La luz del sol de las seis encontró una oportunidad para entrar por los ocho centímetros de distancia que quedaban entre las cortinas. Este desafortunado rayo de luz ingresaba en línea directa y se estrellaba en los ojos de Único como una alarma muda.
Ya despierto, se mantuvo en cama con los ojos cerrados, se dedicó a pensar en los sonidos que extrañaba, los sabores que habían quedado atrás, las conversaciones que nunca sucedieron. Si se concentraba lo suficiente aún podía recordar su pasado, su reloj despertador, la estática de su radio mientras navegaba entre ondas hasta encontrar una estación, las canciones de su niñez.
Finalmente decidió levantarse; al costado de su cama descansaban sus botas, una camisa y un pantalón.
Luego de vestirse, salió del cuarto y se dirigió a la cocina. El vacío de cada espacio de la casa magnificaba su soledad, luchaba contra el silencio hablando consigo mismo; después de dieciocho años los temas de conversación empezaban a escasear, pero valía el esfuerzo para no olvidar su lenguaje, el sonido de las palabras, el sonido de una risa, aunque fuera sólo una.
El patio lo recibió con sus enormes rosales, una larga hilera de arbustos de colores varios que se alzaban por las altas paredes que definían el límite de su espacio. En un rincón, crecía un huerto donde plantaba tomates, lechuga, culantro, inclusive la hierbabuena y albahaca se hicieron su espacio.
Se dirigió a un cobertizo de plástico grueso y resistente que había instalado en el fondo; lo mantenía lleno de comida enlatada, tanques de gas y galones de agua. Tomó una lata de atún, un tomate del huerto y arrancó una hoja de albahaca, este sería su desayuno.
El sol de las nueve creaba sombras perpendiculares, el brillo de la luz rebotaba en la calle y quemaba sus ojos. Su rutina diaria consistía en hacer rondas; con el pasar de los años la tarea de encontrar comida había incrementado en dificultad y la esperanza de encontrar otro sobreviviente se había desvanecido.
Tomó su bicicleta, anduvo por la calle, sintió cómo el viento se estrellaba contra sus ojos. Anduvo hasta la autopista General Cañas y pedaleó con fuerza en dirección al puente que cruza el río Virilla; maniobró en zigzag entre los vehículos que ahora existían inmóviles, como una pista de obstáculos que se extendía hasta las calles Josefinas.
Se adentró en la ciudad; las amplias calles que recorrían las entrañas citadinas existían repletas de carros, camiones y motocicletas amontonadas, detenidas a lo ancho del camino, sin rumbo, sin sentido.
Entre maniobras logró llegar a la Avenida Central; ahí dejó su bicicleta contra la pared de una vieja cafetería que se ubicaba en la primera planta de un edificio de tres pisos.
Inició su caminata sobre los adoquines; las raíces de la madre tierra encontraron fuerza en la falta de pasos apresurados y tuvo el coraje de reclamar de vuelta territorios de los cuales había sido expropiada y reemplazada por estructuras de metal, vidrio y concreto.
Único caminó, corrió, brincó y tropezó. Exploró tiendas, se probó ropa empolvada, bebió jugos caducados y disfrutó de dulces eternos. Los locales, las calles, todo se mantenía similar al día en que el tiempo se detuvo, el día en que la compañía del otro se volvió algo artificial, el día en que las conversaciones cesaron y poco a poco las comodidades modernas dejaron de existir.
Tras varias horas de despilfarro y alegría inducida por el conocimiento de una falta de consecuencias, pasó al siguiente ítem en su lista, dejó los dulces y la ropa que no le pertenecía. A la hora en que el cielo se tiñe de vetados naranja piña y la luna empieza su turno laboral, se dedicó a decidir cuál sería el edificio más apropiado para el plan de esa noche.
La ciudad se encontraba ahogada en un tono azul-oscuro, la luz de las estrellas en un cielo despejado brindaba un cierto consuelo.
Travesando por un callejón, salió a una calle ancha y se encontró cara a cara con el edificio perfecto; siete pisos, la planta baja con paredes de cristal, una de ellas con vehículos atravesados que le facilitaban la entrada. Del bolsillo trasero de su pantalón produjo una caja de fósforos y una candela. Se dedicó entonces a subir los siete pisos con paso firme, mientras protegía la llama con su palma en media luna.
Cuando al fin logró llegar al techo del edificio, libró sus manos dejando caer la candela. Desde el punto más alto de la ciudad, la claridad era abundante, el viento corría frío y con fuerza. Caminó hasta el borde del costado este del edificio; podía apreciar la arquitectura variada, las formas de los techos, los detalles a lo alto de las paredes de concreto y más allá las vastas y tupidas montañas. Cerró sus ojos y con un largo suspiro oxigenó su cerebro, aclaró su mente y sonrió.
En dieciocho años nunca lo consideró, la idea nunca pasó por su mente. No era por decir que había existido libre de angustia, de desesperación. Tuvo días repletos de lágrimas, noches enteras sin poder conciliar el sueño mientas su memoria lo bombardeaba con las imágenes de quienes desaparecieron en un instante, todos esos rostros y nombres que se convirtieron en borrosos recuerdos.
Esta no era una salida fácil, sino el final de un extenso y cansado camino.
—No todos podemos ser héroes —dijo mientras acercaba sus pies al borde y los talones de sus zapatos saludaban el vacío.
Dejándose ser empujado por una ráfaga de viento, dejó caer su cuerpo de espalda. La caída se sintió infinita; podía sentir cómo su cuerpo violentaba el aire, similar al filo de una navaja que atraviesa un trozo de papel. El suelo se acercaba a gran velocidad; en un último instante pudo abrir sus ojos y apreciar el cielo despejado una última vez.
Oscuridad, silencio, paz.
Podía sentir su cuerpo flotando en un vasto vacío.
¿Estaba consciente?
Pudo sentir el palpitar de su corazón, la extensión de sus brazos, sus dedos, los pequeños cabellos en sus nudillos.
¿Era esta la vida después de la muerte?
Dentro de la oscuridad, un rayo de luz inundó sus parpados cerrados.
La luz del sol de las seis encontró una oportunidad en los ocho centímetros de distancia que quedaban entre las cortinas.
- El último día - martes 24 de junio de 2025


