes ofrecerá Elián, y Valentina, una cabeza de plátanos. Y tantas cornetas se oirán a la vez que los vecinos de la carretera Panamericana saldrán atraídos también por el rumor rotundo de los motores de una expedición frenética de todo género de motos, surgida en la mente de unos chicos curtidos a la fuerza, que no dejaron atrás sus travesuras.

Es hora de aterrizar y volver de nuevo con Marlis. ¿Quién no quiere viajar con ella, tan limpia y perfumada (no le falta desinfectante), vestida de colores vivos y costuras delineadas? Hasta le acoplé sus buenas cajas haciéndola una discoteca rodante. Se pone más bella con música, más salerosa, como si los dos tarareáramos el mismo ritmo, como si ella vibrara mientras voy canturreando las letras y se hacen los caminos más llevaderos y cortos. Los pasajeros prefieren al silencio, la música. Algunos, la rica salsa, otros, la cumbia de moda, el reguetón tiene sus fans... cada quien con su gusto. Si me dejan lo mío, pongo la tonada que me afecta el alma:

Lucero de la mañana
préstame tu claridad
para alumbrarle los pasos
a mi amante que se va.

Si pasas algún trabajo
lejos de mi soledad
dile al lucero del alba
que te vuelva a regresar...

Cada uno con su ritmo he dicho, y con su propio ánimo, pues no todos suben de buen talante a disfrutar de la música y de este servidor acomedido. Algunos vienen con ganas de pelear y buscan sinrazones. Es mejor devolverles el dinero y que se bajen lo más pronto, aunque a veces se entercan y no quieren ni ‎pa tras ni pa delante. Otras veces, sin saberlo, alguna sorpresa trasladas, como aquella noche cuando me iba a guardar a la Marlis en el local que alquilo para que se recoja y un tipo me pidió que lo llevara. Eran pasadas las once. Es algo rápido, gánate diez lucas, ofreció y, aunque tenía un aspecto desaliñado y lo había visto rondar esquinas, me pareció una oferta oportuna y nada desdeñable. Mientras lo conducía al lugar indicado él parecía pactar por teléfono un trato con alguien. Apégate a esa moto, señaló cuando llegamos y sin necesidad de bajarse abrió la puerta para entregar un paquetico por un dinero a cambio. Seguí de reojo la operación, un intercambio veloz entre los sujetos y luego ambas motos nos separamos. Comenzamos a correr como en desbandada. Regrésame al barrio, y tú no has visto nada de nada, causa, ¿ok?

Y se perdió entre las sombras. Yo lo había visto todo y en detalle, aunque tal vez mi cara debía estar perpleja y sin tiempo. Otro día hasta terminé horneándome sin querer cuando dos pasajeros se prendieron y envolvieron de humo la cabina de mando. Dale que dale en todo el trayecto, empilándose para una parranda. Terminé como ellos, riendo por nada, de buena y relajada gana. La Marlis también se carcajeaba y tuvimos que estacionar hasta que por fin se nos pasara.

Pero no es recomendable subir a dos hombres, dada la experiencia; si no que lo cuente Bamby, pues. Todo pasa como si nada faltara por venir. Existen situaciones de hecho para negarse. Si te mencionan ese barrio que ya sabes, cuidado, papi, hasta de día te lo hacen. No sabes en qué momento te sacan el arma o si hay otros esperando a la hora que estacionas un rato. Lo menos que puede pasarte es que se lleven el canguro con el dinero del día; lo grave, perder la moto para siempre —sólo tienes media hora para recuperarla y, si logras contacto, pagar un rescate antes de que te la desarmen. Lo peor, y no se lo deseo a nadie, es dejar la vida por allí: primera noticia para los diarios de chisme y farándula.

Si algo sospechoso notamos en el pasajero, por su mirada nerviosa, su forma de hablar afectada, el lugar de su destino, o el bulto disimulado en la ropa, te haces el Willie Mays, no queda de otra, pero al primer cruce con un compañero oscilas, en son de auxilio, las luces de cambio convenidas. Él sabrá que estás en apuros, dará la media vuelta y se te pegará atrás pasando la voz a otros camaradas. El Gato había cargado un tipo de esa calaña y el negro Miguel se le cruzó en esas circunstancias. Para qué más detalles si le hallaron un cuchillo envuelto en un papel y lo que siguió fue una soberana paliza imborrable.

 

Mi princesa, este fin de año vas a estrenar zapatos y también te enviaré para un vestido y un lazo bello, no creas que tu papá lo ha olvidado, Soreailis, van de mi parte y de la nave blanquiazulceleste, que para eso trabajamos, siempre con la estampa de aquella foto en el aeropuerto, donde nos dimos el último abrazo. Eres la única mujer en la cabina que los celos de Marlis consienten. Sigue con tus dibujos y dale sus gustos a la abuela que si a ella la alegras también me estás alegrando.

Marlis (María Elizabeth) tenía pendiente un desafío. En definitiva, no debí haberla hermoseado tanto. Estuvo bien para los pasajeros, pero no para los otros. Sabía que su motor y su ropaje habían llamado desde un comienzo la atención de terceras miradas. Luego del arranque tardaba apenas pocos metros en primera, pero una vez que agarraba vuelo no había quien la detuviera a la engreída. Las ventanas de la cabina del piloto parecían lentes gatunos que estilizaban su imagen. La había vestido y diseñado a mi gusto, y la nave blanquiazulceleste resultó, sin pensarlo, también el vehículo perfecto para un seguimiento y un atraco, además de garantizar una fuga rápida. Siempre tomé la precaución de no ir por determinadas calles. No pensaba cambiarla de aspecto fácilmente, porque así de elegante y ágil, un tanto misteriosa me gustaba.

Así hemos recorrido de la mano todo el tiempo, y así seguiría hasta que algún recodo me invitara a tomar otra ruta. Lo que va a pasar, ni que te quites ni que te pongas, pasa. Era un día más, soleado y sin contratiempos, y cuando llegó la tarde nos salió una carrera a la avenida Los Diamantes. Terminaba de contar las monedas del pasajero que habíamos dejado y sentí en la Marlis un leve estremecimiento, un chasquear a la altura del carburador. Elevé la mirada y un grupo desde una esquina nos observaba, con los ojos fijos y moviendo los labios. Pronto se desprendieron dos hombres a la carrera en dirección nuestra y otro más arrancaba una moto lineal. Le di de inmediato al botón de encendido y al acelerador, pero ya los tipos nos encimaban. Lo acertado de trajinar el mundo en estos sitios es que las puertas de la Marlis se abren desde dentro y los facinerosos no pudieron ingresar por nada. Creí que, apretando el acelerador a fondo, los iba a dejar atrás, pero ambos lograron treparse a la parrilla. La moto lineal avanzó zigzagueando para cerrarnos el paso. La Marlis no lo permitió, enfiló con sabiduría y con calle por un costado y fue agarrando pista, segura y concentrada.

Los hombres trepados atrás se balanceaban como monos intentando volcarnos. En una de esas, mi pobre Marlis quedó en dos ruedas y parecía que iríamos a terminar estrellados de costado. Impulsé rápidamente mi cuerpo en sentido contrario y logré estabilizarla a la vuelta de la esquina de un parque. Uno de los tipos quedó rodando sobre la pista, mientras el otro me insultaba con el rostro rojo, sacaba un arma e incendiaba el aire con duras amenazas. Mi Marlis no iba a doblegarse, de ningún modo. No podía haber retornado de la muerte fija para terminar en esas manos acosadoras, sumidas en la penumbra de una esquina para andar cazando a la gente y atacarla.

El tipo que a la fuerza cargamos nos sigue aventando una sarta de lisuras de peleonero. Golpea la ventana de atrás. Puedo ver el destello fugaz de un cuchillo grande por el retrovisor. Siento el seco chasquido del plástico: ha perforado a golpes la retaguardia. La Marlis frena intempestivamente y sigue alterando su marcha, herida, agitada, permanente. Logra quitarse al avezado de encima y avanza por la calle Primavera, que a esas horas se halla despejada. Vamos acercándonos a nuestro barrio. La moto lineal insiste todavía, a pesar de todo. Oigo descargas, cortas, reiteradas.

Siento el olor del aceite quemado. Estoy como dentro de una nube de azufre. Veo el destello de un faro aproximarse en sentido contrario. Oscilo el mío con insistencia. El motor, como una olla a presión, caliente en extremo, arde. Mi Marlis está fundiendo sus profundidades, es puro fuego ardiendo hacia el cielo de una noche apática, va consumiendo su ser en cada tramo, mide sus últimas distancias sin rencores. Se va y tal vez una pena grande la descompone. Nos vamos yendo sin abandonar jamás la idea de remontar nuevas fronteras, galaxias lejanas.

Oscar Gilbonio
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