Saltar al contenido

El Diablo prefiere hablar inglés, de Eloy Fisher
(primer capítulo)

domingo 29 de septiembre de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

“El Diablo prefiere hablar inglés”, de Eloy Fisher

El Diablo prefiere hablar inglés
Eloy Fisher
Novela
Editorial Caligrama
Sevilla (España), 2024
ISBN: 978-8419808202
180 páginas

I.

Sin espíritu, viven dentro de cierta órbita de experiencias triviales sobre cómo suceden las
cosas, de lo que es posible, de lo que ocurre usualmente.
Kierkegaard, La enfermedad mortal
To win us to our harm,
(Para ganarnos a nuestro daño),
the instruments of darkness tell us truths,
(los instrumentos del mal nos dicen verdades),
win us with honest trifles, (nos ganan con simples bagatelas) to betray us in deepest consequence.
(para traicionarnos a las peores consecuencias).
Shakespeare, Macbeth
El infierno es una verdad conocida demasiado tarde.
Arriaga, Salvar el fuego

“El Diablo prefiere hablar inglés”, decía el titular. No sé en qué idioma insultarás, pero siento que el infierno debe de arder más fuerte cuando eres impaciente y ahora la multiplicación de los obituarios demoraba la carga de la página en internet. Añadía calentura a mi furia en este vacío. A pesar de mis mejores esfuerzos, ya no los podía ignorar.

En mi doctorado leí que Einstein, en la nota de pésame que le remitió a la hermana de un amigo fallecido, lamentó su partida de “este mundo extraño”. “Esto no significa nada —le escribió— porque para gente como nosotros, que cree en la física, la distinción entre pasado, presente y futuro es una persistente y terca ilusión”. Tú sabes que ya no creo tanto en la física y menos en lo que explica, este mundo extraño, porque esa ilusión es ahora una propaganda imprudente que salta alrededor del título de esa extraña noticia en este extraño momento. Otra simulación.

A pesar de que el Día de los Inocentes fue hace dos semanas, vivir este encierro nos tomaba el pelo como ese día sin fin al leer el techo de páginas que no existen fuera de nuestros teléfonos, en letras arrimadas, pixeladas con escarcha digital. Desconozco si también añadirás al bulto de la curiosidad morbosa de otros tantos lectores, pero la velocidad de carga de la página tenía la misma intermitencia de esos destellos fotográficos que sorprenden a la farándula.

Pocos objetos emiten luz en la naturaleza. La historia cuenta que alguna vez fuiste luminoso, pero ahora el cuarto era tinieblas, la luz blanca reflejaba mi cara de vuelta a la noche. Como muchos, no podía dormir. Entretanto, los pixeles provocaban una percepción específica de color que secuestraba mi retina con mezclas de rojo, verde y azul en dosis infinitesimales. Eran ilusiones, una manera práctica de mentir, de matizar, de inventar. Millones que vivían la farsa de esta extraña realidad y que, en medio de tanta sombra y soledad, era tan real como tú y las paredes. No sé si llevabas un conteo, pero habían pasado varias semanas de encierro. Costaba creer que la situación mejoraba en Europa. Obituarios de artistas, noticias sobre hospitales abarrotados mientras los heroicos conciertos en los balcones eran olvidados en las historias de Instagram. En este momento, el presente, el pasado y el futuro ya no eran tercos referentes. Todos los días eran lo mismo, el temor y la soledad ordenados a lo largo de esa abscisa implacable, el tiempo. El empuje para desplazar esa flecha desde lo reciente hacia lo lejano, hacia la normalidad, eran las fotos de alguna estrella de reality en vestido de baño, ensayando la picardía en casa entre minúsculos trapos, tácticamente ubicados para burlar la hipócrita censura de las redes.

Sobresalían los pechos, siempre las tetas, tras un filtro de carne para ocultar las estrías y las cicatrices. Ciberanzuelos como herramientas para sobrellevar la soledad, estrategias ganadoras de las influencers populares ante muchedumbres espías que merodeaban en silencio por estas pantallas, hoy como yo, como tú hace siglos ese día, en persona, ante la cruz.

Las playas abrieron en países impacientes. En otras páginas parpadeaban las fotos de chicas en bikini tomando sol con tapabocas, ese odioso burka moderno que recató la saliva, hasta hace poco, lo menos peligroso de la boca. Permanecían libres los salpullidos comentarios de los lectores y los otros tantos enlazados en Twitter, WhatsApp y los moribundos Tumblr de algunos. El internet confirmaba la realidad como un ejército ágil de metáforas. Nietzsche tuvo razón y también cuando anunció la muerte de Dios tras el lento desplome de los cielos. Sin embargo, solo decirlo repica tan antiguo. Era otra época, habíamos perdido el respeto a lo inmanente, pero aún teníamos miedo de los vivos. Ahora los vivos eran vectores de un temor invisible, circunscrito a pequeñas proteínas que permanecen en ese claroscuro biológico, más allá de la vida y de la muerte.

“Hey, mami, ese cuerpito está bueno para darte bien ricoooooo”. Rodaba la vocal con el anhelo multitudinario de sentir la normalidad próxima, en el comentario más popular sobre las playas que abrían en la Florida temeraria.

Los expertos médicos criticaron la decisión. Aumentarían los casos, más contagiados, más muertos. Quizás alguna de esas chicas mudaría el cálido cobre de su bronceado a la gris hinchazón de la morgue. No creo que tuvieras tiempo para visitar esos lugares. Tu negocio es otro, después de todo.

“No deberían estar en la playa. Son unas irresponsables!!!!!!!”.

Esa ráfaga mojigata de signos de exclamación mal escritos falló el blanco, como balas disparadas de un fusil de pedernal. Balas esparcidas por el aire, sin puntería, como el virus.

Ningún lector dio like a ese comentario.

Esquivé otras notas y un anuncio juguetón que imploraba “cómprelo online, sin riesgo de COVID-19, páguelo por cuotas. ***Sin compromiso***”. Me escabullí de los afilados asteriscos.

Regresé a la nota del titular, la entrevista con el joven sacerdote. Decía que durante los exorcismos, cuando aparecías de repente y tras la contorsión del malaventurado cuerpo pecador, te daba por hablar en perfecto inglés. Él aducía que esto era algo reciente. Ninguno de los poseídos había estudiado el profano idioma de Shakespeare y de Hawking, en su mayoría amas de casa que vivían herméticas en pintorescos pueblos en Italia.

La incredulidad de la periodista también era protagonista del reportaje. No era su primera nota sobre este caso. En un pueblito perdido entre colinas antiguas y sinuosas, calles estrechas retrasaban las ambulancias a las casas, ahora con balcones sin música ni viejos maridos. Ella acotaba que si Dios existía demoraba más que los servicios públicos del Gobierno a esa comunidad. Eso es injusto, porque tú y yo sabemos muy bien que la burocracia política también está más allá del bien y del mal. Son incontrolables e indómitas, como el virus.

Ella disfrutaba hacer mofa del cura, poco le faltó incluir un gif en el reportaje donde una de esas estrellas de reality presionara un ruidoso botón y con irreverencia disparase a ese cura de pueblo un “no... te... creo” entre confeti.

Al joven exorcista no le importaba la burla de la periodista, una sueca pálida, flaca y arrugada por el frío, que parecía coquetearle sus tatuajes, tan insolentes como su sarcasmo. En el norte, la juventud vivía con descuido. Fiestas para acelerar el contagio y salir del paso sin persignaciones. Sin embargo, en ese pueblo al sur, el cura no perdía enfoque frente al miedo. Su misión era igual de urgente que los desvelos del personal médico. Es más, el sacerdote colaba entre sus críticas una excéntrica advertencia sobre el misticismo sueco. ¿Qué tenía eso que ver? Lamentaba que durante el encierro las redes hicieran virales traducciones de un oscuro polímata de ese país, August Strindberg. ¿Lo conociste? Y concluía, con picardía, que tu inglés tiene un fuerte acento estadounidense.

Es lógico, el diablo habla inglés. Todos hablan inglés. Es la lengua franca de los negocios y las ciencias. Es lo práctico, si el negocio es hacerse de las almas de los audaces de carne y los pobres de espíritu, mejor usar el lenguaje de la globalización, sin disimular el fuerte acento de las costas del norte —el cura no especificó, pero por el garbo que te imputan debe de tener esa cadencia altanera y suspirante de Nueva Inglaterra—, tomando nota de lo que dijo alguna vez Benito Juárez cuando se lamentó de su pobre país: “Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Siempre te tuve simpatía, ¿sabes? Como cantan los Rolling Stones. ¿Los viste alguna vez en concierto? Me cautivó tu respuesta cuando te le presentaste a Fausto como “parte de ese poder que aún hace bien mientras conspira por el mal”. Sentí una angustia cruda e incompleta, como nos pasa a todos antes del final, cuando te escuché meditar sobre las torpes consecuencias de la creación, desde el big bang y después, desde tu caída, y la onda expansiva de este infierno que arrasó los límites de las galaxias más rojas y distantes con ruido blanco.

¿Te acuerdas de esos días?

Tuviste problemas cuando te empoderaste, nos pasa a todos, sin saber que la única sabiduría es reconocer temprano cómo el caos calibra la azarosa justicia en la balanza. Nadie predijo tampoco cómo cambiaría el mundo cuando todos sufrimos los mismos tirones de un exorcismo, por cuenta de otros, claro, cuando meses de encierro alejarían la mundanidad de la carne. Tú también sufriste este cautiverio, porque la farsa en este mundo extraño no tiene sentido si no corre sangre por nuestros pecados.

La virtualidad es una mierda, en eso estamos de acuerdo. Más en tu caso, eso creo, no se puede ser diablo por Zoom.

Caído como tú, también quería sentir de nuevo esa sangre fluyendo, recibir simpatía por dejarme llevar por la tentación. Quizás no lo entiendas, pero cuando cometes errores a veces te perdonan. Te confieso que es hasta terapéutico. Reconocer la equivocación, he ahí el problema. ¿Y si el error resulta ser lo correcto? ¿Y si abre otras posibilidades? Es trágico perder, como tú, pero si la victoria fuera tuya, ¿qué harías distinto? ¿Caballos con cuernos? Ya existen en la imaginación de las niñas, mi hija adora los unicornios. ¿Hombres de cuatro patas? También existen, conozco a un par en lo que hago a diario, pero me lo callo.

Volví al tabloide, el joven cura quería mandar un mensaje al mundo de las pantallas: citó a un poeta británico que tuvo buena, mala o solo suerte de fallecer poco antes de esta maldita pandemia: “Quizás nuestra palabra para Satanás no era su palabra para Satanás”. ¿Quién más habla contigo? Al margen de la noticia, la página troquelada agotaba los obituarios formales. Ahora la muerte se diluía en la nota siguiente: diez actores que murieron y no te diste cuenta.

¿Acaso notaste esas ausencias?

Es irónico que durante el meollo de la farsa sientas la confianza necesaria para meditar sobre tus decisiones. ¿Alguna vez lo hiciste? En mi caso, una formación como físico venido a menos, en lento proceso reeducativo hacia las finanzas y la economía, me hizo meditar y descubrir que le tengo simpatía al pecado. Es una profesión prosaica, caer hacia la carne, en experimentos que repetimos en infinito aburrimiento para entender los incentivos que nos hacen tomar decisiones egoístas. Un paraíso en escombros, de entender las maravillas del universo como polvo sin valor que se expande en todas direcciones.

Al principio no fue así. Estudié los grandes clásicos por el accidente más trágico de no tener hermanos de sangre y mi poco interés en las cosas de la niñez. Menos trágica fue la muerte de mis padres por la generosa tutela de mi padrino, José Raúl, y su esposa. Eventualmente, también me aburrieron las humanidades. Me cansé de leer siempre sobre lo mismo: de la lujuria por el poder, sobre la seducción de lo prohibido, la brutal eyaculación de novelas contemporáneas escritas más como guiones olvidables en Netflix, taquillas fugaces, entre escándalos que fingían indignación a una predecible coreografía de pornografía y sadismo. No hay mucho que ver ahí, tú lo sabes.

Me gusta pensar que mi imaginación logró abrirse paso entre esa decadencia al encontrar la poesía, esa perla en las humanidades. Eso me da confianza para hablar contigo, sin la tontería de pentagramas ni ritos que lo más probable te fastidien igual o peor que la nueva película de streaming.

Por eso, más allá de la cruda lógica de maximización de almas pecadoras, entendí que tu verdadera lucha con el cura, antes de cada exorcismo, tenía una disciplina. Era la nostalgia de la métrica limpia de Milton. No tienes más remedio que pelear y resistir en cuerpos poseídos cuando recuerdas en inglés los exquisitos episodios de tu biografía, de cómo ganaste el infierno y nos incentivaste a perder el paraíso.

Milton puso en tu boca el lenguaje de los caídos, la poesía, y su infinito bucle de símiles para entender la incandescencia de tu transformación cuando tu luz quedó chamuscada en carne viva. Eres una bonita metáfora sobre la resistencia, cuando el disgusto es tal que tan solo unas gotas de agua dulce duelen como sal en heridas aún abiertas. Recordar no es vivir, es tu alergia a la memoria de esa derrota, encapsulada en aquellas botellitas supuestamente benditas. La física también tiene sus exorcismos violentos; la bomba atómica expulsa a los neutrones de los átomos y crea la reacción en cadena que algún día acabará con todo en esta tierra.

Otros polos opuestos enfrentan el escepticismo de una sueca atea y escuálida con el vigoroso fanatismo de un párroco pueblerino. ¿Sabes? Hay fuego y poesía en esa dinámica. ¿Qué tal si repetimos el gedanken de hace tantos años? ¿Qué pasaría? ¿Habrá algo más? Como explicaría Keats, hay poesía cuando entretenemos dos ideas diametralmente opuestas y navegamos el chiaroscuro entre número y letra, papel y tinta, verso y prosa.

Entre el cielo y la tierra.

La forma como vemos el mundo es parte de nuestra identidad. Hubo desolación cuando nuestra cotidianidad sufrió tanto desencaje. Yo lo sentí antes, en mis estudios de Física cuando acumulé teorías sobre sistemas estáticos que no explicaban un mundo en proceso de transformación, en metáforas numéricas tan forzadas como mi deseo de ser creíble, de no sentirme como un farsante; siempre entendemos algo como otro algo, como diría Heidegger. Todos somos farsantes en búsqueda de ilusiones convenientes, queremos entender un proceso como una ecuación, una ecuación como una metáfora, una metáfora como una emoción. Lo entendimos al reconocer la fragilidad de nuestras vidas como noches de ansiedad, y el encanto y el amor, como ilusiones terapéuticas.

El problema es que tampoco sé cómo entender esta situación, cuando falta aire al caer y sufrimos estos infiernos asfixiantes. ¿Qué pasa cuando no hay claridad y mejor seguimos con la estética de la indecisión?

¿Acaso eres también un farsante?

El cura advertía que el misticismo miente en su neutralidad. Ese limbo era peligroso. Me pareció cómico que el cura le dijera a una sueca que la neutralidad, parte de su identidad nacional guabinosa, era perjudicial. Para ese pueblo sin fe, imagínate: ¡era un sacrilegio! Mi pueblo, por lo menos, es neutral, pero de una fe tan universal, tan católicamente práctica. Es la fe del día a día. Por eso, hubo enojo en la pregunta que concluía su entrevista: “Y entonces, ¿qué piensa hacer con la mayoría de nosotros que apuesta a vivir sin tomar partido por Dios o por el diablo?”. El cura citó Revelaciones, que no daremos la talla momentos antes del final. No sé si te gusta, pero ese libro tiene sus momentos. No obstante, tú sabes que los finales no son tan dramáticos. No cabe duda, si somos tibios, nos vomitan de este extraño mundo. Hay que tomar partido, no en esas categorías abstractas, pero tener una postura para sentir el calor o el frío en la batalla. Solo así tendrán contundencia nuestras entrañas. En eso concuerdo con el cura.

¿Acaso crees que el cura estaba equivocado? Imagino que no son tu responsabilidad esas certezas pasionales en cada hombre, en cada mujer, en la mojigata adicción al sexo, en el brutal espectáculo del crimen organizado, en el ejercicio macizo del poder. Dirás que son atribuibles a ese cristal de hielo que enerva nuestra voluntad: el brillo de cada pantalla, la marca de una nueva bestia que debilita nuestras manos y nuestras frentes cuando levantamos el teléfono a la cara con un derroche de luz, tan blanca como la que tuviste. Leyes físicas inescapables en paquetes de luz subyacente a la diminuta ilusión de estos pixeles, tan farsantes como tú y yo.

Te confieso que yo también caí, cuando me vomitó el Departamento de Física a un mundo donde la ciencia ya es otra religión, porque sus palabras para el universo ya no son nuestras palabras para el universo. Son ilusiones sobre nuestro desconocimiento, ahora como esa perezosa explicación sobre los universos paralelos como simulacros. Un nuevo lenguaje que declamaremos los farsantes en conferencias y conciertos para entender los misterios de este mundo extraño.

¿Tú ya lo hablas?

En sus trámites cotidianos, el universo es paciente con su cruel indiferencia, peligroso en su apatía. El universo no hace caso a las plegarias ni a las matemáticas. Es el frío cálculo de probabilidades que definen ese famoso jardín de los senderos que se bifurcan, una burocracia cósmica.

La única salida es resistir.

Cambié de pantalla, María Alejandra estaba en su casa. Tenía días sin verla, desde aquella fiesta que celebramos algunos presencialmente, otros por Zoom, para desearle lo mejor tras las entrevistas. La televisora pronto daría su veredicto. Era como si ella nadara contra río y ante los obstáculos remontara esa cascada de tribulaciones con brazadas fuertes para ir más rápido en lo más recio de la corriente. Fue una espera difícil, que me comentaba por teléfono cada vez que coincidíamos en la noche por WhatsApp, cuando ella terminaba la tarea de entretener a sus más de diez mil seguidores en Instagram.

Pensé en ella cuando brincó mi celular y cayó al piso, astillando otra línea en la ya espesa telaraña de quiebres en el vidrio. Era mi exesposa, con la llamada nocturna de buenas noches de los niños. Me levanté de la cama y fui a la sala.

La chuposa alarma de Skype calló de repente.

Hello Madeleine, how are you? —la saludé apenas salió su cara entre las fisuras—. No podía activar mi video, estaba muy oscuro —le expliqué.

Ella saludó de vuelta, amigable.

Hoy no jugamos a la versión adulta del escondite, entre excusas para evitarnos las caras flotantes en estos espejitos con esquirlas.

—Los chicos están llenos de azúcar y llevarlos a la cama no ha sido fácil —me respondió en su cálido inglés sureño—. ¿Cómo estás? ¿Cómo anda la cuarentena por Panamá?

Le conté que los casos aumentaban. Si bien recrudecía la enfermedad en Estados Unidos y subían los casos en el sur, los suburbios de Virginia, donde vivía con los niños, aún mantenían esa aturdida placidez que disfrutaba. Los chicos seguían felices en los verdes jardines de esa casa que compré, pero que nunca fue verdaderamente mía. Disfrutaban jugar con sus amigos a la distancia.

Marjorie, say good night to daddy.

La mayor besó el celular mientras apretaba su oso con el jersey del equipo de hockey de Washington D. C., que compramos cuando los Capitals ganaron la Copa Stanley hace ya varios años.

—Déjame buscar a Kurt. —Madeleine le dio el celular a mi hija, quien empezó inmediatamente a jugar con la cámara—. Kurt, ¿ya te bañaste?

Kurt saltó semidesnudo a la pantalla y le arrebató el celular a Marjorie, quien chistó por la rudeza.

—¡Holaaaaaa! —dijo Kurt en fingido español.

Besó el celular mientras se subía al camarote, un torbellino que al arroparse en la frazada quedó torcida como una toalla mojada.

—Hablemos mañana, daddy, mañana tengo béisbol.

Madeleine explicó que era un nuevo tipo de béisbol, con todas las medidas de distanciamiento social.

—Supongo que es el único deporte que se puede jugar así —respondí con cinismo.

Detestaba el béisbol con pasión y eso me ponía en la minoría en un país que se jactaba de tener a uno de los mejores jugadores en la historia del deporte. Pedí a Kurt que se disculpara con Marjorie y le di un beso de buenas noches.

Un dedo distraído terminó la llamada, ese flujo impredecible de niñez y electrones. Nunca me despedí de Marjorie y de Madeleine. Como todas las noches, murmuré un “que duerman bien” a ese vacío eléctrico entre nuestros aparatos.

Tenía mensajes de María Alejandra.

Yo.— Hola, mi primavera —le respondí—. Estaba con los chicos. —Su estación favorita.

María Alejandra.— Hola, mi verano. —Esa era la mía—. Preparando el Live... Tenía unos minutos. Quería ver cómo estabas. —me escribió.

Yo.— Estoy bien, mi primavera, extrañándote.

Me devolvió un corazón que parpadeaba en la burbuja de nuestro diálogo, pulsando en rojo dentro del encuadre gris y plano.

Entre las astillas, nuestros ganchos en WhatsApp permanecieron en ese limbo azul de quedarse en vistos.


Dónde adquirir
El Diablo prefiere hablar inglés, de Eloy Fisher

 

Disponible en Amazon
Disponible en Casa del Libro

Eloy Fisher
Últimas entradas de Eloy Fisher (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio