La oscuridad circundante tiene lunares iluminados que titilan si te mueves. Son el reflejo de monedas inclinadas una sobre otra. Una hora más tarde los lunares desaparecieron escondidos por el hombre más acaudalado de Parras. Lo ahorrado permanecerá hundido en donde el mapa dice. Ese año los viñedos sembrados en trescientas hectáreas no fueron suficientes. Don Evaristo tenía que pagar a los peones, embotellar los rojos y los blancos, comprar un lote millonario de corchos y no le alcanzaba por más vueltas que diera alrededor del escritorio, similar al remolino que dibujan algunos niños o un tiro al blanco. Decidió que le pediría dinero prestado al señor Evangelista. Los ahorros no eran para gastarse.
Panza Fría distribuyó en Parras su fortuna. Era dueño de una gran cuadra de caballos, entre ellos Micaela, la yegua cálica ganada en apuesta allá por Juaritoz al jefe cheroqui Cara Espinosa en la carrera de doscientas varas. También le pertenecían Rayo de Luna, Koda con Zoda, Enola Ray, Viento de la Pradera y tantos otros de raza secreta, que no tengo presentes sus nombres. Todos señalados en el cuello con la E de Evangelista. Igualmente era dueño de una veintena de gallos de pelea; todos atacantes duros, filosos durante el vuelo, decididos a morder, misteriosamente casi siempre ganadores cuando no estaban enjaulados bajo el pirul. Incluso tenía dos camiones de redilas para el mercado rodante de los jueves donde acercaba desde Chihuahua, y a veces de la frontera, harina de trigo para la abundancia, el incontable arroz, azúcar morena para la energía, café molido y frijol para el gusto, manteca de puerco para el redaño, aceite de comer para el refrito, atunes y portolas para recordar; avena, lentejas, jabones y el detergente, gelatinas, fruta deshidratada, golosinas para el antojo y las baterías para que no fueran a fallar. El orégano era de Parras. Ganaba más con su pasatiempo mañanero donde merecía los réditos de las decenas de deudores que habían acudido ante él para adelantar las vísperas. Otros pagaban lo fiado. Era el héroe más odiado, bebedor espirituoso de alpargatas desparramadas, con tobillos agolpados. No usaba calcetines. Pantalones crema de algodón, un morral de ixtle terciado; ningún cinto le daba vuelta. Sus ojos pequeños no alcanzaban a ver los pliegues por abajo del vientre. Bigotes sobre las comisuras a la usanza de Juan Diego.
Los jefes de los presidentes del municipio —siempre ganadores— también acudieron con él durante muchos años y así, los volantes, calcomanías, banderolas, anuncios en el radio y pintas en las paredes fueron pagados.
Adrede andaba en los convites. Se le podía ver en las ferias de Tequis, Zapotlán el Grande, Tlaquepaque, Aguascalientes, Paso de Ovejas, Jalpan; alguna vez fue hasta Cajeme. En todas mandaba fuerte. Siempre atravesaba un buen fajo de billetes y los dejaba bien entrados. Nunca arriesgó sus caballos o alguno de sus gallos. Estaba lleno de contrarios.
Una mañana de canícula, Panza Fría amaneció con tres orificios de bala encontradas en la autopsia. Dos en la cabeza y el otro en el pecho. La muerte fue conjetura durante varios meses. Hubo muchos presuntos. Que si uno de los Juanes que le debía harto y sólo pagaba intereses. Que si algún miembro del gobierno porque se gastó el presupuesto para pagarle. Que si el apostador dolido por haber perdido al Vuelo de Lumbre. Que si el cantinero por haberse burlado de él. Que si alguna mamá con hijos naturales. Que si alguno de los que llevaban fiada la manteca. El que compró corchos nunca fue sospechoso. Sentenciaron a cuarenta años prisionero al confeso por más que dijera que era inocente. Parras se hizo de otra leyenda.
Cerca de veinte años después Marcela, maestra en la secundaria Presidente Madero, visitó por primera vez a las primas Maruca y Cecilia que se fueron a vivir a las Californias en el año de las Olimpiadas. Ellas tampoco habían regresado a Parras y era habitual que sólo hablaran con los angelinos. Los primeros días fueron de desveladas. Se podían quedar hasta las tres o cuatro de la mañana felices esperando que un sol las arropara.
Un miércoles a las seis por la tarde llegó Adán, el párroco mexicano de Parras avecindado en el condado desde años atrás. Merendaría con ellas chocolate y panes con nata. Era habitual que visitara a los miembros de su grey. Todos lo querían porque tenía lo que necesitaba. Sus ojos brillaban antes de que Cecilia encendiera la luz. Cuando se sentó y levantó la vista reconoció a Marcela y todas las aves mudas de sus ágiles arpegios posadas en las ramas se miraron entre sí. Marcela permanecía ajena. Adán lloró. Su llanto era como el de los que se están ahogando y no logran salvarse. ¿Cómo le diría?, ¿cómo se supone que tantos calendarios después pasaran tan rápido enfrente de él? Las lágrimas, similares al aceite hirviendo, le retorcían las arrugas. Lastimero el semblante transmitía dolor. Ninguna de las primas descifraba el motivo cuando le pidió a Maruca y a Cecilia que lo dejaran solo con Marcela. A ella le dijo que necesitaba decirle, que le hacía falta que ella supiera porque ya no podía más y, por más esfuerzo que hacía, sufría mucho a diario y ninguna penitencia le conformaba. Necesitaba hacerle una confesión. Marcela cambió del moreno claro acostumbrado al pálido cristal y después al rojo manzana tirándole al azul amoratado al verlo tan pesaroso. Tuvo miedo. Ella se había imaginado una vida sin sobresaltos y ahora era requerida para enterarse de una confesión que no pidió. Quería pensar que pronto se acabaría el episodio y por su mente pasaron los aviones del aeropuerto, los higos negros del primer año de secundaria, los lonches con aguacate criollo de cuando se quedaban a jugar después de salir a la una de la tarde y el postre con natillas de nuez al regresar de la escuela. El beso que nunca se dieron. Las entrañas del recuerdo se le reburujaron cuando Adán le dijo:
—Yo maté a Panza Fría. Nos pagaron y fuimos amenazados para que esa misma mañana dejáramos Parras con la promesa de jamás regresar. Yo crucé la frontera y anduve con muy diferentes trabajos y nada me daba consuelo. Decidí entrar al seminario en un intento de cambiar los rumbos, pero hay hechos que nunca les llega la metamorfosis y lo único que crece es la desesperación. El ayuno no alivia, el grito tampoco, ni lastimarse las manos contra la piedra, mucho menos la distancia, y es que lo que haces antes de entrar en razón hace que no sueltes la flaqueza. Me confieso contigo porque siempre te he considerado persona de confianza, buena amiga y porque sé que regresarás a Parras y ya tú decidirás si lo platicas, ¿a quién? Ya nunca podré decirte que eres el amor de mi vida.
- Panza Fría - viernes 5 de septiembre de 2025


