¡Qué día gris! Qué sensación de vacío, de nostalgia... Laura tenía el día libre, miró a su mascota y decidió:
—¡Vamos a pasear!
Lindo perro era el Pepito, buenísimo, ojitos dulces, siempre sonriente. Lo había sacado de una perrera donde había llegado cuando apenas era un cachorrito. En ese entonces Pepito tenía dos años y medio, y ella estaba cansada de la soledad. Un día, por casualidad, se encontró con un anuncio en Internet de una asociación que daba animales en adopción, vio un montoncito de pelo y huesos en el fondo de una jaula y se enamoró de él.
Impresionante cómo pasa el tiempo... Pepito vive con ella desde hace ocho años... Fue testigo de sus pocas alegrías, de sus tantas tristezas, de sus madrugadas sentada en la cocina, ante una copa de vino y un cenicero lleno. La vida de Laura estaba en las calles, pagaba un tugurio en el casco histórico y ahí canjeaba placer por euros. Cuando el cansancio se hacía evidente se cambiaba, esperaba el bus y volvía a su casa. Pepito la recibía feliz —¡por lo menos él la amaba!— y corría a tironear la correa colgada al lado de la puerta.
Lindas caminatas hacían en las madrugadas, eran momentos de reflexión, Laura entretejía fantasías en las cuales regresaba a su país, rehacía su vida, formaba una familia...
Se había ido de Uruguay a los diecinueve años con una valija, un pasaporte español y muchos sueños. En Salto, su ciudad natal, dejó a su novio de siempre, Roberto, probablemente el amor de su vida. Ella quería vivir la vida, viajar, divertirse; él soñaba con ser doctor. Las promesas deslumbrantes de la loca juventud la conquistaron y la joven partió. Estuvo en dos o tres países, quiso ser y hacer tantas cosas: se inscribió en un taller de teatro, vendió sus cuadros en mercados callejeros, sacó a pasear perros en barrios elegantes, limpió baños públicos y trabajó de camarera en un local nocturno. En ese lugar conoció a la que se transformaría en su mejor amiga, Mariangela, una italiana que llevaba dos años de trabajo social —como lo definía ella riendo— para los noctámbulos de la ciudad.
Laura empezó casi como por juego; Mariangela le preguntó por qué no probaba y ella aceptó el reto. El chico, elegido entre las dos, era muy guapo, muy frío y muy rico. Así empezó a girar la rueda, el chico cada tanto la buscaba y ella incrementaba la clientela.
Era una linda muchacha. No quiso teñirse de rubio, como hacían casi todas las latinoamericanas, pero cambió su cabello castaño por un hermoso rojo caoba que resaltaba sus ojos verdes.
Laura y Pepito caminaron las cinco cuadras que los separaban del centro, él olfateando todos los árboles, todos los postes, todos los muros, ella perdida en sus pensamientos. Al pasar frente a una tienda Laura miró su reflejo en el gran ventanal y tuvo plena conciencia de todas las vicisitudes que atropellaron su vida dejándole migajas de sí. Ese pelo corto había sido idea suya y a Mariangela le encantó. Le daba un aire muy juvenil y alegre.
Laura se detuvo y siguió mirándose en el vidrio. Pepito se echó a sus pies a descansar. Poco a poco el reflejo le devolvió dos figuras; los ojos de Laura se llenaron de lágrimas: a su lado estaba Mariangela sonriendo divertida...
Pobre Mariangela... Una noche no la vio en la esquina de siempre y al día siguiente fue a su casa. La vecina y propietaria del piso donde vivía la amiga le dijo que Mariangela había muerto:
—Un derrame cerebral, parece.
El mundo de Laura se derrumbó, había perdido a su amiga y confidente. Ya no tenía sentido seguir manteniendo el caro apartamento que pagaban entre las dos, turnándose en el trabajo. Laura intentó encontrar otro curro, un trabajo “decente”, pero no lo logró, el proceso requería mucho tiempo y no podía gastar todos sus ahorros. En la calle comenzaron a aparecer chicas jóvenes, ella ya tenía treinta y cinco años y la edad de los clientes cambió, la buscaban hombres muy mayores. Laura decidió alquilar una pequeñísima habitación con baño en un barrio muy frecuentado por marineros y obreros y allí siguió laburando unos años más.
La fortuna llegó gracias a Pepito. En uno de los parques, donde mucha gente llevaba a correr a sus perros, Laura conoció a una mujer joven que, hablando del más y del menos, le comentó que en un bar de su barrio buscaban personal. Esa fue su ocasión, Laura tenía la experiencia de su vida pasada y obtuvo el empleo.
Por un instante sonrió recordando el día que empezó su nuevo trabajo. Era como volver a montar en bicicleta después de una vida en auto; las manos que aferran con fuerza el manubrio, los pedales que cobran vida bajo los pies, el temor de perder el equilibrio...
Era una sensación extraña y a la vez reconfortante recibir a los hombres desde atrás de la barra mirándolos a los ojos sin malicia, sonreírles con franqueza y que ellos le devolvieran el saludo, gentiles y sin lascivia, comentar algún chisme con las mujeres, reír por algún chiste... “¡Qué cambio!”, piensa Laura, mientras se detiene con Pepito casi en la esquina para dejar pasar a un grupo de personas que se dirigían al semáforo. ¿Por qué no se decidió antes?
Ese día en la ciudad había grandes festejos y estaba saturada de turistas, comitivas de asiáticos fotografiando todo, filas de eslavos delante de los museos y en los bares, innumerables bandadas hispanohablantes que corrían detrás de las guías para no perderse las explicaciones. El centro era un pulular de gente de todas las nacionalidades.
Justo en esa esquina una sensación inesperada le hizo examinar uno por uno los rostros del grupo. Hablaban español con acento rioplatense, discutían sobre el próximo museo, se intercambiaban informaciones...
Y ahí fue. Ella pelirroja, con el cabello muy corto, ojos verdes cansados detrás de los lentes multifocales, cuarenta y seis largos años a cuestas, él algo canoso, aún atlético, con bigote y perilla bien cuidados...
Las miradas se encontraron, hubo un destello en las profundidades de los ojos del hombre, algo se insinuó como una duda, luego pareció una certeza, y en fin, una resignación. El corazón de ella dio un salto, fue un instante de emoción, una onda incontrolable de recuerdos... La sentencia del semáforo fue despiadada: Roberto tomó la mano de su esposa y juntos se apresuraron a cruzar la calle.
Laura acarició a su perro y con él, que meneaba la cola contento ante la perspectiva de una siesta en su almohadón favorito, retomó lentamente el camino a casa.
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