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Espíritu hogareño

jueves 12 de septiembre de 2024
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Entonces ¿a Chile con tu ex, o mejor Cecilia en Venezuela?

Piénsalo, José Alejandro. Plan A y plan B.

Y que las dos te perdonen. Ninguna sabe de la otra. Ni se va a enterar.

El plan A va de irte atrás de Perla. No más noches arrastrando los pies como gatos muertos por esta casa vacía, extrañando su modo que ya sólo vive en tu cabeza; ese, el de echar los cuentos en la cena y el besito antes de dormir.

Si la alcanzas, si ella te lo permite, cerrarías esta agenda doméstica. Darías borrón y cuenta nueva a los encargos de tu suegra; que si las goteras, la pintura anticorrosiva, el comején; que si vigilá los accesos que ya no está el rottweiler, y al escucharle repetir sin venir a cuento, como un epitafio cruelísimo para el pobre Dingo, a quien llevaron a dormir antes del viaje: Lo mejor, que mis nietos no dejaran al perro en tu país de locos.

Marcarías la milla al pelero que no terminan de desprender los cojines, a los teflones vencidos, a las cagadas de los murciélagos, al pago de los servicios, y sí, a los extraños hocicando por los jardines.

Escaparías a este seguir resistiendo, siempre resistiendo, similar a la tía de Celorio en Tres lindas cubanas, por décadas puliendo la platería y cada lágrima de las lámparas con vinagre, con bicarbonato, con lo hallado, para que la casa conserve esencia y apariencia, calidad de vida, el espíritu hogareño hasta el fin de los siglos.

Sería echar tierra por medio a este navegar de capitán errante por los armarios repletos, persiguiendo la estela amarilla de los ácaros en el lino de los manteles, en las blusas, faldas, pantalones.

Y tú, ahí, condenado. Nomás achicar, achicar, echando al contenedor los trapos tiesos que ya nadie lucirá, que ni siquiera desvestirán en medio de un rico sofocón.

Acelera, José Alejandro.

Suelta los remos a ese buque de trescientas mil toneladas netas flotando en medio del mar picoso y hediondo a guardado.

Que se vaya a pique y ¡listo! Se hundió. No vayas a terminar encallado como el último náufrago de toda la urbanización.

Deja ya de aferrarte a los pocos vecinos. A Baldomero llamando a sus muchachos y quitándose el perro de encima. A los rugidos de su jeep, al chasquido del freno, al triín-trín de las cadenas del seguro, al llanto fúnebre del único tornillo arrastrando el portón.

Suelta manos y dientes a esa función última de circo de pueblo, de fieras hambrientas y payasos desteñidos que por las mañanas muere dejándote inmovilizado, oxigenando por debajo del mínimo, en soledad total bajo este techo de maderas sin una veta caprichosa que al menos te haga soñar, a no a pensar que ya no habrá encuentro en Chile.

Pese a todo, no te decides, José Alejandro.

Hallándote de lo último, otra vez derrumbas tu metro setenta de pocas canas y barriga cero, en medio del inmenso futón matrimonial, cuya fragancia a canela y laurel ya no sirve de nada, bajo ese sol de abril en la ventana, que tampoco ya sirve de nada. Si acaso, para ilusionarte con tu plan B.

Tu plan B. El gran delirio. Hacerte una vida aquí en tu país con tu antiguo amor.

Una vida nueva, te dices. Lo más lejos posible de esas lagartijas que desde el piso deslavado y resplandeciente de la cancha de tenis te miran sin verte; lejos del simulacro de arquería atragantado de goles póstumos; lejos de las tumbonas desperdigadas por los corredores, reblandecidas por el rebote de tantos culos, oxidadas como jaulas para gallinas pero sin gallinas; lejos de la chimenea escupiendo las manchas rojas y verdiazul de las hojas de los eucaliptos; del cedro amargo y noble atestado de maravillosos libros muertos; de las lechugas y papas haciéndote guiños desde el frigorífico.

Lo más distante de la nada.

Entonces, dándotela de valiente, vas y asomas tu nariz entre el cortinaje que esconde tu vida básica de perro callejero, presto al palazo, a que un semáforo siempre en verde lo corretee como escoba tras un ratón, y llamas, Cecilia.

Porque tu pura intuición te dicta que, aún a poco de la pandemia de mortal vaivén, y de esta pobrecía abduciendo y expulsando sin remedio, Cecilia está cercana; Cecilia Vive, como Sólo Cristo. En plan de invisible tabla de salvación.

Y la memoria desbarrancada te arrastra a lo pueril. Directo al acertijo del qué será de ti, Roberto Carlos, acosándote en firme.

A qué hubiese ocurrido si Cecilia no te pidiera un paréntesis para meditarlo; si tú allí la hubieras sujetado, te hubiera sujetado, en realidad, con un ¿meditar en qué? Y al menos, enfrentándole la mirada clara, sin miedo, algo difícil ¿no? llevando tus manos a sus hombros y atrayéndole con ternura, vaina improbable, la verdad, haber intentado de tu parte alguna idea más o menos consensuada, para.

Nunca lo supiste.

Para cualquier cosa que prolongara las tertulias en la placita, se te ocurre ahora, o en el café, misma música y amigos; o que multiplicara las comidas en su casa con sus hermanos, tú sorprendiéndolos con tu más reciente versión de baklava gigantesca hecha en casa con paciencia infinita de abuela bizantina, empapada en miel de abejas cruda, de la verdadera, traída de las montañas floridas de San Diego de los Altos, no en esos almíbares de no se sabe qué, saborizados y coloreados no se sabe cómo.

Y al cabo, sin más preguntas, a la espera de la única respuesta ansiada, deslizarte ahí, a su vera, en su vida, ahí. Porque a la final... ¿qué es la vida, sino una zanahoria?

Chéjov dixit.

Apartas filosofías.

Le das continuar a la peli.

Justo por esos días de ruptura con tu amor primero y de tu aterrizaje de emergencia en la Facultad, emigró Juan desde el cono sur a los pasillos de la universidad.

Inmigrantes. Una novedad siempre muy bien recibida en esta latitud.

Y Juan tenía una hermana. Perlita. Y ambos unos padres desesperados por huir de un país recién nacido a un golpe militar del que, en lo personal, confesaban —hasta ahí la historia les salía más o menos redonda—, nada temían, amparados en sus amistades; más todavía, que de política nada. Sin embargo, los cuñados... Los cuñados se bastaban ellos solos para atraer visitas nocturnales y.

Desaparecidos.

Por eso acordaron mudarse a otro país, pero no imitando al aventurero aquel que se trajo la familia de Bulgaria hace cien años, al punto del mapamundi donde clavó el índice con los ojos cerrados, en un nombre que nada le decía: El Batey, estado Zulia.

No.

Algo conocedores de esta Venezuela de civilidad exaltada y afectos ardorosos, pero sobre todo de su mucho, muchísimo dinero correlón, en un avión que agotaba la espera para otros exiliados anónimos y comprobadamente apaleados, los Duarte Espinoza se arrimaron a Caracas, la gran capital de los aypobrecitos y del miamoreo.

Pronto papá de Perla esquivó con humildad y gracia ciertos requisitos para ingresar a trabajar en la educación superior que, sumando salarios, atención médica, cajas de ahorro, planes vacacionales, pagaba.

Mamá de Perla, por su lado, apuntó a llevar a puerto seguro el hogar, a intentar entender a los venezolanos.

Los venezolanos, pasen —concedía generosa, creyendo pisar terreno firme—. Aunque —protestaba— los Duarte Espinoza todavía no escuchamos al primero que nos recite Piececitos de niño, azulosos y fríos, o Era mi corazón un ala viva y turbia. ¡Algo tan continental! No obstante, muy cordiales sí son. —Y mirando chiquitico:— No así las venezolanas... Haberse leído La casa de los espíritus no las exime. Son boconas, curiosas y controladoras, frívolas y coquetas. Una real amenaza.

Por dichas apreciaciones, igual a todas sus paisanas, prefirió cerrarse en banda rechazando invitacioncitas que vaya usted a saber. Socializando lo justo para un trámite bancario, médico, escolar, la compra de un artefacto, la venta de los ricos pasteles aliñados con frutillas y semillas.

Su apuesta mayor, timonear un ascenso social en Venezuela, comenzó a parecerle fácil.

Poco que ver con rebuscar en los apellidos nobiliarios de su país, perdidos en las tinieblas de los mil quinientos.

Suficiente con activar las nuevas relaciones tropicales de su marido, tarea aceptada por éste con placer.

Sin embargo, surgió lo inesperado: el interminable rollo político en su país agotaba el paréntesis casadero de la hija. Una tragedia horrible para esta familia. Sólo parecida a la pérdida del bono poblacional que las chinitas, negadas al embarazo, generan hoy a cinco mil años de civilización fecunda.

Y Perla, antes muerta que criar a Perlita para vestir santos, como sabía aún describían en estas tierras a la muchacha envejecida sin casar.

Que la chica podía, debía sacar una carrera, no lo dudaba; mas también estaba en los planes bien casarla, al igual iban todas las primas.

Y a ver, ni siquiera importaba tanto que fuera con un venezolano. Al punto, a veces las circunstancias obligan. Pero eso: si pololeaba con un nativo, debía ser con un muchacho decente, con futuro, integrado.

Para su hija no quería artistas ni revoltosos.

—Ese romanticismo ya nos golpeó demasiado cuando lo de la tía Neida, ahora una paria en Suiza. Quiero un yerno tranquilo, confiable.

 

Por eso, cuando Juan te llevó como su nuevo amigo, aquel pisito de la avenida Páez tuvo una sacudida.

Oyendo al Juan sabían de tus estudios en Ciencias Económicas y de tu parentesco con empresarios principales.

No se diga más, zanjó la futura suegra, ubicada mentalmente en su mapa sureño, e iniciando un besamanos que dejaste correr, excusando a tus padres desde la primera invitación a machitas a la parmesana, altamente motivado por esta chica y su acento cantadito recordándote a Cecilia y sus manitas de alfarera aficionada.

Jamás revelaste lo apolillado de tu ADN, adonde hacía añales no llegaba ni pizca de dividendos bursátiles.

Cuando quisieron precisarte, hijo, sobrino de quién exactamente, y, sobre todo, el cuánto. El cuán-to, Perlita llevaba cuatro meses con el nuevo heredero en la panza, razón esta del acentuado clima patagónico de la boda.

No obstante, gracias a tus antiguos allegados, los Duarte Espinoza terminaron propietarios de este caserón al este de la ciudad, con canchas, bosquecito, pileta. Y nunca le pagaron a ningún plomero, albañil, electricista o herrero, porque, reconócelo, mujer, se atrevía papá Duarte a tomar partido, el yernito resuelve un destapado de cañerías con guayas modernas, no con aquellas de darle a la manivela que tú y yo recordamos; te trae los peones e ingenieros para construirte tu anexo... Un listillo el chico.

Tampoco confesaste que dichos equipos quedaron de la quiebra de tu padre, y los trabajadores, de la lealtad, porque el viejo no los abandonó tan en la calle.

Pero ni esto, ni tu cargo en la banca con ingresos bastante respetables, les hizo superar el chasco de no emparentar con los petrodólares propiamente dichos.

Que en verdad en los primeros tiempos no llegaban a esconderte tras la puerta corredera, como acostumbran hacer las familias en Japón con un yerno foráneo, pero casi.

Evitaban a toda costa en una reunión presentarte ante otros paisanos, relegando al limbo a ese muchacho tan atento y callado.

Mientras, por entre los invitados hacía rato cabalgaban el Alcides, un futuro Picasso, sin duda, y el Cesarito, un genio para las matemáticas.

Hasta que llegó el deslave, y los precarios hilos que sostenían aquel kiosko se rompieron.

La cuestión fue, yendo a la profunda, que la clase media de por aquí se fue por el caño, y la única solución para que los Duarte Espinoza no sucumbieran, rotos en tierra ajena, era revolarse a Santiago.

—Al Chile de los abuelos, José Alejandro. Al Chile de los abuelos. Lugar donde Alcides y César obtendrán excelentes empleos con sus posgrados de la Simón y de la Central, con su experiencia laboral. ¿No que-rés lo mejor para tus hi-jos? Pues eso significa retomar muchas cosas, José Alejandro. ¡Que esto se volvió marca Chancho!

La vieja Perla seguía siendo el faro. No se paraba en artículos.

—Claro que a ti te tocará sacrificarte, muchacho, cuidar de esta casa. Nunca se sabe si el día de mañana viene bien un regreso.

¿Qué le importaba a ella el yerno, fiasco total, nomás cabezas de pescado?

Doña Perla perdía la compostura. Doña Perla perdía el glamur.

¡A la chucha!

Tampoco la conmovían las resistencias del marido, hace tiempo convertido en un macabeo con una ex alumna, piel achocolatada y maneras amables que, según le informaran las malas lenguas...

—Una pobre diabla, una indígena, a la que en mis narices llama Mi Navajita.

En realidad, un elemento exótico, de tan poca influencia como tú, José Alejandro.

 

Al cabo, si de algo estás muy claro, es del plan A como La Opción definitiva.

Y el Plan B, simple quimera, fantasía adolescente, elucubración de tu mente febril.

Los años te sirvieron para madurar, piensas.

Por eso, esta mañana al levantarte y examinar ante los espejos tu rostro casi en desuso, en un arranque resuelto, te dices: hoy sí, carajo.

Y sigues repitiéndolo, con absoluta firmeza, hoy sí.

Acercándote a lo alto de la escalera.

Bajando en medio de las plañideras tablas del parquet.

Hacia el piso en mármol rosa, luminoso y ajeno hasta la náusea.

Que hoy sí llamarás a Perla, a tu mujer.

Que una cosa fue el Alcides, meses atrás con su ¡Ni se te ocurra venir! ¿Cachái?

Algo autóctono. Algo intrincado.

Y otra muy distinta que sean ella y tú los que, finalmente...

Y sujetando el rotulador fosforescente cual espadachín de La guerra de las galaxias, sumas decidido otra equis sobre otro día en el calendario, antes de intentar, una vez más, marcar el +56.

María Isabel Briceño Armas
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