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Díptico del paraíso

sábado 15 de febrero de 2025
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“Me es difícil hallar aquí a Gauguin...”.
Henri Matisse, carta desde Tahití.

Yo soy Teha’amana. Esta es la voz que no tengo. Y tendré.

Tampoco diré mucho. Al menos, nada extraño a lo que he hablado, desde tantas voces, desde tanto tiempo. No fue sino ayer que pudimos despedir a ese hombre americano. Ya mi memoria no recuerda el número de extranjeros que han llegado a Mataiea, buscando desesperados a mi familia, para preguntar por ese pintor de quien fui vahine algún tiempo, a quien en las islas todos llaman Koke, y en las tierras lejanas, Gauguin.

Algunos han sido buenos, pero otros han sido salvajes. Irrumpen en la casa y, como si sufrieran los delirios de la fiebre, gritan: “¡Tehura, Tehura!”, señalando la imagen pequeña de la tela donde me pintó acostada, o aquella madera donde está mi cabeza.

Uno de ellos, poseído de alguna locura y a pesar de mis años, quiso por la fuerza yacer conmigo, pero fue detenido por Tamaroa, quien lo echó con una paliza.

De Koke, no recuerdo mucho... Recuerdo haberlo conocido en Fa’aone. Mi madre quería, desde mucho, que yo fuera la vahine de un extranjero. Un día encontró a Koke y lo trajo a casa. Pero yo no quería ir con un francés, yo quería, como las otras, vivir en la cabaña del fuerte Aitoarii, quien tenía los tatuajes en el cuerpo, a pesar de la prohibición. Sin embargo, cansada de mi madre, pensé que quizá Koke me compraría joyas, así que acepté.

Vivir en su cabaña no fue malo. Y también me compró algunas joyas. Pero Koke era un hombre extraño. A veces me trataba dulcemente, como quien cuida una flor, pero otras veces me gritaba muy enojado. En ocasiones, se comportaba furiosamente, cuando yacía conmigo, como una rabiosa bestia; me rasguñaba los brazos, los muslos y la espalda. Eran los días de ardor. Otras veces no. Koke se quedaba mirándome por algún tiempo, sin decir palabra, sonriendo. Decía que yo era una antigua diosa, yo me reía... Entonces se levantaba, y comenzaba a hacer dibujos distintos de mí, desnuda.

Koke padecía mucho por la gente de su tierra. Siempre decía que él era grande, y que su gente era mala o tonta. La verdad es que en aquel tiempo Koke era pobre, y se enojaba mucho por no poseer dinero. Mi familia y yo casi siempre recolectábamos su alimento, mientras él pintaba. Un tiempo después, quedé preñada, pero mi hijo no nació.

Luego de dejarme e irse a su tierra, pasados unos años, Koke regresó, y fue a buscarme con regalos para que fuera su vahine. En ese momento ya era rico, creo, porque se construyó una cabaña en Punaauia. Pero yo había seguido a Ma’ari, así que no quise ir con él. Además, vi que las llagas se habían aumentado en su cuerpo, y tuve miedo. En las islas, muchos hombres blancos les han contagiado la enfermedad de las llagas a sus vahines. El propio Koke, según dicen, se la contagió luego a algunas jóvenes.

Ahora que lo recuerdo, siento compasión, tristeza. Sé que Koke murió hace unos años en Hiva Oa, sufriendo por la fiebre y las llagas que tenía. Dicen que fue con mucho dolor, y que luchaba siempre, contra el obispo y los gendarmes.

Koke era un hombre extraño. Muchas veces insistía para que yo le contara las viejas historias sobre los dioses de los ancestros. Siempre porfiaba, preguntando por todos los asuntos de los ancestros. Pero cuando le decía que a las mujeres, mucho antes de los misioneros, siempre se les había prohibido conocer las historias, se enfurecía.

Recuerdo que una vez, caminando por la playa de regreso a la cabaña, me preguntó: “¿Eres feliz?”. Yo le respondí que sólo sería feliz cuando fuera a la tierra de las delicias, navé navé fénua. Su rostro entonces se volvió molesto y confundido; me tomó por el brazo y comenzó a señalarme las flores tiare del bosque, el sol que se hundía sobre Moorea, el brillo rojo sobre el gran mar... protestando que él había viajado desde tan lejos solamente para poder venir a navé navé fénua. Pero yo le repliqué todas las veces: “¡Aïta, nada de esto es navé navé fénua!”. Y agregué: “Si esta mi tierra es el lugar de las delicias, ¿por qué todavía quiero ir al lugar de las delicias?”. Él entonces, mucho más molesto, se alejó. Eso recuerdo.

¿Por qué creía Koke que este era el lugar de las delicias? ¿Cómo puede una tierra donde hay fiebre, llagas y diarrea, cansancio bajo el sol, hijos que no nacen... cómo puede ser navé navé? Quizá Koke era igual a aquellos que buscan un lugar que no existe, y que no pueden morir sin encontrarlo. Por eso al final siempre lo encuentran, y lo tocan, aunque sólo estén tocando sus sueños.

Ayer, al escuchar de nuevo aquel nombre, he podido entender que, en otro mundo, en las tierras lejanas, estoy siendo otra. Que no sabrán de Ma’ari, de mis buenos y fuertes hijos; de todos los que viven y trabajan conmigo, en Mataiea y en Papara. Que no sabrán de las bondades que me han hecho algunos misioneros; de las maldades del obispo. Del serio jefe Tetuanui. De mi risa, del fuego, y las danzas en las ceremonias. De la fortaleza que he dado, del dolor que he sufrido. De la fiebre, que algún día tal vez me mate...

El extranjero americano, al irse, ha dejado en nuestra cabaña la imagen pequeña de la tela pintada. Hoy, sintiendo un abandono que no comprendo, ha pasado toda la mañana y la tarde, y todavía estoy viéndola fijamente.

No importa qué faena me ocupara, ni cuántas veces he intentado evadirla; una poderosa fuerza me ha traído de vuelta, y me obliga a poner mis ojos sobre la imagen pintada de mí misma, sin siquiera reparar en el maligno tupapau que me mira. Mientras tanto, el sol que amaba Koke vuelve a hundirse, enrojeciendo al mar y ennegreciendo a Moorea. Y la paz de mi alma se está yendo lejos, porque regresa, insistente e interminable, una pregunta que no sé responder, y que siento que me atraviesa a mí, a la isla, al día, a la noche, y al tiempo: ¿Dónde estoy yo en la tela? ¿Dónde estoy?

Ernesto Caveda
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