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Hacer lo correcto

martes 28 de enero de 2025
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—¿Cómo nos podemos ahorrar tiempo y dolor? —me preguntó.
—Siendo honestos —le contesté.
Farid Dieck Kattàs

Unos atracadores se aproximaron con horrendas máscaras que representaban a los superhéroes de las películas de Broadway. Se movían sin pisar a la gente que se precipitaba al piso a su paso. Desde la distancia, el profesor Thelonious les había hecho seña con la mano. Y fue allí cuando comenzó el jarabe de lengua, porque le pareció que otra vez se lo pedían a gritos:

Muchachos, puedo entender, en parte, la predisposición que siempre tuvieron hacia el crimen. La noción de familia fue para ustedes como una intrincada fórmula. Nunca tuvieron una vida normal bajo el calor de un verdadero hogar. Con padres que les impartieran bellos valores y, sobre todo, el amor, que es el alimento que perfecciona a los seres humanos. Los liberta de las enfermedades del alma. Es algo así como la leche materna que sostiene la vida, un regalo que el buen Dios preparó para sus ingratos mortales. Pero aun con esa carencia tan grande, fueron dotados de habilidades que muchos no tienen y las pudieron haber empleado de forma distinta.

Mírenme, miren a este viejo quien les habla, yo también tuve una niñez con padres ausentes. La gente creía que mi abuela era mi mamá: una doñita sesentona que marchitaba sus delicadas manos lavando ropa ajena, para que no me faltaran el pan ni la ropa. Y tristemente, también llegué a andar en malos pasos por esa época en que los jóvenes tienden a perderse dentro de sí mismos. Pero, por amor a esa vieja que había dado todo por mí, me puse a estudiar en serio hasta convertirme en el pedagogo que todos ven. Aunque mal me paguen.

Fue así que llegué al Departamento de Orientación del liceo Eduardo Calcaño. Donde los conocí y los vine guiando, aunque mis palabras nunca encontraron la puerta a sus conciencias.

Y otra vez, heme aquí, frente a ustedes, tratando de hacerlos reflexionar sobre este nuevo desastre. ¿Les parece que asaltar un banco es hacer lo correcto? ¿Creen que yo me siento orgulloso de esta vaina?

Al verlos entrar con esos rifles y la gente gritando despavorida, quise culparme por lo que tal vez me faltó hacer o decir para enderezarlos, pero entendí que es uno mismo el que patea su vida. Es uno el que se enfrasca en perderse.

¿Ustedes creen que yo no los iba a reconocer con esas espantosas máscaras?

Humberto con el tatuaje de Dóberman en el cuello, el virolo del Yosmar, uno nunca sabe lo que está mirando. Rafaelito con la camisa de los Tigres de Aragua que, por lo que noto, nunca se quitó, y claro, la estrella de la rapiña, el Wilmer, con ese estilacho de sicario que se gasta. Yo creía que mi mente de viejo los había olvidado. Nunca imaginé que volvería a verlos haciendo de las suyas.

¿Y por qué no me responden, ah? ¡Digan algo, por el amor de Dios!

Ninguno le dirigió la palabra. Sólo se lo llevaron al baño y allí lo ataron de pies y manos. Le pusieron una mordaza para que dejara de gritar estupideces. Wilmer le arrojó el bolso que se le había caído mientras estaba en la cola de los jubilados.

—¡Tome y cállese la jeta, profe, que lo que hacemos es por su bien!

La policía rodeó el área demasiado rápido. La voz de un detective con voz de locutor se propagó a través del radio de una patrulla:

—¡Como pueden observar, estamos en todos lados! ¡No tienen por dónde escabullirse, así que me van soltando a esa pobre gente! ¡Los rehenes no están solos, repito, no están solos...!

Wilmer se asomó en la puerta del banco. Con una mano agarraba al gerente por el cuello, como si fuera un ave que acababa de cazar y, con la otra, le apuntaba. Tenía que hacer un ejercicio práctico de autoridad, ante unos tombos que pensaban que estaban tratando con novatos.

—¿Ustedes ven a este muñequito que está aquí?, yo me lo voy a echar aquí mismo si no me dejan salir. ¡Yo mando en esta fiesta, firuláis! Así que les voy a narrar mi cuento favorito: primero, necesito un helicóptero, para ayer... Segundo, cuando aterrice la nave, se me apartan por lo menos cien metros, como lo vi en una película que me gustó burda... ¿Cómo es que se llama, Yosmar? Ajá, El robo perfecto, qué casualidad, ¿verdad, mi bro? Tercero, nada de balas o pendejadas locas a la hora de abrir las puertas. Y, para que lo sepan, mi intención no es echarme a esta gente, pero todo depende de que ustedes nos dejen hacer lo nuestro.

Luego de un rato, el helicóptero aterrizó. Las aspas tenían el efecto de un ventilador gigante. Algunos policías retrocedieron según lo acordado, tapándose los ojos por el polvero, pero otros se quedaron sobre los techos con los rifles de francotirador. La banda del Wilmer fue liberando gradualmente a los 118 rehenes, hasta quedarse con un salvoconducto de quince personas. Así intentaron irse acercando a la máquina, aunque la excesiva polvareda abrió la oportunidad a los rehenes para escapar. Justo allí, los francotiradores iniciaron el fuego cruzado.

 

Al día siguiente, los párpados del profesor Thelonious se inundaron al observar los cuerpos en el noticiero. Su café se derramó varias veces de los nervios, mientras se lo acercaba a la boca. Recordó cuando la policía lo sacó del banco. Fue el único que había quedado olvidado en el baño, atado de pies y manos y con una mordaza en la boca.

Cuando le tocó el turno para declarar, no vino al caso revelar su conexión con esos muchachos que habían sido sus alumnos, o como unos hijos que había tratado de reformar para que se salieran del mal camino. Los pobres no dejaron ni hijos. Ni familia. Algunos, simplemente, habían crecido en la calle, y otros eran hijos de gente drogadicta o de mal vivir.

Thelonious flexionó las piernas y se dejó caer hacia atrás, sobre el sillón, frente al televisor. Un reportero entrevistaba al gerente del banco que, muy coqueto, probaba su mejor pose, sólo para decir que el dinero no había sido recuperado en su totalidad. Era evidente que los cien mil dólares faltantes constituían sólo una minúscula fracción del botín.

El profe miró el bolso y lo abrió, como muchas otras veces; estaba repleto de pacas de cien y de cincuenta dólares. Seguía siendo una jugosa cifra. La plata que un viejo como él necesitaba para pasar sus últimos años con seguro médico y con la estabilidad que nunca disfrutó. Pero tenía en cuenta que eran sus acciones, y no sus posesiones, las que lo habían convertido en el hombre honesto que siempre fue y no pretendía dejar de ser.

Axel Blanco Castillo
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