Primer acto
El tempo del deseo
21:16 El señor maduro llega a su segunda cita con Livi sobre las nueve y cuarto. Desde la calle, y sin apearse de la moto, dirige su mirada hacia su habitación. Le parece que está a oscuras, pero quiere cerciorarse. Aparca en la calle, desmonta sin quitarse el casco, abre el portón de entrada al pequeño aparcamiento que da a las habitaciones de la planta baja del edificio y, con dos zancadas, se planta en la puerta.
Llama y aguarda. Nada. Al darse la vuelta sus ojos se posan sobre un mercadillo de zapatos y sandalias que, como él, esperan a su dueña. El señor maduro se quita por fin el casco. Extrae un Camel Light del paquete que, como una pequeña joroba, sobresale del bolsillo de su camisa. Lo prende y exhala como si la vida le fuera en ello, literalmente. Se sienta en el embaldosado escalón —cuya superficie se siente dura y fría al tacto de su trasero— y le manda un mensaje a Livi para anunciarle que la espera delante de su puerta.
21:31 Un paciente señor maduro dedica la espera a chatear con un amigo, que por diferencia horaria con él está almorzando. De la parte superior de la pantalla se desliza, como un pequeño telón, un mensaje de texto: OTW. Maaf (lo siento).
Livi ha tardado quince minutos en contestar. El señor maduro no sabe si está más irritado por su tardanza o por la rapidez con la que ha transcurrido un cuarto de hora. Su amigo ha dejado de responderle. Cree que la espera se le hará más llevadera si invierte su tiempo en escuchar un vídeo del controvertido psicólogo israelí Sam Vaknin, especialista en trastorno narcisista, entre otros. Lo descubrió por casualidad hace un año, cuando todavía le faltaban muchas piezas para empezar a comprender el complejo puzle mental de Ocha. Desde entonces, escucha asiduamente sus monólogos, la mayoría auténticas bofetadas de realidad.
21:39 A los ocho minutos el señor maduro pone el vídeo en pausa. Le envía un segundo mensaje a Livi, cuya respuesta casi choca con el de él: en cinco minutos está allí.
El señor maduro trata de disimular su creciente exasperación con un comentario que pretende ser gracioso, pero tiene dudas de que haya conseguido su propósito.
De nuevo, ella responde con una sola palabra: maaf.
21:50 El retraso excede ya el cuarto de hora, esa arbitraria franja en que lo cortés se convierte en intolerable. Entonces se acuerda de que, al convenir los escasos pormenores de la cita, Livi no ha precisado la hora. Se ha limitado a decirle que llegaría a su habitación “alrededor de las 21:30”.
Pero el deseo tiene su propia lógica. Su propio tempo. No entiende de aproximaciones y, si se le obliga a guardar turno en la sala de espera demasiado tiempo, termina hartándose. El señor maduro manda un último mensaje: se marcha a su casa —le dice— y añade que otra vez será.
Coloca su móvil en el soporte del manillar, se enfunda el casco y monta sobre la moto. Arranca el motor. De una patada seca al pedal del cambio, mete la primera. Cuando está por marcharse, ve un destello de luz que procede de la pantalla:
—Sayang, No go home. Plis. soory.
El mensaje va acompañado de una fotografía. Con alguna dificultad, el señor maduro deduce que Livi se encuentra en la avenida ancha que hay a dos o tres minutos de su kos.
Detiene el motor. Se pregunta por qué Livi ha pasado del indonesio a un inglés necesariamente fragmentado y rudimentario, pues es un idioma que no conoce. Es como si pretendiera reducir con lo primero que tiene a mano la distancia que los separa, que debe ser ahora de unos centenares de metros en lo físico, inabarcable en el resto.
Como si viviera en un universo paralelo donde le es dable adelantar o retrasar el tiempo con una palanca, el señor maduro decide olvidar esos treinta minutos de espera. Se despoja del casco, se apea de la moto, guarda su móvil en el bolsillo trasero de su pantalón y, con más anticipación que resignación, enciende otro cigarrillo.
Apenas dos caladas después ve llegar la moto de un GoJek que se detiene delante del portón. De la parte trasera del asiento desciende Livi. Va sin casco. Sin despegar los párpados del aparcamiento, se apresura —sin llegar a correr— hacia el señor maduro. Lo abraza como un náufrago se agarraría a una cuerda de salvamento: con una mezcla de desesperación y alivio.
Entre balbuceos monosilábicos de disculpa, Livi trata de explicarle la constelación de imprevistos que la han hecho demorar. El señor maduro le acaricia ligeramente la espalda, como si quisiera transmitirle que está a salvo. Entonces, desconcertado, nota que Livi está temblando como la hoja de un frangipani. El señor maduro no sabe qué hacer cuando ella le dice que temía que él se hubiera enfadado. El señor maduro repasa mentalmente a toda velocidad sus últimos mensajes buscando algún culpable por si se hubiera excedido. Que él pueda infundir miedo en alguien es una posibilidad que le desagrada profundamente y le provoca un cierto desprecio por sí mismo.
El señor maduro trata de calmarla con una mentira piadosa: le asegura que no está enfadado. A lo sumo —reconoce, eligiendo muy bien cada palabra— molesto, aburrido y cansado por la espera... Pero enfadado, no.
Maaf —susurra de nuevo Livi despegando su rostro del pecho del señor maduro y entrelazando su mirada con la de él por primera vez desde su llegada. Entonces, con una voz suave y delicada, le promete que no volverá a llegar tarde nunca más.
Segundo acto
Deseo y creatividad
Durante su ruta desde el comercialmente bullicioso y mugriento Soputan, ese barrio que, por ser tan auténticamente popular, las guías omiten, el señor maduro evoca su reciente experiencia con Livi.
Se acuerda de los suaves gemidos de placer de ella cuando, sentada sobre su pecho y con las piernas abiertas como un compás, él le lamía el coño con especial deleite. Para ser exactos: ¿puede afirmar categóricamente que Livi efectivamente gozara? A fin de cuentas, ella sabe que no puede permitir que ningún cliente se quede con la duda de si ha estado o no a la altura. Porque una de las reglas no escritas de lo que hace es: cuando un hombre cierra la puerta y se va, su masculinidad jamás puede quedar en entredicho.
Por lo que respecta a él —lo único de lo que sí puede hablar con propiedad—, el señor maduro considera que la tardanza de Livi quizá haya sido un estorbo y que tal vez le ha descentrado más de lo que está dispuesto a reconocer.
Más tarde, el señor maduro consignará en su diario que, esa noche, no ha emergido del cuarto de Livi particularmente aliviado... acaso porque no había ningún incendio que sofocar. Últimamente, su libido renquea. Es una sensación desconocida para él, ante la que tal vez sólo le quepa acostumbrase. Justo al revés —constata el señor maduro con epifánica curiosidad— de su creatividad y de su joie de vivre, que están en un excelente estado de forma. En su lista mental de tareas anota: indagar si existe alguna relación entre la caída del deseo y una mayor creatividad.
Tercer acto
Dedos mugrientos
El señor maduro regresa a la familiaridad de su casa, en el floreciente barrio de Umalas, “el primo adormecido de Canggu”, con su “vibrante panorama gastronómico” y otras frases hechas con que las guías tratan de incitar a los turistas, las mismas guías —se lamenta él— que se referían a esa misma zona como “joya escondida” u “oasis de paz”. Pero eso era antes de que el fin de la pandemia lo jodiera todo.
Son pasadas las 11:00. Cualquier otra noche, el señor maduro estaría ya durmiendo. Hoy no. Como él cena alrededor de las 7:00 de la tarde (de nuevo esa palabra), siente algo de hambre. Abre su frigorífico, raquíticamente abastecido, y saca un paquete de jamón ibérico. Lo coloca en la encimera y, mientras espera a que se temple para poder desprender las delgadas lonchas con más facilidad, sale a su jardín para fumar y dar un vistazo a los girasoles gigantes (variedad California) que, por deseo de Indah, plantó en dos grandes jardineras.
Se pregunta si debería regarlos. Hunde un dedo en la tierra, el mismo que antes ha metido en el también fértil coño de Livi. Pero, a diferencia de éste, le parece seco. Decide regar.
El jamón está en su punto. Del plástico va despegando finas lonchas que se desprenden con la misma facilidad que él se las come. A palo seco. Mientras saborea el jamón la pantalla de su móvil cobra vida:
—Muchas gracias por venir, sayangku.
El señor maduro reprime el automatismo de contestar enseguida. Sus dedos están grasosos. Entonces, cierra los ojos. Piensa que a ella seguramente le gustaría probar el jamón. Pero entonces recuerda que, por mucho que viva en Bali, Livi sigue siendo musulmana.
Voz de Livi en la Penumbra
Qué mal lo he pasado. A las 9:31 me ha mandado un WhatsApp preguntando si todavía estaba lejos. Le he dicho cinco minutos... pero todavía me estaba despidiendo de mis amigas. Pero es que si le decía que iba a tardar más, igual se hubiera marchado.
Me ha dicho que vale, que le dolía el culo de esperar sentado tanto rato. Me ha hecho sonreír.
Al cabo de veinte minutos ha vuelto a escribirme para decir que llevaba esperando treinta minutos y que se iba a casa. Parecía enfadado. Y le entiendo. Siempre manda emojis con sus mensajes. Esta vez nada. Pero para entonces yo ya estaba llegando. Tengo que retenerle un poco más...
—Estoy aquí —y le he mandado una foto para que viera que estaba en Mahendradatta. Para cuando me ha contestado ¿Dónde? yo ya había llegado.
Cuando le he visto allí, de pie, con esa cara tan seria... Me he asustado. Pensaba que me iba a echar una bronca. He corrido hasta abrazarle. Entonces me ha preguntado por qué temblaba. Le he dicho por miedo, claro. No iba a decirle de frío, ¿no?
- Crónicas íntimas de un señor maduro (en la penumbra)
La frágil flor de Soputan - martes 5 de agosto de 2025


