La palangana mojigata y la trucha que perdió su bicicleta
Pepe Ribault
Novela
España, 2024
ISBN: 979-8333061447
376 páginas
Por fin había terminado el invierno. El sentimiento de euforia se extendió por todos los rincones de la ciudad de Tontington, como solía pasar cada año. El júbilo llenaba los corazones de los tontingtonienses, las casas se engalanaron con hermosas galas, de tal modo que el engalanamiento era absoluto por todos lados. Incluso uno que nunca se euforizaba ni se enjubilecía, aquel año sintió un ligero cosquilleo de bienaventuranza en la zona más septentrional de su isquiotibial izquierdo. Tal era el ambiente que se respiraba ese año a la llegada del verano.
Y sí, digo bien, del verano, puesto que en el mundo donde se hallaba Tontington sólo se producían dos estaciones. Después del invierno llegaba el verano, en el llamado soliloquio de verano, en honor a una señora que muchos siglos atrás se puso a hablar consigo misma justo en el instante en que se producía el solsticio de verano.
Y de forma natural, después del verano hacía siempre su aparición el invierno, en el llamado solistocio de invierno, en honor a una piedra del camino que en un momento indeterminado se quedó absolutamente quieta, casi petrificada. Un día después del solistocio de invierno regresaba nuevamente el verano.
Y también digo bien: un día después, ya que el invierno era muy, pero que muy corto. Pero a los tontingtonienses se les hacía muy, pero que muy largo. De ahí las celebraciones del soliloquio de verano. A dichas fiestas las bautizaron con el nombre de “Las fiestas del Soliloquio de Verano”.
Hay que decir que los restantes 613 días del año eran los que duraba el verano, que, huelga decirlo, a los habitantes de Tontington se les hacía muy, pero que muy corto.
Pero ese año, las fiestas tenían un significado especial: se cumplían nosecuántos años de la llegada de la familia Gartunkel al poder. Y todo el mundo estaba especialmente feliz con ese dato, a excepción de los habitantes de la ciudad, a los que les importaba un auténtico zurullo de cabrasapo el dato concreto.
El alcalde de la ciudad, el bienaventuradísimo y ligeramente ilustrísimo Chacho Gartunkel, descendía de una venerable familia que había devuelto la prosperidad a la ciudad después de un período convulso en el que las convulsiones eran frecuentes y hasta sucedían a menudo.
Los desagradables episodios de esa caótica época pregartunkeliana no eran más que largos y olvidados capítulos en los libros de historia. Ni siquiera los más ancianos del lugar habían vivido ese momento desgarrador y, podríamos decir, poco agradable.
Sea como fuere, cuando Chacho tomó las riendas de la ciudad, hacía mucho tiempo ya que la prosperidad, la alegría y la descongestión nasal perpetua estaban más que instauradas en los bolsillos, corazones y narices de los tontingtonienses, respectivamente. Una muestra de ello fue el discurso que el alcalde dirigió a sus conciudadanos, que abarrotaban la Plaza Grande el primer día de festejos. El Tontington Post, único periódico de la ciudad, hizo una fiel transcripción de lo que dijo Chacho desde el balcón del ayuntamiento:
“Prestadme todos atención. Debo deciros algo importante. El ganador del sorteo del paraguas a cuadros es el número 614. Seis, uno, cuatro. Puede pasar por el ayuntamiento a recogerlo a partir del próximo día laborable, a partir de la primera hora laborable. Y por lo demás, ¡que den comienzo las fiestas, y que vivan la prosperidad, la alegría y la descongestión nasal!”.
No fue el pregón más extenso que había dado, pero sí el más hermoso. Con diferencia.
Pero dejemos a los simpáticos tontingtonienses con sus jolgorios y profundicemos un poco en su historia, especialmente en esa época convulsa de la que hablábamos anteriormente, y que fue bautizada por la historia como la “Época Convulsa”, debido principalmente a que fue efectivamente convulsa (como se ha indicado ya), y a que también fue época, como habrá usted deducido por sí mismo o por sí misma, en dependiendo.
Muchos, muchísimos años atrás, Tontington había sido una ciudad próspera, alegre y descongestionada nasalmente. Sin embargo, una tenebrosa sombra se cernió sobre sus habitantes por esas fechas (día arriba, día abajo).
En la antesala de la Época Convulsa se produjo un hecho desgarrador. Un vendedor de enciclopedias y cruasanes se disponía a llamar al timbre de una casa cuando, de repente, empezó a convulsionar. Un peatón, que en esos momentos se hallaba a menos de dos millas cúbicas del vendedor, acudió en su auxilio y, tras administrarle algunos de los cruasanes que llevaba el desdichado en su maletín y gritarle la definición de “afustrulador”, el vendedor recuperó el control de su cuerpo. Sin embargo, cuando el pobre hombre se dio cuenta de que le faltaban algunos cruasanes de su muestrario, tuvo un ataque de pánico que lo llevó al hospital más cercano (y único de la ciudad), donde permaneció ingresado durante diez minutos. Se rumoreaba incluso que había permanecido en el hospital durante más de seis minutos, aunque es un hecho que no se llegó a comprobar, si bien era evidentemente falso.
Sea como fuere, nadie dio importancia a ese suceso. Se especuló que ello fue debido a que nadie se enteró de lo ocurrido, lo cual era cierto, pero no se ha podido demostrar la relación causa-efecto entre ambas cosas. Sin embargo, unas horas después del primer incidente, todos los ciudadanos sin excepción, salvo alguna excepción, habían sufrido algún que otro episodio convulsivo.
El primer efecto desastroso de esos episodios fue el agotamiento casi inmediato de cruasanes en toda la ciudad. Pero lo más desagradable fue que se producían de forma recurrente y parecían aumentar su frecuencia con el paso de los días.
La comunidad científica de la ciudad se puso a investigar, y entre convulsión y convulsión pudieron deducir la causa de esa extraña molestia. En su estudio pronosticaron, además, que los episodios se irían volviendo más y más virulentos y frecuentes, hasta que acabarían provocando la muerte de todos los tontingtonienses en pocos meses.
La causa de esa dolencia, identificada de forma brillante por los científicos, era ni más ni menos que las ventosidades con alto grado de fermentación fosfatoplástica que producían las moscas elefante. Por lo visto, esos simpáticos insectos habían desarrollado una mutación genética que los convertía en unos letales productores de gas tóxico convulsionante. En otras palabras, esos simpáticos insectos habían desarrollado una mutación genética que los convertía en unos tóxicos productores de gas convulsionante letal. Huelga decir que dicha mutación genética se produjo, en parte, a causa de unos genes que habían mutado.
Se estimó que ello se debía a su vez a circunstancias múltiples y variadas, aunque el estudio obvió especificar cuáles fueron.
A medida que las mencionadas moscas fueron llenando el aire con más y más de su terrible gas, los síntomas se fueron haciendo más y más virulentos y frecuentes en los ciudadanos, de tal modo que empezó a ser incluso molesto. La situación de emergencia precisaba de acciones rápidas y contundentes.
Desgraciadamente, el alcalde que gobernaba la ciudad en ese momento no le dio la importancia que el problema tenía. “Por cuatro pedos de mosca no vamos a ponernos nerviosos. Convulsionemos con alegría”, declaró un jueves por la tarde, saliendo de una cafetería. Lawmos Joditt era un buen hombre, pero al parecer, sus dotes como gobernante dejaban mucho que desear. Tenía serios problemas para identificar los asuntos más prioritarios de su ciudad. Tampoco sabía diferenciar entre lo grave y lo irrelevante, entre la izquierda y el abajo, o entre lo grande y lo lejano.
Todo ello desembocó en el llamado “Viernes Negro”, una trágica jornada producida el mismo día que el alcalde salía de una cafetería diciendo tonterías (era el alcalde quien decía tonterías, ya que las cafeterías no hablan, normalmente, y si hablan lo hacen con coherencia).
Ese día hubo un alzamiento popular que terminó con el alcaldato de Lawmos. Una gran avalancha de ciudadanos entró violentamente en el ayuntamiento. Cuando se informó a la turba enfurecida de que el alcalde había salido a desayunar, se dirigieron enfurecidamente hasta la sala de espera y se sentaron esperando furiosamente, pero como tardaban mucho en ser atendidos, su enfurecimiento aumentó notablemente.
Más tarde, cuando el alcalde regresó a su despacho, la masa iracunda salió enfurecida de la sala de espera y, aunque visiblemente cansados, y entre convulsión y convulsión, el alcalde fue rebajado a la condición de ciudadano de a pie. Los concejales fueron también rebajados a esa condición. Todo lo que encontraron en el ayuntamiento fue rebajado ese día a alguna condición que otra.
Así fue como la familia Joditt perdió el poder, y una nueva familia, los Gartunkel, asumieron las riendas de Tontington. A partir de ese momento, nadie dirigía la palabra a los miembros de la familia Joditt, que pasaron a ser considerados unos indeseosos y apestables ciudadanos.
En Tontington, cuando una familia asumía el poder, lo mantenía eternamente, pasándolo de padres a hijos, hasta que se producía un alzamiento popular que colocaba a otra familia al mando. Gobernar Tontington no era fácil, y la familia que tomaba las riendas debía ser capaz de desempeñar sus obligaciones, que no eran pocas, de forma eficaz y, sobre todo, con mucho desparpajo y salero.
Así, la primera medida de urgencia que decretó Kistoyoh Gartunkel, el nuevo alcalde, fue el exterminio de la mosca elefante.
Sin embargo, esa tarea se demostró absolutamente irrealizable.
En primer lugar, se roció la ciudad con gas tostasa, un invento de la Universidad de Tontington. Pero los resultados fueron un auténtico desastre, ya que el gas no exterminó ni a una sola de las moscas elefante, sino que simplemente les produjo molestias intestinales, lo cual las llevó incluso a redoblar el flujo de ventosidades vertidas a la atmósfera. Además, el gas inventado por los científicos tenía un grave efecto secundario, y es que sí llegó a exterminar a los elefantes y a las moscas comunes de la ciudad.
Cuando la situación llegó a ser ya insostenible, los estudiosos de la universidad lograron un esperanzador hallazgo, es decir, hallaron un esperanzador logro. En un laboratorio de la universidad, habían conseguido fabricar un prototipo de ahuyentador de moscas elefante que, afortunadamente, funcionó con éxito. Y no solamente eso, sino que además, el dispositivo consiguió ahuyentar a las moscas elefante exitosamente.
El aparato producía un ultrasonido específico para estas moscas que se les incrustaba dolorosamente en el cerebelio y hacía resonar su glándula estrofulágica. Los insectos no podían soportar tal sensación y huían maullando de terror. Además, el dispositivo no tenía efecto alguno sobre ninguna otra especie animal.
Así, de la forma que pudieron, los tontingtonienses construyeron un ahuyentador gigantesco que instalaron en lo alto del tejado del ayuntamiento. Una vez puesto en marcha, pudieron comprobar cómo las convulsiones empezaron a desaparecer entre los ciudadanos que se hallaban a menos de dos kilómetros y seis metros del ayuntamiento. Los síntomas terminaron por desaparecer completamente dentro de esa zona. En el resto de la ciudad, los problemas persistían y seguían aumentando sin cesar.
Se pensó en construir más ahuyentadores gigantes, pero se dieron cuenta de que no habría energía suficiente para alimentar dispositivos adicionales, ya que el artefacto consumía un porrón de kilovatios. Se estudió la forma de fabricar modelos más eficientes energéticamente, pero se dieron cuenta de que no resultaban efectivos. Y no era posible obtener más energía, ya que toda la producción energética de Tontington provenía de la piedramare, un mineral que producía una radiación que los científicos habían podido convertir en electricidad. Por desgracia, sólo disponían de una cantidad limitada de ese pedrusco, ya que se había agotado todo el mineral de los yacimientos.
Justo antes de la crisis de las moscas elefante, se habían iniciado unas cuantas prospecciones cerca del desierto que rodeaba Tontington, pero hubo que abandonarlas antes de encontrar depósitos de piedra, ya que hacía mucho calor en esa zona, y sudaba uno la gota gorda.
La escasez de mineral era el mayor problema de Tontington, no sólo porque no permitía la instalación de más ahuyentadores, sino porque limitaba mucho el progreso y el avance científico de la ciudad. Al ser la única fuente de energía conocida, su uso era muy limitado. Por ejemplo, para disponer de un permiso de circulación para un vehículo motorizado (ya fuese un bicicleto, un coche, un furgoneto o un palanganeto), había que pagar una cantidad desorbitada de monedas de oro al ayuntamiento. Si se otorgaba tal permiso, le era entregado al conductor un pequeño cilindro de piedramare que podía colocar en su motor.
Se estimaba que el mineral permanecía activo unos 150 millones de años, con lo que normalmente era suficiente para la vida útil del vehículo. En todo caso, el número de vehículos a motor circulando por la ciudad era extremadamente bajo. La mayoría eran coches oficiales y furgonetos del ayuntamiento.
Por otro lado, el alumbrado callejero funcionaba íntegramente con piedramare. El ayuntamiento no escatimaba en ese punto, ya que no estaba dispuesto a permitir que las calles fuesen inseguras por la noche. En cuanto a la iluminación dentro de los hogares, se realizaba mediante lámparas de aceite, velas de cera o sartenes fosforescentes. Estas últimas debían exponerse al sol durante todo el día, de tal modo que por la noche proporcionaban doce segundos y medio de iluminación ininterrumpida.
Existían algunos utensilios realmente caros que funcionaban con pequeños fragmentos de piedramare, como cepillos de uñas, rascadores de pantorrilla, pequeñas linternas, relojes de pulsera, o afustruladores en miniatura. Pero en ningún caso podían existir grandes electrodomésticos para fregar platos, lavar ropa, pellizcar cristales, o cualquier otro tipo de quehacer cotidiano. Todo ello debía realizarse a mano.
La gente adinerada, una minoría de la población, contrataba a otras personas para que, mediante el pago de algunas monedas de corcho, se encargasen de realizar todas esas tareas. Ese tipo de trabajadores eran conocidos como los “empleados de lograr”, ya que eran los que lograban sacar adelante las tareas más pesadas del hogar.
Ante esas desagradables restricciones energéticas, un listo propuso producir energía adicional mediante la quema de carbón o combustibles fósiles, fisión nuclear y otras idioteces, pero se desestimó la propuesta por su absurdez inherente. El muy indeseable fue condenado a nadar de espaldas durante dos horas en el estanque del Hedor Molestoso.
En todo caso, tras anunciar a la población que no se podrían poner en marcha más ahuyentadores, se produjo un éxodo de habitantes de la periferia hacia el centro de la ciudad, protegido por el dispositivo instalado en el ayuntamiento. Fue extremadamente complejo reubicar a tanta gente, ya que la zona habitable quedaba reducida a menos de la cuarta parte del municipio. Tuvo que instaurarse una política de control estricto de la natalidad para que la densidad de población se mantuviera dentro de unos límites coherentes.
Para facilitar las cosas, se construyeron, dentro del círculo protegido, una docena de enormes edificios que llegaban, incluso, a rascar los cielos con la punta de sus antenas.
Muchos pensaron en emigrar a otros lugares al exterior de la ciudad, pero eso presentaba dos serios problemas. El primero era que la mosca elefante seguía ahí fuera, con su temible sistema digestivo al acecho. El segundo problema estaba explicado en los libros de geografía: sencillamente, fuera de Tontington no había nada. Pero nada de nada. Sólo un árido desierto cuya temperatura era letal para cualquier forma de vida. Con sólo poner un pie en ese desierto, sobrevenía una muerte instantánea que se producía en ese mismo momento.
Así, la periferia quedó completamente abandonada y el centro abarrotado. De ahí proviene la famosa frase: “¡Qué abarrotado estaba el centro!”. Menos famosa se ha hecho la frase, muy utilizada en su día: “¡Qué abandonada estaba la periferia!”.
Con el tiempo, se prohibió además salir de la zona segura central, de tal modo que los límites de la ciudad quedaron reducidos a un círculo de dos kilómetros de radio alrededor del ayuntamiento. La periferia, que curiosamente rodeaba esa parte central, pasó a ser considerada una ciudad distinta, a la que se bautizó como “Ciudad Donnus”.
Se pintó una gran línea circular de color rojo fosforito sobre el asfalto de las calles que dividían las dos ciudades, de modo que quedó establecida una colorada frontera entre Tontington y Ciudad Donnus.
La línea pasaba de la forma más redondeada posible por las calles fronterizas, de tal modo que ningún punto de la frontera se alejaba más de dos kilómetros del ahuyentador. Esas calles con línea roja en su centro tenían a un lado, el lado interior, viviendas normalmente habitadas y seguras. Al otro lado, casas abandonadas cuyo aspecto se fue deteriorando hasta volverse lúgubres y fantasmagóricas. Además, en ese lado de la calle perteneciente a Ciudad Donnus se habían alzado altos muros entre los edificios, dejando tapiados los accesos a las calles que se adentraban en la periferia, de tal modo que resultaba imposible acceder a esa zona. Además, las ventanas y entradas de las viviendas prohibidas de esas calles-frontera fueron también tapiadas.
De esta forma, Tontington quedó completamente aislada dentro de una muralla formada por edificios tapiados y altos muros de relleno.
Y todo por la mosca pedorrera de las narices.
En cuanto a la tarea de tapiar y amurallar la ciudad, recayó sobre los miembros de un cuerpo de funcionarios excepcionalmente valientes y cuidadosamente entrenados para enfrentarse a todo tipo de situaciones de emergencia, en particular en lo relativo a gases biotóxicos y biográficos. Se trataba ni más ni menos que de la “Unidad de Emergencias Tóxicas y No Tóxicas”, la respetada y admirada UETONOTO.
Los héroes que formaban ese grupo de élite eran conocidos informalmente como los “tonotos”. Representaban un orgullo para la ciudad, y los ciudadanos los reconocían como los auténticos salvadores de Tontington.
Los tonotos, además de construir la muralla, fueron los que, ataviados con trajes especiales y máscaras antipedo, trazaron la línea fronteriza con una brocha gorda y unos cuantos cubos de pintura roja.
Ellos eran los encargados de comprobar constantemente el estado de la muralla y mantenerla en buenas condiciones. También repintaban la línea fronteriza periódicamente, para que se viera bien bonita y fosforescente. Además, debían velar por la seguridad de los ciudadanos, vigilando que ninguno de ellos atravesase la frontera accidentalmente sin querer.
Sin embargo, la muralla tenía una particularidad, y para describirla, debemos trasladarnos a un punto concreto en el centro de la ciudad llamado “Kilómetro Menos Dos”.
Se trataba de un punto en el mismísimo centro de la Plaza Grande, junto al ayuntamiento, en el que descansaba una enorme piedra en la que se podía leer “KM -2”. Ese hito kilométrico marcaba el punto central del círculo de protección, ya que desde el ayuntamiento partía la señal electromagnética protectora. Ese punto era, además, el origen de la Calle Grande que, saliendo de la Plaza Grande, se prolongaba hacia el este en línea recta.
Un kilómetro más adelante llegaba al kilómetro menos uno, punto en el que la calle se ensanchaba de forma espectacular, dando lugar a la Avenida Grande, una impresionante avenida con seis carriles para cada sentido. Esa vía colosal proseguía durante un kilómetro más, siempre al este, hasta llegar al kilómetro cero, que estaba sobre la línea roja de la frontera. Y aquí es donde se producía la particularidad de la muralla.
En el kilómetro cero de la Avenida Grande, el muro estaba abierto y la avenida lo atravesaba internándose en la periferia. Era el único punto de acceso a esa temible zona.
Es decir, era la única salida de Tontington. O la única entrada, según se mire.
Evidentemente, estaba terminantemente prohibido sobrepasar ese punto, que estaba día y noche custodiado por los tonotos que se turnaban sin descanso en el puesto fronterizo allí instalado. Sólo los tonotos tenían autorización para cruzar hacia Ciudad Donnus, cosa que hacían regularmente, ataviados con sus trajes protectores especiales, con el fin de supervisar posibles amenazas en esa zona que pudiesen afectar la prosperidad, la alegría o la descongestión nasal de los habitantes del centro.
Existía otra prohibición importante en Tontington: circular por la Avenida Grande. Ni siquiera estaba permitido pisar esa vía. La prohibición se debía a que, según contaban, el solo hecho de poner un pie en ella provocaba que las tentaciones de arrancar a correr como un loco hacia la periferia aumentaran considerablemente.
Es por ello que el acceso estaba debidamente vallado, tanto para peatones como para vehículos. Se habían construido puentes que cruzaban la avenida por debajo y túneles que la atravesaban por encima, eliminando completamente la necesidad de poner el pie o la rueda en ella. Solamente los tonotos tenían acceso a esa gran vía, pero sólo para las labores típicas de limpieza, mantenimiento, repintado y bailes de salón. Además, estaban psicológicamente entrenados para resistir las tentaciones de correr frenéticamente, y las de comer bocadillos sin pan.
En cuanto a las prohibiciones tanto de cruzar la frontera como de entrar en la avenida, eran tenidas muy en cuenta, puesto que la violación de esa ordenanza municipal era severamente castigada con unos largos en el estanque del Hedor Molestoso. Debido a ello, a nadie se le ocurría saltarse la ley a ese respecto (ni a ningún otro respecto). A ningún ciudadano se le pasaba ni siquiera por la cabeza la idea de abandonar la seguridad y el confort del centro, o pasear por la tentadora y perversa Avenida Grande.
Pero eso no siempre había sido así.
- Kilómetro menos dos
(primer capítulo de La palangana mojigata y la trucha que perdió su bicicleta, de Pepe Ribault) - sábado 5 de octubre de 2024



