
Revuelos del Llano
Oscar Gilbonio
Cuentos
Editorial Apogeo
Lima (Perú), 2023
ISBN: 9786125028976
120 páginas
Caíste. Los otros se baten a plomo todavía. Ninguno lo esperaba. Se encomendaron a Ismaelito prendiéndole velas azules con harto anís y tabaco para que todo les saliera fino, bien fino. No les había fallado hasta ahora, pero nunca se sabe cuándo es que la protección termina.
Quebraron la puerta de vidrio a mandarriazos y luego reventaron las vitrinas. Cinco causas, dispuestos a llenarse de billete, embutieron los maletines con todo lo que levantaron: pendientes, cadenas de oro, puñados de Rolex, diamantes y dinero en efectivo. El vigilante no tuvo tiempo de nada, será gafo para desafiar al escopetero encima.
No era un golpe improvisado, lo idearon desde la misma Caracas, cuando supieron que la frontera era una coladera o que bastaba un documento chimbo. El pasaporte que llevaban parecía del firme, con todos los sellos necesarios; la cédula, de fantasía; los antecedentes borrados (para qué negar el servicio, el favor pactado y la recompensa a la vista). Todo es posible cuando te dan la mano, gozas de libertad y los hombres disponibles. El botín contaba con clientes seguros para producir una temporada de relax y gran vida; mismo turista: vestirse de lo lindo, celebrar en yate, mar adentro, con jevas en tanga, disc jockey de moda y trago exclusivo.
Algunos vinieron en bus y para ellos pasar la frontera fue cosa sencilla. Como eres el guapo, tomaste un avión y, en la capital, te esperaba un hotel cinco estrellas. Lo primero que hiciste fue contactar con la gente. No habías terminado el liceo, pero ahora un ex militar debía hacer lo que tú dijeras. Las armas venían por encargo, de las mejores, tú sabes, como allá en el barrio, chamo. El gobierno no sólo regalaba motocicletas para hacerse de amigos.
Echaron una mirada a los barrios sifrinos, donde abunda el billete, y de los verdecitos. Le echaron el ojo al centro comercial y adentro a la joyería. El golpe sería rápido, los periódicos pondrían titulares de escándalo, la televisión enfocaría el show por semanas, pues cómo les gusta el chisme. Y te sabe a mierda, por cierto, cuando cargas los reales bien puestos en el morral y tu destino es distinto. No te importa que rayen a los paisanos, no te importa el gentío, estás hecho para otra cosa, Maikol. Trabajar como el resto nunca fue tu objetivo.
Cinco hombres, a las once de la mañana, descienden de un auto con vidrios ahumados. Cinco maletines que no cargan ropa, sino una mandarria, armas preparadas de corto y largo alcance. Aceleras el paso y acomodas la gorra al estilo de Ismaelito. Ya sabes, mi jefe, te lo pido nuevamente, que todo salga fino.
Cada uno a lo suyo. El Yoldan saca la mandarria y eso es un estallido de vidrios. El ex militar se encarga de tender al vigilante, de arrancarle la radio y el revólver. La gente grita y hay quienes se tienden en el piso. Está bueno que no haya un payaso que quiera pasarse de héroe. Tú vigilas el escenario completo, Maikol, listo para aguantar cualquier agente a la vista. Otros dos llenan los maletines con todo aquello que brilla.
Es hora de irse y correr hacia la salida. Un auto espera con otro hombre al volante y el motor encendido. Debió ser que se activaron las alarmas o alguna cosa imprevista. De un momento a otro, en el estacionamiento, las cosas cambiaron, te jodieron el destino. Yaces boca abajo, Maikol, tienes la mente vuelta una nube, un oído tapado con tu propia sangre; por el otro todavía oyes gritos y percusiones. Ese ¡pan pan! lejano y excitante. Es el Yoldan o los otros que no se rinden.
A propósito, ¿cuántas veces percutó tu bicha? ¿A cuántos tipos te cargaste? Has perdido la cuenta, bróder, y sobre todo ahora que todo es difuso y sólo imágenes fugaces se te agolpan, como cuando aceleras la moto hasta ciento veinte y miras a los lados, después de hacerte un caballito. La moto viene en reversa de pronto y el proyectil retorna al cañón del arma que te trajo al piso. Te incorporas de un salto y te vuelven las ganas de seguir echando vaina. Te ves plomeando al Brayan por darse las bolas de competir contigo. Eran promoción y hasta de hambre rasparon la misma olla, se tatuaron semejante calavera en el pecho, mearon en los mismos huecos. Cualquiera los tomaba por hermanos, los catires.
Dejabas claro que otro cantar es el negocio en las esquinas. Si alguien no te apoya resulta tu enemigo. Habías entrado con fuerza y no aceptabas rival en tu plaza. Lentes ahumados, gorra y guardacamisa al suelo. No importa si es un domingo de mañana cuando la gente suele ir a misa. Bórralo, marico.
Y a los tombos despistados, que asoman al barrio con ganas de intervenir, les detienes la camioneta a puro tiro. Con arma larga pa mantenerlos lejos y entiendan que si no transan se les complica, y mucho. Por supuesto que no andas solo, el gusto está en el equipo: la banda, los hermanos de sangre (de la otra). Y adviertes sin medias tintas: mucho cuidao con voltearse o comerse la luz. Les das su buen merecido.
Porque tú sabes hacer eso que les da tembladera a otros. Tienes pulso con el cuchillo, para ir picando una oreja y el coño de su madre deje de escuchar lo que no debe estar escuchando, la lengua de sapo y se quede calladita, la mano que te pudo haber dado y le adelantaste; sabes también trozar una pierna como si trozaras un pernil de cochino y ensartar una varilla en el culo, desbaratarle las tripas aunque te llore como una mamita. Es oficio pa que sean serios, chico, y por donde vayas, Maikol, te salude la gente y se agache un poquitico.
Necesitas bulla, te entusiasman los gritos, los disparos, las explosiones, el saber que los causas no aflojan y pueden seguir armando lío. Porque lo chévere siempre va con su sonido. Qué te voy a decir como repaso. Las buenas rumbas con chicas, ron y musiquita. Podrás vivir en un rancho, pero no te falta la antena DirecTV, con todos los canales profundos y sus brutales películas. Como la peli de tu vida, esa misma que rebobina.
Estando en el cuarto año del liceo, celebras el quinceañero de Yuleisy. Retornas el buqué a sus manos, la torta repartida entre los asistentes se recompone en sus cuatro pisos. Los preparativos suspendidos se reavivan porque un recién enterrado no es suficiente motivo. Así sea un compañero de clase, la fiesta va porque tiene que ir. Roberto recoge su cerebro regado en el asfalto. Tú guardas la retrocarga en el morral y sigiloso lo esperas en la parada de Puerta Negra. Nada menos que tu bautizo. La pelea es vista por todo el salón y conocida por tu hermano Wuilian. No está bien, mi menor, se trata de tu imagen y pa que me sigas los pasos tienes que ser maldito, oíste. Toma la retrocarga y ve a darle. El Robertico estudioso creyendo que ibas a la legal y que valía la pena pelear por Yuleisy. Tiene ventaja en los brazos por ejercer la carpintería. Tú, en cambio, ya fumas y haces competencia de paja, a quién lechea más lejos. Pecho o costilla, ningún otro lugar se golpea. Al puro estilo del presidio de Tocorón siendo más fidedignos. La victoria es cantada. Trazan un círculo en el descampado en medio del gentío y hacen contacto con el pie. El que retrocede, despega la pata o trastabilla, pierde. Te molesta que se haya metido contigo, aunque, sinceramente, lo provocaste como sueles provocar siempre, una palabra hiriente y un desafío.
En fin, un promo se va en cualquier momento; los quince, solamente una vez en la vida. La vida que siempre es tan esquiva y no le dio tiempo a tu hermano Wuilian, al Picure, al Wilmer y pare usted de contar.
Ahora, además del silencio que te desagrada, percibes sólo un murmullo y pareces alejarte de tu cuerpo endurecido.
Alcanzas todavía a volverte pequeño, subiendo y bajando por los laberintos del cerro donde reina el Picure. Carrera loca por la vida. Tu madre tiene que salir y cuando no sale está ocupada con los “amigos”. El día completo es tuyo, muchachito. Haces lo que te viene en gana. Juegas y aprendes lo que te viene a gusto aprender en las esquinas. Hombre fuerte el Picure, y cómo lo admiras. Permite que toques su pistola y aprecies en tu palma las balas de la cacerina. Sabes del polvo blanco que lleva en los bolsillos. Cuenta que asaltó un banco y todo le salió fino, bien fino. Se convierte en la figura de tus juegos de soldaditos de plástico y disparos invisibles. Cuando tu madre por fin presta atención, repara en tus simulacros, puede que te regañe y ofrezca coñazos, pero casi siempre termina: Sépalo, mijo, usted no es malo... nomás no vaya a seguir ese camino.


