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La aprendiza de curandera
(primeras páginas de la novela inédita Palimpsesto, de Eduardo López Moreno)

domingo 20 de octubre de 2024
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Eduardo López Moreno
Eduardo López Moreno es fotógrafo profesional y escritor. Trabajó por un cuarto de siglo como investigador en la Organización de las Naciones Unidas y vivió un tiempo en Luanda, Angola, cuando concibió la estructura argumental de su novela, aún inédita, Palimpsesto.

La confesión

La joven acababa de cumplir los dieciocho años, evento que pasó desapercibido como sus salidas antes del amanecer. A su regreso no entraba inmediatamente a casa, se sentaba a ver cómo el sol invadía la poca noche que quedaba con rayos de luz que dibujaban corredores y recovecos los cuales intentaba leer como si fueran el primer escrito del día. No era ni bruja ni adivina, sólo anhelaba ser una simple curandera. No interpretaba nada ni sacaba tampoco conclusiones al contemplar cómo avanzaba la luz. Era un ejercicio casi estéril, como quien ojea un periódico pensando en otras cosas. Veía un dibujo, una letra, o un símbolo que se insinuaban en el cielo y luego cambiaba de página, distraída. Después se levantaba y se iba al patio donde se ponía a lavar los trastes que habían dejado la noche anterior. Recorría con el dedo las hendiduras y las aberturas de los vasos y los platos en una geografía de latón y vidrio que se sabía de memoria. A veces cerraba los ojos. Leía acariciando las formas y fisuras e intentaba adivinar si era el que había usado su madre, ella o su hermano o el huésped obligado. Luego abría los ojos para ver si había acertado, lo que casi siempre sucedía. Lavaba en cuclillas en el patio, mostrando al sol la pieza con un brazo levantado. Los primeros rayos del día venían a estrellarse en las superficies brillantes de los trastes. La joven descubría de vez en cuando una nueva escritura hecha de abolladuras y de esquinas rotas en uno de los trastes, la cual guardaba en la memoria de la punta de su dedo.

 

Hacía dos años que salía de madrugada para iniciarse en el oficio de curandera, pues intuía ser capaz de sanar a la gente. Se levantaba temprano, muy temprano, antes del alba, y en un taxi colectivo, que en su lengua, el kimbundo, llamaban de kandongeiro, se dirigía siempre al mismo lugar. Regresaba a casa justo a la hora en que la luna se metía a su cuartel de estrellas y el sol se escapaba de su guarida en el oriente. Al parecer nadie lo notaba, pues de hecho eran más bien indiferentes, aunque de alguna forma todos lo advertían.

 

Mientras lavaba, solía soñar y cantar a un mismo tiempo. Su voz de niña se esparcía en el aire tocando por fuera una de las dos ventanas que tenía la casa, arañando suavemente las maderas y los vidrios, los cuales seguían cerrados, insensibles a la voz de la niña y a los rayos del sol. Poco a poco algunas palabras penetraban al cuarto, acompañadas de luces y reflejos, que se escurrían en la penumbra por un agujero en las cortinas. Adentro dormía su madre, un hermano y otro joven de la edad de ella. Era como un pariente adoptado que no se sabía ni cuándo ni cómo llegó ahí. Vivía con más ahínco y comía con más ganas que el resto de la familia. También ahí soñaba, si bien seguramente algo diferente que la joven. Más o menos una hora después, las maderas crujían y la ventana se abría, para entonces la voz de la joven se había callado, el sol iluminaba con más fuerza la casa, el barrio y el mar a lo lejos.

 

Al nacer su madre le puso el nombre de Siara, que significa “el bebé que no se espera” o “la niña que llega de forma imprevista”, un nombre poco común en el país, como lo son también los críos no esperados. El nombre de Siara no duró mucho, la vida de bebé se lo fue cambiando y le impuso otro antes de cumplir los dos años, uno que iba más con su naturaleza y sus silencios. Una mañana su madre la tomó en brazos y la llamó de Vyiemba —que significa planta o medicina tradicional—, diciendo que era un nombre con más fuerza y determinación para acompañarla en la vida y guiar sus pasos. Esas palabras ganaron voz, resonancia y presencia y se quedaron en la casa con su sonoridad de consonantes, atrapando dos vocales, las cuales calladas contaban su propia historia sin saberlo.

 

Siara fue creciendo rápido hacia el olvido, fugaz como la lactancia que la bebé tuvo, como una flor que no pudo prosperar, una estrella lejana o una lluvia fina con sol que se deshoja poco a poco sobre el mar. El nombre de Vyiemba tomó rápido el lugar en su infancia y se hizo presencia sin escritos, hasta que una década después sucesos graves borraron ese nombre y le impusieron un sobrenombre que la llamó de otra manera el resto de su vida. Un apelativo que le dio fama y reconocimiento aun en la desdicha, que tomó nombre del dolor. Fue un bautizo de luz y sombra que con el tiempo le dio lustre a una profesión nueva y a la gloria de ese sobrenombre impuesto que después todos repitieron.

 

Durante esos dos años la joven Vyiemba nunca dijo a dónde se dirigía, lo que no le había sido difícil pues en realidad a nadie le importaba. Cuando ocasionalmente le preguntaban a dónde iba tan temprano, ella respondía con una sonrisa que acompañaba de un movimiento leve de su mano en un gesto parecido a un saludo de un soldado. Un saludo que cuando estaba por llegar a la sien, se detenía, dejando caer su mano como si fuera un ave que regresaba a su nido. El gesto se interpretaba como una respuesta y ya nadie preguntaba nada. La joven se quedaba callada, abriendo y cerrando su mano, como un ave que busca acomodo.

Un día como cualquier otro. Un día en que la aprendiza de curandera escudriñó el cielo, cantó, limpió y leyó los trastes al terminar su recorrido, se metió a la casa cuando aún todos dormían y dijo:

Familia, les tengo que decir algo.

Y no dijo nada. Fue y abrió el grifo de la llave y después lo cerró al darse cuenta de que no salía nada. Era pues un día como cualquier otro. El sol amenazaba con lacerar unos vasos olvidados en el patio y la joven le daba de nuevo vuelta al grifo. Se puso de pie entre la cama donde dormía su madre y los dos colchones donde estaban su hermano y el amigo adoptado, quienes dormían sólo con un calzón de futbolistas. Se sentó en la sala en una silla que daba a la otra ventana de la casa, la cual permanecía también cerrada, y desde ahí dijo de nuevo:

Familia, les tengo que decir algo.

Pero otra vez no dijo nada. Luego se paró y salió de la casa con un balde de plástico amarillo. Había ido por agua. Regresó dos o tres horas después cuando ya nadie la esperaba. Llegó cargando el balde en la cabeza del que se derramaban gotas gruesas de agua que escurrían como sudor por su cara y sus hombros. Venía acompañada de varios vecinos cercanos y uno que otro amigo de barrios más lejanos. Abrió la puerta y los pasó a todos. Conforme entraban los iba acomodando a un lado de la sala, creando un pequeño semicírculo, como si fuera a representar una obra de teatro. Ella se acomodó frente de ellos y luego se sentó en la silla en la que estuvo por un largo tiempo quieta antes de decidirse a salir. Mientras, los vecinos, familiares y amigos se daban la mano e intercambiaban saludos, la joven Vyiemba se quedó callada, sentada en su silla, como un actor que espera que lo llamen a escena. Primero se concentró en sus sandalias pata de gallo, las cuales eran rojas; con el tiempo una se había puesto negra, después se fijó en la pared que estaba a un lado de ella. Ahí había el recorte de revista de un paisaje de Provenza de Francia, mal cortado y sin marco, pegado a la pared con un par de tachuelas de colores. La joven escuchó que un vecino rio y otro dijo algo que no alcanzó a escuchar. El hermano y el amigo recogieron los colchones y la madre abrió la ventana. La señora ofreció té y unas galletas, pidiendo disculpas por no estar preparada, recriminando al mismo tiempo a su hija, quien no la informó de la visita. La joven se concentró en las uñas de sus pies, pintadas de un rojo brillante y relativamente bien cuidadas. Sus ojos se posaron luego en el verde y amarillo del paisaje francés, donde se veía una casa de campo, unas vacas gordas y un río que llevaba abundante agua. No prestó mucha atención al contraste evidente entre ese manantial lleno de agua y el grifo seco de su casa, pero, por el contrario, sí le llamó la atención que una tachuela fuera roja y la otra negra. Igual que sus sandalias.

De pronto, como si algo o alguien invisible la empujara, la joven se puso de pie y dio un paso adelante. Sus ojos recorrieron el semicírculo de invitados y amigos expectantes. Antes de hablar junto sus dos manos que semejaban dos aves que cerraran las alas, y dijo:

Familia y amigos, les tengo que decir algo.

Miró primero al río inmóvil que estaba pegado en la pared. A pesar de su inmovilidad daba la impresión de que el agua se movía. Vio también que el techo de la casa del paisaje también era rojo, como una de las tachuelas. Con un movimiento del pie atrapó una de las sandalias que se había escapado hacía delante. Sonrió a todos y dijo con una elocuencia inesperada, pues apenas había terminado la secundaria:

Desde que era una niña me pregunté qué haría de mi vida. La verdad, seguir en la escuela no me interesó. Meterme a vendedora, tampoco. No obstante, sé que eso era lo que mi familia esperaba. Pero cuando dos caminos no llevan a nada, es mejor no tomar ninguno —dijo enlazando los dedos y sin hacer una pausa prosiguió—. Siempre he tenido problemas para decidir qué es lo que quiero. Recuerdo la vez que en la primaria, cuando yo tenía nueve o diez años, el maestro me preguntó cuál era la materia que más me gustaba y yo no supe qué responder. El maestro quiso ayudarme y me dijo: “Tú eres buena en geografía e historia, ¿cuál de las dos prefieres?”. Permanecí callada. No porque no pudiera dar una respuesta, sobre todo cuando era algo tan fácil, como elegir entre dos cosas. Intuía, o así quiero creerlo ahora, que el mundo no podía limitarse a geografía o historia, como tampoco podía reducirse a dos cosas, dos sucesos o dos cuentos. Tampoco ahora, a mis dieciocho años, mi vida no puede reducirse a ir a la escuela o ser vendedora, hay otras cosas. Y de eso quiero hablarles.

Dio medio paso hacia delante y continuó:

Ese día, enfrente del maestro, no veía por qué tenía que elegir entre ríos, mapas y montañas o personas, épocas y cosas. Recuerdo que mis compañeros se reían de mí e incluso uno de ellos me aventó un borrador y otro un cuaderno. Yo seguí callada. Escoger significa tomar un camino y elegir un destino. A mis nueve o diez años no lo entendía, pero de alguna manera tenía miedo a decidirme. Creía que, si escogía alguna de esas dos opciones, una fuerza, un algo, o un alguien, me tomarían la palabra y después sería imposible recuperarla. Es cierto que me gustaba mucho la geografía y la historia, de hecho, todavía me gustan, pero no estaba preparada a empeñar mi palabra y con ella mi vida. No sé si me entiendan, pero no había recibido aún la señal que el destino de una forma u otra nos envía.

Así lo dijo mientras separaba las manos para después de nuevo juntarlas, y siguió con su historia:

Es curioso, pero si en ese entonces escoger entre dos cosas me parecía algo limitado, hoy me doy cuenta de que estaba engañada. Son muy pocos a los que se les da esa oportunidad y los que la tienen la mayoría de las veces la utilizan en forma equivocada. El resto, con la excepción de unos cuantos, se les traza un camino el cual seguirán sin darse cuenta. Las decisiones que tomen serán muy restringidas, a pesar de creer que son ellos quienes eligieron entre seguir en la escuela o meterse a vendedora. Una cadena invisible los ata a su camino, del que no pueden apartarse ni un milímetro. Muchos otros son movidos como barcos en un fuerte vendaval y su suerte depende de un conjunto de circunstancias. Si quedan varados en cualquier lado, como el barco que está en la Playa de Santiago, o por suerte llegan a buen puerto, lo hacen por un accidente de la vida. Tal vez sea eso lo que llaman destino.

Me parece que un número muy limitado de gentes son tocados por fuerzas superiores, las cuales condicionan su destino. Son los elegidos a quienes no solamente se les guían sus actos, sino que de alguna forma se les cierran otras opciones para asegurarse que sólo vayan por el lado correcto, o por el que fueron llamados. Yo soy una de esos. Alguien o algo me tocó y me dio un pequeño empujón para ayudarme a decidir por fin lo que quería. Me arrojaron de frente a mi destino. No es fácil saber cómo se produce ese contacto, lo que sí es que una vez que has sido elegido sabes que en ese instante todo ha cambiado para siempre.

Se los dijo mientras movía una mano, se acomodaba de nuevo una sandalia, y luego volvía a su relato.

La verdad es que sigo teniendo problemas para elegir lo que quiero, pero lo más importante ya está decidido. Me he transformado en alguien diferente sin dejar de ser la que siempre he sido. Por eso los he invitado hoy a mi casa para compartir con ustedes, familia y amigos, la buena nueva de mi cambio.

La joven Vyiemba lo dijo sonriendo sin dejar de ver a cada uno de ellos en la cara.

El semicírculo se movió entre impaciente e inquieto. Una señora con un vestido rojo de múltiples cuadros jaló una silla y se sentó en ella. Otra mujer rompió la fila y se cruzó al otro lado de la sala, cerca del paisaje francés que seguía impasible con sus vacas y su río. Un hombre regordete aprovechó la pausa para comerse unas galletas. Y un joven que había estado todo el tiempo muy atento bebió un sorbo de su té que había dejado sobre la mesa y luego regresó a su lugar en la fila. Nadie dijo nada. La mamá de la joven, que había entrado y salido dos veces a la cocina, se quejó del silencio y decidió quebrarlo gritando:

“¿Por qué están tan serios? ¿Qué tanto cuenta mi hija?”.

Después se volvió hacia la joven Vyiemba que seguía de pie y le dijo: “Déjate de tus historias y dinos algo divertido”.

La joven volteó a ver a la madre con calma y una sonrisa gigante donde metió a ella y el resto de los invitados. Luego continuó como si leyera un libreto o como si alguien le dictara muy bajito las palabras:

Soy una aprendiza de curandera. Tengo dos años aprendiendo de las plantas y de mí misma —dijo y se quedó callada midiendo el efecto de sus palabras, luego rectificó su silencio y habló rápidamente de nuevo—. Quiero dedicar mi vida a ayudar a los demás. Quiero, deseo y espero dedicar mi vida a lo que más amo: curar. Curar es no sólo una pasión, es la respuesta a un llamado. Es mi destino, el cual descubrí hace dos años. Sé que me toca velar por su salud. De alguna manera son ustedes quienes materializan ese anhelo —agregó apuntando con su dedo al semicírculo.

 

En su mano semiabierta se dibujaba una marca casi imperceptible, atrapada entre la palma y los dedos. Unos trazos cortos, rectos, y otros curvos, parecían tomar vida cuando la joven movía la muñeca. Ni la familia ni los invitados repararon en ello, pero se movía a su propio ritmo, como si quisiera expresar sus propias cosas o hablar su propia lengua. Eran las palabras de la fortuna a la que ella aludía.

La joven regresó a la silla en que había estado sentada antes de anunciar la noticia. Se quedó callada, sellando su boca con una sonrisa. Nadie respondió nada. Nadie comentó algo. Un silencio de más de cien palabras ocupó la sala. Voces como “destino”, “curandera”, “elegido y tocado” se quedaron ahí con la pesadez de su significado. Esos vocablos fueron guiando los pensamientos de todos. Poco a poco fueron abriendo nuevas interpretaciones, nuevas dudas e incluso nuevos miedos.

La aprendiza de curandera se paró de nuevo. El ruido casi imperceptible de un ventilador de baterías hacía esfuerzos por cruzar la habitación. Su rrr, rrr se emparentaba más del silencio que del ruido, su cabeza de aspas se movía lentamente de un lado para otro apuntando a todos como si el aparato fuera el único testigo, casi mudo, de esa revelación. Su aire se disipaba a lo largo del semicírculo, llegando extenuado e intermitente al otro lado, donde lo esperaban con ansia los vecinos. La mamá había decidido regresar a la cocina, consciente esta vez de que no debía interrumpir el silencio.

La joven caminó hacia la pared y luego se dirigió a la ventana. En la primera vio el paisaje francés, impasible, y en la otra un pedazo de calle lleno de vida. Un río inmóvil con las casas y las vacas pegado al muro y ahí mismo mucha gente pasando, llevando consigo sus propias voces, preocupaciones y pensamientos que ella vio rápidamente a través del vidrio.

La joven se dirigió a la cocina e intentó abrir el grifo del agua, girando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, como si fuera el ventilador moviendo la cabeza. Un chillido de aire escapó de la tubería y después no salió nada. Recordó el balde amarillo que había dejado en la puerta lleno de agua y salió por él. Atravesó la sala y se dirigió al baño, donde vertió la mitad del líquido en una palangana. Volvió a cruzar la sala pidiendo disculpas y salió con el balde al patio, donde vació el resto del agua en una redonda vasija blanca. Recogió los dos vasos olvidados ahí por la mañana y regresó a la casa, derramando unas gotas pequeñas de agua, que marcaban un doble recorrido, sin que se supiera cuáles habían sido de ida y cuáles de regreso.

 

En la mañana siguiente, cuando regresara de su recorrido que había dejado de ser un misterio para todos, lavaría los trastes con el agua de la vasija blanca que acababa de depositar ahí. Como siempre, leería la vida de los vasos, las vasijas y los platos, y quizá a través de ellos el destino de sus dueños. Ofrendaría sus superficies lisas y curvas al sol, quien seguramente las bañaría con sus primeros rayos.

Mientras la joven se ocupaba de esas faenas, los vecinos y amigos hablaban entre ellos en voces bajitas. Sus palabras no alcanzaban a salir del semicírculo y se unían al rrr, rrr del ventilador, cuyo ruido imperceptible no cesaba. Unas risas rompieron de repente el cerco y animaron a los demás a platicar en voz alta.

—...Dijo “curandera” —aseguró el vecino gordito, quien se había comido más de la mitad de las galletas—. Sí, curandera, yo la oí —repitió, convenciéndose a él mismo y al joven que tenía al lado, quien ya se había acabado el té y seguía callado. La aclaración era importante pues la revelación de la joven para varios de ellos había sonado más como una confesión velada. Unos estaban convencidos de que en realidad ella quiso decir bruja y otros que adivina. Casi nadie creía que había dicho “curandera” y que en verdad quisiera dedicarse a eso, pues para ellos ese oficio por sí sólo no existía. Pero pronto el grupo se puso a hablar de otros temas. Sin embargo, una palabra había quedado suspendida en el aire colgando de sus miedos. Algunos la pensaron y otros la evitaron. Bruja que, en portugués, la lengua que además del Kimbundo todos ellos hablan, significa Feiticeira, mujer de magia maligna. Es una palabra que no se dice ni se digiere fácil.

Lo que no cuadraba era por qué si la joven quería dedicarse a una actividad secreta los había llamado. Si era una forma de ocultamiento o despiste era muy arriesgada, pues de aquí en adelante cualquier cosa mala que pasara en el barrio se le podría atribuir a ella. Tal vez en realidad quería dedicarse a la magia, pero a la buena. Era mejor no pensar en eso. No obstante, la palabra en forma tenaz regresaba después de un rato a sus cabezas. Lo preocupante es que esa palabra venía acompañada de otras como veneno, muerte y venganza. Instintivamente se asociaba a algo peligroso, poderoso y oculto, que se materializaba con el feitiço: la fuente de males inexplicables y perversos. No, no era posible, decididamente esa joven tan buena y dulce no podía andar metida en esas cosas. Pasaron unos quince minutos, los vecinos y amigos dieron las gracias y se despidieron de la madre. Fueron saliendo de uno en uno en fila india, estrechando la mano de la hija. Tocaban sin saberlo la marca que llevaba.

Eduardo López Moreno
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