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Cinco historietas churriguerescas

sábado 19 de julio de 2025
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El violón

Don Cabra, ricohombre extremeño lamido y relamido, marqués de finas hierbas, acaba de comprarle un violón a su jovencísima y desconsolada esposa, harta por lo que se ve de palpar sus liras. Y con el trasto, claro está, viene incluido un joven músico salmantino que ha de instruirla en el difícil arte de Euterpe. Hechas las presentaciones se suceden las lecciones e, inevitablemente, lo que en un principio son inocentes escarceos entre ellos culmina al poco tiempo en achuchones mutuos y fragor de tafanarios. Entre unas cosas y otras, el pretendido virtuoso comienza a hacerse cargo del instrumento dejando la instrucción a la más hábil, que termina por encomendarse entre las piernas de aquél con sumo alborozo para todos. Mas sobreviene el día, aciago claro está, en que todo se clarifica y recompone. Y es que hasta el amor acaba por engendrar aburrimiento, por lo que a los confiados amantes les acude la brillante idea de invertir la postura, con las consiguientes terribles asonancias. Algo parecido al cuerno quemado acaba por olerse el marido porque pasados unos segundos, y presintiendo algún desfallecimiento, irrumpe en el cuarto a cuatro patas dándose de narices con la edificante escena.

 

La recepción

Don Monipodio pasea nervioso por los pasillos de su casón. La recepción del conde, hombre poderosísimo, está prevista al mediodía pero no hay quien se desayune aquellas flatulencias imposibles. La reunión es de gran importancia, es el ser o no ser de su nuevo cargo en Madrid, pues el conde es primo del hermano del amigo del mamporrero del valido, un espíritu singular e influyente. Sin ánimo ni tiempo de recibir al inútil de su galeno, prefiere pedir a una alcahueta vecina suya, buscona y bruja a partes iguales, un buen ungüento para acabar con aquel hito de pestes que amenaza con traspasar la mejor armadura. Tras un buen precio se hace don Monipodio con las paganas hierbas. Y allí, en el salón, tras entrarle unas ganas tremendas, por no vaciarse y dejarlo todo perdido de ambrosía, asoma el señorísimo culo a la ventana y lo rocía todo justo cuando sale de su carroza nuestro conde. Vaya regalo. Pues eso, que de Madrid nada y del cargo mucho menos. ¡Y todos a la mierda!

 

Don Juan en los infiernos

Es noche cerrada. Don Juan sale de la habitación de su joven amante envuelto en una frondosa capa negra y esa máscara que fue la comidilla de tantas Carnestolendas felices. En medio de tantas umbrías el galán termina por tropezar con el gato cojonero (todos los cornudos tienen uno) y cae como un fardo desde la balaustrada a la hermosa colección de porcelanas. Alerta de este modo al barón, que se presenta con su añeja fusta y una legión de sirvientes, los cuales empiezan a moler a palos al intruso. Y ríe la condesa, con el culo en pompa, ríen los criados, ríe el destino por ver tal rifirrafe de cornudos, ríe el maldito gato y también la hombría seductora convertida en umbría, en penumbra, en humo de los días. O eso piensa el viejo y desarmado don Juan, que a punto está de entrar en los Avernos.

 

Leyenda de Papamoscas

Fuera de la vista del gran público, al norte de Barataria, amagada entre las austeras rocas que ponen fin a la hueste de los pinos de los llamados Picos Pardos, se yergue la osamenta del viejo castillo levantado por el duque de Lechuzo, aquel que en la batalla del cuervo pasmado vio cómo su espada quedaba atrapada en la funda y pasó ocho largas horas entre los matorrales fingiéndose una perdiz. El caso es que, a pocos pasos de allí, siguiendo por el camino del este, los asiduos de una antigua venta que sólo visitan las neblinas gustan de sorprender al caminante ávido de misterio con unas pocas leyendas que aún rebosan algo de verdad. La más famosa en estos lares es la que narra la historia del bufón Estebanillo, alias Papamoscas, hombre rechoncho, entrado en canas, bestia fabulosa mitad palomo, mitad tábano, con más vueltas que el carro de un buhonero, considerado grande entre los de su oficio y maestro de pedorretas, además de erudito en todos los saberes pues conocía el latín y el griego y, lo más importante, leía el pensamiento de los hombres, arte ingrato este que precisa de años y de coces. Cuentan que el bufón se enamoró de una bella sombra una noche de Luna y resultó ser una hechicera que lo transformó en un espantajo con golilla y delirios de grandeza. Todavía, si coge uno el sendero que lleva a la roqueda, puede que en alguna revuelta oiga al espantajo mascullar un chiste o, envuelta en el susurro de la ráfaga, escuche su inquietante pedorreta disfrazada de bandada de pájaros.  Sin embargo esto es sólo un mito de los que circulan a lo largo y ancho de esta comarca fabulosa. La realidad, muy distinta, es que el bufón se quedó de piedra al escuchar las infames pretensiones de su sastre y así murió, hecho una gárgola, víctima del basilisco remendón.

 

El entierro

Ha llegado el invierno. Golpean el aire desusadas campanadas y, como sacadas de un capricho de El Bosco, aparecen unas cuantas figuras grotescas, la extraña comitiva de un entierro. Es el cortejo fúnebre que se lleva a don Dimas, poderoso caballero, envuelto en su ataúd de años y pecados, con algún que otro yerro a sus espaldas. A don Dimas se lo llevó la sífilis, como a Herodes. Dada su noble condición, todo el mundo se halla presente o, al menos, el orbe petulante. Comandando la hueste, don Pablos, antaño buscón, ahora caballero bien medrado, luego don Saturio, el boticario, adorador de píldoras, los siete pecados capitales, Don Trápala-Trápala, Palancona, el caballero verde del galán, un tunante, que decía poder transformar, si fuera preciso, mil escudos en un ducado, los apaniguados, el sempiterno alcalde in articulo mortis, el fiel de las putas, la tarasca, la Medusa despeinada, el Caco de las Españas, el mal amor, un pasmarote en horas muertas, un tacaño diciendo lo de Ulises (“que pague Nadie”), la honradez de vacío y la falsa modestia, doña Claudia de negro con la lengua de luto, Abramelín y su abrigo de barbas, Caco y Carracuca, la flor y nata de la mediocridad, la mala hora, los del ringorrango, Falimundo y la urca, las estatuas de los necios y los necios de las estatuas, el nigromante, aquel que consiguió destilar en su alambique sin demasiado esfuerzo la más pura esencia de la estupidez humana, la cojonera mosca, Barrabás además, Diocleciano hecho un cirio, el silencio cómplice, que es un clamor, las sanguijuelas por delante del galeno, los elogios churriguerescos, el oro embarcado, el “todo vale”, los interesados, pues se hallan en todas partes, también en los entierros, su Excelencia el Latrocinio, la cara ingratitud, algunos seres embozados (siempre es Carnaval), el ejemplo de nada, que lo es todo, el banquero haciendo cuentas y puñetas mentales del sepelio, Don Galalón a hombros de Pirro, el ejército de las tinieblas, los cuervos relamidos esperando su turno y, por último, la muerte, el “polvo eres”, en medio del azote de los vientos, que de un guadañazo, más temprano que tarde, se los lleva a todos.

FINIS
Aarón Andrés
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